¿Quién fue primero, el palestino o el israelí?

En el número especial del The Economist, «The World in 2012», se incluye una editorial del director de orquesta Daniel Barenboim: A way ahead for the Middle East; la he leído de un tirón no por alguna habilidad de lectura pero sí por las líneas de Barenboim, que son directas y diáfanas. Acaso por cuestiones editoriales, el texto aún no está en línea, así, no queda sino citar algunas partes (con mi rupestre traducción) y subrayar lo que en palabras del argentino-español-israelí-palestino resta y falta en aquel conflicto del Medio Oriente.

La naturaleza del conflicto no es política pero fundamentalmente humana. (…) Ambas partes deben aceptar el hecho de que sus destinos están inexorablemente ligados. En lugar de preguntar quién empezó, debemos preguntar quién tomará el paso decisivo para terminarlo.

Hemos adoptado el enfoque de la «corrección política» (…), y de esa manera impedimos la libertad individual de pensamiento. (…) Necesitamos habilitar al ciudadano para que tome la palabra.

(…) Una nueva generación de intelectuales que ayuden a los ciudadanos a librar los estrechos confines de lo que es «aceptable», y quizá llevarlos a reconocer la verdad básica de que entre más entienda uno al oponente, más puede uno aceptarlo y ser aceptado por él.

¡Suficiente con la competencia por el primer premio al victimismo!

Son sólo algunas líneas, pero todo el texto vale la referencia. Un texto, además, que me ha recordado algo que en esta parcela escribí hace dos años: Co(n)razón.

Cómo es posible

¿Cómo es posible llegue así la noche,
en compañía de esta soledad,
sin que miremos nuestro gran derroche?

Preferimos mirarnos con reproche,
refugiándonos bajo la ansiedad,
¡cómo es posible llegue así la noche!

Sin sentido tomamos algún coche
dejando ser a la casualidad
sin que miremos nuestro gran derroche.

Nos convertimos en cualquier fantoche
y preguntamos con fatalidad,
¿cómo es posible llegue así la noche?

Como siempre, mañana como anoche,
así nos rodeará frivolidad,
sin que miremos nuestro gran derroche.

Cerrar callándonos con este broche,
sin duda nos encanta la obviedad,
¿cómo es posible llegue así la noche
sin que miremos nuestro gran derroche?

El Bonn: un noble

Desde el sábado primero —hasta el tres— de octubre Bonn acoge el hipocentro de la Alemania. De las alemanias, de sus estados, de su gente, de sus maneras y de sus modos de ser, todo en tres y medio kilómetros de exposición repartidos a lo largo y ancho del entrañable Bonn.

En estos tres días tiene lugar una demostración particular: un sector público de distintas caras (Estado, Gobierno, Federalismo, Sociedad Civil y ONGs). Gobierno y Estado es lo que ha llamado más que nada mi atención; pocas veces he tenido la oportunidad de asistir a tales eventos. (Pues no son en realidad tantos; Berlín, por supuesto, está más acostumbrado a todo ello mientras que la Renania suele distribuirse en sus tantos pueblos y ciudades, y solo en días como estos despliega toda la artillería.) Es algo muy bienvenido. He podido ver, de primera mano, por ejemplo, lo que 14 ministerios federales hacen, cómo y por qué. Dentro de una gran carpa el visitante puede hacerse de información e inquirir la naturaleza de cada ministerio; también, si hay tiempo, resolver un cuestionario y ganar, por qué no, algún premio (e.g., un viaje a Berlín para dos personas). Ello con música (que la hay por doquier en este festival ciudadano) y un ambiente en realidad de celebración alemana —una muy merecida.

Durante estos tres días se celebran dos eventos en uno: el Día de la Unidad Alemana (3 de octubre) y el Día de la Renania del Norte-Westfalia (de la que forma parte Bonn). Este 2011 es además especial por cumplirse veinte años de celebración de la reunificación alemana (ocurrida en 1990 pero celebrada oficialmente un año después). Hoy lunes tres es, según el programa, el principal en cuanto a eventos (e.g., un desfile) y discursos, pero sábado y domingo han ya pagado con creces la naturaleza del evento.

Calles, parque y plazas se han llenado de gente que han salido a disfrutar no solo del excelente clima —que ha premiado sin duda estos días— sino también de sus logros como sociedad organizada. Además de aquella carpa con ministerios abiertos y prestos, hay también una recreación del Parlamento Federal donde los visitantes hacen de diputados (con todo y partido) y votan, con la ayuda de entretenidos actores, iniciativas de ley (e.g., si se debe comer más pescado); por supuesto, hay lugar también para la foto del recuerdo y el espectador puede transportarse —por medio de una pantalla azul— al estrado (e imaginar su particular discurso). Por otro lado, a unos metros, a lo largo de una avenida, se puede entrar a cada uno de los 16 estados alemanes y, amén de degustar, sobre todo cerveza y salchichas, conocer un poco su geografía y algún punto de particular interés. Por allá, en otros metros, la Renania hace lo propio con una abanico de ofertas culturales, turísticas y recreativas, así como políticas: cada partido tiene su lugar para ofrecer información.

Este sector público es también ONGs e institutos de investigación. Así, encontramos en calles (todo es en calles) la «Milla Internacional», que es donde tienen presencia distintas organizaciones no gubernamentales (e.g., Deutschland Hilft) e institutos o centros de investigación como la Universidad de las Naciones Unidas. De regreso al centro —es que hemos caminado ya hacia el sur— se pasa cerca del parque principal de la ciudad (el Rheinaue) donde a metros se instaló un «Alemania se mueve», donde la iniciativa —pública hecha por tres empresas privadas— ofrece incluso clases abiertas de aerobics. En el camino hay también, a lo largo del Rin, espacio para los grupos de rescate donde puede uno, por unos minutos, tomar parte de ellos y patrullar en su compañía el ancho río.

Sin duda los tres días apenas y rinden para darse una vuelta por este Bonn tan él, tan alemán y tan abierto. En tres zonas, pues, dividieron la geografía de la ciudad: «De la ciudad al Rin», «Corazón del festival ciudadano» y «Bonn internacional». He contado un poco de cada una, me ha faltado hablar con detalles de las demostraciones varias de la utilidad de la ciencia, de los programas de cuidado a la naturaleza, de los juegos y actividades para los niños, de las diez tribunas para conciertos, de la atinada logística, en fin, de tanto que sigue haciendo posible que Bonn y Alemania tengan por delante un camino por demás prometedor.

Los caracteres de @GC_Lichtenberg

«¿No es curioso que una traducción literal casi siempre sea mala? Mas todo puede traducirse bien según se entienda al idioma—a sus hablantes».

La cita es mi traducción de Georg Christoph Lichtenberg en un apunte que, si literal, no cabría en 140 caracteres; Juan Villoro lo escribió así:
«¿No es curioso que una traducción literal casi siempre sea mala? Sin embargo todo se puede traducir bien; ahí se aprecia qué tanto se entiende un idioma, es decir, qué tanto se conoce al pueblo que lo habla».

Y aquí el original (en alemán):
«Ist es nicht sonderbar, daß eine wörtliche Übersetzung fast immer eine schlechte ist? Und doch läßt sich alles gut übersetzen. Man sieht hieraus, wie viel es sagen will, eine Sprache ganz verstehen; es heißt, das Volk ganz kennen, das sie spricht».
[I/324,1]

Me interesó «tuitear» a Lichtenberg porque a diferencia de otros escritores y sus citas citables, los textos (de no más de 140 caracteres) del anglófilo alemán son en sí el todo. Así, empecé directamente con el trabajo de Villoro en Aforismos (FCE 1989); esto es, leía, subrayaba, contrastaba con la version original (en Südelbucher, Insel 1984) y publicaba el «tuit».

Digo contrastar pensando en traducir. El esfuerzo es para evitar que @GC_Lichtenberg sea un copiado y pegado del trabajo de Villoro. Cada vez más voy directo al Südelbucher y trabajo con ello —pero de Villoro, claro, siempre procuro la compañía.

Cualquiera que lea la obra de Lichtenberg descubrirá en ella apuntes que caben en menos de 140 caracateres. Son, caray, «tuits». Textos que en español (y otras lenguas) están desperdigados por la web y que pocas veces tienen un espacio a la medida (pun intended): de ahí —también— que yo abriera en Twitter una cuenta en español para Lichtenberg. (A la fecha, 29/09/2011, hay solo dos cuentas más para él: una en alemán, con 85 tweets, y otra en inglés, con 12 tweets; así, esta en español es la de mayor cantidad de tweets y seguidores, 179 y 393 respectivamente.)

Por supuesto, no todo G.C. Lichtenberg cabe en @GC_Lichtenberg —y tampoco, lamentablemente, con alguna clasificación à la Villoro, e.g., «Ángeles y animales», «La barbarie ilustrada», «Las causas», o con la del propio Lichtenberg —con letras y números— pues tendría que hacer uso de los hashtags (and I don’t want to make a hash of it).

Como leo doy. Algunos apuntes —como el citado arriba— traduzco y ajusto en longitud, pero en general evito el recorte (que Villoro, por ejemplo, sí hace en su libro). Lo dicho, procuro los «tuits».

Sobra decir que puede haber de todo con @GC_Lichtenberg, desde tropos hasta aforismos, pasando por epigramas y una que otra sorpresa. Recién —temerario acaso— publiqué el siguiente serventesio:

Más devota y hermosa que Lucía
No será fácil ver a otra rezar,
Pues en cada oración se arrepentía
Y a todos cosquilleaba el pecar.

que en el «tuit» prescinden de la explicación de Lichtenberg, a saber: «A una hermosa muchacha que en la iglesia/ tan devota estaba». Seguí la estrofa de Villoro y su Lucía —que hago también mía por motivos personales— en el primer verso, pero después aquella así reza:

Más devota y hermosa que Lucía
No se verá rezar a otra mujer
Se arrepiente en cada letanía
De lo mismo que invita a cometer.

Ambas son versiones del original (en alemán):

Auf ein schönes Mädchen, das in der Kirche
sehr andächtig war.

Andächtiger und schöner als Lucinden
Wird man nicht leicht ein Mädchen beten sehn;
In jedem Zug lag Reue für die Sünden
Und jeder reizte zum Begehn.
[B 294]

Además de Lucinda (que, ya se ve, era por demás linda), advertí que Lichtenberg no canceló del todo la posibilidad de ver más muchachas como ella y, sobre todo, nos contó —explicó— lo ocurrido en aquella iglesia: la belleza de la devoción. Quise entonces mantener el tiempo verbal (indicado desde la dedicatoria, que Villoro por su parte transcribió así: «En la iglesia, acerca de una muchacha/ hermosa, sumamente devota.») y diluir, digamos, la culpabilidad de ella.

Ese cosquilleo me resultó natural para con Lichtenberg; todavía más, el propio Villoro le hace un apartado, Las mujeres, en el no-prólogo «La voz en el desierto» de Aforismos y escribe, cito: «Lichtenberg se veía a sí mismo como un precario equilibrista entre la mente y el cuerpo. ¿Cómo resistir a dos fuerzas tan poderosas: el estudio de las estrellas y el cuerpo femenino? El esbelto cuello de una mujer podía hacer que todas sus teorías se fueran a pique […]».

En suma, la devoción de la belleza.

Así pasa y queda @GC_Lichtenberg.

Los abandonados

«No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no pensar.»
—Julio Cortázar, La autopista del sur (en “Todos los fuegos del juego”, 1966)

En los últimos kilómetros de La autopista del sur es donde Cortázar remata esa alegoría de movilidad urbana, un atasco donde pasa todo y de qué manera. La maestría literaria, por supuesto, es evidente, he ahí las distintas historias de aquello que suele ser inadvertido por tantos—y fue el mismo Julio quien explicó tal razón para escribir el cuento—, y que dan cuenta (nos hablan) de lo mucho que viaja en un auto —o en cualquier vehículo— y, sobre todo, lo que sucede cuando tenemos que bajarnos de este.

Cortázar saca del automóvil a las personas y con su ficción muestra la verdad de tal tecnología. En unas cuantas páginas el escritor brinda, además, un análisis de la realidad del uso del auto; es decir, y esto acaso no es tan evidente, por medio de una historia fantástica contrasta los mundos de un automovilista (el interior y el exterior), y subraya a fuerza de palabras los demasiados autos y la cada vez menos convivencia humana… urbana.

Aquellos paralizados de cuatro ruedas tienen que convivir en medio del abandono tecnológico (si hasta de las radios tienen que prescindir) y es cuando surgen ésas sus historias… o más bien, las reviven a cabalidad. El abandono los despoja de la tecnología pero también los liga y, finalmente, los marca.

El ingeniero, al final del relato, se aferra a lo logrado en ese tiempo de encierro y, sin embargo, se sube a su auto y avanza aceptando la velocidad de la carrera. «[…] Y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro,…». Sabe lo que tuvo pero no lo que tendrá. No le queda sino apurarse. «[…] Por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros…», cuando en su momento se supo algo más de ellos. La muchacha del Dauphine habló con el ingeniero del 404, y si bien nosotros no llegamos a saber sus nombres, ellos seguro que lo habrán hecho: es por esta distancia —Cortázar al fin— que podemos ver con mayor claridad esa frialdad que impone la vida en automóvil. Aun con historias como estas, llenas de avatares, la personalidad del automóvil termina por rebasarnos, dejamos de saber quiénes (y cómo) pueden ser los otros. Con todo, el ingeniero es un 404 y la muchacha un Dauphine: las marcas son ellos.

Sólo fuera del auto es como se da pie a la historia, sólo fuera del auto, ah, esta avanza; una vez dentro del auto, oh, las historias vividas en esos meses del relato se apagan y son de nueva cuenta los autos los protagonistas, los más importantes de aquél final. «[…] Donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.»

Lo dicho: se deja de pensar y se va, abandonado, exclusiva y fijamente hacia adelante.

Listos con las listas

A las tantas listas que hay se aúna esta de «Diez libros que cambiaron la vida a 100 escritores en español» de El País Semanal. Es interesante, sin duda, uno se topa con algunas sorpresas y otras que no lo son tanto. Me traigo aquí a la selección de tres autores:

Carlos Fuentes (enlistado a su vez por Xavier Velasco y Juana Salabert)
1. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
2. La Odisea, Homero.
3. Antígona, Sófocles.
4. Macbeth, William Shakespeare.
5. La comedia humana, Honoré de Balzac.
6. Obra poética, Francisco de Quevedo.
7. Nuestro amigo mutuo, Charles Dickens.
8. ¡Absalón, absalón!, William Faulkner.
9. Cantos, Giacomo Leopardi.
10. Los miserables, Víctor Hugo.

Carlos Monsiváis
1. La Biblia.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
3. Obra completa, Jorge Luis Borges.
4. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
5. Canto general, Pablo Neruda.
6. Adiós a Berlín, Christopher Isherwood.
7. España, aparta de mí este cáliz, César Vallejo.
8. Piedra de sol, Octavio Paz.
9. Los miserables, Víctor Hugo.
10. Casa sombría, Charles Dickens.

Mario Vargas Llosa (enlistado a su vez por Jorge Eduardo Benavides, Javier Cercas, Jordi Gracia, Almudena Grandes, Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina, Edmundo Paz-Soldán, Santiago Roncagliolo, Iván Thays, Maruja Torres, Juan Gabriel Vázquez, Xavier Velasco y Luis Antonio de Villena)
1. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
2. Guerra y paz, León Tolstoi.
3. Madame Bovary, Gustave Flaubert.
4. Moby Dick, Hermann Melville.
5. Tirant lo Blanc, Joanot Martorell.
6. La montaña mágica, Thomas Mann.
7. Los demonios, Fiódor Dostoievski.
8. Esplendor y miseria de las cortesanas, Honoré de Balzac.
9. Luz de agosto, William Faulkner.
10. Ulises, James Joyce.

Por no dejar —y como mero ejercicio lúdico— dejo aquí mi lista (de mortal lector y en estricto orden alfabético):

1. Fahrenheit 451, Ray Bradbury.
2. Historia mínima de México, Daniel Cosío Villegas.
3. Aura, Carlos Fuentes.
4. The old man and the sea, Ernest Hemingway.
5. Los relámpagos de agosto, Jorge Ibargüengoitia.
6. La palabra mágica, Augusto Monterroso.
7. Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Pablo Neruda.
8. El capitán Alatriste, Arturo Pérez-Reverte.
9. La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa.
10. Twitter, varios.

Rectificaciones

Recién me topé con unas palabras de Kurt Vonnegut: “If you can’t write clearly, you probably don’t think nearly as well as you think you do.”, que me llevaron a otras de Confucio, unas que años atrás —recuerdo— escribí en una hoja y por un par de años fueron cual póster en mis lugares de trabajo. Son estas:

«Si el lenguaje carece de precisión, lo que se dice no es lo que se piensa.
Si lo que se dice no es lo que se piensa, entonces no hay obras verdaderas.
Y si no hay obras verdaderas, entonces no florecen el arte ni la moral.
Si no florecen el arte y la moral, entonces no existe la justicia.
Si no existe la justicia, entonces la nación no sabrá cuál es la ruta:
será una nave en llamas y a la deriva.»

Vuelvo a ellas e intento precisar su origen. Me ayudo de Paz, quien en El arco y la lira —y acaso de ahí llegué en su momento a la cita en sí— menciona que,
«En el libro XIII de las Analectas, Tzu—Lu pregunta a Confucio: “Si el Duque de Wei te llamase para administrar su país, ¿cuál sería tu primera medida? Él Maestro dijo: “La reforma del lenguaje”».

Así, busco en la red por el documento y encuentro versiones varias de lo que sigue de aquél diálogo entre el discípulo y el maestro; básicamente, el discípulo se sorprende por la respuesta del maestro y éste le reprende y, lo mejor, da paso a la explicación. Entonces, en inglés por ejemplo, encontré este par de versiones (de tales palabras):

1.
What is necessary is to rectify names.
[...] If names be not correct, language is not in accordance with the truth of things.
If language be not in accordance with the truth of things, affairs cannot be carried on to success.
When affairs cannot be carried on to success, proprieties and music do not flourish.
When proprieties and music do not flourish, punishments will not be properly awarded.
When punishments are not properly awarded, the people do not know how to move hand or foot.
(de James R. Ware)

2.
The most important thing is to use the correct words.
[...] If we don’t use the correct words, we live public lies.
If we live public lies, the political system is a sham.
When the political system is a sham, civil order and refinement deteriorate.
When civil order and refinement deteriorate, injustice multiplies.
As injustice multiplies, eventually the electorate is paralyzed by public lawlessness.
(por Jimmer Endres)

Luego, en español encuentro una de Joaquín Pérez Arroyo (en Confucio Los Cuatro Libros):

Lo que hace falta es rectificar los nombres.
[...] Si los nombres no son correctos, las palabras no se ajustarán a lo que representan y,
si las palabras no se ajustan a lo que representan, los asuntos no se realizarán.
Si los asuntos no se terminan, no prosperarán ni los ritos ni la música;
si la música y los ritos no se desarrollan, no se aplicarán con justicia penas y castigos y,
si no se aplican penas y castigos con justicia, el pueblo no sabrá cómo obrar.

Hay por aquí otra versión en español (y en otros idiomas); como fuere, no logro dar con la fuente de aquella mi primera cita que, sea pues, me parece aún la mejor —y supera a lo dicho por Vonnegut.

Apunte final al Favstar

En esta tercera y última entrega (aquí las dos anteriores: I y II), mencionaré el papel activo de Favstar. Esto es, hablé ya de sus características y un poco de sus mecanismos, ahora toca el turno de analizar el cómo ello ha sido aprovechado por algunos usuarios del Twitter en español.

Favstar es, como toda tecnología, un medio que además de ser empleado en algo, influye en el comportamiento del usuario. Así, este vehículo —y ya se dijo en la entrega anterior— ha sido usado para reafirmar, por ejemplo, la popularidad o aceptación en una comunidad; al mismo tiempo, ha servido de objetivo en sí: el ratificarse.

Es decir: porque se ha visto que es en un lugar como Favstar donde se da cuenta del «éxito» de la empresa (valga la expresión), es entonces que éste —con su página principal y tablero, sobre todo— tiene ya un parte activa en el proceso: muestra lo que se quiere demostrar. Favstar, pues, toma parte del comportamiento del usuario al tener, dentro de sus mecanismos, un segmento donde se asegura la exposición (más o menos constante) de lo hecho.

Hasta ahí la parte descriptiva. Lo interesante es, hasta ahora, observar qué contiene finalmente el resultado final de toda esta actividad (hago-veo-compruebo-hago). Al momento, es en la página principal de Favstar en español donde se han anidado una serie de cuentas de Twitter cuyo contenido es en gran medida una exacerbación de racismo, clasismo, sexismo, segregación, en fin, lacras todas que, se sabe, cunden principalmente en los países de América Latina.

Vale pues el cuestionamiento. ¿Se debe hacer algo? Sí. ¿Por qué? Porque si bien ello no es más que un reflejo de aquello que ocurre con o sin Twitter (o Favstar), el hecho de que una tecnología como tal pueda de alguna manera motivar o alentar esta clase de comportamientos (i.e., escribir tal violencia verbal), más vale entonces que al menos dicha tecnología no tome parte de semejante ejercicio. Por supuesto, el problema no cesará de un día para otro (y quizá nunca), pero si se le cierra un paso —una ventana— al menos no seguirá buscando verse por ese medio.

Dicho de otro modo, por ejemplo, así como en toda cuenta de Twitter se tiene la opción de «bloquear» al indeseable, no veo por qué un bloqueo al racismo o pedofilia (vueltos texto, vueltos tuits) deba no procurarse en esos otros espacios. ¿Censurar? No: aquellos que gustan de tal contenido lo seguirán leyendo o escribiendo con, ya se ve, total libertad. ¿Veto? No del todo: los que lo celebran (estrellándolo o no, retuiteándolo o no) seguirán ahí y con él.

¿Control? Sí, y el justo; toda vez que Favstar es un foro abierto, más nos vale que como usuarios de éste (directos o indirectos, pagando por él o no) no lo veamos irse al garete y explotado de esa manera. ¿Control de calidad? La calidad es otro asunto: nadie ha cuestionado (ni debiera) el que un tuit sea bueno, malo o regular en su calidad, no, el punto en sí —y es muy claro y se reconoce de sobra— es que con un tuit (o un conjunto, y sus estrellas y sus RTs) nos estemos dedicando a violentar —ya como modus operandi— lo más elemental de la convivencia: el respeto a la condición de otro, y buscar su franca exposición.

Escribir consuetudinariamente contenido que exalta la pedofilia, el racismo, la violencia sexual o doméstica, el nacionalismo ramplón, la superioridad étnica, etcétera, es, ha sido y será, inevitable: mas no por ello habrá que dejar que se acumule y nos inunde. Favstar es un lugar, finalmente, público, y se ha usado, insisto, para fines que lo han desvirtuado y trastocado en su papel de instrumento de lectura.

Llegados a este punto, la crítica, para que se entienda mejor, no es hacia la existencia en sí de un contenido en particular (éste, como otros que nos puedan disgustar o gustar, seguramente seguirá tomando cursos incontrolables y será reflejo de esto o aquello), la crítica es, visto los porques y con esto cierro, hacia las posibilidades de control en ese singular y activo espacio de exposición que es Favstar: se pueden y son deseables.

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