El palacio de Zamora

Seguramente no pocos asiduos y avezados lectores de Jorge Ibargüengoitia pensaron que sólo él podría echarse al hombro la historia de Rosa del Carmen Verduzco y La Gran Familia de Zamora, Michoacán. Es posible. Así como con las Poquianchis y Las muertas (1977), el “albergue” zamorano tiene sin duda material para una ficción ibargüengoitiana; la diferencia, sin embargo, es que esta vez la tragedia no parece tener tintes de humor negro. ¿Qué se puede escribir cuando uno está rodeado de niños? A saber si el de Guanajuato hubiera firmado, por ejemplo, una carta pública de apoyo a la Sra. Verduzco y su labor; a saber si, al menos, una editorial hubiera escrito al respecto, ¿a favor o en contra?, ¿en broma o en serio?

Quien sí escribió al respecto fue Robert Walser (1878-1956). Con la misma edad de muchos de los “huéspedes” de Zamora, Robert Walser comenzó a escribir sus primeras líneas en Biel; en la foto al recibir la confirmación se lo ve de unos quince años, un niño adolescente: «la vida lo negaba», llegó a escribir el adulto Walser, y su madre siempre tenía prisa, «se ocuparía de él si pudiera permitírselo».

Sí, Robert Walser debió de escribir de algo como lo de Zamora. Y lo hizo, pero no en novela (o diario, mejor dicho), aquella de Jakob von Gunten (1909) y su Instituto Benjamenta, sino en “sueños”.

El escritor de “Schloss Sutz”, incluído en Träumen (Suhrkamp, 1985), en voz de alguno de sus habitantes cuenta, mutatis mutandis, lo que ocurría en aquel recinto mexicano dirigido por la señora Verduzco. El palacio Sutz, por cierto, es una invención; la localidad existe, pero no hay palacio alguno, es una utopía… Acaso como la que algunos, qué caray, describieron en sus columnas, peticiones, crónicas y reportajes. Walser se les adelantó, y de qué manera.

Traigo aquí un fragmento del texto (con mi traducción), y dejo que el lector curioso consulte por su cuenta el resto de la narración (disponible en español en Sueños [Siruela, 2012], o bien, si deja un comentario de solicitud, y me da tiempo, próximamente en este espacio); es la parte inicial, cinco párrafos, y la final, dos párrafos; quedan pendientes ocho:

“Palacio Sutz” de Robert Walser
noviembre 1920
(fragmento, ver. de maag)

Todos nosotros estábamos ahí bien resguardados, pues la Señora resultó ser la amabilidad misma. Ella era previsora, liberal y tan contemplativa como elegante. Qué encantadora se la veía en su traje de montar. Ninguno de nosotros la olvidará jamás. «Quien conmigo se aburre comete un pecado», solía decir.

Como un sueño era estar con ella. Todo el mundo era su puntual sirviente. Para ella no había diferencias. Todos éramos como sus hijos. Así como era de joven y bella, así también encontraba el gusto para cuidarnos como una madre. Lo hacía todo tan natural como si no tuviera otras preocupaciones.

«Señores míos», decía, «soy responsable de ustedes, pero sé que me facilitarán la tarea encomendada». Y sonreía bondadosa. Como fuere, el caso es que todos estábamos encantados con ella. Cada cual contaba al otro cuán maravillado y encantado estaba con esta mujer.

Nos constaba estar cautivos, pero no lo sentíamos. La comida era nutritiva. Había pastel, buena sopa, de vez en vez una salchicha, un tipo de papas fritas llamadas rösti, café y té, y buenos puros. No deseábamos nada mejor.

Nos exhortaban para trabajar, pero no nos obligaban. Cada quien hacía algo con alegría, pues comprendía que era por su propio bien. No habríamos podido tumbarnos al sol y soñar y fantasear como aquel inútil descrito por Eichendorff.

[…] Aquí vivían el amor, el arte, la naturaleza y el cariño mutuo.

También había enfermos; ellos encontraban cuidado médico. Para todo lo necesario había discreto cuidado; todo esmero, protección, se daba naturalmente.

Así más o menos era aquello. Podría contar un poco más, pero como tiene el mismo sentido, puedo saltármelo; porque quisiera mostrarme objetivo y parecer mejor lacónico que hablador.~

Robert Walser, ca. 1893, de RW: Una biografía literaria, J. Amann

Robert Walser, ca. 1893, de Robert Walser, R. Mächler, 1992

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Un nido por un balón

Aquellos estribillos de vez en cuando me vienen a la cabeza: la de un niño es quizá su mejor nido. “México ochenta y seis, México ochenta y seis, el mundo unido por un balón” y “El equipo tricolor tiene mucho corazón y en la cancha lo demostrará” siguen ahí dando vueltas. México ’86 fue mi primer Mundial y el único que seguí puntualmente, incluso hasta con algún producto oficial: los shorts del equipo tricolor (pues la playera, a saber por qué, nunca me interesó). Desde entonces mi atención a los mundiales ha sido más bien tangencial, sobre todo por mis gustos deportivos. A veces apoyaba al equipo de México y a veces me daba igual. Emigré a Alemania unos años antes del 2006 y la situación con “mis equipos de casa” no cambió: a veces hinchaba y a veces no: me era sólo pambol. Este año, por los jugadores y el entrenador, la selección alemana me fue más simpática; la de México, dicho sea, también.

Pero vuelvo a los estribillos. Esta vez son en alemán: “Ein Hoch auf uns, auf dieses Leben, auf den Moment, der immer bleibt!”, se oye en la radio y en cada transmisión mundialista de la televisión pública alemana. La canción se titula “Auf uns” (Por nosotros) y el intérprete es Andreas Bourani, un chico bávaro de ascendencia egipcia que tenía tres años cuando el México ’86, y que vive desde 2008 en Berlín. Su carrera profesional apenas cumplirá cinco años, el éxito mundialista se incluye en su segundo disco, Hey (Universal Music, 2014), y el canal ARD fue el que escogió la canción para sus transmisiones del Mundial Brasil 2014. Bourani cuenta que con un brindis entre amigos nació la canción: “Estuvo tan bien ese momento que tenía que escribir algo; la vida es así, lo bueno nunca es un estado permanente: son momentos que se encadenan.” Esta es la canción [con mi traducción]:

Auf uns – Andreas Bourani
Wer friert uns diesen Moment ein, [quién congela de nosotros este momento]
besser kann es nicht sein. [no puede haber nada mejor]
Denkt an die Tage, die hinter uns liegen, [piensen en los días pasados]
wie lang wir Freude und Tränen schon teilen. [cuánta alegría y lágrimas hemos compartido]
Hier geht jeder für jeden durchs Feuer, [aquí ponen todos las manos al fuego por todos]
im Regen stehn wir niemals allein. [nadie se queda solo bajo la lluvia]
Und solange unsre Herzen uns steuern, [y mientras nuestro corazón nos lleve]
wird das auch immer so sein. [así siempre será]

Ein Hoch auf das was vor uns liegt, [un brindis por todo esto]
Dass es das Beste für uns gibt; [es lo mejor que hay para nosotros]
Ein Hoch auf das was uns vereint [un brindis por lo que nos une]
auf diese Zeit. [en estos tiempos]
Ein Hoch auf uns, [un brindis por nosotros]
auf dieses Leben, [por esta vida]
auf den Moment, [por el momento]
der immer bleibt! [que siempre queda]
Ein Hoch auf uns, [un brindis por nosotros]
auf jetzt und ewig [ahora y para siempre]
auf einen Tag Unendlichkeit! [por un día interminable]

Wir haben Flügel, schwören uns ewige Treue [tenemos alas, juremos lealtad eterna]
Vergolden uns diesen Tag; [dorémosnos este día]
Ein Leben lang ohne Reue, [una vida sin remordimientos]
vom ersten Schritt bis ins Grab. [desde la cuna hasta la tumba]

Ein Feuerwerk aus Endorphinen [unos fuegos artificiales de endorfinas]
Ein Feuerwerk zieht durch die Nacht [unos fuegos artificiales transcurren por la noche]
So viele Lichter sind geblieben [tantas luces permanecen]
Ein Augenblick, der uns unsterblich macht [un momento que nos hace inmortales]

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=pg9k-lAM7M8]

La canción, sin duda, celebra. El video oficial es además una celebración por y para la Alemania de hoy, incluyendo a la mundialista; aquí un par de ligas: 1) en youtube y 2) en myvideo. A mí se me ha metido la canción en la cabeza y, acaso por estar como niño en este Mundial, ya hace nido el estribillo. Dice Bourani que le daría mucho gusto que este 13 de julio se celebrara el campeonato también con la canción. Ya se verá. Un día así, por cierto, se jugó el primer partido en la historia de los mundiales: Francia contra México en Uruguay 1930; este domingo, se sabe, juegan el último partido de Brasil 2014 los equipos de Alemania y Argentina. ¿Auf uns ya se oirá?~

¿Por qué el Hoy No Circula no funciona?

“Los hombres recuerdan más vívidamente sus desgracias que las cosas buenas que les vienen.”
—Livio

pantone-color-swatches

Sin importar el número de actualizaciones, el programa Hoy No Circula (HNC) de la zona metropolitana de la ciudad de México seguirá sin funcionar como remedio al problema de la contaminación atmosférica. La confusión está en la restricción: ésta pesa sobre los medios y no sobre la contaminación en sí. A diferencia de las fábricas, por ejemplo, cuya contaminación es tasada y/o regulada directamente, la regularización en los autos no recae en su cantidad neta de contaminantes que emiten, sino en su cantidad bruta.

Las ganancias se conocen en términos netos; las pérdidas, en brutos. Para que funcione un programa regulador del uso del auto (y de cualquier transporte), el usuario debe estar al tanto de lo que gana, pues con base en ello hace uso del medio de transporte. Restringir la circulación por días, prescindiendo de los patrones de uso y sujetos al modelo de la fuente de contaminación (y no a ésta en sí), sólo impacta a la percepción de las pérdidas por usar el auto. Es decir, “en total, no hay pierde”, vale la pena seguir usando el auto: las ganancias siguen “intactas”: lo que no se pudo circular hoy, se circulará mañana.

Otros programas de restricción al auto son más bien geográficos. Sin importar el día, y el modelo de auto (o sus contaminantes), la restricción permanente es sobre el uso en ciertas zonas de la ciudad (acaso las más contaminadas o las más sensibles). El automovilista deja de ganar por subirse a su auto hoy y mañana: no puede ni podrá circular en esa zona, sólo seguirá ganando en su movilidad si se baja del auto y usa otro medio de transporte. Es neto, ahí sólo hay pierde.

En general, hasta ahora no hay modo directo y práctico de pasar factura por el uso del auto, y que así se vaya pagando constante, contante y sonante por la contaminación generada. En la cara, no hay modo de disminuirle al automovilista su ganancia; el precio de la gasolina es apenas una parte, y si bien impacta las ganancias posibles del uso, en su demanda se involucran otros factores (incluidos los tecnológicos) que la vuelven inestable como instrumento regulador. En ese sentido lo único que queda es dejar que la demanda responda lo más y mejor posible al mercado y, sobre todo, asociarle en términos monetarios la potencial contaminación.

El punto, como sea, sigue siendo el uso del auto y el objetivo final: moverse. El habitante de una ciudad se mueve según pueda ganarle al tiempo y a la distancia. El tráfico es sin duda una pérdida para el transporte motorizado, pero se la ve en términos brutos y por tanto el automovilista sigue siendo parte (i.e., generando) del tráfico: la ganancia mayor está aún en el interior (y comodidad) de su auto. ¿Cómo hacerla menor frente a otras opciones de transporte? ¿Cómo aumentar las ganancias por moverse a pie, en bicicleta o en transporte público?

No mejores mañana lo que puedas mejorar hoy. Una calle atrae según sus características y posibles ganancias; si llana y pavimentada, los autos serán los primeros en ver y aumentar sus ganancias (“vamos más rápido”); si con aceras arboladas, los peatones pueden ser los primeros ganadores (“vámonos por la sombrita”). Las restricciones, si permanentes, generan también ganancias ulteriores al usuario final, uno que puede ser peatón, ciclista, automovilista, etc., según gane netamente más, no a lo bruto. Un mayor límite de velocidad, por ejemplo, es sobre todo una ganancia para el peatón, mientras que una disminución del ancho de acera es más bien una ganancia para el automovilista: en ambos casos la pérdida (del disfrute de andar en auto o a pie, respectivamente) importa menos que la ganancia generada. Ésta, por cierto, no guarda una relación proporcional en esos ejemplos, es decir, manejar sin límite es del todo una ganancia para el automovilista y tener el doble de acera tiene como gran ganador al peatón.

Calles de un solo sentido, incluso, son parte de la “ecuación”: si en el barrio se puede circular libremente en cualquier sentido con cualquier medio de transporte, la primera opción para ir de A a B será simplemente la más cómoda; si la dirección vehicular importa, la opción será la más cómoda y la menos restringida (en todo momento, ojo, pues si hoy no puedo pasar, mañana sí). Las calles de un solo sentido ayudan en buena medida a, valga la expresión, orientar el uso del auto, lo mismo que restricciones permanentes de estacionamiento (aunque sea con horarios), o, por otro lado, las facilidades que se den para llegar en auto a un restorán o centro social (cf. los valet parking).

El programa HNC no atiende pues la naturaleza ni del medio de transporte, ni de su contaminación, mucho menos del usuario. Más que niveles de contaminantes, precio de combustibles, horas pico de tráfico, costos de estacionamiento, etcétera, la primera opción de transporte depende de lo que ganamos al momento del movimiento, y en esa medida trazamos nuestras rutas (usos y hasta costumbres). Dejar de circular un día no disminuye en realidad el uso del auto (y sus emisiones contaminantes), puede incluso hasta aumentar las veces de uso, pues las ganancias siguen siendo las más frente a otras opciones de transporte: he ahí las francas calles, avenidas, segundos pisos, estacionamientos, financiamientos, cabildeos, en fin, toda la infraestructura y parafernalia que tiene como gran ganador al auto. Todo lo privilegia, incluso un programa que cree restringirlo.~

Tenemos secuestradas a las niñas

No es gratuito el motivo del cautiverio de cientos de niñas en Nigeria; para Shashi Tharoor, ex-subsecretario de la Naciones Unidas, la acción más importante para mejorar el mundo se resume en cuatro palabras: «educar a las niñas». Los secuestradores han argüido la “educación occidental” como razón suficiente de condena. Las niñas nigerianas, en su papel de alumnas, ojo, fueron secuestradas: en el pecado llevaron la penitencia. La noticia recorre el mundo y es la hora en que aún no se consigue la liberación de estas niñas.

Digo estas niñas pensando en tantas otras que viven sin educación. Aquellas sin acceso a escuelas y aquellas que aun yendo se quedan en realidad al margen de una educación incluyente, de una educación que no las vea como un peligro, o que tal acción (“occidental” o no) sea considerada como un pecado, gasto o desperdicio de recursos. Esas otras niñas viven también secuestradas. Los captores no son solo extremistas o fanáticos religiosos, son también aquellos, hombres y mujeres, que siguen viendo a la mujer como un objeto, adjetivándola según sus intereses y llamándola según convenga. ¿Cuántas “princesas” no estarán ya condenadas a los segundos planos? ¿Cuántos rostros y cuerpos de primer plano estarán opacándose entre sí? ¿Cuántas mujeres se seguirán viendo al espejo sólo para ver lo que otros quieren ver, quedándose atrapadas en él?… ¿Cuántas niñas crecerán secuestradas?

Los secuestradores han amenazado con la venta de las niñas… porque saben que hay quien las compra. Ahí o allá hay pues un mercado para tales objetos, lo ha habido ¿y lo seguirá habiendo? Las campañas se desatan y despliegan consignas para el caso nigeriano, «los hombres de verdad no compran niñas», ¿y qué del usufructo de aquellas niñas, adolescentes y jóvenes en los llamados mundos virtuales de Internet? Eso también es de verdad.

Tenemos secuestradas a las niñas, pero no hemos de traerlas de regreso: hay que llevarlas hacia adelante.

Eso lo sé

Trina el pardillo
del cerezo —de pronto
él está en flor.

~Imma von Bodmershof (1895-1982)
*versión de maag

ver en instagram

(c)donmaag

Vuelven a florecer los cerezos de las calles de Bonn. En especial los de dos calles, ambas en la parte vieja de la ciudad, al norte: Heerstrasse y Breite Strasse, cuya disposición hace de estas el atajo entre el Rin y el centro de la ciudad. La primera, por cierto, sería en español la “calle del ejército (o las huestes)” —y así lo fue en tiempos romanos—, pero en alemán se presta más para lo que hoy es: eine herrliche Heerstrasse; la segunda es sencillamente una calle ancha, y que da la bienvenida a la parte vieja de la ciudad (con un gran letrero en uno de sus extremos: Altstadt). Los cerezos no son de toda la vida: llegaron en los 80 gracias a una mujer, la entonces planificadora de la ciudad, Brigitte Denkel.

Antes de los cerezos en ese par de calles abundaban los coches y el gris. Había en promedio anual tres muertos por accidente automovilístico, las fachadas eran deslavadas y además de paso, las calles solo servían de estacionamiento. Más nada. A la luz de tales sombras se propuso, para reducir el tránsito vehicular, modificar las calles con pequeñas glorietas y mojones à la romana, y a las aceras volverlas peatonales, iluminarlas con faroles y sembrarlas de cerezos. En 1984 empezaron los trabajos no sin aspavientos de los vecinos: no querían árboles a las puertas de su casa, ni perder sus preciados estacionamientos. La señora Denkel echó pa’lante y son ya treinta años en que cada inicio de primavera se inaugura con el florecimiento de los cerezos.

heerstrasse bonn 02

(c)donmaag

Los turistas de estas primeras fechas primaverales preguntan tal cual dónde están las calles rosas. Y ahí se los ve con cámara en mano. No son pocos los de oriente, ¿de Japón?, que incluso con trípodes van tomando lugar a lo largo de la calle. El resto de calles toman parte del festín: cada año hay todo un programa de primavera del Altstadt con eventos en interiores y, por supuesto, exteriores. El principal acaso es, claro, el Festival de los Cerezos y Mercado de Pulgas (o mercadillo), donde todo un sábado los locales salen a la calle y montan sus mesas para tener un bazar a la sombra de los cerezos. Qué mejor luz.

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(c)donmaag

Un carnaval de hueso colorado

Colonia es para muchos la capital del carnaval alemán. Cuando Bonn dejó de ser la capital, no pocos dijeron que en Berlín se echaría de menos sobre todo al carnaval. No les faltaba razón, pues sin duda en Colonia hay una quinta estación en los días de carnaval.

(Un paréntesis para un chiste local que alude a la “rivalidad” de la zona: el carnaval renano se divide en tres (tomando en cuenta el curso, río abajo, del Rin): la cabeza es Bonn, el corazón es Colonia y el culo es Düsseldorf.)

Hace cuatro años escribí unas líneas alusivas al carnaval; en ellas esbocé apenas detalles de tan mentada celebración, y no me detuve en lo que quizá es lo más valioso: el corazón del carnaval. La música de carnaval, escribí, es con letras bobas y ritmos monótonos: gran error. Es decir, lo es sólo en fechas recientes, cuando cada vez más el carnaval se extiende por factores externos (v.gr., la cobertura en los medios, el turismo), y no porque desde su interior se pretenda el eco artificial de su voz original. Ésta, dicho sea, no es precisamente en alemán, sino en Kölsch. Mi lectura, pues, resultó más bien superficial.

Acaso como con las relaciones interpersonales de los alemanes, el carnaval renano (quiero decir, coloniense) exige también que uno llegue a su interior para entonces sí darse del todo y hacerse querer. Si uno se queda, por ejemplo, con esa música boba y esas celebraciones callejeras rebosantes de alcohol, no sorprenderá que algunos (locales o foráneos) eviten incluso la celebración. Pero apenas entren, literalmente, al corazón del carnaval, dudo mucho que lo sigan teniendo como una fiesta más.

Durante carnaval, desde el once de noviembre hasta el lunes previo al Miércoles de Ceniza, no hay fiestas en sí para los “locos renanos” (que es una traducción cercana a lo que sería un Jeck), lo que hay son reuniones (Sitzung). Uno va pues a juntas de personas que con mesas de por medio y un estrado celebran la época. Ahí se cuentan historias humorísticas (que cada vez más, digámoslo, degeneran en llanos chistoretes); se presentan grupos de baile (vestidos a la usanza militar decimonónica, cuando la ocupación napoleónica en Renania); y se escucha música… en kölsch. El idioma es protagonista del carnaval, éste incluso ha sido el mejor medio para el reconocimiento de tal lengua. Quizá también supervivencia: hoy día se disputa más y más su lugar en las “canciones de carnaval”. La fiesta gana terreno y de ahí que los conservadores de carnaval, que los hay, año con año busquen la reivindicación de la originalidad del carnaval en Colonia: su idioma, su música y su naturaleza como punto de reunión.

Porque lo cierto es que las canciones clásicas de carnaval son aquellas que apelan a un canto, uno grupal (y si se puede hasta coral). No se busca entonar la canción de moda (algo que cada vez más invade la escena), Volksmusik (“música vernácula”) o Schlager (“baladas poperas”); en carnaval se pretende la unidad desde la originalidad de una lengua y un “espíritu” local. Lo que se ve en la calle, en los desfiles, es ya sólo el producto final, y a veces residual, de lo que se procura en aquellas reuniones privadas (pero abiertas): forjar una identidad común que, si bien temporal, sea piedra de toque para los avatares del resto del año. Es en serio, los renanos tienen una quinta estación.

Los bares y tabernas son sin duda lugar de encuentro en los días de carnaval, pero no es ahí, ojo, donde se dan aquellas Sitzung. Como sea, la música, y baile, tiene lugar y uno puede, con suerte, escuchar alguna canción en kölsch que haga olvidar la monotonía de la jornada. Lo dicho, las hay ya clásicas y seguramente para algunos, metidos ya en estas lides, resultarán también choteadas, repetitivas o cansinas, pero afortunadamente hay también otras que no pierden su valor sin importar cuánto se escuchen: “Ich ben ene kölsche Jung” es una de ellas.

La historia de “Soy un joven coloniense” se cuenta con endecasílabos (nada raro toda vez que la métrica no es ajena en algunos números humorísticos de antaño). Fritz Weber la escribió en 1963, cuando ya sus composiciones estaban de lleno dedicadas al carnaval; Willy Millowitsch fue el intérprete que la popularizó. El estribillo es así:

Ich ben ene kölsche Jung, wat willste maache?
Ich ben ene kölsche Jung un dun jään laache.
Ich ben och söns nit schlääch, nä ich ben brav,
Ming Lieblingswöötsche, heiss »Kölle Alaaf!«

Una traducción (sin rimas) podría ser:

Soy joven coloniense, ¿qué le hacemos?
Soy joven coloniense y me río.
Pero malo no soy, me porto bien,
mi mejor frase es “Kölle, Alaaf!”.

Esa frase es el santo y seña de estos días. El grito de guerra, si se quiere. No es nueva: data del siglo XVI; su uso en carnaval viene desde el XIX. El significado, dicen, bien podría ser el llamado (a la gente de Colonia) a acabar con todo (all af!) antes de la vigilia de la Cuaresma, esto es, comida y bebida y disponible. Como fuere, aquí cierro con una entrañable versión de la canción en voz (y mandolina) de Hans Süper Jr.:

[youtube http://www.youtube.com/watch?v=iSW-hDVY24c]

Alaaf!

Domingo en Watertown con Frank Sinatra

Quizá como solaz de lo sucedido recientemente alrededor del Watertown de Boston, aquí unas líneas sobre el Watertown de Frank Sinatra; escritas por Matt Domino y publicadas en marzo de este año en el blog del Paris Review.

Blue Eyes en Watertown por Matt Domino
Nadie con menos de cincuenta años de edad escucha realmente ya a Frank Sinatra. Como todo, puede haber sus excepciones, pero en general es así. Frank Sinatra es un artista legendario cuyo trabajo será siempre referido y disfrutado; su era de relevancia directa, sin embargo, obviamente se ha ido, y la anecdótica está empezando a apagarse.

Asociamos a Frank Sinatra con una América del pasado, un tiempo de muchachos y muchachas, una época donde la gente se balanceaba y bailaba el swing, y donde el cantante de salón era el rey. El singular talento de Sinatra era el de mantener tal visión incluso cuando ésta se erosionaba con el tiempo: hacerte sentir viejas sensaciones en una era moderna. El auge de Sinatra fue desde finales de los 40 hasta finales de los 50, grabó empero “New York, New York” en 1977. Y “My Way” te hace sentir como un tipo orgulloso mirando el horizonte del Manhattan de posguerra, aun en 2013.

Sin embargo, el mayor logro de Sinatra pasado por alto es quizá el disco donde no se siente como si evocara a aquella era que más amó o conoció. En 1969, el mismo año en que Frank Sinatra grabó “My Way”, sacó un disco llamado Watertown. Puede ser que incluso algunos de los más fanáticos de Sinatra —como mis abuelos y sus primos y primas— hayan olvidado al Watertown. Pero Watertown es el mejor disco de Frank Sinatra y su más duradera contribución a la cultura americana.

Si usted escucha suficiente música y lee suficiente crítica musical, encontrará frecuentemente revisiones de discos donde comparan una canción con un cuento o el disco con una novela. Queremos que nuestra música tome importancia, que suponga la altura de la gran literatura. Yo he escuchado montones de discos y amén del Astral Weeks de Van Morrison, el Watertown de Frank Sinatra es la única grabación donde puedo honestamente decir que se siente cual literatura en disco.

El disco es aparentemente sobre un hombre que vive en Watertown, el cual supone ser cualquier pueblo de los Estados Unidos; un lugar donde «nada pasa en el centro/ excepto la llovizna». Este hombre ha perdido una mujer, una mujer que presumimos es su esposa. Él pudo haberla perdido debido a un doloroso divorcio o porque quizás murió, no lo sabemos.

Y eso es todo. Ese es el concepto de todo el disco. A lo largo, tenemos reflexiones acerca de los hijos del protagonista y a cuál de sus padres se parecen; el hecho de que él no superará lo de su pareja por un tiempo; y que no importa el qué, si él hubiera sabido lo de ahora, de todas formas estaría todavía enamorado. Por último, el disco termina con el protagonista esperando un tren llegando a Watertown que se supone trae de vuelta a su vida a la pareja: no es claro si esto es imaginado o no. Mientras el protagonista espera, él explica a ella todos los cambios que han pasado mientras ha estado lejos y cuánto hay que contarle; el cómo caminarán por la calle y se verán tan enamorados yendo por los niños a la escuela. Sin embargo, cuando el tren arriba, él no la ve en ninguna parte.

Ese es el disco, de éso “trata” Watertown. La historia es ambigua, pero es en gran medida construída en la tradición de cualquier realismo o incluso, qué diablos, de la literatura modernista [anglosajona]. Escuchamos cómo el protagonista narra los más pequeños detalles de su vida, sus rutinas diarias, sus mínimas epifanías, todo en un esfuerzo por superar a su esposa quien lo dejó o murió. Watertown está hecho del mismo material que Flaubert, Woolf, Hemingway, Joyce, Faulkner y Tolstói. Todos esos escritores que fueron tan a fondo de la realidad, que no pudieron hacer más que intensificarla.

Ahora demos un paso atrás y recordemos una cosa: estamos hablando de Frank Sinatra. Un disco de Frank Sinatra hecho en el umbral de los 70. Dado que Watertown es un disco y no un libro, y que Frank Sinatra es un cantante y no un escritor, tenemos claramente que hablar de la música en sí.

Cuando uno piensa en la música de Frank Sinatra, uno piensa probablemente en rebosados arreglos de cuerdas, estridentes secciones de metales y tintineantes notas inalcanzables de piano. Y, por supuesto, la voz, ese incontebible instrumento de confianza y serenidad. Es el tipo de música que está unida a cocteles e iluminados comedores y bares de buen gusto; la música que cualquier estadounidense nacido después de 1950 ha naturalmente asimilado en algún lugar de su sangre y conciencia.

Pero ese no es el Sinatra de Watertown. Hay sí arreglos de cuerdas a lo largo del disco y pequeños trozos de brilloso metal donde las cosas se ponen triunfantes, aunque triunfo en este disco no es más que el sonido del abierto y completo anhelo —aquellos momentos cuando recuerdas alguna caminata olvidada de tus años universitarios bajo los árboles en un bello día, y te das cuenta de que nunca podrás recapturar incluso la vitalidad de un olvidable momento de juventud—. Pero en general, es en gran medida un Sinatra nunca antes escuchado. Hay un bajo eléctrico directamente de los sesos de McCartney o Wilson; melodías que parecen extrañamente Hendrixianas; y pianos y tonadas que uno hasta puede imaginar al Bowie de antes cantando.

El disco abre con las ominosas y redondas notas del bajo de la canción homónima. Sinatra entra a la combinación y canta en un tono si no de inseguridad, sí del de un hombre que parece derrotado (o al menos resignado a su suerte). Es un tono disonante, pero como oyente te intriga y atrae a las subidas y bajadas del resto del disco.

Y sería fácil para mí discutir cada canción en su totalidad; podría decir por qué “Elizabeth” es una canción perdida de Pet Sounds; cómo “Goodbye (She Quietly Says)” podría ser la canción más triste de los tiempos; y cómo Jimi Hendrix, de haber vivido, hubiera versionado un día “What’s Now is Now” en su inevitable fase de “madurez” que hubiera comenzado en 1973 y terminado una vez que escuchara Marquee Moon. Sin embargo, ello sería más que exhaustivo.

Hay, eso sí, un tramo de canciones que quisiera discutir. En mi opinión, el corazón de Watertown yace en “For a While”, “Michael & Peter” y “I would be in love anyway”: la tercera, cuarta y quinta canción del álbum. En el curso de estas tres canciones uno experimenta toda la gama de emociones que contiene el disco, pero en la dosis adecuada.

“For a while” es una balada fluída llena de punteos de guitarra, repiqueteos de marimba, bajo ágil, y la madera de Sinatra necesaria y las secciones de cuerda. Para mí, es el sonido del mes de abril. (Y yo recomiendo escuchar “For a While” en una mañana de primavera de camino al trabajo, y reto a decir lo contrario.) Pero el corazón de esta canción es una tremenda sensación de pérdida. Un ejemplo de la letra:

People say to me [La gente me dice]
You need company [necesitas compañía]
When you have some time to spend [Cuando tengas tiempo]
Drop around and meet a friend [pasa y ve a un amigo]
They forget, that I’m not over you [Olvidan que no te he superado]
For a while. [por un tiempo]

Esa letra, escrita por Jack Holmes (quien escribió la versión original de “Dazed and Confused”) y Bob Gaudio (ex miembro de Four Seasons), es concisa y perfecta. No necesita extrapolación.

Yendo de la tercer canción a la quinta, “I Would Be in Love” es el mejor ejemplo del disco “haciendo” triunfos. La canción abre con unos casi repiques de guitarras, aires de música de gaita y piano Motown, mientras Sinatra canta:

If I knew that you would leave me [Si hubiera sabido que me dejarías]
If I knew you wouldn’t stay [Si hubiera sabido que no te quedarías]
I would be in love anyway [Estaría enamorado de todas formas]

Sometimes I think, I think about before [A veces pienso, pienso en el antes]
Sometimes I think [A veces pienso]

Entonces, la música se dispara y Frank suelta las riendas en su más grande My Way-voz:

If I knew then, what I know now [Si hubiera sabido entonces lo que sé ahora]
I don’t believe I’d ever change somehow [No creo que cambiaría jamás de alguna manera]

Otra vez, uno no necesita que alguien explique la letra. La música se siente triunfal y nos transporta, pero el “triunfo” en sí es sólo una pequeña epifanía, la comprensión de un hombre que nunca cambió: sin importar el qué.

Finalmente, regresando a la cuarta canción, está “Michael & Peter”, que es una de las obras maestras perdidas del pop de los sesenta. Esta canción cubre prácticamente cada tono complejo y emoción que pueda imaginar. Comienza con una melodiosa, casi española, guitarra, mientras el protagonista canta sobre qué rostro tiene cada cual de sus hijos y cómo su hijo Peter se parece a él «excepto cuando sonríe». Luego, la canción cambia después del minuto a una melodía de piano ligeramente inquietante pero dinámica, donde el protagonista explica cuánto ha llovido en el pueblo y otras minucias del día a día tales como la mano de pintura que necesita la casa.

Y después de otro minuto, el tempo sube y cambia de velocidad y entran una guitarra Ennio Morricone y un xilófono. El protagonista canta sobre trabajar «para Santa Fe» y cómo nunca ha faltado, y toda la canción se siente extremadamente inspiradora. Cuando uno llega a lo que supongo es el coro, hay arrolladoras cuerdas y stacatto de trompetas y el protagonista está cantando «as far as anyone can tell, the sun will rise tomorrow [por lo que cualquiera ve, el sol saldrá mañana]». Todo se repite y luego se desvanece mientras el protagonista repite «you’ll never believe how much they’re growing [nunca creerás cuánto están creciendo]». No necesito decir más.

La gente aún disfruta de la música de Beethoven y Mozart, pero su cercanía se ha desvanecido desde hace mucho tiempo. Lo mismo pasará con la mayoría de la música de Frank Sinatra a medida que nos movemos a través del siglo XXI y en el que sigue. “The way you look tonight”, “I’ve got the world on a string”, “Fly me to the Moon”, esas canciones será siempre por todos reconocidas como grandiosas e importantes, pero no las sentiremos más en nuestra vida diaria: sentir su relevancia. No importarán más que como documentos distantes del dónde estaba nuestra cultura en un momento dado del siglo XX.

Los Beatles y Bob Dylan serán relevantes por siempre porque ellos fueron capaces de ligar nuestras cabezas y nuestros corazones de extrañas maneras; y los Rolling Stones y Led Zepellin permanecerán ineludibles simplemente por lo que les hacen a nuestras entrañas, y por cómo hacen sentir nuestra sangre y músculos con sólo un mínimo riff de guitarra. Sin embargo, muchos se quedarán en el camino. No lo digo solo por ondear la bandera del rock clásico, pero las riendas tienen que llevarse.

Entre más escucho a Watertown, más pienso que es la oportunidad de Frank Sinatra de ser realmente sentido por cientos de escuchas a partir de ahora. Para mí, el disco suena sin época alguna. Cuando uno escucha Watertown uno no imagina Manhattan en su apogeo después del triunfo de Estados Unidos en la Segunda Guerra: uno imagina a un tipo caminando sin rumbo por su casa en un pueblo que podría estar en América, Irlanda o la Francia rural; uno imagina a un hombre mirando viejas fotos y observando el polvo acumularse encima de la alfombra, con la luz naranja que se apaga de un domingo en la tarde. Y aun si la música en sí no pasara la prueba de eternidad, las letras y la historia lo harían. Divorcio, muerte, soledad y envejecimiento nunca pasarán de moda. Esos elementos básicos de la vida cotidiana, y las epifanías que traen consigo, han sido relevantes desde Shakespeare hasta Tolstoy, Joyce y Louis CK. Watertown fue la única vez en que Frank Sinatra no estaba cantando sobre emociones que parecían que se podrían comprar en una caja. Fue el momento en que el hombre que cantó “My Way” se dió cuenta que orgullo, amor y dolor vienen en formas y sombras sutiles. ~

Trad. de Mael Aglaia

*Imagen de Amazon

*Ligas (referidas también en el texto):