Mi mejor maestra

Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes. Dame que alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte en ella clavada mi más penetrante melodía, para cuando mis labios no canten más. —Gabriela Mistral, La Oración de la Maestra

Tuve muchas, por fortuna, todas muy sabias y tan sólo por ello todavía más bellas. Recuerdo a Amparo, siempre muy señora, muy elegante, muy maestra. Recuerdo a Rosalía, una española muy mexicana que atinadamente hacía llegar sus sagradas lecciones de Literatura aderezadas de laicas lecciones republicanas. También, por supuesto, recuerdo a Lolita, durísima con nosotros sus adolescentes pueriles y nerviosos en sus lecciones de Anatomía. Recuerdo a todas, sin duda, casi tanto y tan bien como a ella, la mejor. Mi mejor.

Desde siempre, pues resulta que tenía vocación. Es decir, que antes de mí y mis particulares lecciones, ella ya tenía en su haber a no pocos alumnos que con ella se hicieron sus hijos —ya les digo, con vocación—. Conmigo fue distinto: un hijo que se hace alumno. Eso sí, nunca sus lecciones tuvieron lugar en aula alguna y jamás necesito de pizarras y tizas, ni siquiera de libros; sus caricias, abrazos, besos y palabras fueron su mejor herramienta. Es más, nunca quiso competir con aquellas mis maestras de colegio, al contrario: las ayudaba haciendo solamente su respectiva labor. Además, claro está, tenía ella misma —como maestra de colegio— sus propios menesteres que cumplir… cabalmente. Mucha maestra.

Me dicen que desde siempre fue así; que formaba a sus muñecas y que les impartía concienzudamente la lección del día. Tiempo después no tenía reparos en tener que dejar las calles asfaltadas para pisar las de tierra y así dotar a esos sus niños y niñas de una maternidad disfrazada de letras y números. Era de voz fuerte, nunca le hizo falta gritar, tan sólo elevarla un poco. ¿Llorar? Cada fin de año escolar, pero lo hacía muy en su interior. Sus quejas fueron siempre las mismas, las únicas: las condiciones del magisterio. Empero, nunca confundió la queja con la excusa de no ejercer su labor, su vocación. Maestra de diario, de sol a sol. Mi mejor.

Hoy día —como desde siempre— la recuerdo especialmente en ése su papel de maestra. Es mi día, me decía, y toda la razón se llevaba. Siempre feliz guardó esos sencillos regalos que recibía. Digo guardar, porque de hecho siempre eran detalles que no podían usarse o vestirse. Es más, los atesoraba. Nunca buscó la oportunidad de enseñar en alguna institución privada para, como así sucede, mejorar sus condiciones de trabajo: lo que más le importó fueron las condiciones de aprendizaje de sus alumnos. Así que siempre dejó para otro día ese cambio de escuela. Eso sí, nunca postergó sus requeridas tareas, ni aquellas para con sus alumnos, ni para conmigo. Dejó de cantar y mi tarea se volvió melodía. Una muy clavada.

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