
El Santos, vía Las Piedras del Camino de Edgar Amador.
:: In memoriam ::

El Santos, vía Las Piedras del Camino de Edgar Amador.
Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes. Dame que alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte en ella clavada mi más penetrante melodía, para cuando mis labios no canten más. —Gabriela Mistral, La Oración de la Maestra
Tuve muchas, por fortuna, todas muy sabias y tan sólo por ello todavía más bellas. Recuerdo a Amparo, siempre muy señora, muy elegante, muy maestra. Recuerdo a Rosalía, una española muy mexicana que atinadamente hacía llegar sus sagradas lecciones de Literatura aderezadas de laicas lecciones republicanas. También, por supuesto, recuerdo a Lolita, durísima con nosotros sus adolescentes pueriles y nerviosos en sus lecciones de Anatomía. Recuerdo a todas, sin duda, casi tanto y tan bien como a ella, la mejor. Mi mejor.
Desde siempre, pues resulta que tenía vocación. Es decir, que antes de mí y mis particulares lecciones, ella ya tenía en su haber a no pocos alumnos que con ella se hicieron sus hijos —ya les digo, con vocación. Conmigo fue distinto: un hijo que se hace alumno. Eso sí, nunca sus lecciones tuvieron lugar en aula alguna y jamás necesito de pizarras y tizas, ni siquiera de libros; sus caricias, abrazos, besos y palabras fueron su mejor herramienta. Es más, nunca quiso competir con aquellas mis maestras de colegio, al contrario: las ayudaba haciendo solamente su respectiva labor. Además, claro está, tenía ella misma —como maestra de colegio— sus propios menesteres que cumplir… cabalmente. Mucha maestra.
Me dicen que desde siempre fue así; que formaba a sus muñecas y que les impartía concienzudamente la lección del día. Tiempo después no tenía reparos en tener que dejar las calles asfaltadas para pisar las de tierra y así dotar a esos sus niños y niñas de una maternidad disfrazada de letras y números. Era de voz fuerte, nunca le hizo falta gritar, tan sólo elevarla un poco. ¿Llorar? Cada fin de año escolar, pero lo hacía muy en su interior. Sus quejas fueron siempre las mismas, las únicas: las condiciones del magisterio. Empero, nunca confundió la queja con la excusa de no ejercer su labor, su vocación. Maestra de diario, de sol a sol. Mi mejor.
Hoy día —como desde siempre— la recuerdo especialmente en ése su papel de maestra. Es mi día, me decía, y toda la razón se llevaba. Siempre feliz guardó esos sencillos regalos que recibía. Digo guardar, porque de hecho siempre eran detalles que no podían usarse o vestirse. Es más, los atesoraba. Nunca buscó la oportunidad de enseñar en alguna institución privada para, como así sucede, mejorar sus condiciones de trabajo: lo que más le importó fueron las condiciones de aprendizaje de sus alumnos. Así que siempre dejó para otro día ese cambio de escuela. Eso sí, nunca postergó sus requeridas tareas, ni aquellas para con sus alumnos, ni para conmigo. Dejó de cantar y mi tarea se volvió melodía. Una muy clavada.
Nada mal, creo yo. El Óscar ya fue y, sirvan cotejar, bien me hubiera dejado algunas ganancias. No muchas, cierto, pero sí algunas. Así las cosas, tengo que mejorar el ojo para actuaciones masculinas. Ahora bien, en mi defensa he de decir que como actor secundario me sigue pareciendo mucho mejor Seymour Hoffman que Ledger, y que aquí el premio fue más bien pretexto para un homenaje post mórtem. Luego, que no he visto Milk y que si hubiera visto aunque sea los avances creo que sí hubiera puesto al Penn en la quiniela. Ah, mi señalado favoritismo por la Winslet es lo que, espero comprendan, me da ese acierto; cosa que no hice con la Tomei, por lo que tomo también como acierto el voto a Penélope. O sea, que mejor dejo ya esto de la auto-felicitación y paso al corolario: El curioso caso nomás apantalla (y se puede vivir sin verla), Slumdog es redonda (y mejor es que se vea), Penn reafirma que es garantía y Winslet lo está afirmando (y me está gustando); Penélope no tenía mucha competencia, y Seymour Hoffman sí, y mortal. Sea pues.
Bien podríamos parafrasear toda la composición de don Pedro Flores. Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habrá una barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti. (…) Yo estoy obsesionado contigo, y el mundo es testigo de mi frenesí. No sabemos qué clase de amor o interés mueve a Google, pero ellos ya llegaron al océano y sus profundidades. ¿Obsesión? Leer el resto de esta entrada »
Ahora que Coldplay lanzó al mercado (vía iTunes) su más reciente material musical a través de la canción Viva la vida, en youtube se expone un supuesto plagio de la banda británica. Suele pasar. A mí la verdad me suena ciertamente similar la mentada canción con la expuesta The songs I didn’t write, pero no he entrado a detalles, ni lo haré. Lo que sí es que tal similitud y probable plagio no es exclusiva de Coldplay. Yo he de aprovechar este espacio para llamar a la sala a Miguel Bosé.
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Cuando niño solía tumbarme en la cama y mirar al techo y preguntarme cómo se viviría en la casa si estuviera al revés. Esa ventana me queda a las rodillas; la manija de la puerta está muy alta, tendré que alzarme de puntas para alcanzarla. Además, en cada puerta tenemos que librar el marco, que ciertamente son altos. Con el piso tiroleado* andar descalzo duele. Al salir de mi habitación necesito una escalera para bajar al profundo piso, y entonces volver a subir otra escalera para entrar al cuarto de mis padres. No, esta casa no está bien diseñada para la vida al revés. Es cansado andar en ella.
Ayer, después de años de no hacer ese curioso ejercicio mental lo hice de nueva cuenta recostado en la cama. Fue espontáneo, sin premeditación. Andar por el pasillo resultó bastante más cómodo que cuando niño pues no hay tirol que pisar. Eso sí, la ventana queda al ras de piso, pero fuera de ello al parecer esta casa sí está diseñada para habitarla de revés. Sin embargo, tanto ayer como ahora mejor es no salir de casa y evitar el profundo suelo, que vaya que nos complicaría el reingreso a la casa: fatiga total… como cuando uno se tumba en la cama.
*En México, tirol es el recubrimiento que se pone (i.e., tirolear) en paredes y techo como acabado; suele ser rugoso al tacto y grumoso a la vista.