En enredo pleno con el poder, nene

En cuatro minutos y segundos se observan dos hombres compartiendo el protagonismo de un solo lugar: la presidencia de un país. Una ceremonia marcial, una entrega de bandera, una traslación, dice la voz en off. Dos hombres a la par, ambos de la misma altura. Un cadete llega con paso firme y de igual manera entrega el lábaro; el hombre de banda cruzada en el pecho lo toma, ¿arrebata?; el otro espera su turno, saluda y también con firmeza toma lo que en segundos volverá a manos de otro cadete. El de la banda en el pecho apenas y parpadea, el otro muestra su nerviosismo con oteos y un movimiento en falso durante la ceremonia (por poco se sale del protocolo y deja al de la banda sin saludo de despedida a la bandera). Uno se va y otro entra, el poder se mantiene y apenas se transforma.

En el estudio de un pintor o los pelillos de un pincel

Recién cuelga Asiain en su blog El misterio de Picasso, una película que hipnotiza; recién, también, leo las siguientes líneas de Lezama Lima, incluídas en La Habana: JLL interpreta su ciudad (Verbum 1991).

¡Qué hondura de luz creadora y derivada visitar estudios de pintores modernos cubanos! ¡Qué seguridad de pulso el saber que la historia de artística creación continúa su acarreo y sus asibles y preferentes aclaraciones! La ya de por sí alegre búsqueda de los colores, sus comprobaciones sobre la asimilación de la tela, su empaste de apretura o sus gemidos indetenibles cuando el cuarteado con lento crujido hace su aparición y restriega apresuramientos y caídas o mano conducida por la lentitud hasta el rendimiento de la materia. Las telas o los papeles, vueltos expresivos por la otra materia que van a recibir y a entregar de nuevo aumentada por los rasguños, las manchas, la geometría que busca encarnar por la figura y el cuerpo. Los pelillos de un pincel, punto final de una energía brotada de una sutilísima polaridad, sus primeras pruebas mantenidas por la ligereza grave del aceite, avanzando después con su pulpa de festival y dominio.

Así nuestra pintura va haciendo de su paisaje un paisaje de cultura, es decir, mundo exterior con el cual ya el hombre ha dialogado, haciéndolo suyo por definición y subrayado sensible. Al ir penetrando en nuestra expresión, al ir alcanzando forma artizada parece como si fuéramos penetrando en nuestro paisaje, rindiendo así la naturaleza a la cultura y haciendo de la cultura la segunda naturaleza, que parece ser lo propio del hombre.

El sueco que irrumpe un día por los estudios de nuestros pintores, el inglés que estudia la sutileza o violencia de nuestra luz; la norteamericana doncella que muestra curiosidades por nuestros estilos de expresión, cifras son de esa universalidad que rodea a las mejores expresiones de nuestros artistas.

Se va así ganando un estilo, se va haciendo de la diversidad una impulsión hacia lo que de veras tendremos que alcanzar y hacer nuestro. Hay allí un estado, una permanencia a través de generaciones que marchan serenas y lúcidas hacia su dignidad y la ejecución de sus formas.

JOSÉ LEZAMA LIMA, 27 de enero de 1950

Los abandonados

«No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no pensar.»
—Julio Cortázar, La autopista del sur (en “Todos los fuegos el fuego”, 1966)

En los últimos kilómetros de La autopista del sur es donde Cortázar remata esa alegoría de movilidad urbana, un atasco donde pasa todo y de qué manera. La maestría literaria, por supuesto, es evidente, he ahí las distintas historias de aquello que suele ser inadvertido por tantos—y fue el mismo Julio quien explicó tal razón para escribir el cuento—, y que dan cuenta (nos hablan) de lo mucho que viaja en un auto —o en cualquier vehículo— y, sobre todo, lo que sucede cuando tenemos que bajarnos de este.

Cortázar saca del automóvil a las personas y con su ficción muestra la verdad de tal tecnología. En unas cuantas páginas el escritor brinda, además, un análisis de la realidad del uso del auto; es decir, y esto acaso no es tan evidente, por medio de una historia fantástica contrasta los mundos de un automovilista (el interior y el exterior), y subraya a fuerza de palabras los demasiados autos y la cada vez menos convivencia humana… urbana.

Aquellos paralizados de cuatro ruedas tienen que convivir en medio del abandono tecnológico (si hasta de las radios tienen que prescindir) y es cuando surgen ésas sus historias… o más bien, las reviven a cabalidad. El abandono los despoja de la tecnología pero también los liga y, finalmente, los marca.

El ingeniero, al final del relato, se aferra a lo logrado en ese tiempo de encierro y, sin embargo, se sube a su auto y avanza aceptando la velocidad de la carrera. «[…] Y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro,…». Sabe lo que tuvo pero no lo que tendrá. No le queda sino apurarse. «[…] Por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros…», cuando en su momento se supo algo más de ellos. La muchacha del Dauphine habló con el ingeniero del 404, y si bien nosotros no llegamos a saber sus nombres, ellos seguro que lo habrán hecho: es por esta distancia —Cortázar al fin— que podemos ver con mayor claridad esa frialdad que impone la vida en automóvil. Aun con historias como estas, llenas de avatares, la personalidad del automóvil termina por rebasarnos, dejamos de saber quiénes (y cómo) pueden ser los otros. Con todo, el ingeniero es un 404 y la muchacha un Dauphine: las marcas son ellos.

Sólo fuera del auto es como se da pie a la historia, sólo fuera del auto esta avanza; una vez dentro del auto, las historias vividas en esos meses del relato se apagan y son de nueva cuenta los autos los protagonistas, los más importantes de aquél final: «[…] Donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.»

Lo dicho: se deja de pensar y se va, abandonado, exclusiva y fijamente hacia adelante.