Disimulada carta a simuladas cartas

Estimado Doctor Miguel Carbonell:

He leído sus Cartas a un estudiante de derecho (3ª edición, Kindle Edition, 2012) y quisiera escribirle estas líneas a manera de respuesta. Usted no me las ha pedido, cierto, y yo tampoco pedí esas sus cartas; las compré, sin embargo, por una curiosidad de lector y, también, por su disponibilidad en digital —asunto que se agradece—, amén del título en sí que me recordó a Vargas Llosa y sus Cartas a un novelista (1997). Imaginé, en ese sentido, que así como el maestro novelista ofreció a sus colegas en ciernes algunas de las más importantes claves del oficio (i.e., sus cómos y porqués), así también usted —abogado académico investigador— daría al estudiante algo más, mucho más, que consejos prácticos (como el de pasar en limpio los apuntes de clase o tener una buena lámpara para estudiar).

Valga subrayar, antes de entrar en materia, que qué bueno que usted sea un jurista de éxito y que su biografía, recordada a lo largo de las cartas, esté plagada de momentos de recompensado esfuerzo. Ello, en verdad, es tan satisfactorio como prescindible. No estoy interesado en saber, por ejemplo, si la pasó bien —o muy bien— en los jardines de la UNAM o en la biblioteca del Centro de Estudios Constitucionales en Madrid. Sé que la mención busca la cercanía y la confianza con nosotros sus lectores, pero estas, creo, valdrían más como resultado de tan sólo un par de atinadas anécdotas, y no por un incesante recordatorio de lo que en su opinión es (o puede ser) esa gran aventura del estudio del derecho: una historia de éxito.

«Éxito», por cierto, no me parece que sea el estímulo mejor para el estudiante de una disciplina que exige más bien de una vocación acaso como la literaria. De eso, al menos como punto de partida, me hubiera gustado que usted nos compartiera, que contara a sus lectores-destinatarios la diferencia entre los frutos y el estudio (brega continua) del derecho como opción —digámoslo— de vida.

Empiezo por el final, doctor, por dejar claro la motivación (que no esperara fuera un mensaje de «tú puedes, si quieres, ser un ser excelente»), la base sobre la cual un estudiante ha de fijarse para de ahí tomar algún camino en particular de esa ruta, si me permite el símil, que es el derecho. Un camino, por supuesto, guiado por lo mencionado en su penúltima carta: la justicia. Aquí, conviene advertir, si bien se agradece el recuerdo de temas torales e históricos como Auschwitz, es evidente que lo suyo no es el género epistolar. Su recorrido se extiende demasiado y muchas veces inunda de datos y, lo peor, lugares comunes. Esto, intuyo, está relacionado con esa idea suya de dejar en claro —en una carta, la XIV— la importancia de la cultura general para el abogado. Pues bien, más le hubiera valido a lo largo de todas sus cartas nombrar, con atinada prosa, a los autores, las novelas, el cine, la filosofía, en fin, el arte y las humanidades, que van de la mano con el derecho.

Otras cartas redundantes son aquellas sobre la relación del derecho con la democracia y la economía… Corrijo, no redundantes pero sí de generalidades. Ligar tales conceptos y expresar concretamente no sólo su importancia sino también sus alcances en el estudio del derecho, es tarea aún pendiente. Sus buenos deseos para con la democracia, por ejemplo, sin duda los aplaudo y comparto, pero no me queda claro cómo el estudiante de leyes es parte ya (¿y mejor?) del ejercicio democrático (ni cómo el problema económico, sus actores, es reto constante en su quehacer de aprendiz).

Aquí, ya que lo menciono, vale recordar que si bien sus lectores pueden ser profesores o público en general, a final de cuentas los destinatarios de sus cartas son, tal cual, estudiantes de derecho. Jóvenes aprendices que antes de pensar en posgrados o futuras investigaciones, quieren entender esas primeras enseñanzas, esos primeros conceptos. Una síntesis quizá, pero —y usted lo propone— en forma de carta. Líneas en donde el remitente muestre las entrañas, donde se nos participe del desarrollo (explosión, si quiere) de la vocación, y no precisamente de la profesión (y de lo exitosa que ésta pueda o no ser). De eso último se habla un poco en su carta sobre las cuestiones éticas, gracias al ejemplo de la corrupción, y en aquella sobre la argumentación y la interpretación (aunque peque de protagonismo por el sobredesarrollo del que sabemos es su tema de especialización, derecho constitucional).

Pero todo esto que escribo es de atrás para adelante, le recuerdo, y llego a las primeras cartas que son paja, misivas en donde, a saber por qué, confunde el interés general (¿o sus objetivos al escribirlas?) con el genuino interés, el particular, de ese su lector-destinatario. Hablar pues de las técnicas de memorización, las nuevas tecnologías (¿a un joven estudiante?), los hábitos de estudio, e incluso el lenguaje y la información jurídica, del modo que usted lo hace, gastando páginas y recurriendo, insisto, a las generalidades, deja mucho que desear en esa primera parte del libro… Aun sea en buena medida la introducción cabal de lo que vendrá.

Terminé el libro, ya se ve, decepcionado. Con todo y sus epílogos (¡dos!) —decálogos que, acá entre nos, bien podrían ser la envidia de algún Coelho— y su magnífica biografía. Ésta, lo sabemos, ni falta que hacía incluir, doctor, queda claro que lo suyo es, sin duda, muy muy suyo.

Sin otro particular, cordiales saludos.

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