El lance de Armstrong

Todo deporte puede ser un espectáculo, pero no todo espectáculo puede ser un deporte. Los culturistas, quizá con resignación, están al tanto de ello: esculpen y pulen sus cuerpos (su genética) con la ayuda física de mancuernas y aparatos, y con la química de complementos y suplementos alimenticios. El dopaje es parte del espectáculo: alcanzar y mostrar lo más y mejor del cuerpo. Así, aun con las sobredimensiones de un bíceps o un cuádriceps, participantes y espectadores están al tanto del balance —estética— que ha de tener aquél que quiera ganar competencias y admiraciones. Los Schwarzeneggers no buscan ser los más fuertes, altos o rápidos, su actividad no «versa» sobre eso, el dopaje es para ir más allá de los límites que cualquier deporte tiene (sea en fortaleza, distancia o velocidad) y hacer de sus cuerpos, amén de estéticos (según los patrones del momento, cual concurso de belleza), un selecto catálogo de músculos para la contemplación. El dopaje es parte del espectáculo: los reflectores irán sobre aquel (o aquella) que haya encontrado la combinación óptima de química y física.

¿Cuál es la combinación que encontró Lance Armstrong? Deporte y espectáculo, por supuesto; pero, todavía más, los mezcló a la perfección. No fue ni es el único. Las ligas profesionales de deportes varios (e.g., NFL, MLB, FIFA), e incluso el olimpismo, buscan ser, por distintas razones, un espectáculo. Muchos deportes logran serlo: se llenan de reflectores y éstos siguen a los más fuertes, a los más altos y a los más rápidos. Hay un momento, sin embargo, en que las luces (y sonido) deslumbran a deportistas y espectadores: ahí donde el espectáculo se hace pasar como deporte. Estar en las primeras planas, vestir las mejores marcas, firmar los mejores contratos, se vuelve la razón de ser del deporte. Qué mejor que un dopaje para ganar (o aumentar las probabilidades de la victoria), pero sobre todo para ayudar a ocupar esas planas, vestir esas ropas y devengar esos salarios. Tal fue el lance de Armstrong en aras del espectáculo: encontrar la mezcla perfecta de química y física de su deporte.

La nota del día es su condena por el dopaje, ¿cómo interpretarla? Los compañeros ciclistas de Armstrong, como acaso otro tanto en ese u otro deporte, también encontraron en el dopaje un medio más eficaz (¿y eficiente?) de acercarse a la recompensa de la victoria… pero solo Armstrong la aseguró. Fue el mejor, sin duda, la mejor máquina, el mejor espectáculo. El ciclismo de montaña, con sus grandes distancias y largos días de competencia, resultó caldo idóneo para montar un espectáculo que obviara la monotonía del pedaleo por horas y centrara la atención del espectador en los laureles de Campos Elíseos. Armstrong y compañía (¿mercantil?) hicieron del dopaje la herramienta perfecta para pulir sus cuerpos (que no el deporte), asegurar el mejor rendimiento posible y eliminar así toda competencia… todo deporte.

El dopaje en el deporte no responde a alguna necesidad deportiva en sí, de ahí que se quiera mantener a raya (o bajo control). No es cierto que al permitir o legalizar el dopaje en el deporte se ponga en igualdad de condiciones a los competidores. Se eliminan quizá, dado el control de calidad, los peligros del dopaje, así como las mafias y sus prácticas que puedan haber (y entorpecer la práctica deportiva), o incluso se favorecería la investigación médica del deporte, pero el deporte en sí, no. El deporte pierde competitividad con el dopaje. El deporte, aun con máximas à la Vince Lombardi, i.e., «el ganar no lo es todo, es lo único», no incluye a aquello que elimine la competencia en el deporte, e.g., ser el más fuerte. El dopaje hace del fuerte más fuerte y basta con tener el mejor dopaje para saberse, sin más, ganador de cualquier competencia.

¿Qué pasaría si todos fueran Armstrong? Un espectáculo. Reflectores apuntando al cuerpo que en la gran final cumpliera mejor con los patrones de belleza; el premio a la alquimia, la recompensa simple y llana al mejor dopaje. Así, si en actividades como el culturismo donde el dopaje los hace más fuertes, pero no hay premio al más fuerte (más alto o más rápido), en ese otro espectáculo vuelto deporte el dopaje sería el objeto de la competencia al premiar, sin miramientos, al más fuerte (más alto o más rápido). Ya no importaría la demostración de la fortaleza: sólo mostrarla. Dicho de otro modo, ¿quién tiene el mejor dopaje? Armstrong lo tuvo, fue el mejor Armstrong: ese fue su lance, su mejor espectáculo.

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