Un nido por un balón

Aquellos estribillos de vez en cuando me vienen a la cabeza: la de un niño es quizá su mejor nido. “México ochenta y seis, México ochenta y seis, el mundo unido por un balón” y “El equipo tricolor tiene mucho corazón y en la cancha lo demostrará” siguen ahí dando vueltas. México ’86 fue mi primer Mundial y el único que seguí puntualmente, incluso hasta con algún producto oficial: los shorts del equipo tricolor (pues la playera, a saber por qué, nunca me interesó). Desde entonces mi atención a los mundiales ha sido más bien tangencial, sobre todo por mis gustos deportivos. A veces apoyaba al equipo de México y a veces me daba igual. Emigré a Alemania unos años antes del 2006 y la situación con “mis equipos de casa” no cambió: a veces hinchaba y a veces no: me era sólo pambol. Este año, por los jugadores y el entrenador, la selección alemana me fue más simpática; la de México, dicho sea, también.

Pero vuelvo a los estribillos. Esta vez son en alemán: “Ein Hoch auf uns, auf dieses Leben, auf den Moment, der immer bleibt!”, se oye en la radio y en cada transmisión mundialista de la televisión pública alemana. La canción se titula “Auf uns” (Por nosotros) y el intérprete es Andreas Bourani, un chico bávaro de ascendencia egipcia que tenía tres años cuando el México ’86, y que vive desde 2008 en Berlín. Su carrera profesional apenas cumplirá cinco años, el éxito mundialista se incluye en su segundo disco, Hey (Universal Music, 2014), y el canal ARD fue el que escogió la canción para sus transmisiones del Mundial Brasil 2014. Bourani cuenta que con un brindis entre amigos nació la canción: “Estuvo tan bien ese momento que tenía que escribir algo; la vida es así, lo bueno nunca es un estado permanente: son momentos que se encadenan.” Esta es la canción [con mi traducción]:

Auf uns – Andreas Bourani
Wer friert uns diesen Moment ein, [quién congela de nosotros este momento]
besser kann es nicht sein. [no puede haber nada mejor]
Denkt an die Tage, die hinter uns liegen, [piensen en los días pasados]
wie lang wir Freude und Tränen schon teilen. [cuánta alegría y lágrimas hemos compartido]
Hier geht jeder für jeden durchs Feuer, [aquí ponen todos las manos al fuego por todos]
im Regen stehn wir niemals allein. [nadie se queda solo bajo la lluvia]
Und solange unsre Herzen uns steuern, [y mientras nuestro corazón nos lleve]
wird das auch immer so sein. [así siempre será]

Ein Hoch auf das was vor uns liegt, [un brindis por todo esto]
Dass es das Beste für uns gibt; [es lo mejor que hay para nosotros]
Ein Hoch auf das was uns vereint [un brindis por lo que nos une]
auf diese Zeit. [en estos tiempos]
Ein Hoch auf uns, [un brindis por nosotros]
auf dieses Leben, [por esta vida]
auf den Moment, [por el momento]
der immer bleibt! [que siempre queda]
Ein Hoch auf uns, [un brindis por nosotros]
auf jetzt und ewig [ahora y para siempre]
auf einen Tag Unendlichkeit! [por un día interminable]

Wir haben Flügel, schwören uns ewige Treue [tenemos alas, juremos lealtad eterna]
Vergolden uns diesen Tag; [dorémosnos este día]
Ein Leben lang ohne Reue, [una vida sin remordimientos]
vom ersten Schritt bis ins Grab. [desde la cuna hasta la tumba]

Ein Feuerwerk aus Endorphinen [unos fuegos artificiales de endorfinas]
Ein Feuerwerk zieht durch die Nacht [unos fuegos artificiales transcurren por la noche]
So viele Lichter sind geblieben [tantas luces permanecen]
Ein Augenblick, der uns unsterblich macht [un momento que nos hace inmortales]

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=pg9k-lAM7M8]

La canción, sin duda, celebra. El video oficial es además una celebración por y para la Alemania de hoy, incluyendo a la mundialista; aquí un par de ligas: 1) en youtube y 2) en myvideo. A mí se me ha metido la canción en la cabeza y, acaso por estar como niño en este Mundial, ya hace nido el estribillo. Dice Bourani que le daría mucho gusto que este 13 de julio se celebrara el campeonato también con la canción. Ya se verá. Un día así, por cierto, se jugó el primer partido en la historia de los mundiales: Francia contra México en Uruguay 1930; este domingo, se sabe, juegan el último partido de Brasil 2014 los equipos de Alemania y Argentina. ¿Auf uns ya se oirá?~

Lo que nadie habla cuando habla de correr

Correr es un deporte. Por su sencillez no son pocos los que piensan que correr, ya sea lento o rápido, es el siguiente paso de la caminata: no lo es. Caminar puede o no ser un deporte dependiendo de la velocidad; correr, por el contrario, es un deporte sin importar la velocidad. Tampoco es un “ejercicio”. Saltar la cuerda, hacer sentadillas o abdominales, subir escaleras, ésos son ejercicios; correr es un deporte donde uno tiene que, incluso, hacer ejercicio para practicarlo. Uno aprende a correr. Uno debe aprender a correr. ¿Cualquiera puede correr? No. Todos, sí, pueden dar de saltos y decir que están corriendo, pero correr de verdad solo lo hacen quienes toman conciencia de que, lo dicho, correr es un deporte.

Una vez puestos a correr, la monotonía es la reina de la disciplina y hay que sobrellevarla; evitar, ojo, el aburrimiento. Si se corre por ese peligroso borde, nada mejor que cansarse. Todavía más, es preferible correr cansado que aburrido: en lo primero se tiene bajo control a la monotonía; en lo segundo somos presas y poco o nada queda por hacer, solo parar o correr… aburridos. Correr cansado es natural, la búsqueda de las ganas o la pelea en sí contra el cansancio resultarán motores ideales para no parar de correr. Pero si uno tiene que parar, qué más da: la monotonía no ganó del todo la partida: a recuperarse y de vuelta a la pista. La monotonía es la reina pero no la ama.

Cada vez corre más gente que no está enterada del deporte que, mal que bien, practica. Ni de la monotonía. Son entusiastas del ejercicio y salen a llenar las calles y parques, maratones y medio-maratones, con sus zancadas y braceos dignos de cualquier máquina caminadora (o corredora). Se los ve siempre contentos o con lo último de tecnología a la mano, o en todo el cuerpo. Si en grupo, suelen correr juntos, ¡como si correr fuera un deporte de conjunto! Sincronizan sus pasos y hasta sus charlas. Aquél que corra, que corra de ellos; que les saque la vuelta, si puede; que los rebase, si puede; que corra, que corra de ellos si puede.

También hay individuos que corren como grupos, es decir, huelen a más de uno. Su sudor deja de ser un (esperado) residuo y, horror, se multiplica. Hay que aprender a evitar su estela que es, por lo menos, incómoda. Lo que es peor, uno mismo puede resultar incómodo: nuestro sudor nos agarra por sorpresa. ¿Sabemos de nuestro olor? Casi nunca. Quizá horas después, ya bañados y limpios, identificamos lo fétido, pero mientras corremos nos vamos despidiendo de ese olor sin decirle adiós. Lo acompañamos y cuidado nos haga parte de ese especial grupo de apestosos indeseables. Correr con aroma de no sé.

La ropa, como el sudor, sabe también ser protagonista. No son raras las rozaduras. Las ingles, pezones y axilas son el blanco preferido (de lo rojo). La culpable es la ropa nueva, dicen, y uno se cree más listo y se hace de lo usado para correr, sobre todo, las grandes distancias. La piel se ríe y chilla de repente con la camisa de “toda la vida”. La vaselina entra en escena y a puro prueba y error logramos identificar las partes sensibles. Como en la vida, a final de cuentas, no todo se nos resbala.

Correr también es un deporte de contacto. No sólo por las rozaduras, sino también por los roces. Cada maratón dice con orgullo, por ejemplo, el número de participantes, ¿cuántos aclaran los pasos extra, el zigzagueo, necesarios para mantener el ritmo deseado? Correr en línea recta y libre de obstáculos no es parte de la inscripción al evento. Como con los museos, el boleto de entrada sólo asegura la vista de la obra de arte, no su contemplación. Entre más corredores, mayor es la congestión. ¿Quiere Ud. correr a un ritmo? Pues los de a lado, y el de enfrente y el de atrás, también. Bienvenidos a la víbora de la mar.

Por supuesto, nadie se lleva a golpes, pero sí hay quien se lleva golpes. Sobre todo por uno mismo. O por los tenis. O zapatillas, cual cenicientas. Entre la moda del calzado y la moda del correr, los pies son quienes llevan la de perder. Y las uñas. No queda sino meter el hombro y darnos una mano: la mejor inversión que uno puede hacer en ese deporte del correr está en el calzado. Se habla, sin duda, de los diferentes tipos de calzado y sus ventajas, pero rápidamente uno se pierde en ese río de información, y de la errónea selección a las lesiones asociadas hay, dígase, solo un paso. El quid, atención, sigue siendo aquél primer punto: correr es un deporte y como tal nuestro calzado ha de corresponder. Si no se ha aprendido a correr y se insiste en salir a correr con un calzado “ad hoc”, entonces no se sorprenda, o sí, de lesiones ulteriores.

Jogging - Brooklyntheory

Jogging – Brooklyntheory

Se corre para no salir corriendo

En cada paso soy lo que voy viendo:
solo encerrado con los pensamientos
se corre para no salir corriendo.

Es con las piernas que estoy escribiendo
entre calles y esquinas los fragmentos
en cada paso: soy lo que voy viendo.

El mismo ritmo quiero ir manteniendo,
aunque entre líneas me falte el aliento
se corre; para no salir corriendo

se siente cómo el río va fluyendo,
con barcos y aves que siguen los vientos
en cada paso; soy lo que voy viendo:

más kilómetros, y no me sorprendo
de la fatiga ¿disfruto el momento?
¿se corre para no salir corriendo?

Todo este esfuerzo para ver si entiendo
que ojos son perpetuo movimiento;
en cada paso soy lo que voy viendo
¡se corre para no salir corriendo!

—MaAg

Todos los días juegan en domingo

Mas si gritan el mío responden muchos rostros que yo no conocía
o que borró una esponja calada de minutos,
como el de ese párvulo que esta noche se siente solo e íntimo
y que suele llorar ante el retrato
de un gambusino rubio que se quemó en rosales de sangre al mediodía.
—Gilberto Owen (en Sindbad el Varado, «Día tres, Al espejo»)

Sobre todo he sonreído con ese grupo de gambusinos rubios y negros. Por decisión unánime resolvimos apoyar al equipo de San Francisco: una tía vive allí, luego somos de ahí. Con pocas yardas en mi haber, y ellos con dos campeonatos con sus respectivas yardas, el año de 1988 fue la consolidación del fanatismo en ciernes; tiempo después tendría no solo playeras, cachuchas y pósters, sino hasta una figura, un muñeco, del jugador más valioso de aquella gran final: Jerry Rice.

Un par de reuniones con la familia (i.e., tíos y primos) me bastaron para soler ver sin compañía los juegos, a lo más con mis padres (sí, ambos, pues tanto madre y padre llegaron a ser tan hinchas como yo). Frente al televisor atestiguaba los pasos de esos mis gigantes. Desde aquella temporada del ’88 hasta la del ’99 (el año de la debacle) seguí puntualmente sus andanzas; después, por las mías, los perdí de vista, literalmente, un par de temporadas, y entre el 2001 y 2003 apenas y reconocía a sus jugadores. Desde entonces, y a vuelta con mi andar personal, dejé de verlos y no es sino hasta esta temporada, gracias a una mejor cobertura en las redes sociales (y una excelente app), que vuelvo a aquellos pastos. A aquel jardín.

Este domingo jugarán por sexta vez la gran final y podrán, por sexta vez, ganarla. Los 49ers, los niners, suelen ser referidos por los cronistas en México como «los gambusinos». Nadie de a pie, ningún tochero (jugador de futbol americano), dirá que le va a los gambusinos, pero los cronistas llegan a tener esos apuntes, esas puntadas. Son muy pocas las certeras: esta es una de ellas. Gambusino es un mexicanismo que se antoja poético, y aun sin ser reconocido por el DRAE sí que se sabe de su significado (aunque no tanto de su origen). La palabra vive y se escucha. Yo le voy a sanpancho, a los cuarentaynueves, a los nainers, y sé que son los gambusinos de hoy día: el domingo se verá si encuentran o no su oro, su fortuna. Yo soy uno de ellos, lo he sido cada sábado y domingo (y no pocos lunes por la noche); he buscado con ellos el oro, asunto que no resulta del todo imaginario (cual gamusino): lo hemos encontrado.

Otra vez, decía, vuelvo solo a ver un juego. Será en mi media noche, en esta tierra donde casi nadie estará al pendiente de lo que pase al otro lado del océano; estaré a través de una pantalla que será sin duda espejo donde me vea como años atrás: prendido. Así no oiga la narración en español, seguro escucharé las ocurrencias de los narradores: que si el pasador, la formación abierta, el emparrillado, la defensiva secundaria, en fin, una serie de expresiones que siempre me fueron ajenas: precisamente porque jugué ese juego. ¿Qué sería de aquella porra en las gradas de las ligas infantiles y juveniles con un «pasador»: Llégale al core/ al core llégale/ llégale al core, llégale al core/ llégale ya? Seguro que la diré cual mantra, como otrora solía mi madre.

No sé si lloraré: pero al espejo estaré. Así mi día, juego del domingo.

Cuarenta y seis mil ciento cuarenta y cinco yardas

Por años corrí en yardas. Aprendí a correr en yardas. Mis zancadas fueron para correr yardas, pero no siempre corría sobre yardas. Antes de cada temporada, los fines de semana, iba a emular la colina de Jerry Rice. Sin duda aquellas imagenes del receptor fueron la semilla del futuro corredor. Eso y las carreras de mi padre en Cuemanco y el Bosque de Tlalpan. Pero la colina, el cerro, siempre mantuvo mi preferencia: nada como aquella pendiente para sentir fortalecer mis piernas (y entonces el menos sentirme, ilusionarme, en el mismo camino de Rice).

Por años no trasladé las yardas a los kilómetros. Sólo de vez en vez me preocupé por la distancia en metros, por ejemplo, en 1995, para mi primera media maratón (que corrí al lado de mi padre) o para unos quince kilómetros en el Bosque de Chapultepec. Más nada. La pre-temporada, y el deporte en sí, obligaba a ceder en el trote e invertir, mejor, las horas en los levantamientos de pesas.

Hace meses la semilla (el gusanito) tuvo sus primeros frutos. Si bien antes, en aquellas primeras lejanas carreras (y en otras que hace un par de años me animé en tomar parte) los kilómetros tomaron protagonismo, aún seguía corriendo como si de yardas se tratara; no fue sino hasta con una maratón en mente que me despojé del peso del casco y las hombreras. Digo peso por no escribir sombras, pues lo cierto es que en todo momento el equipo de fútbol americano me acompaña. Dejé de correr en yardas, aprendí a correr kilómetros; sumé a las colinas de cuatro o cinco mil metros rutas de diez o más kilómetros. Todo por un maratón.

Correr siempre me gustó, insisto, aquellas imágenes de Rice en una colina, él solo y sus instintos, fueron muchas veces el motivo (adolescente al fin) para seguir en el tocho: éste, pues, resultó un buen pretexto para salir a correr. El tocho, como le decimos, nunca encontró en mí al mejor talento disponible; yo hacía lo que podía y por años nos aguantamos en buena lid. Tanto que, lo dicho, sus sombras (luz) me acompañan todavía. No empecé de cero, pero casi. Correr kilómetros (o millas) es mucho muy distinto a correr metros (o yardas), pero en ambas unidades hay elementos comunes. Jerry Rice lo sabía. Correr millas contra uno (eso es una carrera) fue lo que ayudó a Rice a perfeccionar las yardas de sus trayectorias (i.e., control de la fuerza en movimiento para hacer cortes) y las que seguían tras sus recepciones; correr yardas contra otros (eso es el tocho) fue lo que hizo de las carreras en kilómetros algo más que un trote en subida (o bajada): fue la personificación del obstáculo, la segmentación de las millas, el paso firme antes de otro igual de firme. Correr en contra es el punto en común.

El lugar común, por otro lado, es la carrera en sí, y cada vez más (por lo menos a partir de los años ochenta o ahora con el revuelo del correr descalzo); es normal, no queda sino hacerla particular. Cada cual a lo suyo, con sus propias sombras y luces. De mi maratón, decía, en su camino encontré mis razones físicas (aprender una mejor técnica, mejorarla; disminuir los dolores, evitarlos; encontrar los tiempos adecuados, superarlos) y, sobre todo, motivaciones principales: correr los dos minutos finales.

La buena música o el camarada de pista, grata compañía; la frescura del agua o el puntual refrigerio, siempre bienvenidos; la adrenalina de cada inicio o el «muro de los 30», acaso inevitables; el imperceptible guiño, apenas saludo, del colega corredor, o el entusiasmo de la arenga al paso; el zumbido de todos al pasar por un túnel o la soledad de la suerte de cada quien tras sostenido esfuerzo; el rendimiento contrastado con otros, la ruta y el clima; todo, en fin, lo que hay y puede haber en cada entrenamiento y el día de la gran carrera, palidece ante los dos minutos finales que cada cual enfrenta ya sea en la primera yarda o en la cuarenta y seis mil ciento cuarenta y cuatro, pues la restante —y solo esa— resulta ser el último segundo de esos minutos, el lugar donde se escucha el pitazo privado, la yarda por la que no hubo pausas ni reemplazos, la voz que te gritaba «no pares» y la que, en ese momento, te susurra: final del partido, ¿bien jugado?

El lance de Armstrong

Todo deporte puede ser un espectáculo, pero no todo espectáculo puede ser un deporte. Los culturistas, quizá con resignación, están al tanto de ello: esculpen y pulen sus cuerpos (su genética) con la ayuda física de mancuernas y aparatos, y con la química de complementos y suplementos alimenticios. El dopaje es parte del espectáculo: alcanzar y mostrar lo más y mejor del cuerpo. Así, aun con las sobredimensiones de un bíceps o un cuádriceps, participantes y espectadores están al tanto del balance —estética— que ha de tener aquél que quiera ganar competencias y admiraciones. Los Schwarzeneggers no buscan ser los más fuertes, altos o rápidos, su actividad no «versa» sobre eso, el dopaje es para ir más allá de los límites que cualquier deporte tiene (sea en fortaleza, distancia o velocidad) y hacer de sus cuerpos, amén de estéticos (según los patrones del momento, cual concurso de belleza), un selecto catálogo de músculos para la contemplación. El dopaje es parte del espectáculo: los reflectores irán sobre aquel (o aquella) que haya encontrado la combinación óptima de química y física.

¿Cuál es la combinación que encontró Lance Armstrong? Deporte y espectáculo, por supuesto; pero, todavía más, los mezcló a la perfección. No fue ni es el único. Las ligas profesionales de deportes varios (e.g., NFL, MLB, FIFA), e incluso el olimpismo, buscan ser, por distintas razones, un espectáculo. Muchos deportes logran serlo: se llenan de reflectores y éstos siguen a los más fuertes, a los más altos y a los más rápidos. Hay un momento, sin embargo, en que las luces (y sonido) deslumbran a deportistas y espectadores: ahí donde el espectáculo se hace pasar como deporte. Estar en las primeras planas, vestir las mejores marcas, firmar los mejores contratos, se vuelve la razón de ser del deporte. Qué mejor que un dopaje para ganar (o aumentar las probabilidades de la victoria), pero sobre todo para ayudar a ocupar esas planas, vestir esas ropas y devengar esos salarios. Tal fue el lance de Armstrong en aras del espectáculo: encontrar la mezcla perfecta de química y física de su deporte.

La nota del día es su condena por el dopaje, ¿cómo interpretarla? Los compañeros ciclistas de Armstrong, como acaso otro tanto en ese u otro deporte, también encontraron en el dopaje un medio más eficaz (¿y eficiente?) de acercarse a la recompensa de la victoria… pero solo Armstrong la aseguró. Fue el mejor, sin duda, la mejor máquina, el mejor espectáculo. El ciclismo de montaña, con sus grandes distancias y largos días de competencia, resultó caldo idóneo para montar un espectáculo que obviara la monotonía del pedaleo por horas y centrara la atención del espectador en los laureles de Campos Elíseos. Armstrong y compañía (¿mercantil?) hicieron del dopaje la herramienta perfecta para pulir sus cuerpos (que no el deporte), asegurar el mejor rendimiento posible y eliminar así toda competencia… todo deporte.

El dopaje en el deporte no responde a alguna necesidad deportiva en sí, de ahí que se quiera mantener a raya (o bajo control). No es cierto que al permitir o legalizar el dopaje en el deporte se ponga en igualdad de condiciones a los competidores. Se eliminan quizá, dado el control de calidad, los peligros del dopaje, así como las mafias y sus prácticas que puedan haber (y entorpecer la práctica deportiva), o incluso se favorecería la investigación médica del deporte, pero el deporte en sí, no. El deporte pierde competitividad con el dopaje. El deporte, aun con máximas à la Vince Lombardi, i.e., «el ganar no lo es todo, es lo único», no incluye a aquello que elimine la competencia en el deporte, e.g., ser el más fuerte. El dopaje hace del fuerte más fuerte y basta con tener el mejor dopaje para saberse, sin más, ganador de cualquier competencia.

¿Qué pasaría si todos fueran Armstrong? Un espectáculo. Reflectores apuntando al cuerpo que en la gran final cumpliera mejor con los patrones de belleza; el premio a la alquimia, la recompensa simple y llana al mejor dopaje. Así, si en actividades como el culturismo donde el dopaje los hace más fuertes, pero no hay premio al más fuerte (más alto o más rápido), en ese otro espectáculo vuelto deporte el dopaje sería el objeto de la competencia al premiar, sin miramientos, al más fuerte (más alto o más rápido). Ya no importaría la demostración de la fortaleza: sólo mostrarla. Dicho de otro modo, ¿quién tiene el mejor dopaje? Armstrong lo tuvo, fue el mejor Armstrong: ese fue su lance, su mejor espectáculo.

La raíz del Chicharito

Al hoy popular Javier “Chicharito” Hérnandez Balcázar llego gracias a Pepe Jara y sus memorias «El Andariego» (Cal y Arena 1998). Resulta que el trovador solitario, además de Marco Antonio Muñiz, tuvo con Tomás Balcázar González un especial compadrazgo (i.e., muy a lo Jalisco). Jara nos presenta a la comadre Lucha y a la prole Balcázar: Tomás, Luz María, Isaac, Rodrigo, Silvia, María Elena, Alejandra y Marco Antonio. Es Silvia quien casó a un colega del padre, o sea, al futbolista Javier “Chícharo” Hernández Gutiérrez y sus hijos son, adivinaron, el Chicharito y Ana Silvia. Del Chícharo, Pepe escribe, «típico jalisquillo rubio, de ojo azul [sic], oriundo de Tototlán, muchacho guapo, alburero y mal hablado, pero sano en verdad como ninguno, buen atleta y mejor hijo, marido y yerno»; y del hoy seleccionado (en ese entonces un niño de no más de diez años) Jara acota, en paréntesis: «ah, qué niño este Chicharito, lindo, inquieto y curioso». Unos años después de la publicación del referido libro, el Chicharito empezó a llenar sus particulares páginas, el resto… que sea historia.

Javier Hernández y Tomás Balcázar