Todos los días juegan en domingo

Mas si gritan el mío responden muchos rostros que yo no conocía
o que borró una esponja calada de minutos,
como el de ese párvulo que esta noche se siente solo e íntimo
y que suele llorar ante el retrato
de un gambusino rubio que se quemó en rosales de sangre al mediodía.
—Gilberto Owen (en Sindbad el Varado, «Día tres, Al espejo»)

Sobre todo he sonreído con ese grupo de gambusinos rubios y negros. Por decisión unánime resolvimos apoyar al equipo de San Francisco: una tía vive allí, luego somos de ahí. Con pocas yardas en mi haber, y ellos con dos campeonatos con sus respectivas yardas, el año de 1988 fue la consolidación del fanatismo en ciernes; tiempo después tendría no solo playeras, cachuchas y pósters, sino hasta una figura, un muñeco, del jugador más valioso de aquella gran final: Jerry Rice.

Un par de reuniones con la familia (i.e., tíos y primos) me bastaron para soler ver sin compañía los juegos, a lo más con mis padres (sí, ambos, pues tanto madre y padre llegaron a ser tan hinchas como yo). Frente al televisor atestiguaba los pasos de esos mis gigantes. Desde aquella temporada del ’88 hasta la del ’99 (el año de la debacle) seguí puntualmente sus andanzas; después, por las mías, los perdí de vista, literalmente, un par de temporadas, y entre el 2001 y 2003 apenas y reconocía a sus jugadores. Desde entonces, y a vuelta con mi andar personal, dejé de verlos y no es sino hasta esta temporada, gracias a una mejor cobertura en las redes sociales (y una excelente app), que vuelvo a aquellos pastos. A aquel jardín.

Este domingo jugarán por sexta vez la gran final y podrán, por sexta vez, ganarla. Los 49ers, los niners, suelen ser referidos por los cronistas en México como «los gambusinos». Nadie de a pie, ningún tochero (jugador de futbol americano), dirá que le va a los gambusinos, pero los cronistas llegan a tener esos apuntes, esas puntadas. Son muy pocas las certeras: esta es una de ellas. Gambusino es un mexicanismo que se antoja poético, y aun sin ser reconocido por el DRAE sí que se sabe de su significado (aunque no tanto de su origen). La palabra vive y se escucha. Yo le voy a sanpancho, a los cuarentaynueves, a los nainers, y sé que son los gambusinos de hoy día: el domingo se verá si encuentran o no su oro, su fortuna. Yo soy uno de ellos, lo he sido cada sábado y domingo (y no pocos lunes por la noche); he buscado con ellos el oro, asunto que no resulta del todo imaginario (cual gamusino): lo hemos encontrado.

Otra vez, decía, vuelvo solo a ver un juego. Será en mi media noche, en esta tierra donde casi nadie estará al pendiente de lo que pase al otro lado del océano; estaré a través de una pantalla que será sin duda espejo donde me vea como años atrás: prendido. Así no oiga la narración en español, seguro escucharé las ocurrencias de los narradores: que si el pasador, la formación abierta, el emparrillado, la defensiva secundaria, en fin, una serie de expresiones que siempre me fueron ajenas: precisamente porque jugué ese juego. ¿Qué sería de aquella porra en las gradas de las ligas infantiles y juveniles con un «pasador»: Llégale al core/ al core llégale/ llégale al core, llégale al core/ llégale ya? Seguro que la diré cual mantra, como otrora solía mi madre.

No sé si lloraré: pero al espejo estaré. Así mi día, juego del domingo.

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