Anécdota (de Heinrich von Kleist)

Arroyo, cuando murió su mujer, tuvo que ocuparse de los preparativos del funeral. El pobre hombre estaba empero acostumbrado a dejar todo en manos de la mujer; así, cuando un viejo empleado llegó a pedirle el dinero para el crespón que quería comprar, él, con lágrimas en los ojos y la cabeza apoyada en la mesa, respondió: «dígale a mi mujer».

[~1810-1811]

*ver. de MAAG

¿Un huevito en el arroz?

Este domingo El País publica un reportaje sobre la compra de seguidores en Twitter. No puedo evitar sonreír pensando en aquellos usuarios que, quizá sin los recursos de las grandes y medianas empresas, hacen también su lucha por conseguir popularidad. A veces son ellos mismos quienes a pala y pico se inventan las cuentas (o las estrategias), e incansables van engrosando ese anhelado número de seguidores. Son sin duda entusiastas de la tecla, pues así les tome un poco más de tiempo, el esfuerzo —según ellos— es recompensado.

Hay uno en particular que me ha tocado ver de cerca. Dejaré hasta el final, en imágenes —que dicen y consiguen más de mil seguidores(?)—, el nombre del usuario, y resumo a continuación la historia.

Todo empezó con el tablero de popularidad de Favstar en español (uno que, dicho sea, ya no existe dadas las constantes controversias y dimes y diretes para con el administrador del sitio). Ahí, fama al fin, el usuario en cuestión buscó a toda costa aparecer y ser parte de la constelación de tuiteros consentidos. Lo logró. Gracias a que sus conocidos, previa instrucción, marcaban como favoritos los tuits del peculiar usuario, este consiguió respaldar así su popularidad y, si bien contaba con mucho menor número de seguidores que el resto de participantes en el tablero, logró hacerse de estrellas suficientes y estar ahí tan campante en el preciado lugar. Sin embargo, bastaba una ojeada y unos cuantos clicks para descubrir y señalar la argucia; reporté el asunto en el entendido que, según el propio administrador de Favstar, tal lugar era para el genuino aplauso y reconocimiento. El usuario, no sin aspavientos de su parte,  fue removido del tablero. Siguió adelante y optó por otra estrategia: encargar a un par de terceros su promoción (ver Imagen 1). Lo curioso es que en ningún momento el usuario buscaba verse implicado directamente en esta búsqueda de reconocimiento, siempre son otros —¿admiradores, amigos, conocidos, empleados?— quienes le hacen el trabajo. Señalé de nuevo el detalle y la cuenta cómplice optó por el bloqueo y el cese de la promoción a dicho usuario… pero no a otra cuenta, pues por ingenio no paramos: otra estrategia que ha venido utilizando el usuario es hacer uso de una cuenta que, en su perfil, no sigue a nadie y es un homenaje (?) a destacados juristas de la UNAM; tiene miles de seguidores (pues amén del uso del nombre de la universidad, su campaña de promoción es similar al de la Imagen 1) y de vez en vez aprovecha para retuitear sobre todo a, claro, el usuario en cuestión (aunque después deshace el RT para que no quede grabado en el TL). Finalmente, y ello en febrero de este año, una estrategia similar a la señalada en el reportaje de El País entró en acción (ver Imagen 2 e Imagen 3); al parecer ya no la usa pero sí que echó mano de ella para conseguir más seguidores (y llegar a los seis mil: pues hasta hubo felicitación al respecto). Ahí, otra vez, al señalarla, las cuentas implicadas (cada una con más de nueve mil seguidores) se hicieron por un momento privadas, me bloquearon y borraron aquellos tuits como el de las imágenes. Hoy día funcionan con normalidad.

Así las cosas, aquí las imagenes:

Imagen 1.

Imagen 2.

Imagen 3.

¿Compras de seguidores? Si nada como el amor al arte.

Dos tipos de cuidado y un maestro

Compuse una canción muy bella dedicada a la Virgen de Guadalupe (La Guadalupana) con letra de Ernesto Cortázar. Les había advertido desde el ensayo que la letra era muy larga y que debían aprenderla perfectamente.

Vino la primera función de la tarde y todo iba muy bien hasta que llegamos al número de La Guadalupana. Primero salió Jorge, echándose el sombrero para atrás y haciendo gala de su porte y galanura, después salió Pedro haciendo gala de su simpatía y carisma. Pero el problema estuvo en que ninguno de los dos se aprendió la letra.

Yo estaba dirigiendo y el apuntador estaba abajo en lo que se conoce como la “cancha”. Entonces Pedro se agachó, le arrebató la letra al apuntador y se puso a leerla en el escenario frente a todo el público, y Jorge, para no quedarse atrás, le quitó la hoja y se pusieron los dos a leerla y a hacer chunga de eso.

El público muy enojado les empezó a chiflar y a meterse con ellos porque además era una falta de respeto hacia la Virgen de Guadalupe, al grado de que tuvieron que bajar el telón. Yo me enojé muchísimo, recogí todas mis partituras, las puse en el portafolio y me dirigí a los camerinos.

Llegué al camerino de Jorge donde estaban de gran tertulia: la mamá de Jorge, doña Emilia, su hermana Tere, Jorge, María Félix, Irma Dorantes y Pedro. Abrí la puerta y no se esperaban que llegara tan enojado. Se hizo un silencio absoluto y les grité: «Son unos payasos, son unos irresponsables, no se puede faltar el respeto al público ni a mi trabajo como ustedes lo han hecho. Ustedes creen que ya son grandes estrellas y que pueden hacer lo que les venga en gana, pero mi trabajo lo respetan, y como ustedes no necesitan de mí, porque ya son grandes figuras, en este mismo momento renuncio a seguirlos dirigiendo». Rompí la batuta enfrente de ellos y me salí.

El Teatro Lírico tenía un largo pasillo que daba a la calle y ahí me fueron a alcanzar Jorge y Pedro. Por cierto que Pedro iba en camiseta con una toalla a la espalda. Me detuvieron y me dijeron que por favor no abandonara el espectáculo y se deshicieron en disculpas y en promesas diciéndome que no me fuera y que prometían que para la función de la noche se aprenderían la canción, y que si no se la aprendían aceptarían mi renuncia.
—Pedro, ¿verdad que se lo prometemos?
—Sí, sí, Jorge.
—Jorge, ¿verdad que nos la vamos a aprender?
—Sí, Pedro.
Entonces acepté seguro de que no se la iban a aprender.

Comenzó la función de la noche y cuando les tocó salir a interpretar la canción, los dos se sabían la letra perfectamente, pero muy curioso por que los dos pícaramente volteaban a verme y me hacían el gesto como diciendo, «¿Ves qué bien nos está saliendo?» Y de ahí en adelante tuvimos toda la temporada con gran éxito.

~Manuel Esperón

Ensayo de una mierda anunciada—La crónica va al baño

La prueba
Del otro lado de la puerta un hombre
deja caer su corrupción. En vano
elevará esta noche una plegaria
a su curioso dios, que es tres, dos, uno,
y se dirá que es inmortal. Ahora
oye la profecía de su muerte
y sabe que es un animal sentado.
Eres, hermano, ese hombre. Agradezcamos
los vermes y el olvido.
—Jorge Luis Borges, en
«La cifra», 1981

El anuncio (que no disculpa). No soy escatológico, mas alguien tendrá que hablar de mi propia mierda: qué mejor que yo.

[espacio de reflexión para continuar o no con la lectura]

*3*2*1*

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A propósito de Monsiváis: Ibargüengoitia (sic)

En estos días el mundo cultural de —sobre todo— México está al pendiente en particular de la salud de una persona. Merecidamente, sin duda, pues a estas sus alturas, Carlos Monsiváis (1938) sigue dando de qué hablar y, lo más, leer.

En este espacio, y sumándome a los deseados parabienes al escritor, traigo a colación una, digamos, anécdota cultural protagonizada por Monsiváis y el mismísimo Jorge Ibargüengoitia, referida en el libro «Los pasos de Jorge Ibargüengoitia» (Ed. Joaquin Mortiz, 1989) de Vicente Leñero.

Para documentar nuestro optimismo

Sucede que aquella cita (tantas veces) citable —Quien creyó que todo lo que dije fue en serio, etcétera— del buen Jorge fue parte de aquél su último texto como crítico teatral («Oración fúnebre en honor de Jorge Ibargüengoitia» en Revista de la Universidad de México, Vol.18, No. 11, 1964) que, a su vez, fue, en mucho, respuesta a una crítica de un todavía joven (¿y cándido?) Monsiváis (i.e., «Landrú o la crítica de la crítica humorística o como iniciar una polémica sin previo aviso», en Revista de la Universidad de México, Vol. 18, No.10, 1964). Dicho de otro modo, Monsi a sus 26 sin reparo alguno ya se le ponía al tú por tú a un granjeado (y lo que le faltaba) JI; y si bien, como señala Leñero, Jorge no cayó en la provocación, sí que le brindó a Carlos una respuesta, ya se ve, histórica. A partir de ese 1964 el resto de la obra de Jorge sería la narrativa —comenzando ese mismo año con una mítica Los relámpagos de agosto— y la fama del cronista Monsiváis seguiría en ascenso (así como su cada vez más atinada, quiérase o no, ironía).

Subrayo pues el momento a la luz de, lo dicho, la hoy endeble salud de Monsiváis. Esto es, nada como recordar y tener presente la manufactura de aquellos otrora intercambios de dimes y diretes.

En corto, no queda más que decir: por mi madre con m de Monsiváis, bohemios.

Orden 1 Sentido Común 0

Es una hipótesis que sostengo desde no hace mucho tiempo: que hay una relación unidireccional e inversamente proporcional entre orden y sentido común. De esto, me parece, hay suficiente evidencia empírica en Alemania. En la brevedad de este espacio lo que sigue parecerá más bien un anecdotario, sin embargo, seguro estoy que es parte de dicha evidencia que refuerza la hipótesis.

Resulta que, como ya lo he relatado aquí mismo, parte de las medidas para reducir el impacto ambiental de la disposición de residuos en hogares, los alemanes tienen un sistema organizado y, sí, eficiente para lidiar con tal tarea. Separan metódicamente sus residuos y los llevan a su destino final de la misma forma, ie, la recolecta está religiosamente calendarizada. Así las cosas, uno debe seguir el esquema si es que quiere a bien librarse de la basura en casa, esto es, la única opción es mantener el orden y, por ejemplo, no pretender que un día fuera de calendario alguien se lleve la basura (mucho menos buscar deshacerse de ella a escondidas). Dicho esto, me ví en la necesidad de sacar mi basura “azul” (papeles y cartones) y, ojo, colocarla fuera del correspondiente contenedor (pues éste sencillamente estaba lleno: gracias a que sólo hay uno para las 6 viviendas de la casona y cada 4 semanas se vacía, ergo siempre termina rebosante). Procuré entonces que si bien me estaba saliendo literalmente del marco, al menos las cajas y papelería estuvieran ordenadas y dispuestas de tal modo que fuera fácil levantarlas y echarlas al camión de un solo golpe. Procuré pues guardar el orden y, craso error, aposté por el sentido común de los guardianes de la limpieza (“vale, es papel y está ya listo para llevar”). Exacto: no se llevaron aquella papelería que no estaba dentro del mentado contenedor. A pesar de que estaba ordenada y lista para llevar, el hecho de que estuviera fuera del contenedor la invalidaba totalmente de ser materia recolectable. Insisto: craso error el mío.

Por otro lado, y en otro orden de casos, sucede que al obtener un grado académico en alguna universidad alemana se tiene la posibilidad de trabajar en el ramo de la especialidad. A grandes rasgos la mayor limitante es precisamente que el empleo esté relacionado con lo que se estudió y para lo que el título académico acredita. Por ejemplo, si uno se graduó de abogado no ha lugar para ponerse a trabajar como asesor financiero, técnico electricista, chofer, etcétera. Así, me di a la tarea de buscar trabajo y cuando presenté mi solicitud en la oficina de extranjería me topé con una respuesta lacónica que, lo dicho, ejemplifica el alto grado de restricción al sentido común que una serie de normas (paladines del orden) puede llegar a crear en los mortales. Usted no puede tomar este trabajo, su título no reza “Investigador” y aquí (en la solicitud de empleo) dice que el puesto es como tal. Explicar que nadie estudia para graduarse de “investigador” fue esfuerzo inútil; hacer ver que al menos había una relación entre título y lugar de trabajo también fue un sinsentido para los burócratas en turno. El meollo era que puesto y título no tenían relación alguna y por tanto mi estancia en Alemania no tenía, literalmente, lugar.

Logré, ya se ve, obtener el permiso de trabajo (gracias a la intermediación directa de mi empleador); no estoy seguro si consiga librarme de mi papelería y cartones. Por supuesto una opción es estar a las vivas y monopolizar el contenedor y hacer retazos las cajas para así presentar todo en forma y orden a la siguiente recolecta. Ya se verá hasta dónde logro llegar; por el momento el pretendido orden asfixia al sentido común, y acaba con mi paciencia.

Debut y despedida

En sitios güeb como el ínclito Fayerwayer, ávidos de tecnología, suelen darse las crónicas donde por primera vez se da paso a algún producto recién salido al mercado. Es decir, se desempacan, prueban y manosean a lo más. Yo hice lo propio, pero a mi manera.

No tengo vídeo alguno, ni fotos. Tan sólo la crónica de un debut y despedida de una pequeña, y a final de cuentas prescindible, netbook. Mi laptop en sí arrastra literalmente más de un lustro de vida, que en estas lides tecnológicas es algo más que décadas al cuadrado, así que me decidí por un reemplazo. No ha lugar. Apenas un par de horas después de haber adquirido e iniciar su configuración (es decir, dejarla a tono con mis preferencias de uso), la flamante netbook mostró signos inequívocos de que su vida conmigo sería muy pero muy corta. El antivirus (siempre el antivirus) comenzó a dar problemas.

Opté por desinstalar el mentado programa, a fin de cuentas, ojo, ni siquiera tenía acceso a la red, así que seguro no sucederían ataques de bicho alguno. Seguí adelante con la exploración del equipo. Instalé un par de programas, nada o poco peligrosos y, lo esperado, ahora la tarjeta de sonido mostraba signos de flaqueza. Reinicios y más reinicios.

Pensando que la vuelta al estado cuasioriginal (el antivirus seguía ausente) de sus programas el equipo terminaría por al menos estabilizar las cosas, llegó lo más fuerte: paralización  total cada vez que echaba a andar la cámara. Tal cual. Apenas abría el programa correspondiente, enseguida aparecía la pantalla azul con el mensaje de error y más error. Habráse visto.

Además, para subrayar la inutilidad de la novedad, a esas alturas del juego yo ya estaba más que cansado de vista y manos. Sinceramente las netbooks no serán por mucho tiempo mi opción de compra cuando de equipos portátiles se trate. Eso sí, al momento pedía e imploraba porque el tiempo perdonara a mi compañera de mil batallas, la vieja laptop, y le devolviera aquella gloriosa edad en que su rendimiento era a la justa medida de mis necesidades. Pero bien dice el dicho: más sabe el diablo por viejo. Ella, la de siempre, me estaba pacientemente esperando. Venga, suspiró, deja ya esa caricatura de teclado

Y sí, al siguiente día de la compra me presenté a primera hora para devolver aquel frustado intento de renovación. La cámara no funciona, sintetizé; cómo así, si ya no hay más equipos. No se preocupe, en sí quiero mi dinero de vuelta. Esta vez todo funcionó sin problema alguno, y es que a veces entre humanos nos entendemos sin problemas. Salí pues de la tienda con una sonrisa, no hubo contratiempo alguno en la devolución del equipo (es más, ni siquiera abrieron la caja para comprobar que todo el contenido original estuviera en su lugar) y yo volví con mi vieja pero ya leal compañera.