¡No queda sino batirse!

Desde 1996 tomó vida. Desde esa fecha pudimos dar cuenta de sus aventuras y acercarnos a su vida, que no es sólo de él sino la de todo un siglo, el XVII. Se pudo además constatar que éste lenguaje nuestro es algo más que un simple ir y venir de palabras, que es más bien un enunciado grande y riquísimo con su sujeto, verbo y predicado: nosotros, nuestras acciones y sus consecuencias. Es así la vida de Diego Alatriste y Tenorio, veterano de los Tercios de Flandes, mejor conocido como el capitán Alatriste. Es así la prosa de Arturo Pérez-Reverte.

El autor ha logrado en seis entregas (y las que faltan) hacernos llegar —y vivir— las aventuras del capitán Alatriste. Desde mi mortal condición poco puedo decir a lo que es ya un clásico de la literatura española de hoy día. Me limito a disfrutar y dejarme encantar por Íñigo Balboa y su narración de aquél gran siglo español y de aquél gran capitán que pudo ser Diego Alatriste. Ahora bien, si se cree que por ser una novela que versa sobre aventuras de espadachines, narrada desde la perspectiva de un personaje adolescente, tener ilustraciones en sus páginas (excelentes por cierto, de la pluma de Joan Mundet) y ubicarse en el siglo XVII, es una novela para niños o jóvenes y para simples fines recreativos y/o didácticos: se está en lo cierto… parcialmente. En realidad es una novela para todos; una historia que guarda no sólo entretenimiento sino también, por qué no decirlo, enseñanzas y lecciones que bien nos valdría atender seriamente. Novela que rebasa su tiempo y llega hasta nosotros (gracias al excelente manejo del idioma por el autor) fresca y refrescante para hacernos sentir alatristes, balboas o, incluso, malatestas del siglo XXI.

 

Desde 1996, pues, toman vida literaria aquella variedad de personajes, pero ya desde mucho antes, casi desde siempre, nos estaban esperando. Son personajes que guardan características del mundo de siempre, de aquél del siglo XVII y del de hoy. El mismo Pérez-Reverte se regala la oportunidad y mira a través de los ojos de Diego Alatriste no sólo a aquél mundo y a sus aspectos históricos, sino también a la realidad del individuo de hoy. Así, el lector también recibe lo suyo: la oportunidad de mirar y mirarse, sin nacionalidad alguna en específico, en aquellas distintas aventuras del Capitán.

 

No fue sino hasta que sale a la venta (noviembre 2003) el quinto volumen de la historia (El caballero del jubón amarillo), que me doy a la tarea de sumergirme en aquella gran historia. Efectivamente, antes había pasado de largo las cuatro entregas anteriores por suponerlas lecturas para niños. Gran error. Quedarse sin leer y disfrutar las aventuras del capitán Alatriste es simplemente no permitirse la oportunidad de alimentar el espíritu con aquello que sólo la buena literatura nos puede brindar: grandes verdades producto de maravillosas y bien contadas mentiras. (Como lo dice Vargas Llosa: La verdad de las mentiras.)

 

Por supuesto que poco se debe de contar de la historia. Ello será tarea del lector mismo; yo me limito a la invitación a través de ésta mi particular reflexión. El primer número de las aventuras es para mí el mejor, la razón es simple: es en él donde el autor se da a la tarea de dibujar sus personajes y donde, he aquí lo mejor, a través de su primera historia logra encantar al lector para que se siga de largo con las subsecuentes entregas. Tener ya seis de éstas (junto con el número de ejemplares vendidos) habla de lo bien logrado por aquella primera entrega.

En pocas palabras, empezar por el principio, que bien vale la pena. Y es en ese principio donde aparece la consigna que confieso hice ya mía: ¡no queda sino batirse! Ni el capitán, ni Iñigo, ni espadachín alguno la dicen. Es en boca de Quevedo donde se crea semejante arenga. Ella encierra el espíritu de la novela, el espíritu de todo aquél que en buena lid y con valentía va respondiendo a las vicisitudes de la vida de cualquier siglo. Es decir, que así como hay escritores que revelan verdades a través de casas color verde, aldeas (pueblos) de veinte casas de barro y cañabrava, y de años vividos con Laura; así también se agradece que los haya como Pérez-Reverte y su capitán Alatriste: un personaje que lucha por sí mismo y por sus amigos, que lucha por dignidad. Vaya, que su verdad es ésa y no más: batirse.

 

Es una verdad que se puede no compartir, pero que se debe conocer. La lectura de las aventuras del capitán Alatriste es el mejor de los medios. Pérez-Reverte nos ha facilitado enormemente la tarea y nos brinda la oportunidad de acercarnos a mundos, vidas y sueños que quizá en alguna otra forma no serán los mismos. Sus líneas nos guardan y esperan pacientemente. La sorpresa es segura, el placer aún más. Para ello se sentó Pérez-Reverte a escribir la novela: para imaginar y sorprender con lo real e imaginario, para ser leído y disfrutado. Para el lector, pues, no queda sino batirse.

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