Son los finales de fotografía

Tengo una foto de mi madre y yo,
ella de veinticinco, yo de cuatro;
los dos tenemos pelo largo y negro,
nuestros ojos cafés tan parecidos
observan en distinta dirección:
los míos a la cámara, los de ella
vigilan que no pierda el equilibrio
del sillón verde donde ambos estamos.
Creo reconocer la habitación
en casa de la tía, la mayor,
seguramente por algún cumpleaños.
Ya más de treinta años han pasado,
los puedo ver incluso con la foto:
tiene pequeños pliegues por el tiempo
de llevarla conmigo a todas partes;
quería repararla hace meses,
y todavía sigo meditándolo:
me dicen que hay que digitalizarla
para arreglarla pixel por pixel,
y que el precio podría ser muy alto.
La miro tantas veces, tantos años:
en este cumplo quince ya sin ella,
con una foto de mi madre y yo.

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