Aunque me espine la mano

Sin duda es una situación poco creíble en las calles de las ciudades alemanas. Es más, no estoy seguro que haya una palabra en alemán (ni Lumpensammler o Müllman me convencen) para describir a tales personas. No son del todo mendigos o vagabundos, o al menos no cuando están en plena acción: buscar por botellas y latas en los contenedores de basura. Ello, dicho sea, sucede no sólo en calles sino también en los trenes del país, pues ahí también se les puede ver recorriendo los vagones y exhaustivamente revisando, tal cual, la basura.

La explicación es fácil: cada botella, lata o envase les reporta un ingreso. Así, estas personas no hacen más que hacer efectivo el depósito-reembolso del sistema (cf. esta nota). Lo curioso, insisto, es que a la vista (sobre todo del foráneo) son, decimos en México, pepenadores: pepenadores del primer mundo. Y sí, atediendo la definición del verbo pepenar de la RAE (y de su hermana Mexicana), ello es precisamente lo que se hace: se escoge, se recoge. Son pues pepenadores, quién lo hubiera dicho, bienvenidos protagonistas de la vida diaria de las calles (y trenes) de la Alemania del siglo XXI. Ahí se ven, sea en bicicleta o a pie, y siempre con su bolsa, pacientemente mirando cada bote de basura y sacando de él el objeto preciado. No se les va una; se puede afirmar que el tacto más que la vista llega a ser su mejor aliado.

Literal, no se meten con nadie, sólo con el bote. La gente los deja hacer. Hay quienes inclusive ayudan a la tarea: por ejemplo, si en el tren ven venir al pepenador, esperan por él (o ella, aunque suelen ser en su mayoría hombres) y en lugar de guardarse su botella (recordemos que se pagó un depósito) o tirarlo al bote, optan por entregarle o dejarle el envase. Civismo puro. No hay problemas, insisto, con el resto de las personas. Hay un entendimiento muy claro de la tarea. A unos les da por tirar a la basura su depósito y a otros por recuperarlo. Eso sí, la pepena se limita a buscar una vez que el residuo está ahí sin dueño alguno: no hay alguien esperando o pidiendo por tu envase. Ellos a los suyo.

A mí también, confieso, me gustaría ser parte de la tarea. Porque lo cierto es que, he observado, hay entre los locales una, digamos, indiferencia al asunto. Acaso porque los ven con ojos pragmáticos, los pepenadores son, sencillamente y a final de cuentas, una parte más de la vida urbana; el que tengan que rebuscar en la basura, en los desperdicios de los otros, no los hace especiales. Para mí lo son.

Suelo verles con interés, incluso con empatía. Yo también busco, como otros, algo que los demás tiran y que, como pocos reconocen, no deja por ello de perder un valor (un impacto, si se quiere). Soy un pepenador. Rebusco y llego a recoger del suelo, el qué es lo de menos (mis envases, recipientes vacíos, son otros), lo importante es que me reconozco como parte de la cofradía.

Así, lo digo, no me iré de Alemania sin ser parte alguna vez de la pepena; sin ayudar a un pepenador en su tarea, sin echarle una mano. Aunque me la espine.

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