Modales quijotescos

«Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos ni de erutar delante de nadie.»

Lo que también olvidó un joven vienés este pasado siete de febrero es aquel otro consejo de don Quijote a Sancho: «No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería.» Tras comer un döner con demasiada cebolla —explica el mismo joven— un ruidoso eructo salió de sus entrañas, para su suerte, demasiado cerca de un policía. Éste lo reconvino con una multa (de setenta euros). La falta: «ofensa a los buenos modales».

Sancho no entendió en su momento aquello de erutar. Don Quijote le explicó que se refería a regoldar, vocablo entonces “muy significativo” pero “uno de los más torpes”. Sancho comprendió la idea e incluso reconoció que ese consejo lo habría de tener más en cuenta pues eso de regoldar, es decir, eructar, lo solía hacer muy a menudo. Por otra parte, lo que el joven vienés no entendió del todo fue la sanción; hizo, no sin sorna, eco de su historia en Facebook, y es la hora en que este próximo sábado se planea un eructo masivo en el lugar de los hechos.

De tal historia vienesa sólo hay la versión del joven en cuestión y la foto de la multa. Nadie grabó ni transmitió en vivo. La sanción (con hasta ahora suficiente sustento legal) a los modales del joven vienés no merecen, según la reacción de la gente, sanción alguna y sí, más bien, una curiosa insurgencia. La torpeza, parece ser, vino del policía y de su entendimiento de los vocablos de la ley. Lo significativo resulta ser entonces la actitud del joven (y de sus seguidores): gobernador ya de esa su ínsula de particulares modales. Provecho.~

Eso lo sé

Trina el pardillo
del cerezo —de pronto
él está en flor.

~Imma von Bodmershof (1895-1982)
*versión de maag

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(c)donmaag

Vuelven a florecer los cerezos de las calles de Bonn. En especial los de dos calles, ambas en la parte vieja de la ciudad, al norte: Heerstrasse y Breite Strasse, cuya disposición hace de estas el atajo entre el Rin y el centro de la ciudad. La primera, por cierto, sería en español la “calle del ejército (o las huestes)” —y así lo fue en tiempos romanos—, pero en alemán se presta más para lo que hoy es: eine herrliche Heerstrasse; la segunda es sencillamente una calle ancha, y que da la bienvenida a la parte vieja de la ciudad (con un gran letrero en uno de sus extremos: Altstadt). Los cerezos no son de toda la vida: llegaron en los 80 gracias a una mujer, la entonces planificadora de la ciudad, Brigitte Denkel.

Antes de los cerezos en ese par de calles abundaban los coches y el gris. Había en promedio anual tres muertos por accidente automovilístico, las fachadas eran deslavadas y además de paso, las calles solo servían de estacionamiento. Más nada. A la luz de tales sombras se propuso, para reducir el tránsito vehicular, modificar las calles con pequeñas glorietas y mojones à la romana, y a las aceras volverlas peatonales, iluminarlas con faroles y sembrarlas de cerezos. En 1984 empezaron los trabajos no sin aspavientos de los vecinos: no querían árboles a las puertas de su casa, ni perder sus preciados estacionamientos. La señora Denkel echó pa’lante y son ya treinta años en que cada inicio de primavera se inaugura con el florecimiento de los cerezos.

heerstrasse bonn 02

(c)donmaag

Los turistas de estas primeras fechas primaverales preguntan tal cual dónde están las calles rosas. Y ahí se los ve con cámara en mano. No son pocos los de oriente, ¿de Japón?, que incluso con trípodes van tomando lugar a lo largo de la calle. El resto de calles toman parte del festín: cada año hay todo un programa de primavera del Altstadt con eventos en interiores y, por supuesto, exteriores. El principal acaso es, claro, el Festival de los Cerezos y Mercado de Pulgas (o mercadillo), donde todo un sábado los locales salen a la calle y montan sus mesas para tener un bazar a la sombra de los cerezos. Qué mejor luz.

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(c)donmaag

Un carnaval de hueso colorado

Colonia es para muchos la capital del carnaval alemán. Cuando Bonn dejó de ser la capital, no pocos dijeron que en Berlín se echaría de menos sobre todo al carnaval. No les faltaba razón, pues sin duda en Colonia hay una quinta estación en los días de carnaval.

(Un paréntesis para un chiste local que alude a la “rivalidad” de la zona: el carnaval renano se divide en tres (tomando en cuenta el curso, río abajo, del Rin): la cabeza es Bonn, el corazón es Colonia y el culo es Düsseldorf.)

Hace cuatro años escribí unas líneas alusivas al carnaval; en ellas esbocé apenas detalles de tan mentada celebración, y no me detuve en lo que quizá es lo más valioso: el corazón del carnaval. La música de carnaval, escribí, es con letras bobas y ritmos monótonos: gran error. Es decir, lo es sólo en fechas recientes, cuando cada vez más el carnaval se extiende por factores externos (v.gr., la cobertura en los medios, el turismo), y no porque desde su interior se pretenda el eco artificial de su voz original. Ésta, dicho sea, no es precisamente en alemán, sino en Kölsch. Mi lectura, pues, resultó más bien superficial.

Acaso como con las relaciones interpersonales de los alemanes, el carnaval renano (quiero decir, coloniense) exige también que uno llegue a su interior para entonces sí darse del todo y hacerse querer. Si uno se queda, por ejemplo, con esa música boba y esas celebraciones callejeras rebosantes de alcohol, no sorprenderá que algunos (locales o foráneos) eviten incluso la celebración. Pero apenas entren, literalmente, al corazón del carnaval, dudo mucho que lo sigan teniendo como una fiesta más.

Durante carnaval, desde el once de noviembre hasta el lunes previo al Miércoles de Ceniza, no hay fiestas en sí para los “locos renanos” (que es una traducción cercana a lo que sería un Jeck), lo que hay son reuniones (Sitzung). Uno va pues a juntas de personas que con mesas de por medio y un estrado celebran la época. Ahí se cuentan historias humorísticas (que cada vez más, digámoslo, degeneran en llanos chistoretes); se presentan grupos de baile (vestidos a la usanza militar decimonónica, cuando la ocupación napoleónica en Renania); y se escucha música… en kölsch. El idioma es protagonista del carnaval, éste incluso ha sido el mejor medio para el reconocimiento de tal lengua. Quizá también supervivencia: hoy día se disputa más y más su lugar en las “canciones de carnaval”. La fiesta gana terreno y de ahí que los conservadores de carnaval, que los hay, año con año busquen la reivindicación de la originalidad del carnaval en Colonia: su idioma, su música y su naturaleza como punto de reunión.

Porque lo cierto es que las canciones clásicas de carnaval son aquellas que apelan a un canto, uno grupal (y si se puede hasta coral). No se busca entonar la canción de moda (algo que cada vez más invade la escena), Volksmusik (“música vernácula”) o Schlager (“baladas poperas”); en carnaval se pretende la unidad desde la originalidad de una lengua y un “espíritu” local. Lo que se ve en la calle, en los desfiles, es ya sólo el producto final, y a veces residual, de lo que se procura en aquellas reuniones privadas (pero abiertas): forjar una identidad común que, si bien temporal, sea piedra de toque para los avatares del resto del año. Es en serio, los renanos tienen una quinta estación.

Los bares y tabernas son sin duda lugar de encuentro en los días de carnaval, pero no es ahí, ojo, donde se dan aquellas Sitzung. Como sea, la música, y baile, tiene lugar y uno puede, con suerte, escuchar alguna canción en kölsch que haga olvidar la monotonía de la jornada. Lo dicho, las hay ya clásicas y seguramente para algunos, metidos ya en estas lides, resultarán también choteadas, repetitivas o cansinas, pero afortunadamente hay también otras que no pierden su valor sin importar cuánto se escuchen: “Ich ben ene kölsche Jung” es una de ellas.

La historia de “Soy un joven coloniense” se cuenta con endecasílabos (nada raro toda vez que la métrica no es ajena en algunos números humorísticos de antaño). Fritz Weber la escribió en 1963, cuando ya sus composiciones estaban de lleno dedicadas al carnaval; Willy Millowitsch fue el intérprete que la popularizó. El estribillo es así:

Ich ben ene kölsche Jung, wat willste maache?
Ich ben ene kölsche Jung un dun jään laache.
Ich ben och söns nit schlääch, nä ich ben brav,
Ming Lieblingswöötsche, heiss »Kölle Alaaf!«

Una traducción (sin rimas) podría ser:

Soy joven coloniense, ¿qué le hacemos?
Soy joven coloniense y me río.
Pero malo no soy, me porto bien,
mi mejor frase es “Kölle, Alaaf!”.

Esa frase es el santo y seña de estos días. El grito de guerra, si se quiere. No es nueva: data del siglo XVI; su uso en carnaval viene desde el XIX. El significado, dicen, bien podría ser el llamado (a la gente de Colonia) a acabar con todo (all af!) antes de la vigilia de la Cuaresma, esto es, comida y bebida y disponible. Como fuere, aquí cierro con una entrañable versión de la canción en voz (y mandolina) de Hans Süper Jr.:

[youtube http://www.youtube.com/watch?v=iSW-hDVY24c]

Alaaf!

Doctor Causa Honorarios

Hace un año el rubicundo señor barón doctor ministro de Defensa de Alemania, Karl-Theodor zu Guttenberg, estaba por perder dos de sus títulos. El primero fue el de doctor y, días después, el de ministro. ¿Por qué? Por plagiario.

Tras darse a conocer —por un profesor universitario— el miércoles 16 de febrero la evidencia de plagios en su tesis doctoral (inscrita en la Universidad de Bayreuth), el señor barón ministro optó, dos días después, por pedir que, bueno, prescindieran —en lo que se aclaraba el asunto— de llamarlo «doctor»; tres días más tarde, con el paso de las investigaciones y el descubrimiento de más evidencia de plagios en la tesis, se decidió por un definitivo retiro del título. La universidad hizo oficial la pena, i.e., revocó el grado, el día 23 de febrero.

De los detalles del plagio, resultó que además de no citar apropiadamente y copiar textos sin referencia alguna, la tesis doctoral incluyó sin permiso material de los servicios de investigación del Parlamento Alemán (Bundestag). Esto último resultó el mal menor pues al parecer otros parlamentarios hacen lo mismo, y zu Guttenberg, que era miembro del Parlamento mientras escribía la tesis, no fue la excepción.

A la par de las investigaciones, que tomaron prisa después de la renuncia de zu Guttenberg a sus cargos oficiales el primero de marzo, i.e., aquí deja de ser ministro el señor barón, las universidades alemanas al interior de sus comunidades hacen campaña contra el plagio. La RWTH Aachen (universidad tecnológica de Aquisgrán), por ejemplo, hace circular un documento donde explica y recuerda qué y cómo citar; institutos de investigación de la Universidad de Bonn, por su parte, dan a conocer a sus académicos —profesores sobre todo— herramientas varias para analizar textos y encontrar plagios. Al exterior, la academia alemana se hace oír y la crítica al caso zu Guttenberg es unánime.

Ya pasado el Carnaval, se da a conocer que el señor barón mandó cartas de disculpa a los autores que —diría un recién premiado escritor y difusor cultural mexicano— citó al cuadrado. También, hay algunos dimes y diretes para con la gente de la Universidad de Bayreuth, toda vez que el grado se otorgara con lo más de lo más: summa cum laude. Gente del partido de zu Guttenberg, el CDU/CSU, comenzó a ver más bien una campaña para denostar al que para muchos era el brazo fuerte de la canciller Merkel. Como fuere, el señor barón, dijo, nunca actuó de mala fe.

Meses después, en noviembre, habiendo dejado la política, el señor barón volvió a la escena pública como parte del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales, think-tank con sede en Washington D.C.., y, recién en diciembre, como promotor de la «libertad en la red» para la Comisión Europea (CE), en particular, según reza el comunicado de prensa de la CE, asesorar sobre el posible apoyo a los usuarios de Internet, bloggers y ciber-activistas que viven bajo regímenes autoritarios. Por supuesto, en algunos medios locales no faltó el humor alemán cuando se dio a conocer tal nombramiento: si se trata de burlar a la autoridad… jawohl!

¿Quién fue primero, el palestino o el israelí?

En el número especial del The Economist, «The World in 2012», se incluye una editorial del director de orquesta Daniel Barenboim: A way ahead for the Middle East; la he leído de un tirón no por alguna habilidad de lectura pero sí por las líneas de Barenboim, que son directas y diáfanas. Acaso por cuestiones editoriales, el texto aún no está en línea*, así, no queda sino citar algunas partes (con mi rupestre traducción) y subrayar lo que en palabras del argentino-español-israelí-palestino resta y falta en aquel conflicto del Medio Oriente.

La naturaleza del conflicto no es política pero fundamentalmente humana. (…) Ambas partes deben aceptar el hecho de que sus destinos están inexorablemente ligados. En lugar de preguntar quién empezó, debemos preguntar quién tomará el paso decisivo para terminarlo.

Hemos adoptado el enfoque de la «corrección política» (…), y de esa manera impedimos la libertad individual de pensamiento. (…) Necesitamos habilitar al ciudadano para que tome la palabra.

(…) Una nueva generación de intelectuales que ayuden a los ciudadanos a librar los estrechos confines de lo que es «aceptable», y quizá llevarlos a reconocer la verdad básica de que entre más entienda uno al oponente, más puede uno aceptarlo y ser aceptado por él.

¡Suficiente con la competencia por el primer premio al victimismo!

Son sólo algunas líneas, pero todo el texto vale la referencia. Un texto, además, que me ha recordado algo que en esta parcela escribí hace dos años: Co(n)razón.

*Actualización: ya está en línea.

Una lectura a través del Favstar

A estas alturas el creador de Favstar.fm [FS], Tim Haines, bien podría emitir un juicio de las maneras de los mexicanos —con una mano en la cintura y la otra en alguna estadística de su creación. Si bien él no inventó —o sugirió— la estrella (para hacer favorito un tweet), sí echó a andar un sitio que da cuenta (literalmente) de lo que en Twitter [TW] se subraya, se «marca».

Es esto último, marcar, lo que la mayoría de los usuarios mexicanos han entendido como estrellar. Es decir, aquello que se mueve a la sección de favoritos (en la cuenta personal de TW y en la de FS) no es un apunte que interese releer, compartir, aplaudir, subrayar, apartar, en fin, hacerlo especial por su contenido, sino sencillamente marcar. Marcar para aprovecharnos de él.

Si Haines aprovechó esa herramienta (i.e., estrellar) del Twitter para el Favstar —y nótese que FS y Tim Haines son claramente dos usuarios bien definidos—, los usuarios mexicanos se han aprovechado de Favstar para su Twitter, y de otros usuarios de Twitter para su Favstar.

Se aprovechan de las fallas del sistema para ganar estrellas y lugares (e.g., «marco y márcame esto y aquello»),  se aprovechan del lugar y las estrellas para ganar popularidad (e.g., «participa en este concurso…»), se aprovechan (y roban) de los otros para ganar más popularidad (e.g., «miren lo ocurrente que soy…»). Se aprovechan de.

Hablo de los mexicanos porque hasta ahora han sido ellos los que han trastocado el funcionamiento de Favstar. Lo han malentendido como herramienta y lo han, en cambio, entendido muy bien para sus particulares fines (e.g., popularidad).

Así como en la fila de las tortillas («apárteme este lugar»), en la elección de la Flor Más Bella del Ejido («cómpreme todos los votos»), en la ida al mitin («es que nos van a dar esto y aquello»), en las tareas escolares («copiar y pegar, que el maestro no se enterará»),… vaya, como en el día a día, así es como la mayoría de estos usuarios han hecho de Favstar un México a escala.

No sé si Tim Haines ha estado en México, pero muchas de sus maneras ya las ha de conocer muy bien, gracias a Favstar, gracias a los usuarios mexicanos en él.

Por supuesto, otro asunto es el contenido de los tuits estrellados, ello también seguro que mucho hablará de los usuarios y puede ser motivo, al menos, de otra lectura a través del Favstar.

Aunque me espine la mano

Sin duda es una situación poco creíble en las calles de las ciudades alemanas. Es más, no estoy seguro que haya una palabra en alemán (ni Lumpensammler o Müllman me convencen) para describir a tales personas. No son del todo mendigos o vagabundos, o al menos no cuando están en plena acción: buscar por botellas y latas en los contenedores de basura. Ello, dicho sea, sucede no sólo en calles sino también en los trenes del país, pues ahí también se les puede ver recorriendo los vagones y exhaustivamente revisando, tal cual, la basura.

La explicación es fácil: cada botella, lata o envase les reporta un ingreso. Así, estas personas no hacen más que hacer efectivo el depósito-reembolso del sistema (cf. esta nota). Lo curioso, insisto, es que a la vista (sobre todo del foráneo) son, decimos en México, pepenadores: pepenadores del primer mundo. Y sí, atediendo la definición del verbo pepenar de la RAE (y de su hermana Mexicana), ello es precisamente lo que se hace: se escoge, se recoge. Son pues pepenadores, quién lo hubiera dicho, bienvenidos protagonistas de la vida diaria de las calles (y trenes) de la Alemania del siglo XXI. Ahí se ven, sea en bicicleta o a pie, y siempre con su bolsa, pacientemente mirando cada bote de basura y sacando de él el objeto preciado. No se les va una; se puede afirmar que el tacto más que la vista llega a ser su mejor aliado.

Literal, no se meten con nadie, sólo con el bote. La gente los deja hacer. Hay quienes inclusive ayudan a la tarea: por ejemplo, si en el tren ven venir al pepenador, esperan por él (o ella, aunque suelen ser en su mayoría hombres) y en lugar de guardarse su botella (recordemos que se pagó un depósito) o tirarlo al bote, optan por entregarle o dejarle el envase. Civismo puro. No hay problemas, insisto, con el resto de las personas. Hay un entendimiento muy claro de la tarea. A unos les da por tirar a la basura su depósito y a otros por recuperarlo. Eso sí, la pepena se limita a buscar una vez que el residuo está ahí sin dueño alguno: no hay alguien esperando o pidiendo por tu envase. Ellos a los suyo.

A mí también, confieso, me gustaría ser parte de la tarea. Porque lo cierto es que, he observado, hay entre los locales una, digamos, indiferencia al asunto. Acaso porque los ven con ojos pragmáticos, los pepenadores son, sencillamente y a final de cuentas, una parte más de la vida urbana; el que tengan que rebuscar en la basura, en los desperdicios de los otros, no los hace especiales. Para mí lo son.

Suelo verles con interés, incluso con empatía. Yo también busco, como otros, algo que los demás tiran y que, como pocos reconocen, no deja por ello de perder un valor (un impacto, si se quiere). Soy un pepenador. Rebusco y llego a recoger del suelo, el qué es lo de menos (mis envases, recipientes vacíos, son otros), lo importante es que me reconozco como parte de la cofradía.

Así, lo digo, no me iré de Alemania sin ser parte alguna vez de la pepena; sin ayudar a un pepenador en su tarea, sin echarle una mano. Aunque me la espine.