Anécdota (de Heinrich von Kleist)

Arroyo, cuando murió su mujer, tuvo que ocuparse de los preparativos del funeral. El pobre hombre estaba empero acostumbrado a dejar todo en manos de la mujer; así, cuando un viejo empleado llegó a pedirle el dinero para el crespón que quería comprar, él, con lágrimas en los ojos y la cabeza apoyada en la mesa, respondió: «dígale a mi mujer».

[~1810-1811]

*ver. de MAAG

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