Un par a la mexicana I: Andy Warhol

Ambos son íconos en sus campos artísticos: Carlos Chávez y Andy Warhol. Sin embargo, el músico tiene una indirecta —acaso esperada— relación con el pintor: una cubierta de un disco. En el reporte de Fred Kaplan para el New York Times, además de relatar la anécdota, se nos cuenta que Warhol en ése su primer trabajo como ilustrador, copió figuras aztecas y utilizó una técnica llamada blotted-line (líneas difusas, se me ocurre como traducción). El disco en sí fue A program of Mexican Music (1949) que consistió en, esto no lo cuenta Kaplan, una ejecución de seis piezas bajo la batuta de Carlos Chávez, a saber: “Sones Mariachi”, “La Paloma Azul”, “Xochipili-Macuilxochitl”, “Danza a Centeotl (de Los Cuatro Soles)”, “Yaqui Music (Sonora)” y “Huapango Vera Cruz”. Ésta es la portada de Warhol para aquel trabajo de Chávez:

 © Andy Warhol

© Andy Warhol

La nota de Kaplan se titula “The Pop of Warhol (Jazz and Rock, Too)”, pues bien, ya vimos que aquella incursión de Warhol en el mundo del diseño de portadas fue también The Mexican Music of Warhol.

Paso entonces al segundo de este par de artistas gráficos relacionados, afortunadamente, con la buena música mexicana. Ya les digo, vaya par, pero para ello vayan por acá

Co(n)razón

Ayer por la noche me entero (vía un reportaje en la tv) de una particular, maravillosa, humana y alentadora historia ocurrida en el 2005 en un campo de refugiados palestinos en Jenin, Cisjordania. Los protagonistas son un niño de 12 años, Ahmad, y su señor padre, Ismail Khatib. El israelí Leon Geller (crecido en los EEUU) y el alemán Marcus Vetter dirigen en el 2008 su documental «Das Herz von Jenin» (El corazón de Jenin); recién en este febrero 2009 el documental ganó el premio “Cinema para la Paz” en su respectiva categoría. También, dicho sea, el filme tomó parte del 6° Festival Internacional de Cine Contemporáneo de la Ciudad de México (FICCO 09), y si bien la gente del blog oficial (cinécdoque) no escribió al respecto, Jorge Villalobos (de Nexos) escribe unas líneas, y el blog Cinerex le dedica una merecida reseña; además, aquí, en inglés, una valiosa crítica de Rasha Khayat del portal Qantara (puente en árabe).

Digo entonces que me entero porque en sí no he visto el documental. No obstante, gracias al reportaje, puedo ya afirmar —y confirmar— que el conflicto entre palestinos y judios (y cualquier otro de origen religioso y basado en nacionalismos) es producto de una ausencia total de razón en y entre ambas partes. El humilde y sencillo mecánico de autos, Ismail, con, literalmente, el corazón caliente (en menos de 12 horas tuvo que tomar la decisión de donar el corazón y demás órganos de su hijo asesinado, a niños que incluían los de los enemigos, es decir, judios) y cabeza fría (habló y tomó consejo de personal médico, familiares y amigos; así como encaró a los que desaprobaban la acción), extiende su brazo para tender ése su particular puente de entendimiento con los diferentes a él. Ofrece la mano y los medios para que las vidas de otros, y la suya incluída, puedan tener sentido.

El arriba referido texto de Khayat menciona que el filme retrata desde un sólo ángulo, que no se ocupa en mencionar que así como la decisión de Ismail salvó a otros niños (incluída la niña judía), pacientes palestinos también han sido salvados por donaciones de pacientes judios. Como fuere, y coincido con Khayat, el documental manda un mensaje de esperanza. Por supuesto, hasta para poder ver tal mensaje uno debe de hacerse de mente y corazón, pues, lo dicho, no faltará el que siga señalando a un bando en particular según el ángulo que se quiera escoger y, ojo, prescindiendo de aquello que ese padre en todo momento quiso tener y no abandonar: la idea de que ni religión, raza o nación puede conceder derechos exclusivos y convertir a un semejante en un enemigo. Cierto, Ismail acota que es con los niños donde no puede haber tales barreras, sin embargo, él mismo se encarga de mostrar que de hecho no hay lugar para que se siga insistiendo, entre niños y adultos, en tales formas y maneras de ver y clasificar al mundo.

Es decir, que en esta clase de lecciones (de esperanza y paz) los niños son los que suelen ser los protagonistas (y a veces por ello se llegan a minimizar las historias: “ay, bueno, pero son niños y pues no saben ni pueden ver todo el problema… no entienden”), pero esta vez es un adulto quien, con todo y su bagaje cultural y social, logra ver en ese particular momento (y que no es cualquiera, carajo, le acaban de matar a su hijo) que más vale actuar asistido de la lúcida razón y no con, sea, coraje, venganza, odio, miopía, cerrazón, en fin, estupidez. Así es pues como nos conviene mirar la historia (de la misma forma en que desde entonces Ismail logra ver a su hijo): con el corazón y con la razón. Sí es posible, y vaya que es necesario.

Envío: Para Corvan y Risp, que sin duda son un par de igual valor que Ismail y Ahmad.

250 Años: Hallelujah!

Acaso como una misa pagana, un grupo de sus feligreses se dieron cita en la noche del 13 para celebrar y conmemorar, respectivamente, un aniversario más (el 267) del estreno de tan especial obra y los 250 años de la muerte de su creador. Así, igual que en algunas parroquias hacen efectiva la Vigilia Pascual en la noche del Sábado Santo, ayer en la noche se escucharon las notas del Messiah para recibir —con una solemnidad propia de la fecha— el 14 de abril, día en que falleció Georg Friedrich Händel.

Mágica es la única palabra que puede describir tal evento ocurrido en la Stiftskirche de Bonn. Especial también en estas latitudes toda vez que ayer fue el Lunes de Pascua y, ha de recordarse, de hecho las primeras ejecuciones del Messiah tomaban lugar en estas fechas (ya después se hizo costumbre hacerlo en tiempo de Adviento) y en tales espacios (i.e., iglesias). Así, orquesta y coro dirigidos por Morten Shuldt-Jensen fueron los medios para que Händel, tal cual, resucitara. Aquel Hallelujah coral fue esta vez una loa, sin duda, para el creador Händel.

Además, por si fuera poco —o quizá porque en estos tiempos es más que necesario—, el propio director habló, a modo de introducción, sobre Händel y explicó el Messiah y, acto seguido, el actor y lector Philipp Schepmann leyó algunas líneas que recrearon los últimos años del compositor alemán-inglés. Sin embargo, ha de decirse, tal introducción pecó de extensión por lo que el (necesario) intermedio fue muy bienvenido y logró que la audiencia estuviera más que lista para la segunda y tercera parte de la obra. Eso sí, por petición y advertencia del propio director, el aplauso final tenía que esperar a que Schepmann leyera de nueva cuenta unas líneas: ya se vería el por qué y para qué.

Entonces, que la primera parte fue quizá la menos lograda —con todo y que en la tercera parte, en esa excelsa aria para bajo que comparte protagonismo con las trompetas (The trumpet shall sound), el solista Thomas Oertel-Gormanns, que quedó sin duda como el mejor de las voces masculinas del coro Immortal Bach Ensemble (las femeninas todas cumplieron a cabalidad), tuvo un traspié que, a esas alturas, fue de inmediato perdonado por el respetable que estaba ya en el bolsillo de él y de toda la Orquesta de Cámara Leipziger—; se contuvo el aplauso de emoción por el final de la segunda parte (i.e., el Hallelujah) y con esa atmósfera se llegó a la tercera parte donde, lo dicho, su final fue seguido de una lectura donde se narró la muerte de Händel y de la repetición de la segunda parte del coro final.

Es decir, después de la (repetición) del coro Worthy is the Lamb that was slain, el respectivo Amen tuvo eco en las líneas que contaban la muerte de Händel (esto es, que la lectura de Schepmann no desmereció en absoluto con la música), y entonces, acto seguido, de nueva cuenta el danés Schuldt-Jensen tomó la batuta y dirigió un Amen que esta vez se escuchó como todo un himno o bien, como la conclusión perfecta para aquella velada en recuerdo del creador de aquellas notas: la víspera ideal para conmemorar 250 años en que Händel, muerto, vive y revive en cada interpretación de su obra —una que, a pesar de haber tenido como competencia a la monumental obra de Bach, es pieza toral de la obra musical del género humano.

Fueron en total tres horas en que a base de música y palabras, verbos y sustantivos, tal grupo de gente dieron cuenta de apenas, sí, una muy mínima parte de Händel y su obra, pero sin duda suficiente para poder seguir diciendo, como Beethoven: ahí está la verdad.

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Herbert

Su nombre es bastante común en estas tierras, no así su apellido: Grönemeyer. Para llegar a él por fuerza se debe pasar por una inmersión en la Alemania de hoy día. Es decir, que su extensa obra se acota al mundo sajón y muy pocas veces se le puede escuchar —y apreciar— fuera de él. Recién en la Copa FIFA 2006 saltó, de nueva cuenta (antes lo hizo en Atenas 2004 junto con Youssou N’Dour), a la tarima mundial al componer e interpretar (junto con Amadou & Marjam) el himno oficial del evento: «Celebrate the day». También, en estos menesteres de representatividad, fue el primer artista de lengua alemana en participar (en 1995) en un MTV Unplugged. Sin embargo, su peculiar estilo pocas veces encuentra un marco ideal que ayude a que su voz sea todavía más reconocida. La leyenda Charles Aznavour entra en escena.

Sin duda es una caja de sorpresas ese doble disco Duos (EMI 2009) que Aznavour recién nos regala. Dos cedés y 28 temas en total. En el cedé uno están sólo versiones en francés (13) y en el dos (con 15 pistas) es donde se da paso a las versiones en inglés, español, italiano y alemán. Ahora bien, para el caso que nos interesa —y en sí la mejor de las sorpresas— son dos los temas donde Herbert Grönemeyer logra lo que nadie del resto de artistas que aparecen en ambos discos (que son, de hecho, casi todos los del disco uno; las excepciones son Edith Piaf y, por suerte, Julio Iglesias) pudo: ofrecer dos versiones de igual calibre y, ojo, a la altura de las circunstancias (es decir, cantar en dos idiomas junto con la inconfundible y mismísima voz de Aznavour).

O sea, que en francés y en alemán Grönemeyer se da vuelo y entiende perfectamente el cometido de ambas versiones de la traviesa y gustada «Mes emmerdes» (curiosamente, hay que decirlo, el resultado no es tan claro con la contraparte alemana «Als es mir beschissen ging», aunque finalmente, ya se ve, nos acaba conquistando). En ambas se mantiene el espíritu de las respectivas versiones originales que Aznavour en su momento grabó, y, aquí el gran detalle, gracias al talento y cabal entendimiento de Grönemeyer se logran unas que ahora, bien podemos afirmar, las superan por mucho. Es decir, además de saber el qué se canta, se tiene muy en cuenta el con quién. Aznavour tiene así un dueto que se le comporta. Grönemeyer encuentra pues una oportunidad perfecta para dejar un par de muy buenas muestras de su arte.

Así las cosas, lo dicho, si la versión original francesa parecía difícil de batir, sobre todo con ese jugueteo de voces del propio Aznavour, ahora con Grönemeyer se tiene una que no le pide nada a su antecesora e incluso le da, sencillamente, el necesario y bienvenido toque [paciencia en los primeros diez segundos del video]:

Luego, si bien en la versión alemana el dueto no alcanza el nivel dado a la francesa (como otrora tampoco lo logró Aznavour), sí se mantiene la calidad de la colaboración y se logra finalmente que el idioma alemán tenga una participación sobresaliente, esta es:

En resumen, mientras seguimos escuchando a Aznavour, que se escuche más y mejor a Herbert Grönemeyer, que como aquél es ya garantía.

Seis de ocho

Nada mal, creo yo. El Óscar ya fue y, sirvan cotejar, bien me hubiera dejado algunas ganancias. No muchas, cierto, pero sí algunas. Así las cosas, tengo que mejorar el ojo para actuaciones masculinas. Ahora bien, en mi defensa he de decir que como actor secundario me sigue pareciendo mucho mejor Seymour Hoffman que Ledger, y que aquí el premio fue más bien pretexto para un homenaje post mórtem. Luego, que no he visto Milk y que si hubiera visto aunque sea los avances creo que sí hubiera puesto al Penn en la quiniela. Ah, mi señalado favoritismo por la Winslet es lo que, espero comprendan, me da ese acierto; cosa que no hice con la Tomei, por lo que tomo también como acierto el voto a Penélope. O sea, que mejor dejo ya esto de la auto-felicitación y paso al corolario: El curioso caso nomás apantalla (y se puede vivir sin verla), Slumdog es redonda (y mejor es que se vea), Penn reafirma que es garantía y Winslet lo está afirmando (y me está gustando); Penélope no tenía mucha competencia, y Seymour Hoffman sí, y mortal. Sea pues.

En vísperas

Rápidamente, algunos pronósticos de ganadores para eso que, para bien o para mal, es la gran premiación del séptimo arte, el Óscar en su edición 2009. Voy.
Actor protagonista: Frank Langella; Actriz protagonista: Meryl Streep (ó K. Winslet, mi favorita); Actor secundario: Philip Seymour Hoffman; Actriz secundaria: Penélope Cruz (ó M. Tomei); Película de animación: Wall-E; Director: Danny Boyle; Película: Slumdog Millionaire (pero mi favorita es The Reader). Luego, por “eficiencia” (nominaciones versus premios), la ganadora: Slumdog Millionaire; la perdedora: The curious case of Benjamin Button. Sea pues.

Der Vorleser

Es de esas veces en que el idioma alemán se muestra todo preciso y exacto. No hay en español un verbo en particular para designar al que lee en voz alta para otros. En alemán basta una sola palabra: vorleser. Es decir, que es tal acción lo que define a Michael Berg, pues no es que lea mucho o le guste leer (que ciertamente hay verdad en ello), sino que es quien le lee a Hanna Schmitz: es su Vorleser, su lector, su reader.

«The Reader» (2008), película dirida por Stephen Daldrey, basada en la novela «Der Vorleser» (Diogenes Verlag, 1995) de Bernhard Schlink (editada en español por Anagrama, 2000), tiene a Kate Winslet, Ralph Fiennes y, vaya promesa sin duda, David Kross, como artífices de una historia que no es tan sencilla como parece a primer vista serlo. Dicho sea, esta historia en pantalla nos atrapa más bien entre las hojas de la novela, o sea, que si uno no la ha leído —como es mi caso— por fuerza querrá leerla. Y es desde este enfoque, advierto, con el que escribo estas líneas.

No es pues una película sobre “simplemente” el Holocausto o el sentimiento de culpa al respecto. La historia ofrece toda una gama de matices para la lectura de los personajes y sus conflictos, y es aquí donde creo está el valor agregado. Más que contar una, si me permiten, anécdota más de los alemanes y sus conflictos con la Segunda Guerra, creo que en esta ocasión se nos brinda (y tan sólo con dos personajes de por medio) un abanico de vías para la contemplación de los vericuetos de las emociones humanas. No será tan fácil dar por resuelto el caso de Hanna —como aquél universitario que con una pistola la mataría— y sí lo mejor será, como responde Michael, comprenderlo. Y con eso el espectador ha de tener, es decir, que mejor es no forzar a la razón (o emociones) para culminar en un culpable o inocente, sino sopesar las distintas aristas que gracias a la narración de la historia uno como espectador tiene a la vista. Ésto es lo que me fascinó de la historia: sus posibilidades para el cuestionamiento. ¿Por qué y cómo es que Michael y Hanna llegan a esos momentos varios de decisión? La respuesta no es sencilla y mucho menos si se toma en cuenta, ahora sí, el contexto en donde ellos se mueven: Alemania y el Nazismo.

Ahora bien, estar por el momento aquí en la tierra de Goethe y haber vivido y sentido un poco de la realidad alemana y su gente es quizá lo que, acepto, me mueve a tales consideraciones. Cierto que hubo y hay localmente una dura crítica (e incluso condena) al libro (y por ende, el filme), pero también hubo y hay una aceptación a la historia como una que demuestra lo intricado que, ya no digamos sociedad, los individuos tenemos de por medio. Las escenas en el juzgado me parecen lo mejor de la película. Ahí, por cierto, es lo que, diría yo, hace que Winslet esté aplaudida como actriz. Luego, cuando Michael encarnado por Fiennes se da a la tarea de continuar aquello que de joven truncó (es decir, la lectura de libros a Hanna), mucho se redondea el personaje iniciado por el joven Kross y, ciertamente, la historia íntima (entendida sobre todo como lo más interior) entre él y ella.

Decir pues que ahora resulta que las letras pudieron haber redimido a Hanna y sus comparsas, y que el personaje de Michael nos lo intenta demostrar, es reducir totalmente la historia y banalizarla. Insisto, la complejidad de las personas es lo que creo se nos intenta hacer ver, y para ello nada como ese contexto alemán para todavía hacer de la tarea una más, sí, enriquecedora. Es decir, que más que dar por terminada la lección, aún nos queda (pueblo alemán incluído) mucho por aprender de nuestros demonios. De nuestras muchas luces y sombras.

En síntesis, recomiendo la película. Me ha gustado y convencido. Quiero leer el libro y seguramente habrá más tela de donde cortar. Sea pues.

Guiño: Y que estabas como ausente, y que no me callaba y te leía. Desde lejos.