En la Nueva República Amorosa

Con Esperanza límpida y cuantiosa
somos Razón pero también Pasión
en la Nueva República Amorosa.

Gobernar es tarea fabulosa,
más si es con Rayo de Iluminación
con Esperanza límpida y cuantiosa.

Y nunca falta la gente facciosa:
habrá que convertirlos con fruición
en la Nueva República Amorosa.

La Democracia llega contagiosa,
lo sabe mi dedito que es bastión
con Esperanza límpida y cuantiosa.

Aquí conmigo, voces decorosas
sólo son las que tienen filiación:
en la Nueva República Amorosa.

Valiente Honestidad, secre’ preciosa,
a ti brindo la beatificación,
con Esperanza límpida y cuantiosa,
en la Nueva República Amorosa.

—Mael Aglaia

Un México Posible™ es la marca

Gobierno quiero de la gran comarca,
discreta me hago fina de pendientes,
Un México Posible™ es la marca.

Si aprieta la cargada, ¿poco abarca?,
ser mujer a saber si es suficiente,
Gobierno quiero de la gran comarca.

Un sindicato le hace agua a la barca,
su lideresa muestra ya los dientes,
Un México Posible™ es la marca.

Con amor oigo «es una oligarca»,
tranquila ni me espanto, dulcemente
Gobierno quiero de la gran comarca.

¿Y cuántos pecarán abierta el arca?
Desarrollo Social también es cliente,
Un México Posible™ es la marca.

Señora presidenta, la monarca,
hecha la mocha siempre tan sonriente,
Gobierno quiero de la gran comarca,
Un México Posible™ es la marca.

—Mael Aglaia

Una lectura a través del Favstar

A estas alturas el creador de Favstar.fm [FS], Tim Haines, bien podría emitir un juicio de las maneras de los mexicanos —con una mano en la cintura y la otra en alguna estadística de su creación. Si bien él no inventó —o sugirió— la estrella (para hacer favorito un tweet), sí echó a andar un sitio que da cuenta (literalmente) de lo que en Twitter [TW] se subraya, se «marca».

Es esto último, marcar, lo que la mayoría de los usuarios mexicanos han entendido como estrellar. Es decir, aquello que se mueve a la sección de favoritos (en la cuenta personal de TW y en la de FS) no es un apunte que interese releer, compartir, aplaudir, subrayar, apartar, en fin, hacerlo especial por su contenido, sino sencillamente marcar. Marcar para aprovecharnos de él.

Si Haines aprovechó esa herramienta (i.e., estrellar) del Twitter para el Favstar —y nótese que FS y Tim Haines son claramente dos usuarios bien definidos—, los usuarios mexicanos se han aprovechado de Favstar para su Twitter, y de otros usuarios de Twitter para su Favstar.

Se aprovechan de las fallas del sistema para ganar estrellas y lugares (e.g., «marco y márcame esto y aquello»),  se aprovechan del lugar y las estrellas para ganar popularidad (e.g., «participa en este concurso…»), se aprovechan (y roban) de los otros para ganar más popularidad (e.g., «miren lo ocurrente que soy…»). Se aprovechan de.

Hablo de los mexicanos porque hasta ahora han sido ellos los que han trastocado el funcionamiento de Favstar. Lo han malentendido como herramienta y lo han, en cambio, entendido muy bien para sus particulares fines (e.g., popularidad).

Así como en la fila de las tortillas («apárteme este lugar»), en la elección de la Flor Más Bella del Ejido («cómpreme todos los votos»), en la ida al mitin («es que nos van a dar esto y aquello»), en las tareas escolares («copiar y pegar, que el maestro no se enterará»),… vaya, como en el día a día, así es como la mayoría de estos usuarios han hecho de Favstar un México a escala.

No sé si Tim Haines ha estado en México, pero muchas de sus maneras ya las ha de conocer muy bien, gracias a Favstar, gracias a los usuarios mexicanos en él.

Por supuesto, otro asunto es el contenido de los tuits estrellados, ello también seguro que mucho hablará de los usuarios y puede ser motivo, al menos, de otra lectura a través del Favstar.

UNAM en la punta de la lengua

Para el cierre del apartado V. La lucha por aprender del recopilado Instrucciones para vivir en México (Joaquín Mortiz, 1990), de Jorge Ibargüengoitia, Guillermo Sheridan seleccionó el artículo «Incógnita de principio de año. ¿Quién mató (o va a matar) a la Universidad?», publicado el dos de enero de 1971. Es atinada la elección: pareciera que aquellas líneas son ya todo un «clásico». A cuarenta años de su publicación, el análisis y crítica de Ibargüengoitia, sobre todo en fechas de centenarios, celebraciones y goyas, son vigentes, necesarios y, de ahí, bienvenidos. Ibargüengoitia al fin y al cabo.

Me permito extraer líneas del mencionado artículo que, sin duda, se explican por sí solas y no necesitan aquí de mayor desarrollo o contexto. Jorge escribe:

[...] La Universidad ha aparecido en la conversación como tema recurrente (…) Nunca, que yo recuerde, estuvo la UNAM en la punta de la lengua de tanta gente.

[...] Si la Universidad se muere, muchos van a pensar que murió asesinada. (…) Pero dejando a un lado, por el momento, las posibles causas externas del deceso, conviene ahora que estudiemos a grandes rasgos las características de la víctima.

Aparte de estar rodeada de enemigos, la Universidad es una institución que nunca ha tenido fama, ni de ser saludable ni de estar bien organizada. Como centro de conocimientos ha sido “dentro de lo existente, lo mejor”, pero nunca “lo mejor”.

Es un organismo demasiado grande, que ha crecido con demasiada rapidez, que está alojado en recintos calculados para la mitad de alumnos, que recibe clases de un profesor suficiente para una tercera o cuarta parte de los mismos. Además, la esctructura de los estudios, aunque se han hecho esfuerzos por modernizarla, sigue siendo la adecuada para México en 1955.

[...] Las porras, las huelgas, las ganas de acabar con la Universidad de ciertos sectores, son más bien manifestaciones y consecuencias del mal, no causas de la enfermedad.

Pero los que piensan que la Universidad, tal y como la conocemos está en peligro de desaparecer, piensan también que esto no es una catástrofe, y tienen razón. Al contrario, puede ser, si no nos dormimos, el principio de otra universidad, o de varias, que tengan una constitución saludable y que estén de acuerdo a las necesidades reales del país.

«¡Ay, miren nomás qué retechula es nuestra escuela!»

«Con respecto al problema de la educación en México conviene decir lo siguiente: la falta de aulas no es más que una de tantas cabezas de la hidra, y la que aparece con más frecuencia. O, mejor dicho, la única que aparece. [...] La razón de que esto suceda es, creo yo, que vivimos en un medio esencialmente monumentalista. La educación es la escuela… el edificio de la escuela. [...] Creo que por este camino lo más que se puede lograr es que el país se llene de edificios, por lo general, horribles, en cuyo interior no sucede casi nada de provecho. Tengo la impresión de que el problema es de tal índole que no tiene solución dentro de los medios tradicionales, aunque éstos se multipliquen.» ~Jorge Ibargüengoitia

El título de esta nota es la exclamación que escuchó Ibargüengoitia en voz de una directora de escuela al contemplar a —en palabras de Jorge— «la educación como edificio», esto es, «creer que los edificios mismos son el fin que se persiguió al construirlos». Luego, lo citado arriba es parte también del artículo de 1971 donde Ibargüengoitia discierne sobre, ya se ve, el problema de la educación en México: «Déficit educativo. No hagan aulas» (en Instrucciones para vivir en México, Joaquin Mortiz, 1990).

Por supuesto, a más de uno les debe sonar esta manera «monumentalista» de hacer las cosas y, lo peor, creer que con ello se resuelven conflictos, atrasos o déficits. Luego, es aquí donde uno bien puede sustituir escuela por avenida (puente, supervía, segundo piso, etcétera), y educación por transporte para llegar a la misma conclusión: no hagan avenidas.

Todavía más de Jorge y su puntual mirada, en 1972 escribe, «la doctrina gubernamental en materia de transporte ha sido constante y puede resumirse en la siguiente frase: “nosotros ponemos la carretera, ustedes el coche y después cada quien se rasca con sus uñas”» (¿La última curva? En defensa del tren, en op. cit.).

Han pasado cuarenta años y seguimos en las mismas, creyendo que por obras (de benefactores espíritus acaso) nuestros problemas con el transporte se verán paliados. Se multiplican avenidas y, por si no bastara, se elevan al cuadrado; todo sea, nos dicen, por hacer más viable a la ciudad, confundiendo así lo más con lo mejor (o como diría Jorge, lo grandote con lo grandioso).

En corto, en México nos llenamos de edificios y avenidas sin atender los medios y fines ulteriores de, inter alia, la educación y el transporte.

Hay que saber llegar

¿Qué será este pueblo, una vez que todos sus hombres hayan tenido acceso al Hombre?
Entonces y sólo entonces sabremos lo que da de sí nuestro pueblo.
—Alfonso Reyes (en Reflexiones sobre el mexicano, 1944)

Uno podría pensar que el consejo del arriero estuviera a estas alturas más que entendido por el alma mexicana, que aquellos versos de José Alfredo fueran ya lugar común dentro y fuera de su reino, que lo importante no es llegar primero, pero saber llegar.

No hay tal. La «clave» del armatoste urbano y su transporte es sencilla: llegar lo antes posible. Ese es el objetivo, el reto: disminuir los tiempos de traslado del viajero, ir del punto A al B en el menor tiempo. Del costo qué más da, time is money, así que cualquier precio será bueno siempre y cuando lleguemos lo más rápido posible a nuestro destino.

«Tus hijos te esperan», recuerdo que rezaba una imagen que mi padre tenía en su automóvil, le antecedía un «no corras» que se entendía como un «despacio», una petición de paciencia toda vez que había finalmente la señalada espera. Hoy como ayer otros tantos padres tendrán algo similar no sólo en sus tableros de auto sino también en su cabeza… Aunque quizá esta vez no hay alguna petición de no correr y, en su lugar, la leyenda sea directamente un imperativo: rápido, tus hijos te esperan. Quizá la espera es un apremio, un mandato: ¡ya, rápido!

En esa anhelada rapidez invertimos nuestros dineros y ganas. Todo aquello que nos lleve más rápido —un transporte o una vía— es preferible a algo que «solamente» nos transporte, que nos mueva. Rápido, es la consigna. Los hijos, padres, amigos, compañeros, etcétera, nos esperan y ello es lo que importa.

El arriero está equivocado: hay que llegar primero. Visto así, de El Rey hay dos lecciones muy bien aprendidas por los mexicanos, la primera: rodar y rodar. Por supuesto, porque uno es moderno, la rodada debe ser motorizada y las vías —así una sobre otra— han de apuntar a una sola meta: hacer el menor tiempo posible. Nos empeñamos pues en repetir los coros de aquel Rey, rodar y rodar, y, aquí la segunda lección: llorar y llorar… sin saber llegar.

Intereses sin pies ni cabeza

La alternativa del título es una donde se declare que desde hace mucho tiempo en la Ciudad de México los intereses no tienen pies: tienen ruedas. Neumáticos de SUVs, Hummers, compactos, minis, micros, etcétera, todos automóviles que mueven pocas piernas, conciencias y, por el contrario, muchos —demasiados— intereses cuantitativos, sean medidos en tiempo*, dinero** o kilómetros***, que devoran sin freno (nunca mejor dicho) el paisaje urbano y el espacio común.

Se podría detallar tal denuesto al automóvil, mas antes de ello conviene detener la marcha (ídem) y pensar no en términos de cantidad sino de calidad urbana. Es aquí donde apunto la sin cabeza de los intereses puestos en el transporte urbano del DF. Fácil resulta rebatir cada una de las explicaciones/justificaciones que una obra como la Autopista Urbana ofrece a los críticos de su construcción. Por donde se le mire es sencillamente un remedo (que no remedio) que parcha y dice atacar síntomas de una grave enfermedad que la ciudad padece: la dependencia in crescendo al automóvil.

Así como los ya mexicanísimos topes que —en la mentalidad de quienes los solicitan y hacen poner— pretenden regular, controlar, agilizar y demás términos «pro-viabilidad» (agréguese el hoy tan recurrido «desahogar»), no logran más que empeorar la vida urbana de los peatones, usuarios del transporte y habitantes en general, de igual forma (sólo que a gran escala: todo sea en aras de la «modernidad») se intenta que segundos pisos, supervías y autopistas hagan de llave que cierren o abran, según convenga, las «arterias» de la gran ciudad.

La idea de una ciudad a base de personas motorizadas es lo que parece guiar el crecimiento del DF y es lo que, justifican, la hará moderna.  No hay lugar para pies y tienen razón: sin cabezas encargadas de pensar y repensar la ciudad, no queda sino llenar de obras por doquier para así, a falta de ideas, echar a andar los bolsillos y motores. Primero los fierros y centavos antes que la carne y el hueso. La materia gris se suple con materiales grises. Y así nos va.

Notas:
*Todo indica que el objetivo primero es lograr a toda costa, como en olimpiadas, el menor tiempo de traslado (i.e., más rápido llego, mejor para mí);
**Inversión en infraestructura donde, se piensa, a mayor cantidad de ésta, más y mejores resultados en todo sentido posible, o ventas de autos (asociando a ello, incluso, una mejora en la calidad de vida, i.e., tener auto como señal de bienestar);
***El análisis suele ignorar el por qué se usa cada vez más el automóvil, y se preocupa sencillamente por satisfacer tal demanda sin atender los motivos de su imparable crecimiento.

Cuando el pasado nos rebase: qué poca urbanidad

El proyecto Autopista Urbana (AU) en el Distrito Federal es ejemplo de la vigencia de un concepto caduco de movilidad urbana. Incluso con el uso de las redes sociales (e.g., Facebook o Twitter) como medio de información, se confunde consulta/comunicación ciudadana con los otrora «centros de atención a clientes» (o sea, un rupestre cuestionario preguntas-respuestas o «buzón de quejas»). Como fuere, lo toral es lo acotado del discurso para defender —en sí no se propone— una obra que atañe no sólo al transporte (u «ordenamiento vial» de una zona en particular de la ciudad) sino, sobre todo, al desarrollo urbano del DF.

El factor tiempo se esgrime como una justificación importante para la AU. En la sencilla ecuación se considera así la «reducción de tiempos de traslado» tanto de usuarios del transporte público como de automovilistas privados. Esta sencillez de razonamiento (i.e., más vías igual a menor tráfico) pecaría de ingenuidad si no fuera por los asociados impactos negativos que la dotan de torpeza (una más en la política y planeación urbana defeña), convirtiéndola en perversidad disfrazada.

A diferencia del proyecto Metrobús, con la AU la reducción de tiempos de traslado será incentivo para un mayor uso de un tipo de transporte en particular (y preocupante): el auto. Es decir, que si con el Metrobús se da pie a que de alguna manera (dada su rapidez) se le pueda preferir como primera y mejor opción de transporte, con la AU se genera un incentivo para preferir la, de hecho, peor opción de transporte urbano: el auto privado.

Además del factor tiempo hay una variable que la AU obvia: el espacio. Si con el Metrobus, por ejemplo, un carril reservado (que no construído) es ocupado en un momento dado por un motor que mueve a, digamos, 40 personas, compárese ello con una AU que sea ocupada ídem por tres motores (e.g., un bus y dos autos en paralelo) que muevan a, siendo generosos, 45 personas. Es decir, el beneficio marginal es mínimo frente al costo de haber proveído ese espacio; así como se calcula la generación de 65 mil empleos para la edificación de la obra, de la misma forma se debe calcular la generación de costos que, a diferencia de los empleos, se multiplicarán a lo largo del tiempo. Los beneficios, pues, no lograrán ser mayores que tal espiral de costos.

Con la AU se confunde reasignamiento con ordenamiento vial; también, mejorar vialidades con construirlas: lo primero es por supuesto bienvenido, lo segundo, a estas alturas, es inaceptable. El argumento es tan primario como aquél presentado cuando los segundos pisos de Periférico (i.e., si se llena un piso pues se hace un segundo) sólo que esta vez (como está visto que se llenan primeros y segundos pisos) habrá cobro de por medio. El peaje, sea poco o mucho y el para qué o cómo se administrará, no debe distraernos de que la naturaleza de la obra (y los argumentos que la respaldan) responde a una visión de ciudad que sigue teniendo como eje del transporte urbano al automóvil. Aquí, no basta que se comparen cifras de gastos o inversión en infraestructura para metro, RTP, taxis o automóvil; la realidad es que este último sigue ganando usuarios gracias al lugar que se le ha dado —voluntaria e involuntariamente— como la «mejor» opción de transporte urbano.

En sí el asunto no es si habrá más y mejor transporte público con la AU, el meollo es la propuesta del cómo un público en particular se ha de transportar. Los automovilistas no se bajarán del auto y otros más querrán usarlo (cf. la tendencia de ventas de autos nuevos y seminuevos, así como de kilómetros recorridos por unidad). Más que ordenar vialidades, la AU construye una más y, principalmente, cataliza el uso indiscriminado de estas.

Aún con alguna medida de discriminación (e.g., tarifas varias) según el tipo de autos y el uso de la AU, no se puede ni debe quedar bien con todos los tipos de transporte. La prioridad de la obra es muy clara y no ha lugar; la apuesta por un «más rápido» viaje en auto —sea a base de nuevas vías o de obligadas restricciones a la circulación— no ha dado resultados que a todos los habitantes (con y sin auto) favorezcan. Por un intento de política(s) de transporte se ha dejado de lado la idea o plan de una movilidad urbana que dé prioridad ya no a los medios de transporte y usuarios sino a la ciudad en sí, esto es, se ha sacrificado la noción genuina de un desarrollo sostenible para el DF.

Con todo, y termino, se podrá lidiar con los impactos de la puesta en marcha de una AU mas no con los de mediano y largo plazo, mismos que, paradójicamente, sí que se pueden prever con la construcción de la obra pero no evitar con ella: en el pecado lleva la penitencia. Dicho de otro modo, en la ciudad se ha venido, tal cual, obrando aquí o allá, pero no proyectando, o planeando, el hoy y el mañana. Ya es tiempo de hacerlo.