El asesino que respetaba los semáforos

No hay furia más honesta que la del pecador acusado del pecado equivocado.
—Don Paterson

Desde las primeras noticias de los normalistas de Ayotzinapa, la responsabilidad individual ha sido subrayada, recalcada y confundida con la pública. Entre protestas y vacilaciones no son pocos los que ven en el individuo al meollo del asunto. «Él se lo buscó», piensan y dicen, al tiempo que extienden su razonamiento para concluir que cada cual recibe lo que da, que por eso el país está como está, «porque así somos», que si no respetan un semáforo, autobús o puerta, cómo es que quieren paz. La tragedia de los comunes cual suma de dramas individuales. El orden social, entonces, resulta de mantener cerradas las ventanas de la casa, y ay de aquél que “invite” al ladrón; la violencia, pues, se mantiene a raya con el pago puntual de impuestos y poniendo la basura en su lugar.

Cosa curiosa este individualismo: cuando uno deja de hacer lo que le toca, todo —y todos— se va al garete. ¿Quién dejó de hacer cuando lo de Ayotzinapa? ¿Quién se pasó el alto? ¿Quién compró piratería? ¿Quién de los normalistas olvidó cerrar la puerta con seguro? ¿Quién sí puede protestar? Todavía más, y en aras de la claridad, ¿cuál de todos los funcionarios públicos no echó llave al arca en la que, abierta, se sabe, hasta el más santo tuvo la mala idea de pecar? Porque si bien todo, y todos, se va al garete, sólo unos cuantos tienen clara responsabilidad. «El Estado», piensan acaso, «no tiene vela en este entierro». Cosa curiosa, sin duda, esto de los individuos y sus masas.

La autoridad, al igual que un criminal y su víctima, tiene nombre y apellido, pero ante la violencia como la de Ayotzinapa sólo hay una manera de hacerse cargo: en nombre de la autoridad en sí. Quien padece dicha violencia lo sabe; quien la practica, también. La autoridad, sin embargo, no responde a ningún nombre en Ayotzinapa. ¿De quién es responsabilidad? Los criminales están a salvo siempre y cuando me cedan el paso.~

Una vida de película

Durante doce años se filmó la película Boyhood (Linklater, 2014), el mismo tiempo que el Partido Accion Nacional (PAN) estuvo al frente del poder ejecutivo en México. La película de Linklater tiene un ingrediente principal: los mismos actores durante doce años, en especial, los niños, y la historia gira sobre uno de ellos: Mason (Ellar Coltrane): su historia desde los seis hasta los dieciocho años, edad en la que ingresa a la universidad. En poco más de dos horas vemos los avatares de Mason y su familia en Texas. Una historia que puede ser como la de cualquier chico promedio estadounidense, pero no la de un mexicano.

Con todo y sus crisis familiares (padres divorciados, padrastros alcohólicos, promesas incumplidas, etcétera), el niño Mason crece con oportunidades a la vista (si no de él, al menos de quien lo rodea). Su infancia, sin duda, es de colores. En doce años, pues, se lo prepara para la edad adulta, una que seguramente será igual de promedio que la de otro chico o chica de su generación y comunidad. ¿Cómo sería un Boyhood en México?

Si pensamos en un Mason de Guerrero, México, en esos doce años veríamos el paso de un niño a las filas del narcotráfico, ejército, guerrilla o la muerte. Esta última ocasionada por una elección incómoda al resto de las opciones, ser alumno normalista, por ejemplo. En doce años, pues, no se vería más que la preparación de este Mason mexicano para la estadística de ejecutados, desempleados, sicarios, heridos, desaparecidos, en fin, números que llenarían las excusas del partido en el poder, estatal o federal, en turno.

Doce años después de una presidencia a cargo del PAN, el PRI vuelve al poder. Los cambios para seguir igual, diría Tancredi Falconeri. Cambios que incluyen a la militancia del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y similares. Cambios que en doce años no le han modificado al Mason mexicano el final de su película: la suya no es de colores, qué va, es en blanco y negro. Blanco o negro. Sobre todo, negro.~

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©Matt Lankes/IFC Films via NYT