Xochiojkali

Ya se abrieron… mas sólo permiten ser tomadas por aquél que lleve la nariz al descubierto y libre de toda prisa. Están ahí a la vera de un camino cuya belleza es temporal, es decir, depende más bien de peatones y ciclistas que lo transitan, y no de alguna fachada que lo custodie. En desnivel está una calle por donde pasan y se estacionan coches, o sea, que hay niveles y sólo aquellos que circulen al compás de sus piernas pueden acceder a ese lenguaje hecho de palabras que no se escuchan: se huelen.

Lo recorro dos o —lo mejor— cuatro veces por día de lunes a viernes; sea de subida o de bajada (sí, tiene pendiente), en ese tramo la velocidad es siempre la misma: pétalos por segundo. Que los autos allá abajo circulen, que se pierdan en sus vueltas, el aroma es exclusivo de nosotros los bípedos y los cletos que dejamos que nos envuelva.

Unos cuantos metros y el olor de cada flor se multiplica por cada sentido, pues también escuchamos, bañado de un vistoso y aromático rosa, el aire que nos entra, lo saboreamos y somos, a final de cuentas, tocados.

Cierto es que las calles y caminos de Alemania, cuando de naturaleza se trata, pecan de verdes y muy pocas veces dan paso —explicado por la geografía— a las coloridas flores; son entonces estos oasis urbanos donde uno encuentra recompensa y, lo dicho, no queda sino aspirar lenta, amorosa y profundamente.

Además, claro, de recorrer la calle, descorro sus flores en cada pedaleada. Calle de flores.

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