El Jamaicón

Es la sección correcta, no pretendo hablar de fútbol o de José “Jamaicón” Villegas. Por otro lado, ni le busquen, la palabra no se ha registrado ni en el diccionario de la Real Academia ni en el de mexicanismos de su hermana Mexicana. Pero existe y es en sí un síndrome o mal así conocido: el síndrome del jamaicón. No es mi tarea tampoco con estas líneas explicar su origen (que es anecdótico y me parece lo suficientemente conocido en México), pretendo más bien dar rienda suelta a algunos apuntes de dicho síndrome, y no con ánimo de especialista en el tema, sino con el del que lo padeció.

Si bien no son futbolistas y no son apodados como aquél joven Villegas, defensa del Guadalajara, un sinnúmero de estudiantes mexicanos universitarios y de postgrado cruzan la frontera mexicana y emprenden la tarea de estudiar en el extranjero. Soy uno de ellos.

Centro de Londres, en un apartamento a pocas cuadras de Covent Garden. Era la primera vez que cruzaba el charco y que me veía inmerso en un país con lengua y cultura diferente a la mía. Era pues el minuto uno del partido que estaba por jugar. Rodeado de vida, de movimiento, de una parte que nunca duerme de aquella ciudad capital, yo me sentía profundamente solo. Era una sensación inefable donde lo único que pude hacer fue llorar en silencio como un niño y con la misma melancolía de aquél “Jamaicón” Villegas, mirando sus estrellas y pidiendo sus chalupas, sopes y rico pozole.

Es fuerte, que ni duda cabe, estar en una cancha totalmente distinta en la que uno se ha acostumbrado a tirar patadas y meter sus particulares goles. Todo es distinto. Sales a la calle y no hay aquél marchante a quien pedir una torta o rico taco, y tampoco un lugar que te sea inmensamente tuyo y totalmente conocido. Aquí nada es conocido. Y no importa que hables el idioma del lugar o que seas de los que se hallan rápidamente a nuevas condiciones: te puede suceder en cualquier momento y cuando menos lo esperes.

Es cuando te percatas de que algo te falta. A Villegas le faltaban sus antojitos; a otros nos falta la familia y los cuates, y a unos más “simplemente” el aire de su tierra. ¿Es cosa exclusiva de los mexicanos? De alguna manera me atrevo a decir que sí; al menos el tipo de sentimiento, tan fuerte, que nos puede llegar a invadir. Es quizá que nos atamos demasiado fuerte a lo nuestro.

Pero, vaya, ¡que ya es nuestro! Es entonces cuando podemos seguir adelante; cuando podemos evitar o superar el sentimiento y olvidar que debemos de estar en México para poder sentirnos bien y seguir andando camino. Es decir, que porque somos unos sentimentales sin remedio, que sabemos y amamos mucho, por ello es que no debe ser obstáculo el estar lejos de la tierra para emprender nuevas tareas.

Así sucedió. Reparé que soy lo que soy donde sea y con quien sea; que mi tierra me ha dado tanto que ya es cosa mía que me sigue y no me deja. Que el sabor y olor de la comida mexicana puede esperar un poco a hacerse presente y mientras ser un bellísimo recuerdo que nos alimenta para seguir adelante; que el cariño y camaradería de los cuates sigue ahí y que debe ser solaz suficiente para no dar marcha atrás; que somos siempre y que estamos por un rato, y más nos vale ser lo mejor que podamos mientras estemos en el lugar que nos toque estar.

Y no es que ya sea inmune al síndrome. Como dije, puede pasar en cualquier momento y en un descuido. Estoy ahora en Alemania y no puedo negar que me ha ocurrido de nuevo. Pero se sigue jugando y procurando el sosiego.

Dicen que desde aquella situación del “Jamaicón” Villegas fue como se dio lugar a la expresión y se pudo definir mejor a lo que tantos mexicanos sintieron y siguen sintiendo cuando están allende nuestras fronteras. Válido es totalmente el sentimiento, y ciertamente triste y poco recomendable. Mucho mejor entonces dar paso a un sentimiento que nos de cuenta de lo inmenso que es el cariño por nuestra tierra, y que así como generamos sensaciones tan fuertes que nos deprimen y nos doblegan, que este otro sentimiento, que es de siempre, de cariño y amor por lo nuestro, nos haga superar las barreras propias y externas.

El “Jamaicón” dio paso al nombre, al menos de forma coloquial, del síndrome en cuestión, pero también fue reconocido como un futbolista de clase y formó parte de aquél campeonísimo Guadalajara. Ojalá, pues, que haya una igual o mejor historia para tantos colegas mexicanos que, dentro de lo mucho que se pasa en estos menesteres académicos, llegan a sentir esa nostalgia por la tierra y un deseo inmenso por un regreso a casa. Que más allá de síndromes, éstos se eviten y dejen a su paso buenos caminos y que formen parte de mejores anécdotas e historias mexicanas. Así sea.

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