Mujeres a los cuarenta*

A los cuarenta
aprenden a cerrar despacio
las puertas de los cuartos a los que
no han de regresar.

En el descanso de un rellano
sienten
bajo sus pies moverse cual cubierta
aunque sea ténue el oleaje.

Y en el fondo de los espejos
redescubren
la cara de la niña que se prueba
el labial de la madre en secreto

Y la cara de aquella madre,
tibia con el misterio del cosmético.
Son ya ellas mismas más madres que hijas.
Algo las llena, algo

que es como el sonido del ocaso
y los grillos, inmenso,
llenando bosques al pie de laderas
detrás de sus hipotecadas casas.

DONALD JUSTICE
*versión MAAG, la original versa sobre hombres: Men at Forty

Los 25 libros en alemán que todo alemán debería haber leído

En un número especial (de regalo) del tabloide Bild por los 25 años de la Reunificación Alemana, el crítico literario (recién fallecido) Hellmuth Karasek enlista “25 libros en alemán que todo mundo debería haber leído”. Aquí la lista (con el título en español según Wikipedia) de obras, autores y año de publicación.

  1. Die Blechtrommel (El tambor de hojalata), Günther Grass, 1959
  2. Der Prozess (El proceso), Franz Kafka, 1925
  3. Effie Briest, Theodor Fontane, 1896
  4. Deutschstunde (Lección de alemán), Siegfried Lenz, 1968
  5. Weiter leben (Seguir viviendo), Ruth Klüger, 1992
  6. Tschick (Goodbye Berlin), Wolfgang Herrndorf, 2010
  7. Der Steppenwolf (El lobo estepario), Herman Hesse, 1927
  8. Im Westen nichts Neues (Sin novedad en el frente), Erich Maria Remarque, 1929
  9. Die Verwirrungen des Zöglings Törless (Las tribulaciones del estudiante Törless), Robert Musil, 1906
  10. Der Zauberberg (La montaña mágica), Thomas Mann, 1924
  11. Frau Jenny Treibel (La señora Jenny Treibel), Theodor Fontane, 1892
  12. Die Klavierspielerin (La pianista), Elfriede Jelinek, 1983
  13. Die Strudlhofstiege (Las escaleras de Strudlhof), Heimito von Doderer, 1951
  14. Berlin Alexanderplatz, Alfred Döblin, 1929
  15. Holzfällen (Tala), Thomas Bernhard, 1984
  16. Buddenbrooks (Los Buddenbrooks), Thomas Mann, 1901
  17. Professor Unrat (El profesor Unrat), Heinrich Mann, 1904
  18. Herr Lehmann (Cómo ser el señor Lehmann), Sven Regener, 2001
  19. Radetzkymarsch (La marcha Radetzky), Joseph Roth, 1932
  20. Der Vorleser (El lector), Bernhard Schlink, 1995
  21. Der Turm (La torre), Uwe Tellkamp, 2008
  22. Erfolg, Lion Feuchtwanger, 1930
  23. Jeder stirbt für sich allein (Solo en Berlín), Hans Fallada, 1947
  24. Schloss Gripsholm (El castillo de Gripsholm), Kurt Tucholsky, 1931
  25. Wunschloses Unglück (Desgracia indeseable), Peter Handke, 1972

Adenda
Por cierto, aquí el recién fallecido Karasek y su crítica… al catálogo de IKEA:

Una hipótesis de ala triste

Se lo mandó por correo. El texto que tiempo después sería señalado como copia, como plagio, en realidad no fue un cuento, es decir, no es que alguien se lo contara al escritor indiciado. Qué va, entre escritores se refirieron por escrito el texto: «Mira, aquí te mando esto, seguro te gustará, si quieres cuéntaselo a tus lectores… publícalo». Dicho de otro modo, fue ese alguien quien copió el original y entonces mandó la copia al amigo escritor, quien después, al ser descubierto el plagio, no tuvo más remedio que decir «así me lo contaron» en lugar de un acusador «así me lo pasó por escrito, yo sólo le cambié unas cosas».~

Al mercado lo que sea del mercado

Aprovecho los recientes dimes y diretes de Leo Zuckermann y Jesús Silva-Herzog Márquez sobre la razón de ser del Fondo de Cultura Económica, para traer unas líneas de Hilaire Belloc que, a su vez, Simon Leys aprovechó en citar —e incitar— en un breve artículo titulado “Escritores y dinero” (incluído en The Hall of Uselessness, 2011); son tres párrafos (que traduzco a vuelo de pájaro).

Para aquellos que han tenido que procurar las letras como una forma de comercio (y en esto yo he estado condenado toda mi vida desde mis veinticinco años), ésta es ciertamente la más dura, la más caprichosa y, en verdad, la más abominable forma del comercio, por la simple razón de que nunca tuvo el propósito de serlo.

Un hombre no tiene por qué vivir de escribir como no lo tiene de conversar, vestir o caminar y contemplar al mundo. Así como no hay relación entre la función de las letras y el efecto económico de éstas, así también no la hay entre lo bueno y lo malo del trabajo, o su magnitud, y la suma de los pagos por él. No sería natural que tuviera que haber tal relación, y de hecho no la hay.

La verdad se pierde por la gente que dice que la buena escritura no tienen mercado. Ese no es el punto. La buena escritura a veces tiene un mercado y la muy mala a veces tiene un mercado… Escribir verdades importantes a veces tiene un mercado; escribir los errores más ridículos y falsos juicios a veces tiene un mercado. El punto es que el mercado no tiene nada que ver con las cualidades adjudicadas a lo escrito… La relación entre la excelencia o utilidad de una pedazo de literatura y el número de aquellos que la comprarán en una forma particular no es una relación causal: es simplemente una caprichosa. —Hilaire Belloc

El palacio de Zamora

Seguramente no pocos asiduos y avezados lectores de Jorge Ibargüengoitia pensaron que sólo él podría echarse al hombro la historia de Rosa del Carmen Verduzco y La Gran Familia de Zamora, Michoacán. Es posible. Así como con las Poquianchis y Las muertas (1977), el “albergue” zamorano tiene sin duda material para una ficción ibargüengoitiana; la diferencia, sin embargo, es que esta vez la tragedia no parece tener tintes de humor negro. ¿Qué se puede escribir cuando uno está rodeado de niños? A saber si el de Guanajuato hubiera firmado, por ejemplo, una carta pública de apoyo a la Sra. Verduzco y su labor; a saber si, al menos, una editorial hubiera escrito al respecto, ¿a favor o en contra?, ¿en broma o en serio?

Quien sí escribió al respecto fue Robert Walser (1878-1956). Con la misma edad de muchos de los “huéspedes” de Zamora, Robert Walser comenzó a escribir sus primeras líneas en Biel; en la foto al recibir la confirmación se lo ve de unos quince años, un niño adolescente: «la vida lo negaba», llegó a escribir el adulto Walser, y su madre siempre tenía prisa, «se ocuparía de él si pudiera permitírselo».

Sí, Robert Walser debió de escribir de algo como lo de Zamora. Y lo hizo, pero no en novela (o diario, mejor dicho), aquella de Jakob von Gunten (1909) y su Instituto Benjamenta, sino en “sueños”.

El escritor de “Schloss Sutz”, incluído en Träumen (Suhrkamp, 1985), en voz de alguno de sus habitantes cuenta, mutatis mutandis, lo que ocurría en aquel recinto mexicano dirigido por la señora Verduzco. El palacio Sutz, por cierto, es una invención; la localidad existe, pero no hay palacio alguno, es una utopía… Acaso como la que algunos, qué caray, describieron en sus columnas, peticiones, crónicas y reportajes. Walser se les adelantó, y de qué manera.

Traigo aquí un fragmento del texto (con mi traducción), y dejo que el lector curioso consulte por su cuenta el resto de la narración (disponible en español en Sueños [Siruela, 2012], o bien, si deja un comentario de solicitud, y me da tiempo, próximamente en este espacio); es la parte inicial, cinco párrafos, y la final, dos párrafos; quedan pendientes ocho:

“Palacio Sutz” de Robert Walser
noviembre 1920
(fragmento, ver. de maag)

Todos nosotros estábamos ahí bien resguardados, pues la Señora resultó ser la amabilidad misma. Ella era previsora, liberal y tan contemplativa como elegante. Qué encantadora se la veía en su traje de montar. Ninguno de nosotros la olvidará jamás. «Quien conmigo se aburre comete un pecado», solía decir.

Como un sueño era estar con ella. Todo el mundo era su puntual sirviente. Para ella no había diferencias. Todos éramos como sus hijos. Así como era de joven y bella, así también encontraba el gusto para cuidarnos como una madre. Lo hacía todo tan natural como si no tuviera otras preocupaciones.

«Señores míos», decía, «soy responsable de ustedes, pero sé que me facilitarán la tarea encomendada». Y sonreía bondadosa. Como fuere, el caso es que todos estábamos encantados con ella. Cada cual contaba al otro cuán maravillado y encantado estaba con esta mujer.

Nos constaba estar cautivos, pero no lo sentíamos. La comida era nutritiva. Había pastel, buena sopa, de vez en vez una salchicha, un tipo de papas fritas llamadas rösti, café y té, y buenos puros. No deseábamos nada mejor.

Nos exhortaban para trabajar, pero no nos obligaban. Cada quien hacía algo con alegría, pues comprendía que era por su propio bien. No habríamos podido tumbarnos al sol y soñar y fantasear como aquel inútil descrito por Eichendorff.

[…] Aquí vivían el amor, el arte, la naturaleza y el cariño mutuo.

También había enfermos; ellos encontraban cuidado médico. Para todo lo necesario había discreto cuidado; todo esmero, protección, se daba naturalmente.

Así más o menos era aquello. Podría contar un poco más, pero como tiene el mismo sentido, puedo saltármelo; porque quisiera mostrarme objetivo y parecer mejor lacónico que hablador.~

Robert Walser, ca. 1893, de RW: Una biografía literaria, J. Amann

Robert Walser, ca. 1893, de Robert Walser, R. Mächler, 1992

Lichtenberg y #ReadWomen2014

Sin duda la belleza masculina no ha sido lo suficientemente trazada por las únicas manos que mejor pueden hacerlo: las femeninas. Siempre me es grato escuchar de una nueva poeta. Si tan sólo (ella) no se formara según la poesía masculina, ¡qué no se podría descubrir ahí!
Georg Christoph Lichtenberg [Sudelbücher, F 1077; 1776-1780]
versión de maag

Juana_Inés_de_la_Cruz«¿Qué podemos saber las mujeres sino filosofía de cocina?… Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.»
Juana Inés de la Cruz (1691) en respuesta a Carta de sor Filotea de la Cruz

Más de Lichtenberg en Twitter: @GC_Lichtenberg;
Más del #ReadWomen2014 en inglés: by Joanna Walsh.

Robert Walser imagina a John Lennon

En tiempos de la Primera Guerra Robert Walser hace llegar el siguiente texto a la redacción de un número dedicado al conflicto bélico; según la nota al pie de página del libro Träumen (1985), donde a la postre se incluyó la pieza, el escritor (les) agradece la consideración dado que, “como dicen, quieren incluir en sus páginas la declaración de un abstraído o soñador”. Del texto hay dos versiones, ésta de Träumen y otra editada en Poetenleben (1917, 1985) como parte, a su vez, de un texto intitulado “El trabajador”, en donde, en la narración, se compusieron dos pequeñas prosas, y una de ellas es esta que nos ocupa en una versión sin título, dividida en párrafos y con sutiles variantes. No se sabe cuál es la primera versión, algunos opinan que es la del trabajador. La incluída en Träumen se supone entonces la versión final, es la que Walser titula “Fantasear”, y la que bien podría considerarse, amén de terrenal y práctica (?), la primera versión de una canción como “Imagine” de John Lennon. En español se recoge en las respectivas traducciones de la editorial Siruela, Sueños (2012) y Vida de poeta (2010); aquí publico mi versión.

Fantasear (1915) de Robert Walser

Ahí las personas son amables. Tienen la gentil necesidad de preguntarse mutuamente si en algo pueden ayudarse. No pasan entre sí con indiferencia, como tampoco se molestan unos a otros. Afectuosos son, pero no demasiado curiosos. Se toman en cuenta, pero no se fastidian entre sí. Quien es infeliz ahí no lo es por mucho tiempo, y quien se siente bien no es por ello arrogante. Las personas que ahí viven, ahí donde las ideas, están muy alejados de encontrar placer en el malestar de otros, y de sentir execrable alegría cuando el otro se encuentra en aprietos. Se avergüenzan ahí del gusto por el mal ajeno; prefieren ver en ellos el daño que verlo gustosamente en otros. Esta gente tiene tal necesidad de la belleza porque no soporta ver los estragos del prójimo. Ahí toda la gente se desea lo mejor. Nadie vive ahí que desee lo bueno sólo para sí, y quiera saber sólo a su pareja e hijos en buen recaudo. Se quiere también que la pareja e hijos del prójimo se sientan felices. Cuando una persona de alguna manera ve a un infeliz, también su propia felicidad es estropeada, porque ahí, donde el amor al prójimo habita, la humanidad es una familia y no puede haber nadie feliz si no lo son todos también. Envidia y celos son ahí desconocidos, y la venganza es algo imposible. Ahí nadie se interpone en el camino del otro, nadie triunfa sobre nadie. Donde uno descubre sus debilidades, no hay nadie que quiera aprovecharse, pues todos se tienen en gran consideración. El fuerte y poderoso no puede recibir ahí admiración, porque todos poseen igual fuerza y ejercen igual poder. Las personas dan y reciben en un intercambio elegante sin ofender a la razón y al entendimiento. Amor es ahí la ley más importante; amistad, la primera regla. Pobreza y riqueza no las hay. Reyes y emperadores ahí, donde la gente sana vive, nunca se han dado. La mujer no domina sobre el hombre, pero el hombre tampoco sobre la mujer. No domina nadie, mas que cada cual sobre sí mismo. Ahí todos sirven a todos, y el sentido del mundo es claramente eliminar el dolor. Nadie quiere disfrutar; la consecuencia es que todos lo hacen. Todos quieren ser pobres;  de ello resulta que nadie lo sea. Ahí, ahí todo es bello, ahí quisiera vivir. Entre personas que se sienten libres porque se limitan, ahí quisiera vivir. Entre personas que se respetan, ahí quisiera vivir. Entre personas que no conocen el miedo, ahí quisiera vivir. Me doy cuenta que fantaseo.~

Robert Walser de Pablo Gallo, 2009

“Robert Walser” de Pablo Gallo, 2009