Los demasiados anuncios

Si en el avión no hubo mareo, sí que lo puede haber al bajar. El aeropuerto de la ciudad de México es la antesala de lo que nos espera al salir a las calles: anuncios a mares. Publicidad de toda clase en todo lugar. Sea buena, mala o mediocre, el exceso es el denominador común. Sin importar el estado de una barda, o de lo que resguarde, el anuncio comercial está ahí en franca libertad. Nos estamos vendiendo en todo momento. La contaminación del aire y del paisaje.

Pero decía del aeropuerto. Un mareo que bien podría ser momentáneo, pisar tierra nunca ha sido fácil, pero lo cierto es que ahí, amén de los metros de publicidad (común, mal que bien, con tantos otros aeropuertos), los anunciantes nos dan, literalmente, la bienvenida. El viajero, nacional o extranjero, ha de pasar por la aduana, pequeños escritorios donde el burócrata en turno revisará los documentos de identidad y hará pasar, o no, al recién llegado; no está solo en su labor: tiene, tal cual, una compañía. La fila de escritorios, y una que otra oficina que se alcanza a ver desde los pasillos, de los revisores del gobierno de México tienen a la par, es decir, ahí en su lugar de trabajo, un anuncio. Un artilugio en sí, a la vista parece una lámpara, una luz que tiene nombre, que lo anuncia: Samsung. Sin más función que la de llenar centímetros del escritorio y hacerse notar, una decena de estos aparatos se suman a los anuncios de la compañía dispersados por todo el aeropuerto, incluídos unas torres que hacen las veces de suministros eléctricos (para teléfonos de ésta y otras marcas). Lo dicho, por doquier, incluída la recepción gubernamental, nos estamos vendiendo.

Que la selección de futbol del país tenga patrocinadores oficiales se entiende, al fin negocio de unos cuantos; que el equipo olímpico haga lo mismo, también; que la aduana se ilumine con un anuncio de equis compañía, no lo sé, me marea. Sin importar el mecanismo (por ejemplo, una licitación), poco se justifica la publicidad en el lugar de trabajo del gobierno. Cierto que habrá marcas, compañías, que estén ofreciendo, vendiendo, sus productos al gobierno de un país y que éste las use acaso en exclusividad (pensemos en algún software), pero de ahí a anunciarse, a pararse y ser un objeto visual, es ya parte del exceso. No me sorprendería que en las oficinas del gobierno sólo se usara un tipo de sistema operativo o que se consumiera una marca en particular de café, lo dicho, mecanismos hay para asegurar un comercio justo entre gobierno-comprador y empresas-vendedoras, ¿pero hacer lugar para el anuncio, la publicidad, rampante?

Una cosa es hacer de la calle, pública, el lugar ideal para anunciarse, y aún así se tienen límites; pero una oficina pública (así sea un escritorio a mitad de un pasillo), delimitada en su uso, no tiene por qué servir de mástil para el anuncio. Es demasiado, qué necesidad.

El sol entre corazones

La página web amlo.si, además de presentar al gabinete del candidato Andrés Manuel López Obrador con un refrito de la portada del disco Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (sí, aquella donde los Beatles y una pléyade pareciera que hacen guardia al sepulcro de los Beatles), presenta la biografía de AMLO con esta ilustración:

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Que acaso alude al «rayo de esperanza» e incluso al «sol azteca» del Partido de la Revolución Democrática… pero recuerda también esto otro:

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«El Presidente Mao es el Sol Rojo en Nuestro Corazones»

Los abandonados

«No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no pensar.»
—Julio Cortázar, La autopista del sur (en “Todos los fuegos el fuego”, 1966)

En los últimos kilómetros de La autopista del sur es donde Cortázar remata esa alegoría de movilidad urbana, un atasco donde pasa todo y de qué manera. La maestría literaria, por supuesto, es evidente, he ahí las distintas historias de aquello que suele ser inadvertido por tantos—y fue el mismo Julio quien explicó tal razón para escribir el cuento—, y que dan cuenta (nos hablan) de lo mucho que viaja en un auto —o en cualquier vehículo— y, sobre todo, lo que sucede cuando tenemos que bajarnos de este.

Cortázar saca del automóvil a las personas y con su ficción muestra la verdad de tal tecnología. En unas cuantas páginas el escritor brinda, además, un análisis de la realidad del uso del auto; es decir, y esto acaso no es tan evidente, por medio de una historia fantástica contrasta los mundos de un automovilista (el interior y el exterior), y subraya a fuerza de palabras los demasiados autos y la cada vez menos convivencia humana… urbana.

Aquellos paralizados de cuatro ruedas tienen que convivir en medio del abandono tecnológico (si hasta de las radios tienen que prescindir) y es cuando surgen ésas sus historias… o más bien, las reviven a cabalidad. El abandono los despoja de la tecnología pero también los liga y, finalmente, los marca.

El ingeniero, al final del relato, se aferra a lo logrado en ese tiempo de encierro y, sin embargo, se sube a su auto y avanza aceptando la velocidad de la carrera. «[…] Y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro,…». Sabe lo que tuvo pero no lo que tendrá. No le queda sino apurarse. «[…] Por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros…», cuando en su momento se supo algo más de ellos. La muchacha del Dauphine habló con el ingeniero del 404, y si bien nosotros no llegamos a saber sus nombres, ellos seguro que lo habrán hecho: es por esta distancia —Cortázar al fin— que podemos ver con mayor claridad esa frialdad que impone la vida en automóvil. Aun con historias como estas, llenas de avatares, la personalidad del automóvil termina por rebasarnos, dejamos de saber quiénes (y cómo) pueden ser los otros. Con todo, el ingeniero es un 404 y la muchacha un Dauphine: las marcas son ellos.

Sólo fuera del auto es como se da pie a la historia, sólo fuera del auto esta avanza; una vez dentro del auto, las historias vividas en esos meses del relato se apagan y son de nueva cuenta los autos los protagonistas, los más importantes de aquél final: «[…] Donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.»

Lo dicho: se deja de pensar y se va, abandonado, exclusiva y fijamente hacia adelante.

Rectificaciones

Recién me topé con unas palabras de Kurt Vonnegut: “If you can’t write clearly, you probably don’t think nearly as well as you think you do.”, que me llevaron a otras de Confucio, unas que años atrás —recuerdo— escribí en una hoja y por un par de años fueron cual póster en mis lugares de trabajo. Son estas:

«Si el lenguaje carece de precisión, lo que se dice no es lo que se piensa.
Si lo que se dice no es lo que se piensa, entonces no hay obras verdaderas.
Y si no hay obras verdaderas, entonces no florecen el arte ni la moral.
Si no florecen el arte y la moral, entonces no existe la justicia.
Si no existe la justicia, entonces la nación no sabrá cuál es la ruta:
será una nave en llamas y a la deriva.»

Vuelvo a ellas e intento precisar su origen. Me ayudo de Paz, quien en El arco y la lira —y acaso de ahí llegué en su momento a la cita en sí— menciona que,
«En el libro XIII de las Analectas, Tzu—Lu pregunta a Confucio: “Si el Duque de Wei te llamase para administrar su país, ¿cuál sería tu primera medida? Él Maestro dijo: “La reforma del lenguaje”».

Así, busco en la red por el documento y encuentro versiones varias de lo que sigue de aquél diálogo entre el discípulo y el maestro; básicamente, el discípulo se sorprende por la respuesta del maestro y éste le reprende y, lo mejor, da paso a la explicación. Entonces, en inglés por ejemplo, encontré este par de versiones (de tales palabras):

1.
What is necessary is to rectify names.
[…] If names be not correct, language is not in accordance with the truth of things.
If language be not in accordance with the truth of things, affairs cannot be carried on to success.
When affairs cannot be carried on to success, proprieties and music do not flourish.
When proprieties and music do not flourish, punishments will not be properly awarded.
When punishments are not properly awarded, the people do not know how to move hand or foot.
(de James R. Ware)

2.
The most important thing is to use the correct words.
[…] If we don’t use the correct words, we live public lies.
If we live public lies, the political system is a sham.
When the political system is a sham, civil order and refinement deteriorate.
When civil order and refinement deteriorate, injustice multiplies.
As injustice multiplies, eventually the electorate is paralyzed by public lawlessness.
(por Jimmer Endres)

Luego, en español encuentro una de Joaquín Pérez Arroyo (en Confucio Los Cuatro Libros):

Lo que hace falta es rectificar los nombres.
[…] Si los nombres no son correctos, las palabras no se ajustarán a lo que representan y,
si las palabras no se ajustan a lo que representan, los asuntos no se realizarán.
Si los asuntos no se terminan, no prosperarán ni los ritos ni la música;
si la música y los ritos no se desarrollan, no se aplicarán con justicia penas y castigos y,
si no se aplican penas y castigos con justicia, el pueblo no sabrá cómo obrar.

Hay por aquí otra versión en español (y en otros idiomas); como fuere, no logro dar con la fuente de aquella mi primera cita que, sea pues, me parece aún la mejor —y supera a lo dicho por Vonnegut.

Preludios en extinción

Cuando niño hubo algo que ocupó la mayor parte de mi tiempo: repasar libros y discos en algún respectivo rincón de la casa. Una escena común sin duda: mirar y tomarlos para —antes de decidirme por alguno en particular— estar con ellos algo más que un instante. Observarlos por delante y por detrás; hojear, comparar, en fin, tareas que hoy día, y cada vez más, las veo en camino a la desaparición.

El punto es sencillo: ¿cómo la era digital podrá satisfacer aquella necesidad sensorial del primer contacto con un libro o disco? Lo que es más, ¿cómo, si es posible, se podrá sustituir el placer de sencillamente dar repaso a una biblioteca o audioteca casera? ¿Cuál será aquel nuestro otrora preludio a la literatura y música en casa?

Por supuesto, el fin último no está a discusión, sin duda se podrá cumplir a cabalidad la tarea en sí: leer o escuchar. Pero, ¿qué hay del medio en particular, i.e., rodearse —sumergirse— de libros y música antes de poner manos (y ojos y oídos) a la obra? No estoy seguro que una pantalla electrónica (e.g., iPod, iPad, Kindle, etc.) logre ofrecer aquel, digamos, metro cuadrado de alfombra en donde junto a un librero pueda uno estirar el brazo para alcanzar uno o más libros, y entonces disponernos a dar breves y sentidos repasos de lo que podrá o no ser finalmente nuestra lectura.

El tiempo, nos dicen, pasa volando, por lo que es mejor ir a su paso y hacer así cada vez más instantáneo el acceso a un libro o a un disco. Craso error. Al tiempo se le conoce, no se le gana o pierde, y lo mismo ocurre con los libros o discos (o cedés): uno debe sentarse y hacerlos pasar para que entre todos nos animen a decidirnos por alguno(s) en particular. Ello, insisto, aún no logro verlo en la era digital y es lo que temo. Sobre todo por los niños (de hoy y mañana), ¿una pantalla —multimedia, si se quiere— podrá hacerles desear la lectura y la música?, ¿cómo tal pantalla podrá tomar vida y ser, v.gr., filas o pilas de lomos (que no fotos de portadas) al acecho de unos curiosos ojos? ¿Cómo, pues, además de saciar la curiosidad de la búsqueda, la pantalla logrará, ojo, generar y despertar tal curiosidad e interés?

Es la fecha que sigo pasando la vista a lo largo de estantes y decidiendo lecturas (o relecturas) a base de manos que juegan con hojas; también, sí, he aprendido a jugar con pantallas (e.g., iPod, Kindle) pero lo primero me sigue reportando mejores resultados que lo segundo: desde su principio… hasta el final de cada página.

©BlotoAngeles

Old Thoughts por BlotoAngeles

NB. Actualización al 5 de diciembre del 2011. Leo hoy día en la edición impresa del The New York Times para el Süddeutsche Zeitung un artículo que me da más razones para seguir pensando con preocupación algunos preludios. Un artículo publicado en línea el 20 de noviembre del 2011: aquí (en inglés), “For their children, many e-books fans insist on paper pages“.

Yo no sé matar

Se dobla mi orgullo
se dobla y se quiebra
porque yo quisiera
aunque sea un minuto
cambiarme por él
JAJ

Casi como en medio de una multitud es que te vi. Digo casi porque ambos sabemos que era más bien tan sólo un grupo de gente: el tuyo. Yo estaba pues en las afueras de ese círculo y desde ahí te vi. No sólo eso, te observé, te contemplé, te recordé. Todo al mismo tiempo. Lo que hubo y lo que quise que hubiera.

Así, tú estabas en lo tuyo, ignorando casi totalmente que alguien te pudiera observar. Digo casi porque ambos sabemos que en ese instante tu mirada y sonrisa coincidieron en un sólo punto. Yo estaba ajeno a todo ello… hasta el momento en que viví ese afortunado segundo que minutos después el registro de horas y días me transportaría a otra vida en un acaso Universo paralelo.

El resto no te lo diré. Sólo guardaré tu retrato, éste que sin querer me has regalado.

Por hondo que sea el mar profundo

Bien podríamos parafrasear toda la composición de don Pedro Flores. «Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habrá una barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti. (…) Yo estoy obsesionado contigo, y el mundo es testigo de mi frenesí». No sabemos qué clase de amor o interés mueve a Google, pero ellos ya llegaron al océano y sus profundidades. ¿Obsesión?

En mi caso primero fue la televisión, luego la radio y finalmente la Internet misma quienes me pusieron al tanto de la nueva versión del Google Earth. Lo dicho, el océano está ya en la mira y la versión 5.0 de tal programa lo incluye. Uno puede, dicen, explorar el océano con herramientas varias para así, casi literalmente, empaparse de información.

En el video informativo (algo así como el oficial), la exploradora Sylvia Earle menciona el término «expediciones (marinas) sostenibles», y creo que no lo hace en vano pues quizá uno de los impactos de Google-Ocean (como ahora ya se le empieza a conocer), quiero creer, es la persecución del desarrollo sostenible en su versión marina.

Es decir, que caben preguntas varias dada la —al parecer— magnitud de esta novedad à la Google. La principal radica en el valor que se pueda agregar (directa o indirectamente) al 1)  conocimiento de los mares y 2) divulgación de ello. En lo primero creo que su contribución será mínima si es que sus fuentes (para la alimentación del pograma) son, como parece ser, principalmente secundarias (es decir, lo que otros, investigadores sobre todo, han venido y seguirán haciendo); en lo segundo es donde se esperaría una mayor participación. Si a través de esta herramienta es posible hacer ver y escuchar más y mejor la importancia del océano, mucho estará haciendo Google por todos.

Ahora bien, no puedo dejar de mencionar la piedra del zapato. Temor (tal cual) me da imaginarme a una horda de buzos novatos dándoselas de Cousteau inspirados (maldita sería la hora) por su virtual navegación, y haciendo de las aguas una extensión de su caprichosa modernidad. No me falta razón, pues ya se ha visto cómo nuestro «desarrollo» ha dado, literalmente, alas a la estupidez y nos topamos con un crecimiento desaforado de escaladores, pilotos (de todo terreno), exploradores, en fin, aventureros (se dicen), que lapidan sin ton ni son lo que tocan, pisan y surcan. Es aquí donde, lo dicho, podríamos seguir —con un mucho de preocupación, algo de resignación y muy poco de consuelo— con la inspiración del boricua Flores.  Por más que se oponga el destino, serás para mí. Para mí.

Envío: Para ti, que te sumerges dejando en el aire terrenales sueños.