Domingo en Watertown con Frank Sinatra

Quizá como solaz de lo sucedido recientemente alrededor del Watertown de Boston, aquí unas líneas sobre el Watertown de Frank Sinatra; escritas por Matt Domino y publicadas en marzo de este año en el blog del Paris Review.

Blue Eyes en Watertown por Matt Domino
Nadie con menos de cincuenta años de edad escucha realmente ya a Frank Sinatra. Como todo, puede haber sus excepciones, pero en general es así. Frank Sinatra es un artista legendario cuyo trabajo será siempre referido y disfrutado; su era de relevancia directa, sin embargo, obviamente se ha ido, y la anecdótica está empezando a apagarse.

Asociamos a Frank Sinatra con una América del pasado, un tiempo de muchachos y muchachas, una época donde la gente se balanceaba y bailaba el swing, y donde el cantante de salón era el rey. El singular talento de Sinatra era el de mantener tal visión incluso cuando ésta se erosionaba con el tiempo: hacerte sentir viejas sensaciones en una era moderna. El auge de Sinatra fue desde finales de los 40 hasta finales de los 50, grabó empero “New York, New York” en 1977. Y “My Way” te hace sentir como un tipo orgulloso mirando el horizonte del Manhattan de posguerra, aun en 2013.

Sin embargo, el mayor logro de Sinatra pasado por alto es quizá el disco donde no se siente como si evocara a aquella era que más amó o conoció. En 1969, el mismo año en que Frank Sinatra grabó “My Way”, sacó un disco llamado Watertown. Puede ser que incluso algunos de los más fanáticos de Sinatra —como mis abuelos y sus primos y primas— hayan olvidado al Watertown. Pero Watertown es el mejor disco de Frank Sinatra y su más duradera contribución a la cultura americana.

Si usted escucha suficiente música y lee suficiente crítica musical, encontrará frecuentemente revisiones de discos donde comparan una canción con un cuento o el disco con una novela. Queremos que nuestra música tome importancia, que suponga la altura de la gran literatura. Yo he escuchado montones de discos y amén del Astral Weeks de Van Morrison, el Watertown de Frank Sinatra es la única grabación donde puedo honestamente decir que se siente cual literatura en disco.

El disco es aparentemente sobre un hombre que vive en Watertown, el cual supone ser cualquier pueblo de los Estados Unidos; un lugar donde «nada pasa en el centro/ excepto la llovizna». Este hombre ha perdido una mujer, una mujer que presumimos es su esposa. Él pudo haberla perdido debido a un doloroso divorcio o porque quizás murió, no lo sabemos.

Y eso es todo. Ese es el concepto de todo el disco. A lo largo, tenemos reflexiones acerca de los hijos del protagonista y a cuál de sus padres se parecen; el hecho de que él no superará lo de su pareja por un tiempo; y que no importa el qué, si él hubiera sabido lo de ahora, de todas formas estaría todavía enamorado. Por último, el disco termina con el protagonista esperando un tren llegando a Watertown que se supone trae de vuelta a su vida a la pareja: no es claro si esto es imaginado o no. Mientras el protagonista espera, él explica a ella todos los cambios que han pasado mientras ha estado lejos y cuánto hay que contarle; el cómo caminarán por la calle y se verán tan enamorados yendo por los niños a la escuela. Sin embargo, cuando el tren arriba, él no la ve en ninguna parte.

Ese es el disco, de éso “trata” Watertown. La historia es ambigua, pero es en gran medida construída en la tradición de cualquier realismo o incluso, qué diablos, de la literatura modernista [anglosajona]. Escuchamos cómo el protagonista narra los más pequeños detalles de su vida, sus rutinas diarias, sus mínimas epifanías, todo en un esfuerzo por superar a su esposa quien lo dejó o murió. Watertown está hecho del mismo material que Flaubert, Woolf, Hemingway, Joyce, Faulkner y Tolstói. Todos esos escritores que fueron tan a fondo de la realidad, que no pudieron hacer más que intensificarla.

Ahora demos un paso atrás y recordemos una cosa: estamos hablando de Frank Sinatra. Un disco de Frank Sinatra hecho en el umbral de los 70. Dado que Watertown es un disco y no un libro, y que Frank Sinatra es un cantante y no un escritor, tenemos claramente que hablar de la música en sí.

Cuando uno piensa en la música de Frank Sinatra, uno piensa probablemente en rebosados arreglos de cuerdas, estridentes secciones de metales y tintineantes notas inalcanzables de piano. Y, por supuesto, la voz, ese incontebible instrumento de confianza y serenidad. Es el tipo de música que está unida a cocteles e iluminados comedores y bares de buen gusto; la música que cualquier estadounidense nacido después de 1950 ha naturalmente asimilado en algún lugar de su sangre y conciencia.

Pero ese no es el Sinatra de Watertown. Hay sí arreglos de cuerdas a lo largo del disco y pequeños trozos de brilloso metal donde las cosas se ponen triunfantes, aunque triunfo en este disco no es más que el sonido del abierto y completo anhelo —aquellos momentos cuando recuerdas alguna caminata olvidada de tus años universitarios bajo los árboles en un bello día, y te das cuenta de que nunca podrás recapturar incluso la vitalidad de un olvidable momento de juventud—. Pero en general, es en gran medida un Sinatra nunca antes escuchado. Hay un bajo eléctrico directamente de los sesos de McCartney o Wilson; melodías que parecen extrañamente Hendrixianas; y pianos y tonadas que uno hasta puede imaginar al Bowie de antes cantando.

El disco abre con las ominosas y redondas notas del bajo de la canción homónima. Sinatra entra a la combinación y canta en un tono si no de inseguridad, sí del de un hombre que parece derrotado (o al menos resignado a su suerte). Es un tono disonante, pero como oyente te intriga y atrae a las subidas y bajadas del resto del disco.

Y sería fácil para mí discutir cada canción en su totalidad; podría decir por qué “Elizabeth” es una canción perdida de Pet Sounds; cómo “Goodbye (She Quietly Says)” podría ser la canción más triste de los tiempos; y cómo Jimi Hendrix, de haber vivido, hubiera versionado un día “What’s Now is Now” en su inevitable fase de “madurez” que hubiera comenzado en 1973 y terminado una vez que escuchara Marquee Moon. Sin embargo, ello sería más que exhaustivo.

Hay, eso sí, un tramo de canciones que quisiera discutir. En mi opinión, el corazón de Watertown yace en “For a While”, “Michael & Peter” y “I would be in love anyway”: la tercera, cuarta y quinta canción del álbum. En el curso de estas tres canciones uno experimenta toda la gama de emociones que contiene el disco, pero en la dosis adecuada.

“For a while” es una balada fluída llena de punteos de guitarra, repiqueteos de marimba, bajo ágil, y la madera de Sinatra necesaria y las secciones de cuerda. Para mí, es el sonido del mes de abril. (Y yo recomiendo escuchar “For a While” en una mañana de primavera de camino al trabajo, y reto a decir lo contrario.) Pero el corazón de esta canción es una tremenda sensación de pérdida. Un ejemplo de la letra:

People say to me [La gente me dice]
You need company [necesitas compañía]
When you have some time to spend [Cuando tengas tiempo]
Drop around and meet a friend [pasa y ve a un amigo]
They forget, that I’m not over you [Olvidan que no te he superado]
For a while. [por un tiempo]

Esa letra, escrita por Jack Holmes (quien escribió la versión original de “Dazed and Confused”) y Bob Gaudio (ex miembro de Four Seasons), es concisa y perfecta. No necesita extrapolación.

Yendo de la tercer canción a la quinta, “I Would Be in Love” es el mejor ejemplo del disco “haciendo” triunfos. La canción abre con unos casi repiques de guitarras, aires de música de gaita y piano Motown, mientras Sinatra canta:

If I knew that you would leave me [Si hubiera sabido que me dejarías]
If I knew you wouldn’t stay [Si hubiera sabido que no te quedarías]
I would be in love anyway [Estaría enamorado de todas formas]

Sometimes I think, I think about before [A veces pienso, pienso en el antes]
Sometimes I think [A veces pienso]

Entonces, la música se dispara y Frank suelta las riendas en su más grande My Way-voz:

If I knew then, what I know now [Si hubiera sabido entonces lo que sé ahora]
I don’t believe I’d ever change somehow [No creo que cambiaría jamás de alguna manera]

Otra vez, uno no necesita que alguien explique la letra. La música se siente triunfal y nos transporta, pero el “triunfo” en sí es sólo una pequeña epifanía, la comprensión de un hombre que nunca cambió: sin importar el qué.

Finalmente, regresando a la cuarta canción, está “Michael & Peter”, que es una de las obras maestras perdidas del pop de los sesenta. Esta canción cubre prácticamente cada tono complejo y emoción que pueda imaginar. Comienza con una melodiosa, casi española, guitarra, mientras el protagonista canta sobre qué rostro tiene cada cual de sus hijos y cómo su hijo Peter se parece a él «excepto cuando sonríe». Luego, la canción cambia después del minuto a una melodía de piano ligeramente inquietante pero dinámica, donde el protagonista explica cuánto ha llovido en el pueblo y otras minucias del día a día tales como la mano de pintura que necesita la casa.

Y después de otro minuto, el tempo sube y cambia de velocidad y entran una guitarra Ennio Morricone y un xilófono. El protagonista canta sobre trabajar «para Santa Fe» y cómo nunca ha faltado, y toda la canción se siente extremadamente inspiradora. Cuando uno llega a lo que supongo es el coro, hay arrolladoras cuerdas y stacatto de trompetas y el protagonista está cantando «as far as anyone can tell, the sun will rise tomorrow [por lo que cualquiera ve, el sol saldrá mañana]». Todo se repite y luego se desvanece mientras el protagonista repite «you’ll never believe how much they’re growing [nunca creerás cuánto están creciendo]». No necesito decir más.

La gente aún disfruta de la música de Beethoven y Mozart, pero su cercanía se ha desvanecido desde hace mucho tiempo. Lo mismo pasará con la mayoría de la música de Frank Sinatra a medida que nos movemos a través del siglo XXI y en el que sigue. “The way you look tonight”, “I’ve got the world on a string”, “Fly me to the Moon”, esas canciones será siempre por todos reconocidas como grandiosas e importantes, pero no las sentiremos más en nuestra vida diaria: sentir su relevancia. No importarán más que como documentos distantes del dónde estaba nuestra cultura en un momento dado del siglo XX.

Los Beatles y Bob Dylan serán relevantes por siempre porque ellos fueron capaces de ligar nuestras cabezas y nuestros corazones de extrañas maneras; y los Rolling Stones y Led Zepellin permanecerán ineludibles simplemente por lo que les hacen a nuestras entrañas, y por cómo hacen sentir nuestra sangre y músculos con sólo un mínimo riff de guitarra. Sin embargo, muchos se quedarán en el camino. No lo digo solo por ondear la bandera del rock clásico, pero las riendas tienen que llevarse.

Entre más escucho a Watertown, más pienso que es la oportunidad de Frank Sinatra de ser realmente sentido por cientos de escuchas a partir de ahora. Para mí, el disco suena sin época alguna. Cuando uno escucha Watertown uno no imagina Manhattan en su apogeo después del triunfo de Estados Unidos en la Segunda Guerra: uno imagina a un tipo caminando sin rumbo por su casa en un pueblo que podría estar en América, Irlanda o la Francia rural; uno imagina a un hombre mirando viejas fotos y observando el polvo acumularse encima de la alfombra, con la luz naranja que se apaga de un domingo en la tarde. Y aun si la música en sí no pasara la prueba de eternidad, las letras y la historia lo harían. Divorcio, muerte, soledad y envejecimiento nunca pasarán de moda. Esos elementos básicos de la vida cotidiana, y las epifanías que traen consigo, han sido relevantes desde Shakespeare hasta Tolstoy, Joyce y Louis CK. Watertown fue la única vez en que Frank Sinatra no estaba cantando sobre emociones que parecían que se podrían comprar en una caja. Fue el momento en que el hombre que cantó “My Way” se dió cuenta que orgullo, amor y dolor vienen en formas y sombras sutiles. ~

Trad. de Mael Aglaia

*Imagen de Amazon

*Ligas (referidas también en el texto):

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Dos tipos de cuidado y un maestro

Compuse una canción muy bella dedicada a la Virgen de Guadalupe (La Guadalupana) con letra de Ernesto Cortázar. Les había advertido desde el ensayo que la letra era muy larga y que debían aprenderla perfectamente.

Vino la primera función de la tarde y todo iba muy bien hasta que llegamos al número de La Guadalupana. Primero salió Jorge, echándose el sombrero para atrás y haciendo gala de su porte y galanura, después salió Pedro haciendo gala de su simpatía y carisma. Pero el problema estuvo en que ninguno de los dos se aprendió la letra.

Yo estaba dirigiendo y el apuntador estaba abajo en lo que se conoce como la “cancha”. Entonces Pedro se agachó, le arrebató la letra al apuntador y se puso a leerla en el escenario frente a todo el público, y Jorge, para no quedarse atrás, le quitó la hoja y se pusieron los dos a leerla y a hacer chunga de eso.

El público muy enojado les empezó a chiflar y a meterse con ellos porque además era una falta de respeto hacia la Virgen de Guadalupe, al grado de que tuvieron que bajar el telón. Yo me enojé muchísimo, recogí todas mis partituras, las puse en el portafolio y me dirigí a los camerinos.

Llegué al camerino de Jorge donde estaban de gran tertulia: la mamá de Jorge, doña Emilia, su hermana Tere, Jorge, María Félix, Irma Dorantes y Pedro. Abrí la puerta y no se esperaban que llegara tan enojado. Se hizo un silencio absoluto y les grité: «Son unos payasos, son unos irresponsables, no se puede faltar el respeto al público ni a mi trabajo como ustedes lo han hecho. Ustedes creen que ya son grandes estrellas y que pueden hacer lo que les venga en gana, pero mi trabajo lo respetan, y como ustedes no necesitan de mí, porque ya son grandes figuras, en este mismo momento renuncio a seguirlos dirigiendo». Rompí la batuta enfrente de ellos y me salí.

El Teatro Lírico tenía un largo pasillo que daba a la calle y ahí me fueron a alcanzar Jorge y Pedro. Por cierto que Pedro iba en camiseta con una toalla a la espalda. Me detuvieron y me dijeron que por favor no abandonara el espectáculo y se deshicieron en disculpas y en promesas diciéndome que no me fuera y que prometían que para la función de la noche se aprenderían la canción, y que si no se la aprendían aceptarían mi renuncia.
—Pedro, ¿verdad que se lo prometemos?
—Sí, sí, Jorge.
—Jorge, ¿verdad que nos la vamos a aprender?
—Sí, Pedro.
Entonces acepté seguro de que no se la iban a aprender.

Comenzó la función de la noche y cuando les tocó salir a interpretar la canción, los dos se sabían la letra perfectamente, pero muy curioso por que los dos pícaramente volteaban a verme y me hacían el gesto como diciendo, «¿Ves qué bien nos está saliendo?» Y de ahí en adelante tuvimos toda la temporada con gran éxito.

~Manuel Esperón

Una mujer inolvidable: Pina Pellicer

Para mí todo es trascendente. Yo tengo más bien un sentido trágico de la vida aunque me río muchísimo. Pero en general, la vida es más bien un drama que una comedia. La vida es el delito máximo. ¡Pero no vayas a poner todo esto si no me van a contratar como llorona!
—Pina Pellicer, 1963*

El pasado 12 de mayo el servicio postal norteamearicano puso en circulación la estampilla 16ª de su serie Leyendas de Hollywood para rendir homenaje a Katharine Hepburn:

Al verla pienso más bien en otra mujer, la inolvidable Pina Pellicer (1934-1964). Con ella en mente me pregunto qué estará haciendo falta para que una figura así emerga de entre los recuerdos y tenga hoy día el merecido lugar de entre vivos y muertos, es decir, un cabal reconocimiento.

Si alguien piensa que «pues más películas» o «ni que fuera una Miroslava», con ello dará cuenta de la gran ignorancia sobre lo demostrado por Pina en su quehacer artístico (el cual, por cierto, incluyó teatro de gran calibre). Su trabajo —que no carrera— fue sencillamente la vida misma; entrega total expresada en irrepetible calidad.

Por donde se le mire o escuche, Pina Pellicer resulta entrañable. Basta un gesto o una palabra para que toda ella nos atrape. Aquí algunas pruebas: su debut cinematográfico i) One Eyed Jacks (M. Brando, 1958-1961); la imprescindible ii) Macario (R. Gavaldón, 1959); y, mi favorita, iii) Días de Otoño (R. Gavaldón, 1962). De textos, afortunadamente su hermana Ana y el escritor Reynol Pérez Vázquez escribieron (y editaron) Pina Pellicer: Luz de tristeza (UNAM, Cineteca Nacional, UANL, 2006), un volumen de 386 páginas con miradas varias alrededor de Pina, y las de ella también, pues se incluyen, amén de bellísimas fotografías, algunos de sus relatos, poemas, reflexiones y confesiones.

Marías —amén de imitadoras— podrán ir y venir; carisma, talento y fama seguirán siendo moneda cada vez más corriente e indiscriminadamente intercambiable, pero el arte de Pina Pellicer es y está incólume y eterno… inolvidable. Su rostro también:

© Kati Horna 1961

NB. Aquí en una escena irrepetible con las voces de Javier Solís y Marco Antonio Muñiz, y por acá en un episodio de la popular serie The Fugitive: “Smoke Screen” (Guzman, 1963).

*Respuesta a la pregunta de Elena Poniatowska, ¿Por qué te salen tan bien todas las escenas trágicas? ¿Por qué te sale tan bien llorar?, para el periódico Novedades.

Cuando México y Japón dialogan

El Oriente me es lejano. Siempre lo ha sido y, sí, poco o nada he hecho para acercarme a él. Es más, veces hay que hasta lo evito; taras de uno, sin duda. Sin embargo, gracias a esta red me puedo topar, queriendo o no, con caminos que me llevan —acercan— a tales lejanías.

Seré breve. Además de Aurelio Asiain y sus descarados coqueteos literarios, he sido recientemente seducido por la guitarra de un poeta: Juan Carlos Laguna. (Ello acaso como una laguna áurea in Asia.) Si aquél trata con varios poetas nipones, Laguna lo hace en particular con uno: Norio Sato (佐藤紀雄).

Después de ganar en 1991 (por unanimidad) el Tokio International Guitar Contest, el mexicano escribe junto con el japonés, en 1992, «Poemas Tabulares» (ALM Kojima Recordings); pasan tres lustros y en el 2008 ambos maestros nos comparten sus «Diálogos» (URTEXT Digital Classics).

Yo no sé qué tanto se pueda decir este par, me limito a intuirlo y disfrutarlo. Como muestra, este botón del compositor Tōru Takemitsu: A boy named Hiroshima (ヒロシマという名の少年) [1987].

play

Dicho de otro modo, además de diálogo, invitación.

Muy fachoso y mitotero

No es un corrido cualquiera, cierto es que, como otros, su popularidad es grande; ya sea con tambora o con mariachi, «El Cantador» tiene sobre todo un contenido especial en —al fin corrido— su letra. El compositor es el hidalguense Nicandro Castillo Gómez (1914-1990). Sus intérpretes son ya decenas, sin embargo, dos ocupan un lugar especial: Miguel Aceves Mejía (1915-2006) y Antonio Aguilar (1919-2007). Aquél, según mis búsquedas y cálculos, es el primero en grabarlo y darlo a conocer en la película La feria de San Marcos (Gilberto Martínez Solares, 1957). Por su parte, Antonio Aguilar ostenta quizá, vox pópuli, la más reconocida interpretación de tal corrido; él, además de interpretarlo con su familia en la película Mi caballo el Cantador (Mario Hernández, 1979), lo dejó grabado tanto con mariachi como con banda, siendo estas versiones las «piedras de toque» para otras tantas más.

Ahora bien, en las versiones de Aguilar hay gazapos, toda vez que comparándolas con aquella primera —y suponiendo original— de Aceves Mejía, uno escucha palabras que no ajustan del todo. Aquí la letra (en paréntesis lo que se escucha en la versión de Aguilar en lugar de lo subrayado):

El Cantador

Nació bajo de una higuera, / su madre fue yegua fina, / la (le) llamaban la Catrina, / yo le puse el Cantador.

Fue un potrillo con más brío (comadrillo) / que (de) otro caballo cualquiera, / y como yo lo hice mío / resultó muy corredor.

*estribillo: Era lindo mi caballo, / era mi amigo más fiel, / ligerito como el rayo, / era de muy buena ley.

Cuando era de falsa rienda / daba ventaja a su madre, / muy pronto dejó a su padre: / con dos cuerpos le ganó.

Era de pelo retinto, / dosalbo y (dos alvos) con un lucero, / muy fachoso y mitotero / y lindo de corazón.

*estribillo

Nació bajó de una higuera / y en el potrero quedó, / qué lástima que muriera / mi compañero mejor.

Por eso cuando el sol (día) muere / y la luna va a salir, / me voy hasta aquel potrero / mis recuerdos a vivir.

*estribillo

La letra, ahora sí entrando en materia, es sencillamente un tesoro. Gracias al lirismo del texto, tenemos no sólo una historia ecuestre sino —y acaso por ello su éxito y arraigo— todo un abánico de opciones para su interpretación. Es decir, si bien se puede pensar solamente en la historia de un caballo, puede ser también un símil de una historia de un hijo, padre o hermano que, así como el Cantador, haya sido entrañable  y querido (¿y que haya muerto joven?). También, por supuesto, cualquier otro animal, v. gr., un perro, cabe en el molde. Todo a pesar de aquellas expresiones  muy del argot equino, mismas que, sea pues, merecen cabal mención (ya que nos ayudan todavía más a imaginar al caballo en sí y —magia pura— concebir alguna otra figura protagonista).

Es pues en la segunda parte del corrido —donde la descripción del caballo y sus primeros años— cuando se da ese escondido juego de imágenes. La exclusividad de un caballo de ser retinto, dosalbo y de falsa rienda, se enlaza con la abierta posibilidad de dar ventajas a la madre, superar al padre y ser lindo de corazón, amén de muy fachoso y mitotero. (Por cierto, me parece que en este caso el fachoso corresponde a aquella acepción, no muy común en México mas sí conocida y aplicada por algunos entendidos, de elegante, gallardo y de buena planta.)

A mí el corrido me brinda simultáneamente tres historias: escucho a mi padre hablar de mí pero pensando en mi abuelo (el compañero mejor). A fuerza de cariño, me explico, mi padre me hace sentir no pocas veces  cual potro —o al menos así me pinta— y me transmite a la par esa pasión que el abuelo sentía por los caballos. Imagino pues a tres generaciones que comparten la historia del Cantador, una que ciertamente cada quien en sus recuerdos vive.

Así las cosas, yo opto por la versión de Aceves Mejía (editada en disco y que por suerte no tiene, como en la arriba referida, su sobrevalorado falsete). Esta es:

►audio

Y para que no se diga (¿y compare?), aquí la versión con mariachi de don Antonio:

Disfruten el audio y visualicen a su particular fachoso y mitotero Cantador.

NB. Encontré en la internet (aquí la liga) una versión extendida de la letra (i.e., una estrofa más). Dice así:

Patricio Vizcarra vino / y montaba en su alazán, / iba a buscarme motivo / a las puertas del corral.

Vizcarra no cayó muerto, / mas mi caballo murió / pero antes de quedar yerto / mis manos acarició.

Mayor información al respecto de esta supuesta versión, o de la figura de Patricio Vizcarra, se agradecerá.

Jotaí y Ceesepe

Sus lectores estamos acostumbrados a las ilustraciones de su esposa Joy Laville (en las ediciones a cargo del Grupo Planeta vía Joaquín Mortiz), sin embargo, y a vueltas con el tema de las portadas (estas vez de libros), Ibargüengoitia y su valiosa obra está asociada también con trabajos de primerísima calidad como los de, recientemente en El niño Triclinio y la bella Dorotea (2008, FCE), el monero Magú (aunque es ya la cuarta vez que ilustra alguno de sus cuentos), o incluso, en una edición francesa de Los pasos de López, Les Conspirateurs (2000, Phébus), con una ilustración del colombiano Fernando Botero. Así las cosas, además de estas bienvenidas, digamos, excepciones (amén de una ilustración de Guadalupe Posadas en la edición de Seix Barral de Estas ruinas que ves), y de aquellas portadas basadas únicamente en letra y color, Jorge Ibargüengoitia cuenta también con cómplices de la talla de Ceesepe: Carlos Sánchez Pérez (Madrid, 1958).

Ceesepe es, según su biografía en Wikipedia, «Pintor, ilustrador e historietista, [y] está considerado uno de los protagonistas de la “Movida madrileña”». En su página güeb uno puede dar fe de su larga y fructífera carrera profesional, y observar sus interesantes conceptos gráficos. Uno de ellos tiene que ver con los Dos crímenes de JI. De esto sé gracias no a la citada página (o a alguna búsqueda en Google), sino a la afortunada coincidencia de encontrar una edición ochentera (así tal cual) de dicha obra. Es, quiero pensar, ya una rareza, pues en sí la edición es alemana a cargo de Rowohlt Verlag y en estas fechas sólo se logran conseguir —y eso con suerte— ediciones por Suhrkamp (que no cuentan con ilustraciones en sus portadas).

Entonces, que buscando a Jotaí en alemán es que logro dar con esta peculiar portada de Ceesepe. Tuve, eso sí, la ayuda y paciencia de la encargada de la librería (fanática, me dice, de JI) pues, ya les digo, se metió hasta el fondo de sus libros y anaqueles para poder “regalarme” (en sí fue una compra-venta, por supuesto, pero en tales condiciones un gran regalo) esta edición de Dos crímenes y, ya entrados en tales menesteres, una de la premiada Los relámpagos de agosto. Salí así con Zwei Verbrechen y Augustblitze bajo el brazo. Aquí de lo que les hablo (de la segunda no hay foto pues en sí, al ser editada por Suhrkamp, es tan sólo el título con fondo rojo):

zwei 002

(cc) Portada de Dos crímenes, en edición alemana 1988

Como comenté anteriormente, algo de mucha razón debe de haber para que se den estas acertadas combinaciones artísticas. Uno como lector agradece que desde un principio se tengan estas cordiales atenciones y que antes de la lectura de la prosa se tenga la siempre bienvenida de una portada como ésta: que habla ya del tesoro que uno está por descubrir. Líneas, colores, formas, en fin, lenguaje visual que acaso nos prepara y advierte para ese otro lenguaje artístico, el de las palabras. Ojalá que en futuras ediciones de la obra de Ibargüengoitia —incluyendo sus traducciones a otras lenguas— siga habiendo espacio para este tipo de trabajos que, lo dicho, redondean el disfrute y placer de leer a Ibargüengoitia.