Como hoy a tu suegra ves…

Y acaso pocos las voltean a ver; es más, las evitan o las enfrentan con chanzas: así las suegras. Porque de los suegros ni hablar, son ellas quienes llevan la voz cantante en esa tragicomedia de la vida marital (alcanzando apenas una «venganza» en aquello de nuera es nuera porque siempre es la que no-era).

En Alemania, a la hora del pastel (torta o tarta), se procura servir la rebanada de forma vertical, es decir, sin que ésta «caiga» o esté de canto, porque de otro modo será mal agüero para quien reciba tal trozo de pan: su suegra será una pesadilla.

Desconozco el origen de lo anterior, lo traigo a cuento por un ensayo fotográfico de Howard Schatz: un tesoro. Madres e hijas modelo retratadas. Madres de modelos con ellas sus hijas. Dice Schatz que a algunas modelos las instruía con un «sé la hija de tu madre», y helas ahí posando tan hijas y tan madres.

De una serie de 19 imágenes en The New York Times Magazine (ver. web), aquí mi favorita:

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Suponiendo una mínima edición, se puede ver que todas esas madres llevan la edad al natural. No advierto Botox o cirugías, a veces ni el maquillaje; al contrario, subrayo las arrugas, la gravitada carne, los pliegues, la mirada llena de años. La maternidad.

El refrán termina: … mañana verás a tu mujer. Seda de edades.

El sol entre corazones

La página web amlo.si, además de presentar al gabinete del candidato Andrés Manuel López Obrador con un refrito de la portada del disco Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (sí, aquella donde los Beatles y una pléyade pareciera que hacen guardia al sepulcro de los Beatles), presenta la biografía de AMLO con esta ilustración:

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Que acaso alude al «rayo de esperanza» e incluso al «sol azteca» del Partido de la Revolución Democrática… pero recuerda también esto otro:

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«El Presidente Mao es el Sol Rojo en Nuestro Corazones»

Disimulada carta a simuladas cartas

Estimado Doctor Miguel Carbonell:

He leído sus Cartas a un estudiante de derecho (3ª edición, Kindle Edition, 2012) y quisiera escribirle estas líneas a manera de respuesta. Usted no me las ha pedido, cierto, y yo tampoco pedí esas sus cartas; las compré, sin embargo, por una curiosidad de lector y, también, por su disponibilidad en digital —asunto que se agradece—, amén del título en sí que me recordó a Vargas Llosa y sus Cartas a un novelista (1997). Imaginé, en ese sentido, que así como el maestro novelista ofreció a sus colegas en ciernes algunas de las más importantes claves del oficio (i.e., sus cómos y porqués), así también usted —abogado académico investigador— daría al estudiante algo más, mucho más, que consejos prácticos (como el de pasar en limpio los apuntes de clase o tener una buena lámpara para estudiar).

Valga subrayar, antes de entrar en materia, que qué bueno que usted sea un jurista de éxito y que su biografía, recordada a lo largo de las cartas, esté plagada de momentos de recompensado esfuerzo. Ello, en verdad, es tan satisfactorio como prescindible. No estoy interesado en saber, por ejemplo, si la pasó bien —o muy bien— en los jardines de la UNAM o en la biblioteca del Centro de Estudios Constitucionales en Madrid. Sé que la mención busca la cercanía y la confianza con nosotros sus lectores, pero estas, creo, valdrían más como resultado de tan sólo un par de atinadas anécdotas, y no por un incesante recordatorio de lo que en su opinión es (o puede ser) esa gran aventura del estudio del derecho: una historia de éxito.

«Éxito», por cierto, no me parece que sea el estímulo mejor para el estudiante de una disciplina que exige más bien de una vocación acaso como la literaria. De eso, al menos como punto de partida, me hubiera gustado que usted nos compartiera, que contara a sus lectores-destinatarios la diferencia entre los frutos y el estudio (brega continua) del derecho como opción —digámoslo— de vida.

Empiezo por el final, doctor, por dejar claro la motivación (que no esperara fuera un mensaje de «tú puedes, si quieres, ser un ser excelente»), la base sobre la cual un estudiante ha de fijarse para de ahí tomar algún camino en particular de esa ruta, si me permite el símil, que es el derecho. Un camino, por supuesto, guiado por lo mencionado en su penúltima carta: la justicia. Aquí, conviene advertir, si bien se agradece el recuerdo de temas torales e históricos como Auschwitz, es evidente que lo suyo no es el género epistolar. Su recorrido se extiende demasiado y muchas veces inunda de datos y, lo peor, lugares comunes. Esto, intuyo, está relacionado con esa idea suya de dejar en claro —en una carta, la XIV— la importancia de la cultura general para el abogado. Pues bien, más le hubiera valido a lo largo de todas sus cartas nombrar, con atinada prosa, a los autores, las novelas, el cine, la filosofía, en fin, el arte y las humanidades, que van de la mano con el derecho.

Otras cartas redundantes son aquellas sobre la relación del derecho con la democracia y la economía… Corrijo, no redundantes pero sí de generalidades. Ligar tales conceptos y expresar concretamente no sólo su importancia sino también sus alcances en el estudio del derecho, es tarea aún pendiente. Sus buenos deseos para con la democracia, por ejemplo, sin duda los aplaudo y comparto, pero no me queda claro cómo el estudiante de leyes es parte ya (¿y mejor?) del ejercicio democrático (ni cómo el problema económico, sus actores, es reto constante en su quehacer de aprendiz).

Aquí, ya que lo menciono, vale recordar que si bien sus lectores pueden ser profesores o público en general, a final de cuentas los destinatarios de sus cartas son, tal cual, estudiantes de derecho. Jóvenes aprendices que antes de pensar en posgrados o futuras investigaciones, quieren entender esas primeras enseñanzas, esos primeros conceptos. Una síntesis quizá, pero —y usted lo propone— en forma de carta. Líneas en donde el remitente muestre las entrañas, donde se nos participe del desarrollo (explosión, si quiere) de la vocación, y no precisamente de la profesión (y de lo exitosa que ésta pueda o no ser). De eso último se habla un poco en su carta sobre las cuestiones éticas, gracias al ejemplo de la corrupción, y en aquella sobre la argumentación y la interpretación (aunque peque de protagonismo por el sobredesarrollo del que sabemos es su tema de especialización, derecho constitucional).

Pero todo esto que escribo es de atrás para adelante, le recuerdo, y llego a las primeras cartas que son paja, misivas en donde, a saber por qué, confunde el interés general (¿o sus objetivos al escribirlas?) con el genuino interés, el particular, de ese su lector-destinatario. Hablar pues de las técnicas de memorización, las nuevas tecnologías (¿a un joven estudiante?), los hábitos de estudio, e incluso el lenguaje y la información jurídica, del modo que usted lo hace, gastando páginas y recurriendo, insisto, a las generalidades, deja mucho que desear en esa primera parte del libro… Aun sea en buena medida la introducción cabal de lo que vendrá.

Terminé el libro, ya se ve, decepcionado. Con todo y sus epílogos (¡dos!) —decálogos que, acá entre nos, bien podrían ser la envidia de algún Coelho— y su magnífica biografía. Ésta, lo sabemos, ni falta que hacía incluir, doctor, queda claro que lo suyo es, sin duda, muy muy suyo.

Sin otro particular, cordiales saludos.

En la Nueva República Amorosa

Con Esperanza límpida y cuantiosa
somos Razón pero también Pasión
en la Nueva República Amorosa.

Gobernar es tarea fabulosa,
más si es con Rayo de Iluminación
con Esperanza límpida y cuantiosa.

Y nunca falta la gente facciosa:
habrá que convertirlos con fruición
en la Nueva República Amorosa.

La Democracia llega contagiosa,
lo sabe mi dedito que es bastión
con Esperanza límpida y cuantiosa.

Aquí conmigo, voces decorosas
sólo son las que tienen filiación:
en la Nueva República Amorosa.

Valiente Honestidad, secre’ preciosa,
a ti brindo la beatificación,
con Esperanza límpida y cuantiosa,
en la Nueva República Amorosa.

—Mael Aglaia

Un México Posible™ es la marca

Gobierno quiero de la gran comarca,
discreta me hago fina de pendientes,
Un México Posible™ es la marca.

Si aprieta la cargada, ¿poco abarca?,
ser mujer a saber si es suficiente,
Gobierno quiero de la gran comarca.

Un sindicato le hace agua a la barca,
su lideresa muestra ya los dientes,
Un México Posible™ es la marca.

Con amor oigo «es una oligarca»,
tranquila ni me espanto, dulcemente
Gobierno quiero de la gran comarca.

¿Y cuántos pecarán abierta el arca?
Desarrollo Social también es cliente,
Un México Posible™ es la marca.

Señora presidenta, la monarca,
hecha la mocha siempre tan sonriente,
Gobierno quiero de la gran comarca,
Un México Posible™ es la marca.

—Mael Aglaia

Los mostros del marco

Una cosa llevó a la otra y esta a los mostros del marco. En esta página se puede ver lo que seguramente será una exposición divertida. Entretenida e interesante también, pues estos monstruos dibujados por Colín son aquellos mostros que solían poblar la imaginación de niños y adultos. Marco los dibuja, enmarca y expone. Hay de todo, desde los huevones hasta los muy cabrones, pasando por los juguetones y soñadores. Todos a mano y aderezados con textos (algunos de Colín y otros recopilados por él) al centavo. Digo que solían porque, y hasta el DRAE lo sabe, hoy lo que hay son monstruos; Colín, claro, tiene un dibujo de un monstruo y un monstro. Yo sigo viendo mostros. Los imagino también mas no consigo dibujarlos: he ahí la gracia de Marco. Del marco que ahora, tras ser pergeñados con lápices, colores e ingenio, los atrapa por un instante. Los mostros del marco se venderán y, como dice su autor, embellecerán las paredes del refinado cliente. Los mostros, por el contrario, seguirán saliendo a comprar, cazar, espantar, en fin, alterar el orden de paredes, techos, puertas y ventanas de clientes varios. Son legión y Colín lo sabe. Nosotros también, sólo que a veces nos olvidamos y, por supuesto, tememos dibujarlos. Afortunadamente, ya se ve, hay un marco para cada uno de nuestros mostros. O monstruos, si se quiere. Desde que nacen hasta que se jubilan (¿los mostros mueren?), el dibujante nos enseña vida y obra de tan extraordinarios seres. Están en todas partes y se meten por donde salgan. Los mostros del marco son los de todos pero, atención, en un momento determinado a cada cual le corresponde uno y sólo uno de los tantos mostros habidos y por haber. Escoja —es un decir— su mostro y lléveselo a casa, y no se sorprenda si al día siguiente ya no es el mismo… el mostro o, seguramente, Usted.

 

Cómo es posible

¿Cómo es posible llegue así la noche,
en compañía de esta soledad,
sin que miremos nuestro gran derroche?

Preferimos mirarnos con reproche,
refugiándonos bajo la ansiedad,
¡cómo es posible llegue así la noche!

Sin sentido tomamos algún coche
dejando ser a la casualidad
sin que miremos nuestro gran derroche.

Nos convertimos en cualquier fantoche
y preguntamos con fatalidad,
¿cómo es posible llegue así la noche?

Como siempre, mañana como anoche,
así nos rodeará frivolidad,
sin que miremos nuestro gran derroche.

Cerrar callándonos con este broche,
sin duda nos encanta la obviedad,
¿cómo es posible llegue así la noche
sin que miremos nuestro gran derroche?

Listos con las listas

A las tantas listas que hay se aúna esta de «Diez libros que cambiaron la vida a 100 escritores en español» de El País Semanal. Es interesante, sin duda, uno se topa con algunas sorpresas y otras que no lo son tanto. Me traigo aquí a la selección de tres autores:

Carlos Fuentes (enlistado a su vez por Xavier Velasco y Juana Salabert)
1. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
2. La Odisea, Homero.
3. Antígona, Sófocles.
4. Macbeth, William Shakespeare.
5. La comedia humana, Honoré de Balzac.
6. Obra poética, Francisco de Quevedo.
7. Nuestro amigo mutuo, Charles Dickens.
8. ¡Absalón, absalón!, William Faulkner.
9. Cantos, Giacomo Leopardi.
10. Los miserables, Víctor Hugo.

Carlos Monsiváis
1. La Biblia.
2. En busca del tiempo perdido, Marcel Proust.
3. Obra completa, Jorge Luis Borges.
4. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
5. Canto general, Pablo Neruda.
6. Adiós a Berlín, Christopher Isherwood.
7. España, aparta de mí este cáliz, César Vallejo.
8. Piedra de sol, Octavio Paz.
9. Los miserables, Víctor Hugo.
10. Casa sombría, Charles Dickens.

Mario Vargas Llosa (enlistado a su vez por Jorge Eduardo Benavides, Javier Cercas, Jordi Gracia, Almudena Grandes, Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina, Edmundo Paz-Soldán, Santiago Roncagliolo, Iván Thays, Maruja Torres, Juan Gabriel Vázquez, Xavier Velasco y Luis Antonio de Villena)
1. Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
2. Guerra y paz, León Tolstoi.
3. Madame Bovary, Gustave Flaubert.
4. Moby Dick, Hermann Melville.
5. Tirant lo Blanc, Joanot Martorell.
6. La montaña mágica, Thomas Mann.
7. Los demonios, Fiódor Dostoievski.
8. Esplendor y miseria de las cortesanas, Honoré de Balzac.
9. Luz de agosto, William Faulkner.
10. Ulises, James Joyce.

Por no dejar —y como mero ejercicio lúdico— dejo aquí mi lista (de mortal lector y en estricto orden alfabético):

1. Fahrenheit 451, Ray Bradbury.
2. Historia mínima de México, Daniel Cosío Villegas.
3. Aura, Carlos Fuentes.
4. The old man and the sea, Ernest Hemingway.
5. Los relámpagos de agosto, Jorge Ibargüengoitia.
6. La palabra mágica, Augusto Monterroso.
7. Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Pablo Neruda.
8. El capitán Alatriste, Arturo Pérez-Reverte.
9. La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa.
10. Twitter, varios.