Mejor manden aparatos

De nuevo Marte un lunes seis de agosto del 2012. De nuevo leer a Ibargüengoitia: Reflexión lunática

En estos días, opinar sobre el viaje a la Luna se ha convertido en una gran industria. De corta vida, espero, porque tampoco se va uno pasar años leyendo en el periódico artículos sobre lo maravilloso que es que el hombre ponga un pie en la Luna. Pero, por el momento, hay que seguir la corriente. Me siento frente a mi máquina y escribo un artículo sobre la Luna. De lo contrario, me pasa lo que a la guerra entre el Salvador y Honduras, que nadie me hace caso. Así que allí va:

El viaje a la Luna que está ocurriendo en estos momentos ha cambiado mi vida de una manera microscópica: La Luna no es, ni volverá a ser, para mí, parte del decorado de una escena romántica, ni signo del paso del tiempo, ni estorbo para dormir con la ventana abierta, ni la causa de los aullidos del perro de junto, ni signo de la buena suerte, ni esperanza de lluvia, ni anuncio de la aparición de los lobos humanos, ni dominadora de las mareas, etcétera. De ahora en adelante será simple y sencillamente, uno de tantos lugares a los que no pienso ir.

En el momento en que Armstrong ponga un pie en la Luna, ésta pasará a ocupar, en mi conciencia, un lugar equivalente al que ocupan Las Vegas, Tegucigalpa y Los Mochis.

Pero estas son consideraciones personales. En realidad estamos viviendo momentos celebérrimos en la historia de la humanidad. Armstrong se va a bajar en la Luna, con una cámara, por supuesto, va a tomar fotografías, como cualquier turista, de su compañero parado junto al módulo, como si fuera el Arco del Triunfo, va a recoger unas piedritas, va a volver a subirse al módulo y va a regresar a la Tierra.

Una vez de regreso, va a cometer, probablemente, el mismo error que cometen los turistas que dicen: «Conozco Los Ángeles», nomás porque han estado media hora en el aeropuerto. Nos va a decir: «Conozco la Luna».

No me cuesta ningún trabajo imaginarme a sus nietos, dentro de veinte años, durante la sobremesa, haciéndose cruces y murmurando entre ellos: «¡Ay, ya va a empezar a hablar de la Luna!».

El primer viaje tripulado a la Luna es un gastazo, un notición, un acontecimiento despampanante, un motivo de prestigio tremendo para los Estados Unidos, una demostración irrefutable del adelanto tecnológico y de la perfección de los aparatos, pero los resultados tangibles son mínimos.

Con las muestras de piedra que se van a obtener, se va a poder determinar (cuando menos eso se espera) la historia de la Luna. Es decir, si la Luna fue parte de la Tierra, si ambas fueron parte de otro cuerpo o si la Luna era un cuerpo ajeno que iba pasando y quedó atrapado por la gravitación terrestre. Esto, que a mí, en lo personal, no me urge averiguar, puede permitir, algún día, formular una nueva teoría sobre el origen del Universo, o comprobar alguna de las ya existentes. Es un gran adelanto científico.

Nomás que hay un problema. Esas muestras de piedra pudieron ser recogidas por un aparato no tripulado, como ya había advertido, hace meses, un astrónomo inglés.

Su razonamiento era el siguiente: «¿Para qué arriesgar la vida de varios hombres, si lo que van a hacer lo puede hacer un aparato?».

Uno de los tripulantes del Apolo 8 le contestó, en términos muy cortantes, que lo que el ojo humano puede ver, y el oído oír, y la mano palpar, no lo puede ver ni oír, ni palpar, ningún aparato. Muy cierto. Lo malo es que, hasta la fecha, lo que los viajeros han declarado no es nada interesante. La experiencia, tremenda, pero la observación, casi nula. Las fotos son mucho más importantes.

Las palabras de los astronautas, que han sido recogidas religiosamente, son más bien frívolas. Uno declaró que la superficie lunar parecía queso añejo, otro, que la Tierra parecía deshabitada, etcétera.

Claro que no le puede uno pedir brillantes a gente que anda viajando a cuarenta mil kilómetros por hora, metida en una pocilga y comiendo papilla. Pero, después de todo, el astrónomo inglés tenía razón. Para que los hombres digan sandeces, mejor manden aparatos.

Pero hay una razón para mandar hombres a la Luna, que el sabio inglés no tuvo en cuenta. Al viaje a la Luna hay que darle interés humano. Nadie haría el viaje al Cabo Cañaveral para ver cómo se va a la Luna un aparato, por complicado que sea. Probablemente no habría, ni siquiera, quien se levantara a las seis de la mañana a prender la televisión. Hasta es posible que no hubiera quien patrocinara la transmisión.

Pero aquí hemos llegado a los verdaderos motivos del viaje a la Luna. A los que hacen el presupuesto de los Estados Unidos les importa un pepino si la Luna fue parte de la Tierra o no. Lo que ellos quieren es publicidad. Por eso va el hombre a la Luna. Es campaña publicitaria costosa y arriesgada, pero efectiva. ¡Ni hablar!

—JORGE IBARGÜENGOITIA (en Revolución en el jardín, 2008, de Ideas en venta, 1997)

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