Modales quijotescos

«Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos ni de erutar delante de nadie.»

Lo que también olvidó un joven vienés este pasado siete de febrero es aquel otro consejo de don Quijote a Sancho: «No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería.» Tras comer un döner con demasiada cebolla —explica el mismo joven— un ruidoso eructo salió de sus entrañas, para su suerte, demasiado cerca de un policía. Éste lo reconvino con una multa (de setenta euros). La falta: «ofensa a los buenos modales».

Sancho no entendió en su momento aquello de erutar. Don Quijote le explicó que se refería a regoldar, vocablo entonces “muy significativo” pero “uno de los más torpes”. Sancho comprendió la idea e incluso reconoció que ese consejo lo habría de tener más en cuenta pues eso de regoldar, es decir, eructar, lo solía hacer muy a menudo. Por otra parte, lo que el joven vienés no entendió del todo fue la sanción; hizo, no sin sorna, eco de su historia en Facebook, y es la hora en que este próximo sábado se planea un eructo masivo en el lugar de los hechos.

De tal historia vienesa sólo hay la versión del joven en cuestión y la foto de la multa. Nadie grabó ni transmitió en vivo. La sanción (con hasta ahora suficiente sustento legal) a los modales del joven vienés no merecen, según la reacción de la gente, sanción alguna y sí, más bien, una curiosa insurgencia. La torpeza, parece ser, vino del policía y de su entendimiento de los vocablos de la ley. Lo significativo resulta ser entonces la actitud del joven (y de sus seguidores): gobernador ya de esa su ínsula de particulares modales. Provecho.~

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Cuarenta y seis mil ciento cuarenta y cinco yardas

Por años corrí en yardas. Aprendí a correr en yardas. Mis zancadas fueron para correr yardas, pero no siempre corría sobre yardas. Antes de cada temporada, los fines de semana, iba a emular la colina de Jerry Rice. Sin duda aquellas imagenes del receptor fueron la semilla del futuro corredor. Eso y las carreras de mi padre en Cuemanco y el Bosque de Tlalpan. Pero la colina, el cerro, siempre mantuvo mi preferencia: nada como aquella pendiente para sentir fortalecer mis piernas (y entonces el menos sentirme, ilusionarme, en el mismo camino de Rice).

Por años no trasladé las yardas a los kilómetros. Sólo de vez en vez me preocupé por la distancia en metros, por ejemplo, en 1995, para mi primera media maratón (que corrí al lado de mi padre) o para unos quince kilómetros en el Bosque de Chapultepec. Más nada. La pre-temporada, y el deporte en sí, obligaba a ceder en el trote e invertir, mejor, las horas en los levantamientos de pesas.

Hace meses la semilla (el gusanito) tuvo sus primeros frutos. Si bien antes, en aquellas primeras lejanas carreras (y en otras que hace un par de años me animé en tomar parte) los kilómetros tomaron protagonismo, aún seguía corriendo como si de yardas se tratara; no fue sino hasta con una maratón en mente que me despojé del peso del casco y las hombreras. Digo peso por no escribir sombras, pues lo cierto es que en todo momento el equipo de fútbol americano me acompaña. Dejé de correr en yardas, aprendí a correr kilómetros; sumé a las colinas de cuatro o cinco mil metros rutas de diez o más kilómetros. Todo por un maratón.

Correr siempre me gustó, insisto, aquellas imágenes de Rice en una colina, él solo y sus instintos, fueron muchas veces el motivo (adolescente al fin) para seguir en el tocho: éste, pues, resultó un buen pretexto para salir a correr. El tocho, como le decimos, nunca encontró en mí al mejor talento disponible; yo hacía lo que podía y por años nos aguantamos en buena lid. Tanto que, lo dicho, sus sombras (luz) me acompañan todavía. No empecé de cero, pero casi. Correr kilómetros (o millas) es mucho muy distinto a correr metros (o yardas), pero en ambas unidades hay elementos comunes. Jerry Rice lo sabía. Correr millas contra uno (eso es una carrera) fue lo que ayudó a Rice a perfeccionar las yardas de sus trayectorias (i.e., control de la fuerza en movimiento para hacer cortes) y las que seguían tras sus recepciones; correr yardas contra otros (eso es el tocho) fue lo que hizo de las carreras en kilómetros algo más que un trote en subida (o bajada): fue la personificación del obstáculo, la segmentación de las millas, el paso firme antes de otro igual de firme. Correr en contra es el punto en común.

El lugar común, por otro lado, es la carrera en sí, y cada vez más (por lo menos a partir de los años ochenta o ahora con el revuelo del correr descalzo); es normal, no queda sino hacerla particular. Cada cual a lo suyo, con sus propias sombras y luces. De mi maratón, decía, en su camino encontré mis razones físicas (aprender una mejor técnica, mejorarla; disminuir los dolores, evitarlos; encontrar los tiempos adecuados, superarlos) y, sobre todo, motivaciones principales: correr los dos minutos finales.

La buena música o el camarada de pista, grata compañía; la frescura del agua o el puntual refrigerio, siempre bienvenidos; la adrenalina de cada inicio o el «muro de los 30», acaso inevitables; el imperceptible guiño, apenas saludo, del colega corredor, o el entusiasmo de la arenga al paso; el zumbido de todos al pasar por un túnel o la soledad de la suerte de cada quien tras sostenido esfuerzo; el rendimiento contrastado con otros, la ruta y el clima; todo, en fin, lo que hay y puede haber en cada entrenamiento y el día de la gran carrera, palidece ante los dos minutos finales que cada cual enfrenta ya sea en la primera yarda o en la cuarenta y seis mil ciento cuarenta y cuatro, pues la restante —y solo esa— resulta ser el último segundo de esos minutos, el lugar donde se escucha el pitazo privado, la yarda por la que no hubo pausas ni reemplazos, la voz que te gritaba «no pares» y la que, en ese momento, te susurra: final del partido, ¿bien jugado?

Los abandonados

«No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no pensar.»
—Julio Cortázar, La autopista del sur (en “Todos los fuegos el fuego”, 1966)

En los últimos kilómetros de La autopista del sur es donde Cortázar remata esa alegoría de movilidad urbana, un atasco donde pasa todo y de qué manera. La maestría literaria, por supuesto, es evidente, he ahí las distintas historias de aquello que suele ser inadvertido por tantos—y fue el mismo Julio quien explicó tal razón para escribir el cuento—, y que dan cuenta (nos hablan) de lo mucho que viaja en un auto —o en cualquier vehículo— y, sobre todo, lo que sucede cuando tenemos que bajarnos de este.

Cortázar saca del automóvil a las personas y con su ficción muestra la verdad de tal tecnología. En unas cuantas páginas el escritor brinda, además, un análisis de la realidad del uso del auto; es decir, y esto acaso no es tan evidente, por medio de una historia fantástica contrasta los mundos de un automovilista (el interior y el exterior), y subraya a fuerza de palabras los demasiados autos y la cada vez menos convivencia humana… urbana.

Aquellos paralizados de cuatro ruedas tienen que convivir en medio del abandono tecnológico (si hasta de las radios tienen que prescindir) y es cuando surgen ésas sus historias… o más bien, las reviven a cabalidad. El abandono los despoja de la tecnología pero también los liga y, finalmente, los marca.

El ingeniero, al final del relato, se aferra a lo logrado en ese tiempo de encierro y, sin embargo, se sube a su auto y avanza aceptando la velocidad de la carrera. «[…] Y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro,…». Sabe lo que tuvo pero no lo que tendrá. No le queda sino apurarse. «[…] Por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros…», cuando en su momento se supo algo más de ellos. La muchacha del Dauphine habló con el ingeniero del 404, y si bien nosotros no llegamos a saber sus nombres, ellos seguro que lo habrán hecho: es por esta distancia —Cortázar al fin— que podemos ver con mayor claridad esa frialdad que impone la vida en automóvil. Aun con historias como estas, llenas de avatares, la personalidad del automóvil termina por rebasarnos, dejamos de saber quiénes (y cómo) pueden ser los otros. Con todo, el ingeniero es un 404 y la muchacha un Dauphine: las marcas son ellos.

Sólo fuera del auto es como se da pie a la historia, sólo fuera del auto esta avanza; una vez dentro del auto, las historias vividas en esos meses del relato se apagan y son de nueva cuenta los autos los protagonistas, los más importantes de aquél final: «[…] Donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.»

Lo dicho: se deja de pensar y se va, abandonado, exclusiva y fijamente hacia adelante.

«¡Ay, miren nomás qué retechula es nuestra escuela!»

«Con respecto al problema de la educación en México conviene decir lo siguiente: la falta de aulas no es más que una de tantas cabezas de la hidra, y la que aparece con más frecuencia. O, mejor dicho, la única que aparece. […] La razón de que esto suceda es, creo yo, que vivimos en un medio esencialmente monumentalista. La educación es la escuela… el edificio de la escuela. […] Creo que por este camino lo más que se puede lograr es que el país se llene de edificios, por lo general, horribles, en cuyo interior no sucede casi nada de provecho. Tengo la impresión de que el problema es de tal índole que no tiene solución dentro de los medios tradicionales, aunque éstos se multipliquen.» ~Jorge Ibargüengoitia

El título de esta nota es la exclamación que escuchó Ibargüengoitia en voz de una directora de escuela al contemplar a —en palabras de Jorge— «la educación como edificio», esto es, «creer que los edificios mismos son el fin que se persiguió al construirlos». Luego, lo citado arriba es parte también del artículo de 1971 donde Ibargüengoitia discierne sobre, ya se ve, el problema de la educación en México: «Déficit educativo. No hagan aulas» (en Instrucciones para vivir en México, Joaquin Mortiz, 1990).

Por supuesto, a más de uno les debe sonar esta manera «monumentalista» de hacer las cosas y, lo peor, creer que con ello se resuelven conflictos, atrasos o déficits. Luego, es aquí donde uno bien puede sustituir escuela por avenida (puente, supervía, segundo piso, etcétera), y educación por transporte para llegar a la misma conclusión: no hagan avenidas.

Todavía más de Jorge y su puntual mirada, en 1972 escribe, «la doctrina gubernamental en materia de transporte ha sido constante y puede resumirse en la siguiente frase: “nosotros ponemos la carretera, ustedes el coche y después cada quien se rasca con sus uñas”» (¿La última curva? En defensa del tren, en op. cit.).

Han pasado cuarenta años y seguimos en las mismas, creyendo que por obras (de benefactores espíritus acaso) nuestros problemas con el transporte se verán paliados. Se multiplican avenidas y, por si no bastara, se elevan al cuadrado; todo sea, nos dicen, por hacer más viable a la ciudad, confundiendo así lo más con lo mejor (o como diría Jorge, lo grandote con lo grandioso).

En corto, en México nos llenamos de edificios y avenidas sin atender los medios y fines ulteriores de, inter alia, la educación y el transporte.

Zapatos botín

Desde que pude decidir, mi calzado ha sido —en un 99%— de un sólo tipo: botines. Son, dirían unos, mi fetiche. Fácil no es pues temporada tras temporada siempre son los menos en el mercado: pocos somos los que optamos por ellos. De mi parte la razón es comodidad y protección (así, 2 en 1).

Protección entendida como un abrazo justo y a la medida —al tobillo, por supuesto—, pero también al propio pie que, pienso, echa de menos la segunda piel cuando sólo dedos, empeine y talón son cubiertos: «tápame bien», susurra, «yo soy el epílogo de tu pierna». Así, la comodidad llega por añadidura, y un andar plantado también.

Ya que no es fácil dar con ellos, cuando lo logro me doy a la tarea de atesorar cada par. Es decir, que incluso tras el uso largo y continuado, su presencia seguirá conmigo y tarde que temprano renacerá el otrora compañero.

Tocó el turno de aquel par que mis padres mercaron para mí en San Mateo Atenco. De piel color marrón imitación gamuza, los usé hasta el cansancio. Si hay alguna foto con ellos puestos es seguro que mi semblante es sencillamente feliz. Hoy se repite acaso la estampa: de nueva cuenta tengo conmigo un par así.

Fue amor a primera vista, bastó verles para saber que al probarlos me vendrían cual guante. Simples como un anillo —dijo el poeta—: están ahí con el resto de la tropa.

Piel de ante… mañana y siempre.

Xochiojkali

Ya se abrieron… mas sólo permiten ser tomadas por aquél que lleve la nariz al descubierto y libre de toda prisa. Están ahí a la vera de un camino cuya belleza es temporal, es decir, depende más bien de peatones y ciclistas que lo transitan, y no de alguna fachada que lo custodie. En desnivel está una calle por donde pasan y se estacionan coches, o sea, que hay niveles y sólo aquellos que circulen al compás de sus piernas pueden acceder a ese lenguaje hecho de palabras que no se escuchan: se huelen.

Lo recorro dos o —lo mejor— cuatro veces por día de lunes a viernes; sea de subida o de bajada (sí, tiene pendiente), en ese tramo la velocidad es siempre la misma: pétalos por segundo. Que los autos allá abajo circulen, que se pierdan en sus vueltas, el aroma es exclusivo de nosotros los bípedos y los cletos que dejamos que nos envuelva.

Unos cuantos metros y el olor de cada flor se multiplica por cada sentido, pues también escuchamos, bañado de un vistoso y aromático rosa, el aire que nos entra, lo saboreamos y somos, a final de cuentas, tocados.

Cierto es que las calles y caminos de Alemania, cuando de naturaleza se trata, pecan de verdes y muy pocas veces dan paso —explicado por la geografía— a las coloridas flores; son entonces estos oasis urbanos donde uno encuentra recompensa y, lo dicho, no queda sino aspirar lenta, amorosa y profundamente.

Además, claro, de recorrer la calle, descorro sus flores en cada pedaleada. Calle de flores.

Mañanas de Carnaval

No pretendo descubrir el hilo negro del Carnaval en Colonia y rededores, mucho se ha escrito y es sin duda una celebración clave en la sociedad renana. Parto entonces de la premisa que de tal evento se tiene suficiente información al alcance (eg, Wikipedia) y mejor es detenerse en los detalles.

Sus mañanas, por ejemplo. De nueva cuenta las 11 horas y 11 minutos son campanazo para la fiesta. Este año el jueves lardero coincidió con ser el 11 del mes por lo que de alguna manera recordó —aunque ni falta que hace— la temporada que precisamente tres meses antes, el día 11 del mes 11 a las 11 horas con 11 minutos  y 11 segundos, se inauguró, y que a partir de dicho jueves entra en sus últimos días de vida.

Entonces, decía, en plena mañana, y con el  frío de cobija, gente variopinta toma calles, plazas e incluso interiores de oficinas como escenario de la esperada juerga. Todo se vale, principalmente, ojo: bailar y reír. Sí, lo que a lo largo del año parece tabú o cualidad inexistente en estas norteñas tierras, esta especial y calendarizada mañana es el marco para sonrisas, saltos y vueltas. Una mañana de entresemana se convierte así en un domingo de esparcimiento. Alemán, ciertamente, pero con genuina diversión sin duda. Música con letras bobas y ritmos monótonos —pero pegajosos—, comida insípida mas necesaria ante la cantidad de, eso sí, incomparable cerveza por beber, son los ingredientes básicos de una mañana maratónica. El disfraz por supuesto es elemento a tomar en cuenta, éste puede ser el catalizador o sencillamente un apéndice de la bulla. Lo toral, insisto, es el ánimo o aquello que los alemanes mejor describen con la palabra Stimmung. De eso se trata todo esto: obtener y ser parte de tan bienvenido Stimmung.

Incluso se decida no participar de los festejos, la mañana ya es otra por los otros,  aquellos que optan por el desborde y ser el eje de una mañana que no conoce después —como sugiere la canción— y cuya mejor repetición, ya sin hora cabalística, se tiene en el lunes de rosas (Rosenmontag) y su principal protagonista: el desfile. Antes, valga decirlo, el domingo incluye también desfiles matutinos toda vez que, dicen, los niños son los que tienen ese día el especial lugar. Como fuere, una mañana más que invita al convivio y el solaz, y que prepara a, lo dicho, el mayor evento de esos días en respectivo lunes.

Son las calles ahora el escenario principal para el desfogue. Desde temprana hora las familias y grupos de amigos se disponen a la vera del recorrido de carros alegóricos, bandas de música y grupos de baile para, además del merecido disfrute visual y sonoro, con gritos y locales hurras (eg, Alaaf!) atizar la verbena matinal. Sin importar el frío —este año aderezado con nieve— y el cansancio de soportarlo,  las tempranas horas discurren de la mano de risotadas, palmeos, brindis y un inesperado espíritu que acaso aguarda todo un año bajo esa dura careta estereotipada del alemán promedio.

La mañana se alarga y su contraparte llega tan sólo para recoger —alzar— los restos de lo mejor de estos días de Carnaval: sus mañanas. O mejor dicho, ayudándome y parafraseando a Tagore, aquí durante Carnaval las mañanas abren a los hombres y permiten a sus días y noches secretamente obtenerlos, quedando tan sólo agradecimiento. Sea pues.