Su Santidad Salles

Octubre 29, 2009

Una pifia total sin duda. En el post anterior “¿Comentarios?” tan sólo ligué al blog de Edgar Amador, que es de dondé tomé la imagen contenido del post, y no al autor en sí del cartón: Salles. Esto es, que recién me entero (gracias a la PhB) quién es el monero que de singular manera rindió homenaje al Santos y a su creador Trino. Así, después de echarle una mirada a su trabajo en El Espíritu de los Cínicos, Salles y su espacio son desde ya visita obligada.

Luego, junto con pegado, aprovechando que hoy se cumplen 50 años de Asterix, pues qué mejor que celebrarlos con un cartón del propio Salles (de cuando su regreso de tierras Galas).

deregreso

(DR) Salles

¡Salve, Asterix!

Y larga vida al buen Salles, que promete y mucho.


El verano en que conocí a una Nobel

Octubre 12, 2009

En sí aún no lo era; en ese 2005 era sencillamente la eminencia viviente. Fue en ese verano sueco la invitada de honor en aquél nuestro pequeño e íntimo taller (fuimos en total no más de 20 participantes). Todos se deshacían en atenciones para con ella y fue el eje sin duda de tan inolvidable verano. Señora con sobrados méritos y profesora a toda ley. Con sus 72 años estuvo en todo momento con ojos y oídos atentos a aquellas nuestras torpes presentaciones, y sin chistar tenía en todas el mejor comentario y la más acertada observación. Cual abuela de todos: una muy tierna y una muy sabia.

Calzando sus zapatos tenis (ie, fiel al american style) estuvo en todas las actividades del taller, es decir, además de estar en todo quiso también estar con todos. No era una vaca sagrada (de esas que abundan en la academia), era una mujer muy hecha que además de compartir su inteligencia, nos brindó su grata y dulce compañía. Nos dotó, a final de cuentas, de una lección humano-profesional. Un mujerón.

Hoy se da a conocer que estará de nueva cuenta en Suecia. Será la primera mujer en recibir el premio Nobel en Economía (propiamente dicho, el Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas). El escenario será uno muy distinto al de aquella isla a la que llegamos en autobús desde Umeå; no habrá caminatas nocturnas a la luz del cielo nórdico; el verano estará agazapado y seguramente todos los que coincidimos con ella en aquél del 2005 estarán recordándolo de forma por demás especial.

No hay foto de por medio; las mías se me fueron en intentar capturar la nunca oscuridad del solsticio vernal y tan sólo atiné a guardar entre mis papeles un adelanto de un (en ese entonces) próximo capítulo de un libro más de su autoría. Fueron apenas tres días de convivencia  —una mínima parte de aquél junio— que hoy se vuelven a recordar con sobrada razón. Es lo que me queda. Decir que hoy día la mejor cara de la Economía es, justa y merecidamente, de mujer, y que tuve la oportunidad de encontrarme con ella. De admirarla en persona. De un poco conocerla.

Vaya verano. Vaya Señora: Elinor Ostrom (California, EE.UU., 1933).


El prometer no empobrece: se premia.

Octubre 9, 2009

Vaya lección nórdica la de hoy día. Una muy sencilla y directa: del dicho al hecho… hay un premio. Y grande, cómo no. Lejos aquellos tiempos en que Don Lázaro Cárdenas sentenciaba y subrayaba el trecho, el trabajo, el hacer. Ahora basta con el decir. El prometer.

Luego, cosa aparte, y que se entienda, es que Mr Obama sea el primer presidente negro del país más poderoso del planeta, que esté dando lecciones, sí, de diplomacia y de saber quedar bien con todos, de ser y parecer el niño bueno de la clase política de hoy día, de tener una bonita familia, y de echar a andar políticas públicas al parecer sensatas y maduras. Ello, insisto, es cosa aparte. Ello ya se premiará con más votos, uno que otro tratado o acuerdo, y en general con aumentos al bienestar gringo (y si bien nos va, con el resto del planeta). Ello, pues, será —esperemos— después… ¿mas hoy ha de premiarse? Sí, dicen los noruegos, y con la Paz por delante, amén de contante y sonante (es que, ya perdonarán, el monto del dinero no es de soslayar).

Sea pues. Pensándolo más, algo así hacemos los mortales. «Prometes serle fiel etcétera…», y tan así que nos premiamos con lazos, anillos, ajuares, y lo que esté al alcance. Algo así.

En fin, que quede claro, que el Nobel premia lo que Obama ha prometido. Amén.


¿Comentarios?

Octubre 8, 2009

Santosblog

El Santos, vía Las Piedras del Camino de Edgar Amador.


A las 9 con 9 y 9 del 9.09.09

Septiembre 9, 2009

Dentro de las n ideas inútiles que uno tiene al día, ésta es una de ellas. Por supuesto, algunos la sabrán “aprovechar” mejor (lo que sea ello signifique). Pero resulta que a mí sólo se me ocurrió escribir esta nota y, astuto que es uno, programarla para que sea publicada exactamente a las nueve horas con nueve minutos y nueve segundos del día nueve del mes nueve del 2009. Lo sé, no seré el único, seguramente habrá tantos más ociosos escribidores que harán exactamente lo mismo. Originalidad pura.

Otras opciones, por supuesto, eran el correo electrónico o la llamada telefónica para decir algo “especial”, “original”, etcétera, en tan numérica fecha. Pero no hay garantía, a menos que se tenga una precisión absoluta y la muy buena suerte de que el servidor, la conexión (de la llamada), o lo que corresponda, registre finalmente esos números cuando se mande el mensaje, se haga la llamada o qué sé yo. Todavía más, otro ejemplo, si se quisiera decir “sí” (o “no”) a preguntas trascendentes (o típicas como “acepta usted a la novia”), tampoco se tiene garantizado que nuestros relojes y voces se sincronizarán a la perfección para en ese segundo decir lo que se tenga que decir con semejante marco.

Así las cosas, resta dejarlo en un simple y llano nueve del nueve del cero nueve. Un día pues para hacer y deshacer y después uno puede recordarlo fácilmente. Eso, quizá lo más útil de esta fecha es que será más que sencilla de recordar. Que aproveche.

Ahora bien, si nos ponemos exquisitos y ponemos atención a la textura, vale un ejemplo de las propiedades aritméticas del nueve:

Tenemos que ahora mismo son las 09:09:09 del 09.09.2009, y ello lo podemos expresar como 09090909092009; luego, si sumamos esas cifras nos da: 56 y 5+6=11, y 1+1=2. Es decir, ése dos es igual a la suma de las cifras de tal número exceptuando al 9 (es decir, 0+0+0+0+0+2+0+0=2). También, y que sirva para de hecho declarar que todo este año tiene “novenas-aritméticas propiedades”, un 10.12.2009 al hacerlo cifra nos da 10122009, luego sumamos 1+0+1+2+2+0+0+9=15, y 1+5=6, que es igual a, prescindiendo del 9, 1+0+1+2+2+0+0=6; o bien si tomamos un 14.11.2009, tenemos 1+4+1+1+2+0+0+9=18, que es 1+8=9, el cual resulta también si sumamos, ídem, 1+4+1+1+2+0+0=9. Qué divertido.

En otras palabras —y números— todos los días de este 2009 a final de, literalmente, cuentas guardan una muy particular ma… temática. Lo dicho: que aproveche.


Debut y despedida

Septiembre 7, 2009

En sitios güeb como el ínclito Fayerwayer, ávidos de tecnología, suelen darse las crónicas donde por primera vez se da paso a algún producto recién salido al mercado. Es decir, se desempacan, prueban y manosean a lo más. Yo hice lo propio, pero a mi manera.

No tengo vídeo alguno, ni fotos. Tan sólo la crónica de un debut y despedida de una pequeña, y a final de cuentas prescindible, netbook. Mi laptop en sí arrastra literalmente más de un lustro de vida, que en estas lides tecnológicas es algo más que décadas al cuadrado, así que me decidí por un reemplazo. No ha lugar. Apenas un par de horas después de haber adquirido e iniciar su configuración (es decir, dejarla a tono con mis preferencias de uso), la flamante netbook mostró signos inequívocos de que su vida conmigo sería muy pero muy corta. El antivirus (siempre el antivirus) comenzó a dar problemas.

Opté por desinstalar el mentado programa, a fin de cuentas, ojo, ni siquiera tenía acceso a la red, así que seguro no sucederían ataques de bicho alguno. Seguí adelante con la exploración del equipo. Instalé un par de programas, nada o poco peligrosos y, lo esperado, ahora la tarjeta de sonido mostraba signos de flaqueza. Reinicios y más reinicios.

Pensando que la vuelta al estado cuasioriginal (el antivirus seguía ausente) de sus programas el equipo terminaría por al menos estabilizar las cosas, llegó lo más fuerte: paralización  total cada vez que echaba a andar la cámara. Tal cual. Apenas abría el programa correspondiente, enseguida aparecía la pantalla azul con el mensaje de error y más error. Habráse visto.

Además, para subrayar la inutilidad de la novedad, a esas alturas del juego yo ya estaba más que cansado de vista y manos. Sinceramente las netbooks no serán por mucho tiempo mi opción de compra cuando de equipos portátiles se trate. Eso sí, al momento pedía e imploraba porque el tiempo perdonara a mi compañera de mil batallas, la vieja laptop, y le devolviera aquella gloriosa edad en que su rendimiento era a la justa medida de mis necesidades. Pero bien dice el dicho: más sabe el diablo por viejo. Ella, la de siempre, me estaba pacientemente esperando. Venga, suspiró, deja ya esa caricatura de teclado

Y sí, al siguiente día de la compra me presenté a primera hora para devolver aquel frustado intento de renovación. La cámara no funciona, sintetizé; cómo así, si ya no hay más equipos. No se preocupe, en sí quiero mi dinero de vuelta. Esta vez todo funcionó sin problema alguno, y es que a veces entre humanos nos entendemos sin problemas. Salí pues de la tienda con una sonrisa, no hubo contratiempo alguno en la devolución del equipo (es más, ni siquiera abrieron la caja para comprobar que todo el contenido original estuviera en su lugar) y yo volví con mi vieja pero ya leal compañera.


Virginal perversión

Septiembre 4, 2009

Ayer terminé de ver la película Sexo, amor y otras perversiones (Carrera et al., 2006). No hablaré de ella, simplemente diré que me recordó una idea (si me dejan llamarla así): las ventajas de las mujeres en cuanto a menesteres del sexo, tabúes y perversiones. Es así.

En su momento estaba viendo un vídeo de sexo, de los llamados porno (o eróticos, según el gusto del cliente). Básicamente, además de la penetración y etcétera, hubo un diálogo entre la mujer y el entrevistador (no sé si el cámara o el que más tarde tuvo sexo con ella), en el que ella aclaraba que estaba ahí para tener únicamente penetración anal, pues la vaginal estaba no sólo reservada para su novio-pareja-principal relación sentimental, sino también que en sí ella era virgen por ese lado. Pero profesional, pues también aclaró que lo del anal era algo que ya tenía más que probado y que, bueno, ahora estaba ahí para otro show más.

Así las cosas, qué maravilla, pensé, los hombres homosexuales no tienen esa opción de brindar tales primicias a sus parejas. Los hombres heterosexuales tampoco. Pero las mujeres sí. Ellas bien pueden regalar no una sino dos veces ese curioso placer de ser el primero (o la primera) en penetrar. Es decir, pueden elegir, si así les place, qué parte han de reservar para un momento particular. Por ejemplo, vaginal para la primer relación sexual (y las que le sigan) y anal para, digamos, una primer noche de bodas… o viceversa, que nunca faltará aquella que quiera seguir y cumplir ciertos conocidos estándares (pero mientras disfrutar de alguna manera su sexualidad).

Lo dicho, creo que es una ventaja. Sobre todo en estas lides de, precisamente, sexo, amor y perversiones. Es más, ya puestos en esto, si se le suma el hecho de hacerlo con o sin condón, pues se tienen ya 4 virginales opciones, ¿o no?

En fin, sin duda alguna la primera vez no deja de tener su pervertido encanto.


La Espiga Espinosa

Julio 19, 2009

Como un juego de números, después de la segunda llegó al tercero, después de la tercera alcanzó el primero, en la cuarta lo aseguró y en la quinta lo confirmó. Si en un principio parecía que la competencia vendría de distintos frentes —el australiano, el chino, el alemán, e incluso el canadiense— al final tan sólo se batió con el chino, ese par de máquinas vivientes que no hacen otra cosa más que vivir de los clavados y en sus ratos libres respirar. Como dibujo de su patria chica, ella toda se alarga y, acaso para confirmar su origen, alcanza en el punto sur esa paz que al final le hace ganar guerras. Ésta la ganó y tras cinco rondas fue la campeona, la número uno.

Un rostro sinónimo de serenidad y concentración después dió paso a la incredulidad llena de seguridad y satisfacción por lo realizado. La mejor de sus rondas en sus casi 23 años de vida que, cual debe ser, tuvo como gran final la medalla de oro. Roma fue testigo de la hazaña; no sólo Paola llegó en plena madurez, el grupo era selecto y tenía, lo dicho, a lo mejor del orbe. Y si bien no todos los saltos llevaron a Paola a la cima de Roma, sí los últimos tres. Sobre todo el número tres, ése con el que alcanzó el primer lugar de la tabla, ése cuyas calificaciones incluyeron al mítico diez. El cuarto y quinto saltos fueron así los de mayor presión, y si bien no replicaron ese bello tres, sí dieron razones para altas calificaciones y continuar así la cosecha de puntos.

A pesar que Ruolin y Li hacían lo suyo y cumplían cabalmente las expectativas de propios y extraños, Paola Espinosa se dio a la tarea de incluir en la competencia a su propio historial. Era pues aquella Espinosa del “ya merito”, una Paola consciente de sus tropiezos y por ende más enterada de sus capacidades en el momento. Cada uno de esos cinco veces diez metros incluyeron su pasado y su presente. Se enfrento a ella misma. Se superó—alcanzó su anhelado futuro.

Ya se verá en los próximos Olímpicos si Paola confirma lo visto ayer sábado. Por lo pronto, la Espinosa de hoy es sencillamente la mejor. La más segura, la más valiosa. La espiga dorada más bella. ¡Felicidades, Paola!

Paola Espinosa

(cc) Paola Espinosa


Jotaí y Ceesepe

Junio 12, 2009

Sus lectores estamos acostumbrados a las ilustraciones de su entonces esposa Joy Laville (en las ediciones a cargo del Grupo Planeta vía Joaquín Mortiz), sin embargo, y a vueltas con el tema de las portadas (estas vez de libros), Ibargüengoitia y su valiosa obra está asociada también con trabajos de primerísima calidad como los de, recientemente en «El niño Triclinio y la bella Dorotea» (2008, FCE), el monero Magú (aunque es ya la cuarta vez que ilustra alguno de sus cuentos), o incluso, en una edición francesa de Los pasos de López, «Les Conspirateurs» (2000, Phébus), con una ilustración del colombiano Fernando Botero. Así las cosas, además de estas bienvenidas, digamos, excepciones (amén de una ilustración de Guadalupe Posadas en la edición de Seix Barral de Estas ruinas que ves), y de aquellas portadas basadas únicamente en letra y color, Jorge Ibargüengoitia cuenta también con cómplices de la talla de Ceesepe: Carlos Sánchez Pérez (Madrid, 1958).

Ceesepe es, según su biografía en Wikipedia, «Pintor, ilustrador e historietista, [y] está considerado uno de los protagonistas de la “Movida madrileña”». En su página güeb uno puede dar fe de su larga y fructífera carrera profesional, y observar sus interesantes conceptos gráficos. Uno de ellos, pues, tiene que ver con los Dos crímenes de JI. De esto sé gracias no a la citada página (o a alguna búsqueda en Google) sino a la afortunada coincidencia de encontrar una edición ochentera (así tal cual) de dicha obra. Es, quiero pensar, una ya rareza, pues en sí la edición es alemana a cargo de Rowohlt Verlag y en estas fechas sólo se logran conseguir —y eso con suerte— ediciones por Suhrkamp (que no cuentan con ilustraciones en sus portadas).

Entonces, que buscando a Jotaí en alemán es que logro dar con esta peculiar portada de Ceesepe. Tuve, eso sí, la ayuda y paciencia de la encargada de la librería (fanática, me dice, de JI) pues, ya les digo, se metió hasta el fondo de sus libros y anaqueles para poder “regalarme” (en sí fue una compra-venta, por supuesto, pero en estas condiciones se entenderá el por qué del verbo) esta edición de Dos crímenes y, ya entrados en tales menesteres, una de la premiada Los relámpagos de agosto. Salí así con Zwei Verbrechen y Augustblitze bajo el brazo. Aquí de lo que les hablo (de la segunda no hay foto pues en sí, al ser editada por Suhrkamp, es tan sólo el título con fondo rojo):

zwei 002

(cc) Portada de Dos crímenes, en edición alemana 1988

Como comenté anteriormente, algo de mucha razón debe de haber para que se den estas acertadas combinaciones artísticas. Uno como lector agradece que desde un principio se tengan estas cordiales atenciones y que antes de la lectura de la prosa se tenga la siempre bienvenida de una portada como ésta: que habla ya del tesoro que uno está por descubrir. Líneas, colores, formas, en fin, lenguaje visual que acaso nos prepara y advierte para ese otro lenguaje artístico, el de las palabras. Ojalá que en futuras ediciones de la obra de Ibargüengoitia —incluyendo sus traducciones a otras lenguas— siga habiendo espacio para este tipo de trabajos que, lo dicho, redondean el disfrute y placer de leer a Jorge.


Crí-Crí científico

Junio 9, 2009
Francisco Gabilondo Soler

D.R. Gabsol

Francisco Gabilondo Soler (México, 1907-1990) tenía razón: la gotita sube y baja, baja y sube. No sólo el chorrito, pues, se hacía grandote y chiquito. Crí-Crí llevó a sus últimas la dinámica de fluidos y aquella inmortal composición tiene ahora —además de sus ya acumuladas viñetas al respecto— estas imágenes que paso a paso nos muestran de lo que hablaba el veracruzano. Recordemos que Crí-Crí además de la Música tenía un especial interés por la Astronomía, así que acaso podemos considerar algunas de sus canciones como sus muy particulares apuntes científicos, o bien, su manera de entender el mundo teniendo como base a la Ciencia. Sea pues, aquí de lo que hablo (vía el blog de Pere Estupinya):


Ahora, baste recordar la lección del científico Crí-Crí en términos de su incomparable y única inspiración musical:

Lo dicho, «La gotita sube y baja, baja y sube al compás de esta canción»: El chorrito (1934).

Envío
Para esos mis locos bajitos: M.F., L. y X., sobrinos míos.


Más de Ibargüengoitia

Junio 4, 2009

En lo que logro hacerme de la recién editada antología de Jorge y sus crónicas (Revolución en el jardín, 2008, con prólogo y edición de Juan Villoro), en su búsqueda me topé con este texto, incluído en tal libro. Es el último de la lista, y de ahí que lo encontrara pues el sitio donde lo hallé se dedica, atinadamente, a pasar lista de libros a través de sus últimas páginas. Así, aquí también en Agua Clara (todo sea por meterle caña) el texto:

Adiós, Semana Santa
El maestro Luna nos explicó en clase cómo debería ser la Semana Santa perfecta. Como en los pueblos del centro de la República.

—Son días tan tristes —decía—, que no se mueve ni una hoja. Hasta los burros están silencios.

Era hermano marista y de Guadalajara —no sé de dónde agarró la palabra silencio, “tense silencios, muchachos”, decía (no sé si me lo estoy inventando)—, y recordaba con nostalgia el trigo verde en macetas y las naranjas con banderas de papel de estaño de su niñez.

Estaba hablando a otra generación, a los niños de 1940, que lo veían como animal raro. A mí, en aquella época, no había nada que me pareciera más aburrido que una naranjas con banderas, un charco de sábado de Gloria, o visitar las Siete Casas —todas eran iguales, con adornos de azucenas.

Años después me acordé del maestro Luna —me acuerdo de él a cada rato—. Llegamos a Ciudad del Maíz a las tres de la tarde de un Viernes Santo. Las mujeres andaban de luto y los burros, de veras, estaban silenciosos.

Hacía un calorón. Quisimos comprar tortillas Ciudad del Maíz y no había.

Otro año, en Viernes Santo, también, a las tres de la tarde, me tocó la mala suerte de tener que cambiar de autobús en Dolores Hidalgo. Iba yo con mi madre. Mientras llegaba el otro autobús, ella se sentó en la banca de la plaza de armas y me dijo:

—Veme a comprar unas carnitas.

Se olvidaba de que era pecado mortal comerlas. Pecado imposible de cometer, porque carnitas no había en todo el pueblo. Acabamos comiendo unos chiles rellenos muy oreados que encontré en el mercado.

En otra ocasión, en Jueves Santo, tuve un pleito con un torero irapuatense. Estábamos en el velatorio de un tío mío y los dolientes empezaron a tener mucha hambre. Salí yo con la encomienda de que trajera tortas para todos, y me encontré con que el torero, que creía como muchos del rumbo, que el Jueves Santo también es vigilia, no las tenía más que de queso descremado.

—¿Qué no tiene de jamón? —le pregunté.

Entonces, el torero beato, levantó un dedo bastante mugroso para llamar mi atención a los campanazos del Santuario de Guadalupe, que estaban en ese momento retumbando, para llamar a la quinta o a la queda, o a lo que haya sido a esas horas. Como diciendo, “No hay tortas de jamón, porque este es un día muy sagrado”.

Yo me puse furioso.

—Hoy no es vigilia, viejo… —Aquí dije una palabrota que escandalizó a todos los que la oyeron y los dejó convencidos de que yo era apóstata.

Para contrarrestar estas que van de arena, otra Semana Santa la pasé, con amigos, en Chachalacas. ¡Si el maestro Luna nos hubiera visto! Jugamos a la ruleta, a la lotería y al burro entripado, bailamos, y el Viernes Santo, nuestra hotelera, doña Petra, que era retrasada mental, mató un guajolote y lo hizo en mole colorado.

—¿Qué no será día de vigilia, doña Petra —preguntó, con mucho tacto, el más religioso de los que estábamos sentados a la mesa.

Doña Petra se encrespó.

—¿Cómo va a ser día de vigilia? ¿Qué no sabe usted que esta es la fiesta religiosa más importante del año?

Como nadie estaba de humor para meterse en discusiones litúrgicas, nos comimos el mole.

Otro día memorable, fue un Domingo de Resurrección que pasé en el rancho. Fui a misa y me senté en una silla que había en el presbiterio —era la parte de la capilla donde olía menos feo—. Allí estaba yo muy devoto, cuando llegó Cleto, el sacristán, con un vaso de agua sucia en la mano, a preguntarme si me la quería beber. Era el agua del lavatorio, en la que se habían lavado los pies los representantes de los Apóstoles. Le dije que no, muchas gracias y lo ofendí brutalmente.

Gracias a Montserrat Vega (administradora y autora del sitio arriba referido) por la transcripción. Y sí, sus últimas páginas pueden ser referencia primera para saber un poco más ya no sólo de los libros sino de los autores. Además, asigna sucintas notas que, con todo, invitan más a la lectura.


De Ibargüengoitia y otros buenos hábitos

Mayo 20, 2009

Ya les digo, gracias a las siempre atinadas notas del Oso Bruno (esta vez desde su Villa Arpinati) podemos llegar ahora, onlain, a un texto de Jorge Ibargüengoitia publicado originalmente en la Revista S.NOB (No.17, 1962, pp.11-12) y editado (facsímil) por Aldus y Conaculta (2004). Me atengo al copy&paste —el hábito no hace al monje, dicho sea— y me limito sencillamente a dejar aquí también las líneas para su merecido disfrute. Ah, y, por supuesto, agradecer a Bruno por publicarlas en su espacio. Sea pues.

De la castidad y otros malos hábitos
Ante la amable petición de quien tan acertadamente dirige, redacta, forma, etc., esta revista, en el sentido de que escribiera alguna cosilla acerca de los paraísos artificiales, me dirigí al docto Mimí Pinzón, quien me proporcionó el fichero que adjunto a continuación. Dice así:
Alpipsia. Vicio de Alpeps. Consiste en llegar de la oficina a las siete de la noche, o a más tardar al cuarto para las ocho, quitarse los zapatos, el saco y la corbata, guardar todo con esmero y luego, en calcetines, entrar en la cocina y preparar un batido de lo siguiente: soletas, leche condensada, mermelada de zarzamora, un poco de vainilla y tres huevos, se le agrega ron al gusto y luego, se lo toma uno frente a la televisión. Este vicio, como puede verse fácilmente, es de principiantes y de asalariados.
Cenotipia. Consiste en trabajar bombas centrífugas, autosebantes o tractores diesel, sudar copiosamente, caminar una hora antes de llegar a casa, no tener luz eléctrica en la casa, encender un quinqué, quitarse la camisa y los pantalones que huelen a diesel, y ponerse otros medio limpios, pero que no huelen a diesel, llenar una palangana de agua limpia, y lavarse la cara y los brazos con jabón Heno de Pravia, cenar hojas de naranjos y tacos de frijoles con chile, y luego, sentarse en una chaise longe a leer Vogue, Harper’s Bazaar y las obras completas de Eudora Welty.
Cornucopia. Consiste en tener un pleito con la novia a raíz de una discusión acerca de si es conveniente o no comer tortas en los camiones, arrojar siete pesos de tortas por la ventanilla, bajarse en una esquina imprevista, ver cómo se aleja el camión con la novia llorosa, caminar veinticinco cuadras, llegar a casa, poner en el tocadiscos la pieza predilecta de la novia, apagar las luces y acostarse en el piso de la estancia despatarrado, mirando al techo con una mueca de dolor.
Disotermia. Consiste en vivir en pecado con una joven durante tres años, aburrirse de ella, descubrirla cuando un hombre, de preferencia de origen argentino, le besa la mano, comprar un boleto para los ejercicios de encierro del padre Pérez del Valle S. J., pasar dos días levantándose a las cinco de la mañana, bañándose en agua fría, comiendo comida de monjas y haciendo otras mortificaciones, y luego, en un orgasmo de santidad, confesar: “¡Padre, he vivido en pecado!”.
Dipsomanía. Consiste en prometerse uno mismo no tomar copas en dos semanas. Entrar el primer sábado a las doce del día en el Sorrento, encontrarse con media docena de periodistas de segundo orden (cada uno de los cuales se ha prometido a sí mismo no tomar copas en dos semanas), caminar los siete hasta La Universal, saludando gentes en la Avenida Juárez, tomar cuatro cervezas en La Universal, Pagar la cuenta, caminar hasta La Mundial, tomarse otras cuatro cervezas y gastar cuarenta pesos en las rifas de pollos; no sacarse ninguno; organizar una expedición punitiva para ir a comprar tacos, ir a comprar tacos, comerse los tacos con otras cuatro cervezas, pagar la cuenta, caminar hasta Ambos Mundos, pedir ron Castillo, hablar del pecado original y tirar la tercera copa de ron Castillo, despedirse de los que se van, ayudar a vomitar a los que se quedan, hablar de la vida íntima, y del pasado, tirar otra copa de ron Castillo, pagar con un vale, caminar hasta el Caracol, bailar, beber, y luego, después de un pleito con los meseros, dejar empeñadas las plumas fuente y los relojes.
Eupepsia. Consiste en no dar limosnas a los pobres. Es más, consiste en contestarles de mala manera. Por ejemplo: si un niño se acerca a pedir un “quinto para un pan”, se le contesta: “desde luego que no te lo doy, muchachito”. Y se agrega, como para uno mismo: “Desde chiquitos se acostumbran a no trabajar”. A ésos que vienen a pedir trabajo, se les contesta: “¡Pero si usted tiene la cara llena de pústulas!”. A los que vienen de Querétaro y no tienen con qué regresar: “Usted lo que quiere es emborracharse, en su rostro se ven los estigmas de todos los vicios”. A las mujeres que traen receta y no tienen para la medicina: “Vaya a la Cruz Roja, allí todo lo regalan”. A los ciegos que quieren cruzar la calle: “Cómprese un perro de esos amaestrados, hay unos muy buenos”.
Geodesia. Es el vicio de los Magallanes frustrados. Consiste en tener enmarcado un plano de la Ciudad de París del siglo XVIII, beber Pernod de 45 grados, poniendo el hielo primero y teniendo cuidado de que se queme antes de agregar el agua, pasar queso Camambert en una tabla después de la comida, probar el vino y decir “este vino era mejor antes”, comprar un libro que se llama Europe Gourmand y dejarlo olvidado arriba de una consola, y discos de Katyna Ranieri y “la Piaff”, y luego, en momentos de intimidad, decir a los amigos:; “si Dios me socorre, el año que viene llevaré a los niños a que conozcan el mar”.
Godonia. Es un vicio femenino. Consiste en leer las obras completas de Eric Fromm y luego, ir descubriendo rasgos femeninos en el marido, que es un orangután; en decirles a los amigos neurasténicos, que no saben amar; en hablarles a las amigas embarazadas de Jonás y la Ballena; en rechazar amistades por “negativas”; en descubrir en sí misma talentos para la poesía y sentirse frustrada ipso facto; en cambiar de peinado cada quince días; en sentir la vida vacía, y luego, en una borrachera, romper una puerta de un puñetazo.
Megapopsis. Consiste en haber tomado Chabils hace cinco años y mencionar el hecho cada vez que se juntan más de cuatro personas; en mezclar en la conversación las aventuras de Carlos (Fuentes), Elena (Poniatowska) y Jaime (Torres Bidet); en recordar vívidamente los detalles de aquella noche sublime en que Serge Lifar inventó el mambo; en conocer a la perfección los hábitos sexuales del Megaterio y del Leviatán y en admirar los sombreros de Jackie. Los adictos a este vicio acostumbran pasar temporadas de un mes en Toluca y platican que estuvieron en Bermudas.
Misticomanía. Consiste en leer el Manual de quiromancia sentado en el excusado, en voltear tazas de café turco, en quedarse absorto contemplando la propia mano, en hacer expediciones a la Colonia Nápoles para consultar a una cartomanciana; en comprar en la Librería Francesa los doce libros de Barbault; en decirles a los amigos que no son del signo que se imaginan, sino de otro mucho más desagradable; en encontrarle a la gente parecido con Lord Robert Baden Powell, e insultarla; en no lavar los platos y decir “es que soy Picis”, o romper la piñanona y decir “es que soy Aries”, o matar al gato y decir “es que soy Cáncer”; en tomar la mano de la recién llegada y decirle “Veo en tu mano que no sabe usted vestirse”, o la del recién llegado y decirle: “Veo en su mano que es usted muy atractivo sexualmente”; o decirle a un hombre: “Tú me vas a amar, yo soy bruja y lo siento en la punta del estómago”.
Positiluxia. Consiste en saber todas las respuestas sin haberlas aprendido; en estar avergonzado de tener casa propia; en comprar un Volkswagen en abonos, y un refrigerador en abonos; en decir la frase: “el sistema bancario mexicano es el agio legalizado”; en abrir una lata de jamón jaleado de $80.00, acordarse entonces de los menesterosos de la India, y comerse el jamón de mala gana; en ir a la representación de las Brujas de Salem; en decir al plomero que en México priva la injusticia y obligar a la criada a recitar Pipa pases para solaz de la concurrencia.
Todos estos vicios están debidamente comprobados, catalogados y sancionados por la Academia de la Lengua, el Instituto de Investigaciones Escatológicas y el Colegio de Cardenales. Esta publicación y yo en particular, nos hemos hecho acreedores de toda clase de bendiciones, agradecimientos y loas por haberlos dado a conocer como lo que son, poniendo de esta manera un hasta aquí a su propagación y ejercicio entre personas ignorantes y distraídas.

Este texto es distinto a aquél de Malos hábitos, incluído en la antología «Revolución en el jardín», editada apenas el año pasado por Reino de Redonda, con prólogo y edición de Juan Villoro.


Mi mejor maestra

Mayo 15, 2009

Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes. Dame que alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte en ella clavada mi más penetrante melodía, para cuando mis labios no canten más. —Gabriela Mistral, La Oración de la Maestra

Tuve muchas, por fortuna, todas muy sabias y tan sólo por ello todavía más bellas. Recuerdo a Amparo, siempre muy señora, muy elegante, muy maestra. Recuerdo a Rosalía, una española muy mexicana que atinadamente hacía llegar sus sagradas lecciones de Literatura aderezadas de laicas lecciones republicanas. También, por supuesto, recuerdo a Lolita, durísima con nosotros sus adolescentes pueriles y nerviosos en sus lecciones de Anatomía. Recuerdo a todas, sin duda, casi tanto y tan bien como a ella, la mejor. Mi mejor.

Desde siempre, pues resulta que tenía vocación. Es decir, que antes de mí y mis particulares lecciones, ella ya tenía en su haber a no pocos alumnos que con ella se hicieron sus hijos —ya les digo, con vocación. Conmigo fue distinto: un hijo que se hace alumno. Eso sí, nunca sus lecciones tuvieron lugar en aula alguna y jamás necesito de pizarras y tizas, ni siquiera de libros; sus caricias, abrazos, besos y palabras fueron su mejor herramienta. Es más, nunca quiso competir con aquellas mis maestras de colegio, al contrario: las ayudaba haciendo solamente su respectiva labor. Además, claro está, tenía ella misma —como maestra de colegio— sus propios menesteres que cumplir… cabalmente. Mucha maestra.

Me dicen que desde siempre fue así; que formaba a sus muñecas y que les impartía concienzudamente la lección del día. Tiempo después no tenía reparos en tener que dejar las calles asfaltadas para pisar las de tierra y así dotar a esos sus niños y niñas de una maternidad disfrazada de letras y números. Era de voz fuerte, nunca le hizo falta gritar, tan sólo elevarla un poco. ¿Llorar? Cada fin de año escolar, pero lo hacía muy en su interior. Sus quejas fueron siempre las mismas, las únicas: las condiciones del magisterio. Empero, nunca confundió la queja con la excusa de no ejercer su labor, su vocación. Maestra de diario, de sol a sol. Mi mejor.

Hoy día —como desde siempre— la recuerdo especialmente en ése su papel de maestra. Es mi día, me decía, y toda la razón se llevaba. Siempre feliz guardó esos sencillos regalos que recibía. Digo guardar, porque de hecho siempre eran detalles que no podían usarse o vestirse. Es más, los atesoraba. Nunca buscó la oportunidad de enseñar en alguna institución privada para, como así sucede, mejorar sus condiciones de trabajo: lo que más le importó fueron las condiciones de aprendizaje de sus alumnos. Así que siempre dejó para otro día ese cambio de escuela. Eso sí, nunca postergó sus requeridas tareas, ni aquellas para con sus alumnos, ni para conmigo. Dejó de cantar y mi tarea se volvió melodía. Una muy clavada.