Lichtenberg y #ReadWomen2014

Sin duda la belleza masculina no ha sido lo suficientemente trazada por las únicas manos que mejor pueden hacerlo: las femeninas. Siempre me es grato escuchar de una nueva poeta. Si tan sólo (ella) no se formara según la poesía masculina, ¡qué no se podría descubrir ahí!
Georg Christoph Lichtenberg [Sudelbücher, F 1077; 1776-1780]
versión de maag

Juana_Inés_de_la_Cruz«¿Qué podemos saber las mujeres sino filosofía de cocina?… Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.»
Juana Inés de la Cruz (1691) en respuesta a Carta de sor Filotea de la Cruz

Más de Lichtenberg en Twitter: @GC_Lichtenberg;
Más del #ReadWomen2014 en inglés: by Joanna Walsh.

Carballo en Cuba

Pero Calvert había pasado por otra enfermedad no sufrida por Keyserling. Había caído en desgracia política y su situación en la Casa de las Américas era más que precaria. La culpa, como siempre, no era suya pero sí el castigo. Sucedió que vino de visita a Cuba un escritor mexicano invitado por la Casa. Se llama Emmanuel Carballo. Nunca lo conocí pero no he olvidado su nombre, no por lo que escribió sino por lo que habló. Calvert salió varias veces con Carballo (tal vez más de lo que era su deber de anfitrión cultural) y una noche sentados en el peligroso y apacible Malecón, Calvert confió sus temores a Carballo, que eran sexuales, homosexuales, pero no propios. La confesión era una confidencia. Ingenuo pero grave error, máxime cuando Calvert sabía que había de tener cuidado con los extranjeros que venían a buscar regalos, griegos a la inversa, siniestros. Calven le contó a Carballo que en Cuba se estaban deportando homosexuales a granjas de trabajo en el interior que eran verdaderos campos de concentración, con guardianes y perros pastores y alambradas eléctricas. Entonces no era nada conocida esa cacería y captura velada pero sistemática. Sólo unas pocas gentes del Gobierno lo sabían. Era un secreto del Ministerio del Interior. Pero Calvert se enteraba de todo, sobre todo de los secretos de la esfinge que devora. Además tenía un amigo negro que había caído en una de esas redadas sigilosas pero, cauto, se había podido comunicar con Calvert. Carballo mostró un asombro sin límites y hasta indignación. También un interés alentador a la revelación. Calvert le dio datos, nombres, lugares, pero le pidió por favor que no los diera a conocer a su vuelta a México, no todavía. Carballo le juró discreción eterna —que duró una noche.

Al día siguiente Yeyé Santamaría hizo llamar a Calvert a su oficina. “Me desvistió”, me confesó Calvert. A veces, sobre todo cuando estaba nervioso, eran los anglicismos y no la tartamudez que lo traicionaban. Calvert quería decir “Me desnudó”. Carballo, ni corto ni cortés, se había ido a ver a Haydée Santamaría y le reveló en la mañana todo lo que le había contado Calvert la noche anterior. Le dijo además que era muy peligroso para la Revolución tener “gente así” en puestos de confianza. “No supe qué decirle a Yeyé”, me contó Calvert, “excepto tal vez recordarle que mí puesto no era de confianza”. Por supuesto, desde ese momento la situación de Calvert en la Casa de las Américas se hizo insostenible, rodeado de ojos vigilantes y regulado por nuevas prohibiciones, entre ellas las de confraternizar con
extranjeros. Tal vez, con su experiencia, salvadora para Calvert.

Guillermo CABRERA INFANTE en “¿Quién mató a Calvert Casey?”, Vidas para leerlas (1998)

Como Chesterton en bicicleta

La gran y grotesca ocasión en la que monté una bicicleta por primera y última vez, vestido de levita y sombrero de copa de la época, en la cancha de tenis de Bedford Park. Aunque usted no lo crea (como dicen los grandes periódicos cuando cuentan mentiras omitiendo los detalles de la historia), es verdad que di vueltas y vueltas a la cancha con un total y natural equilibrio, distraído sólo por el problema intelectual de cómo podría bajarme de la mejor manera; finalmente, me caí; no me di cuenta qué le pasó a mi sombrero, pero en ese entonces rara vez me fijaba en eso. La imagen de aquel monstruoso paseo giratorio se me ha aparecido con frecuencia, como indicando que algo raro me debió haber pasado en ese tiempo.

—G.K. Chesterton

G.K. Chesterton by Oliver Herford

Fragmento (traducido por mí) de la Autobiografía de G.K. Chesterton, capítulo VI. The Fantastic Suburb, disponible (en inglés) en la página del Project Gutenberg Australia; llego a él gracias a las notas de Fernando Fernández en su blog Siglo en la brisa. La caricatura es de Oliver Herford, tomada de aquí: liga.

Contra el silencio y el bullicio: Paz

Gracias a las recientes crónicas de Geraldina en su ameno e interesante blog, me llega el recuerdo de mis días en Turingia, Alemania. Seré breve, pues un mucho de algo que uno puede llevarse de Turingia, Gera ya lo ha escrito y registrado en excelentes notas (cosa de seguir esta liga para la virtual excursión). Digo pues que seré sumamente breve, cosa nomás de una imagen y de unas cuantas palabras. Sigue leyendo