Zapatos botín

Desde que pude decidir, mi calzado ha sido —en un 99%— de un sólo tipo: botines. Son, dirían unos, mi fetiche. Fácil no es pues temporada tras temporada siempre son los menos en el mercado: pocos somos los que optamos por ellos. De mi parte la razón es comodidad y protección (así, 2 en 1).

Protección entendida como un abrazo justo y a la medida —al tobillo, por supuesto—, pero también al propio pie que, pienso, echa de menos la segunda piel cuando sólo dedos, empeine y talón son cubiertos: «tápame bien», susurra, «yo soy el epílogo de tu pierna». Así, la comodidad llega por añadidura, y un andar plantado también.

Ya que no es fácil dar con ellos, cuando lo logro me doy a la tarea de atesorar cada par. Es decir, que incluso tras el uso largo y continuado, su presencia seguirá conmigo y tarde que temprano renacerá el otrora compañero.

Tocó el turno de aquel par que mis padres mercaron para mí en San Mateo Atenco. De piel color marrón imitación gamuza, los usé hasta el cansancio. Si hay alguna foto con ellos puestos es seguro que mi semblante es sencillamente feliz. Hoy se repite acaso la estampa: de nueva cuenta tengo conmigo un par así.

Fue amor a primera vista, bastó verles para saber que al probarlos me vendrían cual guante. Simples como un anillo —dijo el poeta—: están ahí con el resto de la tropa.

Piel de ante… mañana y siempre.

¿Qué me pongo?

Por fin doy con un diálogo (discurso, más bien) que llamó poderosamente mi atención en la película The Devil Wears Prada (2006). Es un resumen de la industria de la moda. Un ejemplo que bien pudo haber sido dado en algún curso universitario de Economía; una explicación breve y concisa de lo que hay detrás de una simple decisión de compra/uso, en este caso, de una prenda de vestir. Una simple prenda de vestir. Además, la escena es realmente una muestra fiel de lo que suele ocurrir en los momentos de compra/decisión con la mayoría de los compradores que ven a la Moda como un capricho de algunos sectores de la población preocupados más bien, se piensa y dice, en aspectos superfluos de la vida (como decidirse entre algún particular color o diseño de una prenda, y su posible uso/consumo).

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