Un carnaval de hueso colorado

Colonia es para muchos la capital del carnaval alemán. Cuando Bonn dejó de ser la capital, no pocos dijeron que en Berlín se echaría de menos sobre todo al carnaval. No les faltaba razón, pues sin duda en Colonia hay una quinta estación en los días de carnaval.

(Un paréntesis para un chiste local que alude a la “rivalidad” de la zona: el carnaval renano se divide en tres (tomando en cuenta el curso, río abajo, del Rin): la cabeza es Bonn, el corazón es Colonia y el culo es Düsseldorf.)

Hace cuatro años escribí unas líneas alusivas al carnaval; en ellas esbocé apenas detalles de tan mentada celebración, y no me detuve en lo que quizá es lo más valioso: el corazón del carnaval. La música de carnaval, escribí, es con letras bobas y ritmos monótonos: gran error. Es decir, lo es sólo en fechas recientes, cuando cada vez más el carnaval se extiende por factores externos (v.gr., la cobertura en los medios, el turismo), y no porque desde su interior se pretenda el eco artificial de su voz original. Ésta, dicho sea, no es precisamente en alemán, sino en Kölsch. Mi lectura, pues, resultó más bien superficial.

Acaso como con las relaciones interpersonales de los alemanes, el carnaval renano (quiero decir, coloniense) exige también que uno llegue a su interior para entonces sí darse del todo y hacerse querer. Si uno se queda, por ejemplo, con esa música boba y esas celebraciones callejeras rebosantes de alcohol, no sorprenderá que algunos (locales o foráneos) eviten incluso la celebración. Pero apenas entren, literalmente, al corazón del carnaval, dudo mucho que lo sigan teniendo como una fiesta más.

Durante carnaval, desde el once de noviembre hasta el lunes previo al Miércoles de Ceniza, no hay fiestas en sí para los “locos renanos” (que es una traducción cercana a lo que sería un Jeck), lo que hay son reuniones (Sitzung). Uno va pues a juntas de personas que con mesas de por medio y un estrado celebran la época. Ahí se cuentan historias humorísticas (que cada vez más, digámoslo, degeneran en llanos chistoretes); se presentan grupos de baile (vestidos a la usanza militar decimonónica, cuando la ocupación napoleónica en Renania); y se escucha música… en kölsch. El idioma es protagonista del carnaval, éste incluso ha sido el mejor medio para el reconocimiento de tal lengua. Quizá también supervivencia: hoy día se disputa más y más su lugar en las “canciones de carnaval”. La fiesta gana terreno y de ahí que los conservadores de carnaval, que los hay, año con año busquen la reivindicación de la originalidad del carnaval en Colonia: su idioma, su música y su naturaleza como punto de reunión.

Porque lo cierto es que las canciones clásicas de carnaval son aquellas que apelan a un canto, uno grupal (y si se puede hasta coral). No se busca entonar la canción de moda (algo que cada vez más invade la escena), Volksmusik (“música vernácula”) o Schlager (“baladas poperas”); en carnaval se pretende la unidad desde la originalidad de una lengua y un “espíritu” local. Lo que se ve en la calle, en los desfiles, es ya sólo el producto final, y a veces residual, de lo que se procura en aquellas reuniones privadas (pero abiertas): forjar una identidad común que, si bien temporal, sea piedra de toque para los avatares del resto del año. Es en serio, los renanos tienen una quinta estación.

Los bares y tabernas son sin duda lugar de encuentro en los días de carnaval, pero no es ahí, ojo, donde se dan aquellas Sitzung. Como sea, la música, y baile, tiene lugar y uno puede, con suerte, escuchar alguna canción en kölsch que haga olvidar la monotonía de la jornada. Lo dicho, las hay ya clásicas y seguramente para algunos, metidos ya en estas lides, resultarán también choteadas, repetitivas o cansinas, pero afortunadamente hay también otras que no pierden su valor sin importar cuánto se escuchen: “Ich ben ene kölsche Jung” es una de ellas.

La historia de “Soy un joven coloniense” se cuenta con endecasílabos (nada raro toda vez que la métrica no es ajena en algunos números humorísticos de antaño). Fritz Weber la escribió en 1963, cuando ya sus composiciones estaban de lleno dedicadas al carnaval; Willy Millowitsch fue el intérprete que la popularizó. El estribillo es así:

Ich ben ene kölsche Jung, wat willste maache?
Ich ben ene kölsche Jung un dun jään laache.
Ich ben och söns nit schlääch, nä ich ben brav,
Ming Lieblingswöötsche, heiss »Kölle Alaaf!«

Una traducción (sin rimas) podría ser:

Soy joven coloniense, ¿qué le hacemos?
Soy joven coloniense y me río.
Pero malo no soy, me porto bien,
mi mejor frase es “Kölle, Alaaf!”.

Esa frase es el santo y seña de estos días. El grito de guerra, si se quiere. No es nueva: data del siglo XVI; su uso en carnaval viene desde el XIX. El significado, dicen, bien podría ser el llamado (a la gente de Colonia) a acabar con todo (all af!) antes de la vigilia de la Cuaresma, esto es, comida y bebida y disponible. Como fuere, aquí cierro con una entrañable versión de la canción en voz (y mandolina) de Hans Süper Jr.:

[youtube http://www.youtube.com/watch?v=iSW-hDVY24c]

Alaaf!

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UNAM en la punta de la lengua

Para el cierre del apartado V. La lucha por aprender del recopilado Instrucciones para vivir en México (Joaquín Mortiz, 1990), de Jorge Ibargüengoitia, Guillermo Sheridan seleccionó el artículo «Incógnita de principio de año. ¿Quién mató (o va a matar) a la Universidad?», publicado el dos de enero de 1971. Es atinada la elección: pareciera que aquellas líneas son ya todo un «clásico». A cuarenta años de su publicación, el análisis y crítica de Ibargüengoitia, sobre todo en fechas de centenarios, celebraciones y goyas, son vigentes, necesarios y, de ahí, bienvenidos. Ibargüengoitia al fin y al cabo.

Me permito extraer líneas del mencionado artículo que, sin duda, se explican por sí solas y no necesitan aquí de mayor desarrollo o contexto. Jorge escribe:

[…] La Universidad ha aparecido en la conversación como tema recurrente (…) Nunca, que yo recuerde, estuvo la UNAM en la punta de la lengua de tanta gente.

[…] Si la Universidad se muere, muchos van a pensar que murió asesinada. (…) Pero dejando a un lado, por el momento, las posibles causas externas del deceso, conviene ahora que estudiemos a grandes rasgos las características de la víctima.

Aparte de estar rodeada de enemigos, la Universidad es una institución que nunca ha tenido fama, ni de ser saludable ni de estar bien organizada. Como centro de conocimientos ha sido “dentro de lo existente, lo mejor”, pero nunca “lo mejor”.

Es un organismo demasiado grande, que ha crecido con demasiada rapidez, que está alojado en recintos calculados para la mitad de alumnos, que recibe clases de un profesor suficiente para una tercera o cuarta parte de los mismos. Además, la esctructura de los estudios, aunque se han hecho esfuerzos por modernizarla, sigue siendo la adecuada para México en 1955.

[…] Las porras, las huelgas, las ganas de acabar con la Universidad de ciertos sectores, son más bien manifestaciones y consecuencias del mal, no causas de la enfermedad.

Pero los que piensan que la Universidad, tal y como la conocemos está en peligro de desaparecer, piensan también que esto no es una catástrofe, y tienen razón. Al contrario, puede ser, si no nos dormimos, el principio de otra universidad, o de varias, que tengan una constitución saludable y que estén de acuerdo a las necesidades reales del país.

Mañanas de Carnaval

No pretendo descubrir el hilo negro del Carnaval en Colonia y rededores, mucho se ha escrito y es sin duda una celebración clave en la sociedad renana. Parto entonces de la premisa que de tal evento se tiene suficiente información al alcance (eg, Wikipedia) y mejor es detenerse en los detalles.

Sus mañanas, por ejemplo. De nueva cuenta las 11 horas y 11 minutos son campanazo para la fiesta. Este año el jueves lardero coincidió con ser el 11 del mes por lo que de alguna manera recordó —aunque ni falta que hace— la temporada que precisamente tres meses antes, el día 11 del mes 11 a las 11 horas con 11 minutos  y 11 segundos, se inauguró, y que a partir de dicho jueves entra en sus últimos días de vida.

Entonces, decía, en plena mañana, y con el  frío de cobija, gente variopinta toma calles, plazas e incluso interiores de oficinas como escenario de la esperada juerga. Todo se vale, principalmente, ojo: bailar y reír. Sí, lo que a lo largo del año parece tabú o cualidad inexistente en estas norteñas tierras, esta especial y calendarizada mañana es el marco para sonrisas, saltos y vueltas. Una mañana de entresemana se convierte así en un domingo de esparcimiento. Alemán, ciertamente, pero con genuina diversión sin duda. Música con letras bobas y ritmos monótonos —pero pegajosos—, comida insípida mas necesaria ante la cantidad de, eso sí, incomparable cerveza por beber, son los ingredientes básicos de una mañana maratónica. El disfraz por supuesto es elemento a tomar en cuenta, éste puede ser el catalizador o sencillamente un apéndice de la bulla. Lo toral, insisto, es el ánimo o aquello que los alemanes mejor describen con la palabra Stimmung. De eso se trata todo esto: obtener y ser parte de tan bienvenido Stimmung.

Incluso se decida no participar de los festejos, la mañana ya es otra por los otros,  aquellos que optan por el desborde y ser el eje de una mañana que no conoce después —como sugiere la canción— y cuya mejor repetición, ya sin hora cabalística, se tiene en el lunes de rosas (Rosenmontag) y su principal protagonista: el desfile. Antes, valga decirlo, el domingo incluye también desfiles matutinos toda vez que, dicen, los niños son los que tienen ese día el especial lugar. Como fuere, una mañana más que invita al convivio y el solaz, y que prepara a, lo dicho, el mayor evento de esos días en respectivo lunes.

Son las calles ahora el escenario principal para el desfogue. Desde temprana hora las familias y grupos de amigos se disponen a la vera del recorrido de carros alegóricos, bandas de música y grupos de baile para, además del merecido disfrute visual y sonoro, con gritos y locales hurras (eg, Alaaf!) atizar la verbena matinal. Sin importar el frío —este año aderezado con nieve— y el cansancio de soportarlo,  las tempranas horas discurren de la mano de risotadas, palmeos, brindis y un inesperado espíritu que acaso aguarda todo un año bajo esa dura careta estereotipada del alemán promedio.

La mañana se alarga y su contraparte llega tan sólo para recoger —alzar— los restos de lo mejor de estos días de Carnaval: sus mañanas. O mejor dicho, ayudándome y parafraseando a Tagore, aquí durante Carnaval las mañanas abren a los hombres y permiten a sus días y noches secretamente obtenerlos, quedando tan sólo agradecimiento. Sea pues.

A las 9 con 9 y 9 del 9.09.09

Dentro de las n ideas inútiles que uno tiene al día, ésta es una de ellas. Por supuesto, algunos la sabrán “aprovechar” mejor (lo que sea ello signifique). Pero resulta que a mí sólo se me ocurrió escribir esta nota y, astuto que es uno, programarla para que sea publicada exactamente a las nueve horas con nueve minutos y nueve segundos del día nueve del mes nueve del 2009. Lo sé, no seré el único, seguramente habrá tantos más ociosos escribidores que harán exactamente lo mismo. Originalidad pura.

Otras opciones, por supuesto, eran el correo electrónico o la llamada telefónica para decir algo “especial”, “original”, etcétera, en tan numérica fecha. Pero no hay garantía, a menos que se tenga una precisión absoluta y la muy buena suerte de que el servidor, la conexión (de la llamada), o lo que corresponda, registre finalmente esos números cuando se mande el mensaje, se haga la llamada o qué sé yo. Todavía más, otro ejemplo, si se quisiera decir “sí” (o “no”) a preguntas trascendentes (o típicas como “acepta usted a la novia”), tampoco se tiene garantizado que nuestros relojes y voces se sincronizarán a la perfección para en ese segundo decir lo que se tenga que decir con semejante marco.

Así las cosas, resta dejarlo en un simple y llano nueve del nueve del cero nueve. Un día pues para hacer y deshacer y después uno puede recordarlo fácilmente. Eso, quizá lo más útil de esta fecha es que será más que sencilla de recordar. Que aproveche.

Ahora bien, si nos ponemos exquisitos y ponemos atención a la textura, vale un ejemplo de las propiedades aritméticas del nueve:

Tenemos que ahora mismo son las 09:09:09 del 09.09.2009, y ello lo podemos expresar como 09090909092009; luego, si sumamos esas cifras nos da: 56 y 5+6=11, y 1+1=2. Es decir, ése dos es igual a la suma de las cifras de tal número exceptuando al 9 (es decir, 0+0+0+0+0+2+0+0=2). También, y que sirva para de hecho declarar que todo este año tiene “novenas-aritméticas propiedades”, un 10.12.2009 al hacerlo cifra nos da 10122009, luego sumamos 1+0+1+2+2+0+0+9=15, y 1+5=6, que es igual a, prescindiendo del 9, 1+0+1+2+2+0+0=6; o bien si tomamos un 14.11.2009, tenemos 1+4+1+1+2+0+0+9=18, que es 1+8=9, el cual resulta también si sumamos, ídem, 1+4+1+1+2+0+0=9. Qué divertido.

En otras palabras —y números— todos los días de este 2009 a final de, literalmente, cuentas guardan una muy particular ma… temática. Lo dicho: que aproveche.

250 Años: Hallelujah!

Acaso como una misa pagana, un grupo de sus feligreses se dieron cita en la noche del 13 para celebrar y conmemorar, respectivamente, un aniversario más (el 267) del estreno de tan especial obra y los 250 años de la muerte de su creador. Así, igual que en algunas parroquias hacen efectiva la Vigilia Pascual en la noche del Sábado Santo, ayer en la noche se escucharon las notas del Messiah para recibir —con una solemnidad propia de la fecha— el 14 de abril, día en que falleció Georg Friedrich Händel.

Mágica es la única palabra que puede describir tal evento ocurrido en la Stiftskirche de Bonn. Especial también en estas latitudes toda vez que ayer fue el Lunes de Pascua y, ha de recordarse, de hecho las primeras ejecuciones del Messiah tomaban lugar en estas fechas (ya después se hizo costumbre hacerlo en tiempo de Adviento) y en tales espacios (i.e., iglesias). Así, orquesta y coro dirigidos por Morten Shuldt-Jensen fueron los medios para que Händel, tal cual, resucitara. Aquel Hallelujah coral fue esta vez una loa, sin duda, para el creador Händel.

Además, por si fuera poco —o quizá porque en estos tiempos es más que necesario—, el propio director habló, a modo de introducción, sobre Händel y explicó el Messiah y, acto seguido, el actor y lector Philipp Schepmann leyó algunas líneas que recrearon los últimos años del compositor alemán-inglés. Sin embargo, ha de decirse, tal introducción pecó de extensión por lo que el (necesario) intermedio fue muy bienvenido y logró que la audiencia estuviera más que lista para la segunda y tercera parte de la obra. Eso sí, por petición y advertencia del propio director, el aplauso final tenía que esperar a que Schepmann leyera de nueva cuenta unas líneas: ya se vería el por qué y para qué.

Entonces, que la primera parte fue quizá la menos lograda —con todo y que en la tercera parte, en esa excelsa aria para bajo que comparte protagonismo con las trompetas (The trumpet shall sound), el solista Thomas Oertel-Gormanns, que quedó sin duda como el mejor de las voces masculinas del coro Immortal Bach Ensemble (las femeninas todas cumplieron a cabalidad), tuvo un traspié que, a esas alturas, fue de inmediato perdonado por el respetable que estaba ya en el bolsillo de él y de toda la Orquesta de Cámara Leipziger—; se contuvo el aplauso de emoción por el final de la segunda parte (i.e., el Hallelujah) y con esa atmósfera se llegó a la tercera parte donde, lo dicho, su final fue seguido de una lectura donde se narró la muerte de Händel y de la repetición de la segunda parte del coro final.

Es decir, después de la (repetición) del coro Worthy is the Lamb that was slain, el respectivo Amen tuvo eco en las líneas que contaban la muerte de Händel (esto es, que la lectura de Schepmann no desmereció en absoluto con la música), y entonces, acto seguido, de nueva cuenta el danés Schuldt-Jensen tomó la batuta y dirigió un Amen que esta vez se escuchó como todo un himno o bien, como la conclusión perfecta para aquella velada en recuerdo del creador de aquellas notas: la víspera ideal para conmemorar 250 años en que Händel, muerto, vive y revive en cada interpretación de su obra —una que, a pesar de haber tenido como competencia a la monumental obra de Bach, es pieza toral de la obra musical del género humano.

Fueron en total tres horas en que a base de música y palabras, verbos y sustantivos, tal grupo de gente dieron cuenta de apenas, sí, una muy mínima parte de Händel y su obra, pero sin duda suficiente para poder seguir diciendo, como Beethoven: ahí está la verdad.

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