Una mudanza

Al día siguiente de cerrar el trato por Ebay, llegamos puntualmente para recoger los muebles. El vendedor es un joven que, según nos cuenta, se irá a vivir con su novia; apenas y pasaba tiempo en el departamento. «Aquí no pasa mucho, sólo un par de festivales al año de los agricultores; renté las habitaciones por su buen precio, pero mi trabajo en Colonia y mi noviazgo me obligan a venir cada vez menos, y el costo del transporte se me está yendo de las manos. Tiempo de moverme». Ponemos manos a la obra.

Lo primero que observo es el caballo del establo y el gran patio frente a la entrada de la casa principal. Los tres Jack Russell de los dueños no dejan de husmear la camioneta que rentamos. Al subir por las escaleras de la torre, me detengo en cada escalón y miro los cuadros con motivos ecuestres. Uno de ellos, casi puedo asegurar, estaría en la biblioteca de los padres, quizá a un lado del librero donde pusieron el par de libros que les regalé. Llegué a pensar que ese cuadro podría ser sustituido por el que llevé de México en mi segunda visita a la casa. También en sus escaleras, debajo del ventanal, hay cuadros, pero con mapas del siglo XVIII; fue Ella, bien que recuerdo, quien me regaló el que colgué en el pasillo del departamento. Sus ojos azules fueron los primeros en verlo en aquel anticuario, y se abrieron todavía más cuando encantado admiré sus detalles. Así como con el resto de cuadros que me regalaba.

El joven me ayuda a cargar los muebles. Confirmamos que están en buen estado, son todos para la cocina. En minutos está todo listo. Vuelvo a ver las ventanas de las habitaciones: tienen el mismo color y estilo de las de la casa chica. La casa de huéspedes. Ahí nunca dormí, sólo la tomé de paso para llegar más rápido al jardín, ese que está a la orilla del riachuelo; al cruzarlo, una pendiente lleva al pradito de la “nube”, como lo bautizó Ella después del intento de sexo al aire libre. La nube.

Tenemos suerte con los muebles, sin duda, resulta que el joven no logró venderlos al precio y, dada la urgencia de su mudanza, al final son casi de regalo. Nuestro mayor gasto es entonces la renta y la gasolina del auto. Poco a poco estamos reemplazando los muebles viejos por unos menos viejos. Los cuadros que conservo son la diferencia: la decoración corre por mi cuenta, no hemos gastado en eso y he logrado disimular los aprietos económicos del departamento. Nos despedimos y salimos satisfechos. En el camino de regreso creo ver a lo lejos la pequeña iglesia donde Ella hiciera su primera comunión, pero no veo los restos de la muralla medieval. Me confundí.

Bajamos los muebles. «¿Sabes?», me comenta, con el verde encendido de sus ojos cada vez que me suelta alguna confidencia, «tuve un déjà vu». Mudo, sonrío. ~

Más cuentos en Pininos: narración y traducción, e-book disponible en Amazon. Diez textos breves que narran desde los pelos de una vaca hasta un atasco en Nueva York; la muerte, los recuerdos, las leyes, un cantante e incluso el amor, caben en ellos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s