Cuarenta y seis mil ciento cuarenta y cinco yardas

Por años corrí en yardas. Aprendí a correr en yardas. Mis zancadas fueron para correr yardas, pero no siempre corría sobre yardas. Antes de cada temporada, los fines de semana, iba a emular la colina de Jerry Rice. Sin duda aquellas imagenes del receptor fueron la semilla del futuro corredor. Eso y las carreras de mi padre en Cuemanco y el Bosque de Tlalpan. Pero la colina, el cerro, siempre mantuvo mi preferencia: nada como aquella pendiente para sentir fortalecer mis piernas (y entonces el menos sentirme, ilusionarme, en el mismo camino de Rice).

Por años no trasladé las yardas a los kilómetros. Sólo de vez en vez me preocupé por la distancia en metros, por ejemplo, en 1995, para mi primera media maratón (que corrí al lado de mi padre) o para unos quince kilómetros en el Bosque de Chapultepec. Más nada. La pre-temporada, y el deporte en sí, obligaba a ceder en el trote e invertir, mejor, las horas en los levantamientos de pesas.

Hace meses la semilla (el gusanito) tuvo sus primeros frutos. Si bien antes, en aquellas primeras lejanas carreras (y en otras que hace un par de años me animé en tomar parte) los kilómetros tomaron protagonismo, aún seguía corriendo como si de yardas se tratara; no fue sino hasta con una maratón en mente que me despojé del peso del casco y las hombreras. Digo peso por no escribir sombras, pues lo cierto es que en todo momento el equipo de fútbol americano me acompaña. Dejé de correr en yardas, aprendí a correr kilómetros; sumé a las colinas de cuatro o cinco mil metros rutas de diez o más kilómetros. Todo por un maratón.

Correr siempre me gustó, insisto, aquellas imágenes de Rice en una colina, él solo y sus instintos, fueron muchas veces el motivo (adolescente al fin) para seguir en el tocho: éste, pues, resultó un buen pretexto para salir a correr. El tocho, como le decimos, nunca encontró en mí al mejor talento disponible; yo hacía lo que podía y por años nos aguantamos en buena lid. Tanto que, lo dicho, sus sombras (luz) me acompañan todavía. No empecé de cero, pero casi. Correr kilómetros (o millas) es mucho muy distinto a correr metros (o yardas), pero en ambas unidades hay elementos comunes. Jerry Rice lo sabía. Correr millas contra uno (eso es una carrera) fue lo que ayudó a Rice a perfeccionar las yardas de sus trayectorias (i.e., control de la fuerza en movimiento para hacer cortes) y las que seguían tras sus recepciones; correr yardas contra otros (eso es el tocho) fue lo que hizo de las carreras en kilómetros algo más que un trote en subida (o bajada): fue la personificación del obstáculo, la segmentación de las millas, el paso firme antes de otro igual de firme. Correr en contra es el punto en común.

El lugar común, por otro lado, es la carrera en sí, y cada vez más (por lo menos a partir de los años ochenta o ahora con el revuelo del correr descalzo); es normal, no queda sino hacerla particular. Cada cual a lo suyo, con sus propias sombras y luces. De mi maratón, decía, en su camino encontré mis razones físicas (aprender una mejor técnica, mejorarla; disminuir los dolores, evitarlos; encontrar los tiempos adecuados, superarlos) y, sobre todo, motivaciones principales: correr los dos minutos finales.

La buena música o el camarada de pista, grata compañía; la frescura del agua o el puntual refrigerio, siempre bienvenidos; la adrenalina de cada inicio o el «muro de los 30», acaso inevitables; el imperceptible guiño, apenas saludo, del colega corredor, o el entusiasmo de la arenga al paso; el zumbido de todos al pasar por un túnel o la soledad de la suerte de cada quien tras sostenido esfuerzo; el rendimiento contrastado con otros, la ruta y el clima; todo, en fin, lo que hay y puede haber en cada entrenamiento y el día de la gran carrera, palidece ante los dos minutos finales que cada cual enfrenta ya sea en la primera yarda o en la cuarenta y seis mil ciento cuarenta y cuatro, pues la restante —y solo esa— resulta ser el último segundo de esos minutos, el lugar donde se escucha el pitazo privado, la yarda por la que no hubo pausas ni reemplazos, la voz que te gritaba «no pares» y la que, en ese momento, te susurra: final del partido, ¿bien jugado?

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