Son los finales de fotografía

Tengo una foto de mi madre y yo,
ella de veinticinco, yo de cuatro;
los dos tenemos pelo largo y negro,
nuestros ojos cafés tan parecidos
observan en distinta dirección:
los míos a la cámara, los de ella
vigilan que no pierda el equilibrio
del sillón verde donde ambos estamos.
Creo reconocer la habitación
en casa de la tía, la mayor,
seguramente por algún cumpleaños.
Ya más de treinta años han pasado,
los puedo ver incluso con la foto:
tiene pequeños pliegues por el tiempo
de llevarla conmigo a todas partes;
quería repararla hace meses,
y todavía sigo meditándolo:
me dicen que hay que digitalizarla
para arreglarla pixel por pixel,
y que el precio podría ser muy alto.
La miro tantas veces, tantos años:
en este cumplo quince ya sin ella,
con una foto de mi madre y yo.

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Ensayo de una mierda anunciada—La crónica va al baño

La prueba
Del otro lado de la puerta un hombre
deja caer su corrupción. En vano
elevará esta noche una plegaria
a su curioso dios, que es tres, dos, uno,
y se dirá que es inmortal. Ahora
oye la profecía de su muerte
y sabe que es un animal sentado.
Eres, hermano, ese hombre. Agradezcamos
los vermes y el olvido.
—Jorge Luis Borges, en
«La cifra», 1981

El anuncio (que no disculpa). No soy escatológico, mas alguien tendrá que hablar de mi propia mierda: qué mejor que yo.

[espacio de reflexión para continuar o no con la lectura]

*3*2*1*

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El mar de tu cuerpo

Cuando tuve la oportunidad de adentrarme en las profundidades del mar (por hondo que fueran) siempre la decliné. Sin embargo, si tengo, como ahora (por una nota en FayerWayer), la oportunidad de echar un vistazo al interior del cuerpo humano, la tomo sin dudar. Son 15 imágenes tridimensionales que amén de la contemplación y asombro me han llevado al recuerdo de aquellas páginas inolvidables de «Triptofanito: Un viaje por el cuerpo humano» (Ed. Joaquín Mortiz, primera edición 1978), de Julio Frenk, ilustraciones de Claudio Isaac. Sigue leyendo

Lecciones de maestros

A Marías no le conozco. A Peréz Reverte y a Vargas Llosa, sí. Ambos son por mucho mis maestros. No sólo en sus artes sino, sobre todo, en su forma de pensar y ver la vida. No es que me enseñen el cómo, sino que con ellos, con sus letras, logro de mucho mejor manera observar y, más importante, asumir la realidad. Es decir, a través de sus ficciones, de sus mentiras, es que logro, como lector, alcanzar verdades varias de esta vida loca.
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Coraje

Enseguida la guardé. Después leí las crónicas y, al mismo tiempo, recordé aquella patente de corso de Pérez Reverte, «Lo que sé sobre toros y toreros». Tengo por supuesto mucho más que aprender al respecto (y en general, dicho sea de paso) para, como Reverte, algún día escribir lo que sé del tema. Es decir, que sé muy poco y que quizá por ello mi primera reacción fue guardar esa imagen y recordar aquellas palabras.
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Retratos

Xavier Velasco (1964), escritor, parte de un retrato de su niñez para su novela Éste que ves (Alfaguara, 2007). Los retratos hablan y cuentan sus propias historias. Son de hecho textos escritos a pinceladas; sus autores interpretan al protagonista (sean ellos mismos o terceros) y el resto de la tarea será a cargo del espectador: misión cumplida. Velasco, por ejemplo, termina la tarea (del retratista) con sus reflexiones alrededor de lo que ve, le pasa un nuevo filtro al retrato—de ése que ve— y escribe al respecto.

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