En la Nueva República Amorosa

Con Esperanza límpida y cuantiosa
somos Razón pero también Pasión
en la Nueva República Amorosa.

Gobernar es tarea fabulosa,
más si es con Rayo de Iluminación
con Esperanza límpida y cuantiosa.

Y nunca falta la gente facciosa:
habrá que convertirlos con fruición
en la Nueva República Amorosa.

La Democracia llega contagiosa,
lo sabe mi dedito que es bastión
con Esperanza límpida y cuantiosa.

Aquí conmigo, voces decorosas
sólo son las que tienen filiación:
en la Nueva República Amorosa.

Valiente Honestidad, secre’ preciosa,
a ti brindo la beatificación,
con Esperanza límpida y cuantiosa,
en la Nueva República Amorosa.

—Mael Aglaia

Apunte final al Favstar

En esta tercera y última entrega (aquí las dos anteriores: I y II), mencionaré el papel activo de Favstar. Esto es, hablé ya de sus características y un poco de sus mecanismos, ahora toca el turno de analizar el cómo ello ha sido aprovechado por algunos usuarios del Twitter en español.

Favstar es, como toda tecnología, un medio que además de ser empleado en algo, influye en el comportamiento del usuario. Así, este vehículo —y ya se dijo en la entrega anterior— ha sido usado para reafirmar, por ejemplo, la popularidad o aceptación en una comunidad; al mismo tiempo, ha servido de objetivo en sí: el ratificarse.

Es decir: porque se ha visto que es en un lugar como Favstar donde se da cuenta del «éxito» de la empresa (valga la expresión), es entonces que éste —con su página principal y tablero, sobre todo— tiene ya un parte activa en el proceso: muestra lo que se quiere demostrar. Favstar, pues, toma parte del comportamiento del usuario al tener, dentro de sus mecanismos, un segmento donde se asegura la exposición (más o menos constante) de lo hecho.

Hasta ahí la parte descriptiva. Lo interesante es, hasta ahora, observar qué contiene finalmente el resultado final de toda esta actividad (hago-veo-compruebo-hago). Al momento, es en la página principal de Favstar en español donde se han anidado una serie de cuentas de Twitter cuyo contenido es en gran medida una exacerbación de racismo, clasismo, sexismo, segregación, en fin, lacras todas que, se sabe, cunden principalmente en los países de América Latina.

Vale pues el cuestionamiento. ¿Se debe hacer algo? Sí. ¿Por qué? Porque si bien ello no es más que un reflejo de aquello que ocurre con o sin Twitter (o Favstar), el hecho de que una tecnología como tal pueda de alguna manera motivar o alentar esta clase de comportamientos (i.e., escribir tal violencia verbal), más vale entonces que al menos dicha tecnología no tome parte de semejante ejercicio. Por supuesto, el problema no cesará de un día para otro (y quizá nunca), pero si se le cierra un paso —una ventana— al menos no seguirá buscando verse por ese medio.

Dicho de otro modo, por ejemplo, así como en toda cuenta de Twitter se tiene la opción de «bloquear» al indeseable, no veo por qué un bloqueo al racismo o pedofilia (vueltos texto, vueltos tuits) deba no procurarse en esos otros espacios. ¿Censurar? No: aquellos que gustan de tal contenido lo seguirán leyendo o escribiendo con, ya se ve, total libertad. ¿Veto? No del todo: los que lo celebran (estrellándolo o no, retuiteándolo o no) seguirán ahí y con él.

¿Control? Sí, y el justo; toda vez que Favstar es un foro abierto, más nos vale que como usuarios de éste (directos o indirectos, pagando por él o no) no lo veamos irse al garete y explotado de esa manera. ¿Control de calidad? La calidad es otro asunto: nadie ha cuestionado (ni debiera) el que un tuit sea bueno, malo o regular en su calidad, no, el punto en sí —y es muy claro y se reconoce de sobra— es que con un tuit (o un conjunto, y sus estrellas y sus RTs) nos estemos dedicando a violentar —ya como modus operandi— lo más elemental de la convivencia: el respeto a la condición de otro, y buscar su franca exposición.

Escribir consuetudinariamente contenido que exalta la pedofilia, el racismo, la violencia sexual o doméstica, el nacionalismo ramplón, la superioridad étnica, etcétera, es, ha sido y será, inevitable: mas no por ello habrá que dejar que se acumule y nos inunde. Favstar es un lugar, finalmente, público, y se ha usado, insisto, para fines que lo han desvirtuado y trastocado en su papel de instrumento de lectura.

Llegados a este punto, la crítica, para que se entienda mejor, no es hacia la existencia en sí de un contenido en particular (éste, como otros que nos puedan disgustar o gustar, seguramente seguirá tomando cursos incontrolables y será reflejo de esto o aquello), la crítica es, visto los porques y con esto cierro, hacia las posibilidades de control en ese singular y activo espacio de exposición que es Favstar: se pueden y son deseables.

Una lectura a través del Favstar

A estas alturas el creador de Favstar.fm [FS], Tim Haines, bien podría emitir un juicio de las maneras de los mexicanos —con una mano en la cintura y la otra en alguna estadística de su creación. Si bien él no inventó —o sugirió— la estrella (para hacer favorito un tweet), sí echó a andar un sitio que da cuenta (literalmente) de lo que en Twitter [TW] se subraya, se «marca».

Es esto último, marcar, lo que la mayoría de los usuarios mexicanos han entendido como estrellar. Es decir, aquello que se mueve a la sección de favoritos (en la cuenta personal de TW y en la de FS) no es un apunte que interese releer, compartir, aplaudir, subrayar, apartar, en fin, hacerlo especial por su contenido, sino sencillamente marcar. Marcar para aprovecharnos de él.

Si Haines aprovechó esa herramienta (i.e., estrellar) del Twitter para el Favstar —y nótese que FS y Tim Haines son claramente dos usuarios bien definidos—, los usuarios mexicanos se han aprovechado de Favstar para su Twitter, y de otros usuarios de Twitter para su Favstar.

Se aprovechan de las fallas del sistema para ganar estrellas y lugares (e.g., «marco y márcame esto y aquello»),  se aprovechan del lugar y las estrellas para ganar popularidad (e.g., «participa en este concurso…»), se aprovechan (y roban) de los otros para ganar más popularidad (e.g., «miren lo ocurrente que soy…»). Se aprovechan de.

Hablo de los mexicanos porque hasta ahora han sido ellos los que han trastocado el funcionamiento de Favstar. Lo han malentendido como herramienta y lo han, en cambio, entendido muy bien para sus particulares fines (e.g., popularidad).

Así como en la fila de las tortillas («apárteme este lugar»), en la elección de la Flor Más Bella del Ejido («cómpreme todos los votos»), en la ida al mitin («es que nos van a dar esto y aquello»), en las tareas escolares («copiar y pegar, que el maestro no se enterará»),… vaya, como en el día a día, así es como la mayoría de estos usuarios han hecho de Favstar un México a escala.

No sé si Tim Haines ha estado en México, pero muchas de sus maneras ya las ha de conocer muy bien, gracias a Favstar, gracias a los usuarios mexicanos en él.

Por supuesto, otro asunto es el contenido de los tuits estrellados, ello también seguro que mucho hablará de los usuarios y puede ser motivo, al menos, de otra lectura a través del Favstar.

Ensayo de una mierda anunciada—La crónica va al baño

La prueba
Del otro lado de la puerta un hombre
deja caer su corrupción. En vano
elevará esta noche una plegaria
a su curioso dios, que es tres, dos, uno,
y se dirá que es inmortal. Ahora
oye la profecía de su muerte
y sabe que es un animal sentado.
Eres, hermano, ese hombre. Agradezcamos
los vermes y el olvido.
—Jorge Luis Borges, en
«La cifra», 1981

El anuncio (que no disculpa). No soy escatológico, mas alguien tendrá que hablar de mi propia mierda: qué mejor que yo.

[espacio de reflexión para continuar o no con la lectura]

*3*2*1*

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Preludios en extinción

Cuando niño hubo algo que ocupó la mayor parte de mi tiempo: repasar libros y discos en algún respectivo rincón de la casa. Una escena común sin duda: mirar y tomarlos para —antes de decidirme por alguno en particular— estar con ellos algo más que un instante. Observarlos por delante y por detrás; hojear, comparar, en fin, tareas que hoy día, y cada vez más, las veo en camino a la desaparición.

El punto es sencillo: ¿cómo la era digital podrá satisfacer aquella necesidad sensorial del primer contacto con un libro o disco? Lo que es más, ¿cómo, si es posible, se podrá sustituir el placer de sencillamente dar repaso a una biblioteca o audioteca casera? ¿Cuál será aquel nuestro otrora preludio a la literatura y música en casa?

Por supuesto, el fin último no está a discusión, sin duda se podrá cumplir a cabalidad la tarea en sí: leer o escuchar. Pero, ¿qué hay del medio en particular, i.e., rodearse —sumergirse— de libros y música antes de poner manos (y ojos y oídos) a la obra? No estoy seguro que una pantalla electrónica (e.g., iPod, iPad, Kindle, etc.) logre ofrecer aquel, digamos, metro cuadrado de alfombra en donde junto a un librero pueda uno estirar el brazo para alcanzar uno o más libros, y entonces disponernos a dar breves y sentidos repasos de lo que podrá o no ser finalmente nuestra lectura.

El tiempo, nos dicen, pasa volando, por lo que es mejor ir a su paso y hacer así cada vez más instantáneo el acceso a un libro o a un disco. Craso error. Al tiempo se le conoce, no se le gana o pierde, y lo mismo ocurre con los libros o discos (o cedés): uno debe sentarse y hacerlos pasar para que entre todos nos animen a decidirnos por alguno(s) en particular. Ello, insisto, aún no logro verlo en la era digital y es lo que temo. Sobre todo por los niños (de hoy y mañana), ¿una pantalla —multimedia, si se quiere— podrá hacerles desear la lectura y la música?, ¿cómo tal pantalla podrá tomar vida y ser, v.gr., filas o pilas de lomos (que no fotos de portadas) al acecho de unos curiosos ojos? ¿Cómo, pues, además de saciar la curiosidad de la búsqueda, la pantalla logrará, ojo, generar y despertar tal curiosidad e interés?

Es la fecha que sigo pasando la vista a lo largo de estantes y decidiendo lecturas (o relecturas) a base de manos que juegan con hojas; también, sí, he aprendido a jugar con pantallas (e.g., iPod, Kindle) pero lo primero me sigue reportando mejores resultados que lo segundo: desde su principio… hasta el final de cada página.

©BlotoAngeles

Old Thoughts por BlotoAngeles

NB. Actualización al 5 de diciembre del 2011. Leo hoy día en la edición impresa del The New York Times para el Süddeutsche Zeitung un artículo que me da más razones para seguir pensando con preocupación algunos preludios. Un artículo publicado en línea el 20 de noviembre del 2011: aquí (en inglés), “For their children, many e-books fans insist on paper pages“.

Zapatos botín

Desde que pude decidir, mi calzado ha sido —en un 99%— de un sólo tipo: botines. Son, dirían unos, mi fetiche. Fácil no es pues temporada tras temporada siempre son los menos en el mercado: pocos somos los que optamos por ellos. De mi parte la razón es comodidad y protección (así, 2 en 1).

Protección entendida como un abrazo justo y a la medida —al tobillo, por supuesto—, pero también al propio pie que, pienso, echa de menos la segunda piel cuando sólo dedos, empeine y talón son cubiertos: «tápame bien», susurra, «yo soy el epílogo de tu pierna». Así, la comodidad llega por añadidura, y un andar plantado también.

Ya que no es fácil dar con ellos, cuando lo logro me doy a la tarea de atesorar cada par. Es decir, que incluso tras el uso largo y continuado, su presencia seguirá conmigo y tarde que temprano renacerá el otrora compañero.

Tocó el turno de aquel par que mis padres mercaron para mí en San Mateo Atenco. De piel color marrón imitación gamuza, los usé hasta el cansancio. Si hay alguna foto con ellos puestos es seguro que mi semblante es sencillamente feliz. Hoy se repite acaso la estampa: de nueva cuenta tengo conmigo un par así.

Fue amor a primera vista, bastó verles para saber que al probarlos me vendrían cual guante. Simples como un anillo —dijo el poeta—: están ahí con el resto de la tropa.

Piel de ante… mañana y siempre.

Mi mejor maestra

Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes. Dame que alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte en ella clavada mi más penetrante melodía, para cuando mis labios no canten más. —Gabriela Mistral, La Oración de la Maestra

Tuve muchas, por fortuna, todas muy sabias y tan sólo por ello todavía más bellas. Recuerdo a Amparo, siempre muy señora, muy elegante, muy maestra. Recuerdo a Rosalía, una española muy mexicana que atinadamente hacía llegar sus sagradas lecciones de Literatura aderezadas de laicas lecciones republicanas. También, por supuesto, recuerdo a Lolita, durísima con nosotros sus adolescentes pueriles y nerviosos en sus lecciones de Anatomía. Recuerdo a todas, sin duda, casi tanto y tan bien como a ella, la mejor. Mi mejor.

Desde siempre, pues resulta que tenía vocación. Es decir, que antes de mí y mis particulares lecciones, ella ya tenía en su haber a no pocos alumnos que con ella se hicieron sus hijos —ya les digo, con vocación. Conmigo fue distinto: un hijo que se hace alumno. Eso sí, nunca sus lecciones tuvieron lugar en aula alguna y jamás necesito de pizarras y tizas, ni siquiera de libros; sus caricias, abrazos, besos y palabras fueron su mejor herramienta. Es más, nunca quiso competir con aquellas mis maestras de colegio, al contrario: las ayudaba haciendo solamente su respectiva labor. Además, claro está, tenía ella misma —como maestra de colegio— sus propios menesteres que cumplir… cabalmente. Mucha maestra.

Me dicen que desde siempre fue así; que formaba a sus muñecas y que les impartía concienzudamente la lección del día. Tiempo después no tenía reparos en tener que dejar las calles asfaltadas para pisar las de tierra y así dotar a esos sus niños y niñas de una maternidad disfrazada de letras y números. Era de voz fuerte, nunca le hizo falta gritar, tan sólo elevarla un poco. ¿Llorar? Cada fin de año escolar, pero lo hacía muy en su interior. Sus quejas fueron siempre las mismas, las únicas: las condiciones del magisterio. Empero, nunca confundió la queja con la excusa de no ejercer su labor, su vocación. Maestra de diario, de sol a sol. Mi mejor.

Hoy día —como desde siempre— la recuerdo especialmente en ése su papel de maestra. Es mi día, me decía, y toda la razón se llevaba. Siempre feliz guardó esos sencillos regalos que recibía. Digo guardar, porque de hecho siempre eran detalles que no podían usarse o vestirse. Es más, los atesoraba. Nunca buscó la oportunidad de enseñar en alguna institución privada para, como así sucede, mejorar sus condiciones de trabajo: lo que más le importó fueron las condiciones de aprendizaje de sus alumnos. Así que siempre dejó para otro día ese cambio de escuela. Eso sí, nunca postergó sus requeridas tareas, ni aquellas para con sus alumnos, ni para conmigo. Dejó de cantar y mi tarea se volvió melodía. Una muy clavada.