El palacio de Zamora

Seguramente no pocos asiduos y avezados lectores de Jorge Ibargüengoitia pensaron que sólo él podría echarse al hombro la historia de Rosa del Carmen Verduzco y La Gran Familia de Zamora, Michoacán. Es posible. Así como con las Poquianchis y Las muertas (1977), el “albergue” zamorano tiene sin duda material para una ficción ibargüengoitiana; la diferencia, sin embargo, es que esta vez la tragedia no parece tener tintes de humor negro. ¿Qué se puede escribir cuando uno está rodeado de niños? A saber si el de Guanajuato hubiera firmado, por ejemplo, una carta pública de apoyo a la Sra. Verduzco y su labor; a saber si, al menos, una editorial hubiera escrito al respecto, ¿a favor o en contra?, ¿en broma o en serio?

Quien sí escribió al respecto fue Robert Walser (1878-1956). Con la misma edad de muchos de los “huéspedes” de Zamora, Robert Walser comenzó a escribir sus primeras líneas en Biel; en la foto al recibir la confirmación se lo ve de unos quince años, un niño adolescente: «la vida lo negaba», llegó a escribir el adulto Walser, y su madre siempre tenía prisa, «se ocuparía de él si pudiera permitírselo».

Sí, Robert Walser debió de escribir de algo como lo de Zamora. Y lo hizo, pero no en novela (o diario, mejor dicho), aquella de Jakob von Gunten (1909) y su Instituto Benjamenta, sino en “sueños”.

El escritor de “Schloss Sutz”, incluído en Träumen (Suhrkamp, 1985), en voz de alguno de sus habitantes cuenta, mutatis mutandis, lo que ocurría en aquel recinto mexicano dirigido por la señora Verduzco. El palacio Sutz, por cierto, es una invención; la localidad existe, pero no hay palacio alguno, es una utopía… Acaso como la que algunos, qué caray, describieron en sus columnas, peticiones, crónicas y reportajes. Walser se les adelantó, y de qué manera.

Traigo aquí un fragmento del texto (con mi traducción), y dejo que el lector curioso consulte por su cuenta el resto de la narración (disponible en español en Sueños [Siruela, 2012], o bien, si deja un comentario de solicitud, y me da tiempo, próximamente en este espacio); es la parte inicial, cinco párrafos, y la final, dos párrafos; quedan pendientes ocho:

“Palacio Sutz” de Robert Walser
noviembre 1920
(fragmento, ver. de maag)

Todos nosotros estábamos ahí bien resguardados, pues la Señora resultó ser la amabilidad misma. Ella era previsora, liberal y tan contemplativa como elegante. Qué encantadora se la veía en su traje de montar. Ninguno de nosotros la olvidará jamás. «Quien conmigo se aburre comete un pecado», solía decir.

Como un sueño era estar con ella. Todo el mundo era su puntual sirviente. Para ella no había diferencias. Todos éramos como sus hijos. Así como era de joven y bella, así también encontraba el gusto para cuidarnos como una madre. Lo hacía todo tan natural como si no tuviera otras preocupaciones.

«Señores míos», decía, «soy responsable de ustedes, pero sé que me facilitarán la tarea encomendada». Y sonreía bondadosa. Como fuere, el caso es que todos estábamos encantados con ella. Cada cual contaba al otro cuán maravillado y encantado estaba con esta mujer.

Nos constaba estar cautivos, pero no lo sentíamos. La comida era nutritiva. Había pastel, buena sopa, de vez en vez una salchicha, un tipo de papas fritas llamadas rösti, café y té, y buenos puros. No deseábamos nada mejor.

Nos exhortaban para trabajar, pero no nos obligaban. Cada quien hacía algo con alegría, pues comprendía que era por su propio bien. No habríamos podido tumbarnos al sol y soñar y fantasear como aquel inútil descrito por Eichendorff.

[…] Aquí vivían el amor, el arte, la naturaleza y el cariño mutuo.

También había enfermos; ellos encontraban cuidado médico. Para todo lo necesario había discreto cuidado; todo esmero, protección, se daba naturalmente.

Así más o menos era aquello. Podría contar un poco más, pero como tiene el mismo sentido, puedo saltármelo; porque quisiera mostrarme objetivo y parecer mejor lacónico que hablador.~

Robert Walser, ca. 1893, de RW: Una biografía literaria, J. Amann

Robert Walser, ca. 1893, de Robert Walser, R. Mächler, 1992

Mejor manden aparatos

De nuevo Marte un lunes seis de agosto del 2012. De nuevo leer a Ibargüengoitia: Reflexión lunática

En estos días, opinar sobre el viaje a la Luna se ha convertido en una gran industria. De corta vida, espero, porque tampoco se va uno pasar años leyendo en el periódico artículos sobre lo maravilloso que es que el hombre ponga un pie en la Luna. Pero, por el momento, hay que seguir la corriente. Me siento frente a mi máquina y escribo un artículo sobre la Luna. De lo contrario, me pasa lo que a la guerra entre el Salvador y Honduras, que nadie me hace caso. Así que allí va:

El viaje a la Luna que está ocurriendo en estos momentos ha cambiado mi vida de una manera microscópica: La Luna no es, ni volverá a ser, para mí, parte del decorado de una escena romántica, ni signo del paso del tiempo, ni estorbo para dormir con la ventana abierta, ni la causa de los aullidos del perro de junto, ni signo de la buena suerte, ni esperanza de lluvia, ni anuncio de la aparición de los lobos humanos, ni dominadora de las mareas, etcétera. De ahora en adelante será simple y sencillamente, uno de tantos lugares a los que no pienso ir.

En el momento en que Armstrong ponga un pie en la Luna, ésta pasará a ocupar, en mi conciencia, un lugar equivalente al que ocupan Las Vegas, Tegucigalpa y Los Mochis.

Pero estas son consideraciones personales. En realidad estamos viviendo momentos celebérrimos en la historia de la humanidad. Armstrong se va a bajar en la Luna, con una cámara, por supuesto, va a tomar fotografías, como cualquier turista, de su compañero parado junto al módulo, como si fuera el Arco del Triunfo, va a recoger unas piedritas, va a volver a subirse al módulo y va a regresar a la Tierra.

Una vez de regreso, va a cometer, probablemente, el mismo error que cometen los turistas que dicen: «Conozco Los Ángeles», nomás porque han estado media hora en el aeropuerto. Nos va a decir: «Conozco la Luna».

No me cuesta ningún trabajo imaginarme a sus nietos, dentro de veinte años, durante la sobremesa, haciéndose cruces y murmurando entre ellos: «¡Ay, ya va a empezar a hablar de la Luna!».

El primer viaje tripulado a la Luna es un gastazo, un notición, un acontecimiento despampanante, un motivo de prestigio tremendo para los Estados Unidos, una demostración irrefutable del adelanto tecnológico y de la perfección de los aparatos, pero los resultados tangibles son mínimos.

Con las muestras de piedra que se van a obtener, se va a poder determinar (cuando menos eso se espera) la historia de la Luna. Es decir, si la Luna fue parte de la Tierra, si ambas fueron parte de otro cuerpo o si la Luna era un cuerpo ajeno que iba pasando y quedó atrapado por la gravitación terrestre. Esto, que a mí, en lo personal, no me urge averiguar, puede permitir, algún día, formular una nueva teoría sobre el origen del Universo, o comprobar alguna de las ya existentes. Es un gran adelanto científico.

Nomás que hay un problema. Esas muestras de piedra pudieron ser recogidas por un aparato no tripulado, como ya había advertido, hace meses, un astrónomo inglés.

Su razonamiento era el siguiente: «¿Para qué arriesgar la vida de varios hombres, si lo que van a hacer lo puede hacer un aparato?».

Uno de los tripulantes del Apolo 8 le contestó, en términos muy cortantes, que lo que el ojo humano puede ver, y el oído oír, y la mano palpar, no lo puede ver ni oír, ni palpar, ningún aparato. Muy cierto. Lo malo es que, hasta la fecha, lo que los viajeros han declarado no es nada interesante. La experiencia, tremenda, pero la observación, casi nula. Las fotos son mucho más importantes.

Las palabras de los astronautas, que han sido recogidas religiosamente, son más bien frívolas. Uno declaró que la superficie lunar parecía queso añejo, otro, que la Tierra parecía deshabitada, etcétera.

Claro que no le puede uno pedir brillantes a gente que anda viajando a cuarenta mil kilómetros por hora, metida en una pocilga y comiendo papilla. Pero, después de todo, el astrónomo inglés tenía razón. Para que los hombres digan sandeces, mejor manden aparatos.

Pero hay una razón para mandar hombres a la Luna, que el sabio inglés no tuvo en cuenta. Al viaje a la Luna hay que darle interés humano. Nadie haría el viaje al Cabo Cañaveral para ver cómo se va a la Luna un aparato, por complicado que sea. Probablemente no habría, ni siquiera, quien se levantara a las seis de la mañana a prender la televisión. Hasta es posible que no hubiera quien patrocinara la transmisión.

Pero aquí hemos llegado a los verdaderos motivos del viaje a la Luna. A los que hacen el presupuesto de los Estados Unidos les importa un pepino si la Luna fue parte de la Tierra o no. Lo que ellos quieren es publicidad. Por eso va el hombre a la Luna. Es campaña publicitaria costosa y arriesgada, pero efectiva. ¡Ni hablar!

—JORGE IBARGÜENGOITIA (en Revolución en el jardín, 2008, de Ideas en venta, 1997)

UNAM en la punta de la lengua

Para el cierre del apartado V. La lucha por aprender del recopilado Instrucciones para vivir en México (Joaquín Mortiz, 1990), de Jorge Ibargüengoitia, Guillermo Sheridan seleccionó el artículo «Incógnita de principio de año. ¿Quién mató (o va a matar) a la Universidad?», publicado el dos de enero de 1971. Es atinada la elección: pareciera que aquellas líneas son ya todo un «clásico». A cuarenta años de su publicación, el análisis y crítica de Ibargüengoitia, sobre todo en fechas de centenarios, celebraciones y goyas, son vigentes, necesarios y, de ahí, bienvenidos. Ibargüengoitia al fin y al cabo.

Me permito extraer líneas del mencionado artículo que, sin duda, se explican por sí solas y no necesitan aquí de mayor desarrollo o contexto. Jorge escribe:

[…] La Universidad ha aparecido en la conversación como tema recurrente (…) Nunca, que yo recuerde, estuvo la UNAM en la punta de la lengua de tanta gente.

[…] Si la Universidad se muere, muchos van a pensar que murió asesinada. (…) Pero dejando a un lado, por el momento, las posibles causas externas del deceso, conviene ahora que estudiemos a grandes rasgos las características de la víctima.

Aparte de estar rodeada de enemigos, la Universidad es una institución que nunca ha tenido fama, ni de ser saludable ni de estar bien organizada. Como centro de conocimientos ha sido “dentro de lo existente, lo mejor”, pero nunca “lo mejor”.

Es un organismo demasiado grande, que ha crecido con demasiada rapidez, que está alojado en recintos calculados para la mitad de alumnos, que recibe clases de un profesor suficiente para una tercera o cuarta parte de los mismos. Además, la esctructura de los estudios, aunque se han hecho esfuerzos por modernizarla, sigue siendo la adecuada para México en 1955.

[…] Las porras, las huelgas, las ganas de acabar con la Universidad de ciertos sectores, son más bien manifestaciones y consecuencias del mal, no causas de la enfermedad.

Pero los que piensan que la Universidad, tal y como la conocemos está en peligro de desaparecer, piensan también que esto no es una catástrofe, y tienen razón. Al contrario, puede ser, si no nos dormimos, el principio de otra universidad, o de varias, que tengan una constitución saludable y que estén de acuerdo a las necesidades reales del país.

«¡Ay, miren nomás qué retechula es nuestra escuela!»

«Con respecto al problema de la educación en México conviene decir lo siguiente: la falta de aulas no es más que una de tantas cabezas de la hidra, y la que aparece con más frecuencia. O, mejor dicho, la única que aparece. […] La razón de que esto suceda es, creo yo, que vivimos en un medio esencialmente monumentalista. La educación es la escuela… el edificio de la escuela. […] Creo que por este camino lo más que se puede lograr es que el país se llene de edificios, por lo general, horribles, en cuyo interior no sucede casi nada de provecho. Tengo la impresión de que el problema es de tal índole que no tiene solución dentro de los medios tradicionales, aunque éstos se multipliquen.» ~Jorge Ibargüengoitia

El título de esta nota es la exclamación que escuchó Ibargüengoitia en voz de una directora de escuela al contemplar a —en palabras de Jorge— «la educación como edificio», esto es, «creer que los edificios mismos son el fin que se persiguió al construirlos». Luego, lo citado arriba es parte también del artículo de 1971 donde Ibargüengoitia discierne sobre, ya se ve, el problema de la educación en México: «Déficit educativo. No hagan aulas» (en Instrucciones para vivir en México, Joaquin Mortiz, 1990).

Por supuesto, a más de uno les debe sonar esta manera «monumentalista» de hacer las cosas y, lo peor, creer que con ello se resuelven conflictos, atrasos o déficits. Luego, es aquí donde uno bien puede sustituir escuela por avenida (puente, supervía, segundo piso, etcétera), y educación por transporte para llegar a la misma conclusión: no hagan avenidas.

Todavía más de Jorge y su puntual mirada, en 1972 escribe, «la doctrina gubernamental en materia de transporte ha sido constante y puede resumirse en la siguiente frase: “nosotros ponemos la carretera, ustedes el coche y después cada quien se rasca con sus uñas”» (¿La última curva? En defensa del tren, en op. cit.).

Han pasado cuarenta años y seguimos en las mismas, creyendo que por obras (de benefactores espíritus acaso) nuestros problemas con el transporte se verán paliados. Se multiplican avenidas y, por si no bastara, se elevan al cuadrado; todo sea, nos dicen, por hacer más viable a la ciudad, confundiendo así lo más con lo mejor (o como diría Jorge, lo grandote con lo grandioso).

En corto, en México nos llenamos de edificios y avenidas sin atender los medios y fines ulteriores de, inter alia, la educación y el transporte.

A propósito de Monsiváis: Ibargüengoitia (sic)

En estos días el mundo cultural de —sobre todo— México está al pendiente en particular de la salud de una persona. Merecidamente, sin duda, pues a estas sus alturas, Carlos Monsiváis (1938) sigue dando de qué hablar y, lo más, leer.

En este espacio, y sumándome a los deseados parabienes al escritor, traigo a colación una, digamos, anécdota cultural protagonizada por Monsiváis y el mismísimo Jorge Ibargüengoitia, referida en el libro «Los pasos de Jorge Ibargüengoitia» (Ed. Joaquin Mortiz, 1989) de Vicente Leñero.

Para documentar nuestro optimismo

Sucede que aquella cita (tantas veces) citable —Quien creyó que todo lo que dije fue en serio, etcétera— del buen Jorge fue parte de aquél su último texto como crítico teatral («Oración fúnebre en honor de Jorge Ibargüengoitia» en Revista de la Universidad de México, Vol.18, No. 11, 1964) que, a su vez, fue, en mucho, respuesta a una crítica de un todavía joven (¿y cándido?) Monsiváis (i.e., «Landrú o la crítica de la crítica humorística o como iniciar una polémica sin previo aviso», en Revista de la Universidad de México, Vol. 18, No.10, 1964). Dicho de otro modo, Monsi a sus 26 sin reparo alguno ya se le ponía al tú por tú a un granjeado (y lo que le faltaba) JI; y si bien, como señala Leñero, Jorge no cayó en la provocación, sí que le brindó a Carlos una respuesta, ya se ve, histórica. A partir de ese 1964 el resto de la obra de Jorge sería la narrativa —comenzando ese mismo año con una mítica Los relámpagos de agosto— y la fama del cronista Monsiváis seguiría en ascenso (así como su cada vez más atinada, quiérase o no, ironía).

Subrayo pues el momento a la luz de, lo dicho, la hoy endeble salud de Monsiváis. Esto es, nada como recordar y tener presente la manufactura de aquellos otrora intercambios de dimes y diretes.

En corto, no queda más que decir: por mi madre con m de Monsiváis, bohemios.

Jotaí y Ceesepe

Sus lectores estamos acostumbrados a las ilustraciones de su esposa Joy Laville (en las ediciones a cargo del Grupo Planeta vía Joaquín Mortiz), sin embargo, y a vueltas con el tema de las portadas (estas vez de libros), Ibargüengoitia y su valiosa obra está asociada también con trabajos de primerísima calidad como los de, recientemente en El niño Triclinio y la bella Dorotea (2008, FCE), el monero Magú (aunque es ya la cuarta vez que ilustra alguno de sus cuentos), o incluso, en una edición francesa de Los pasos de López, Les Conspirateurs (2000, Phébus), con una ilustración del colombiano Fernando Botero. Así las cosas, además de estas bienvenidas, digamos, excepciones (amén de una ilustración de Guadalupe Posadas en la edición de Seix Barral de Estas ruinas que ves), y de aquellas portadas basadas únicamente en letra y color, Jorge Ibargüengoitia cuenta también con cómplices de la talla de Ceesepe: Carlos Sánchez Pérez (Madrid, 1958).

Ceesepe es, según su biografía en Wikipedia, «Pintor, ilustrador e historietista, [y] está considerado uno de los protagonistas de la “Movida madrileña”». En su página güeb uno puede dar fe de su larga y fructífera carrera profesional, y observar sus interesantes conceptos gráficos. Uno de ellos tiene que ver con los Dos crímenes de JI. De esto sé gracias no a la citada página (o a alguna búsqueda en Google), sino a la afortunada coincidencia de encontrar una edición ochentera (así tal cual) de dicha obra. Es, quiero pensar, ya una rareza, pues en sí la edición es alemana a cargo de Rowohlt Verlag y en estas fechas sólo se logran conseguir —y eso con suerte— ediciones por Suhrkamp (que no cuentan con ilustraciones en sus portadas).

Entonces, que buscando a Jotaí en alemán es que logro dar con esta peculiar portada de Ceesepe. Tuve, eso sí, la ayuda y paciencia de la encargada de la librería (fanática, me dice, de JI) pues, ya les digo, se metió hasta el fondo de sus libros y anaqueles para poder “regalarme” (en sí fue una compra-venta, por supuesto, pero en tales condiciones un gran regalo) esta edición de Dos crímenes y, ya entrados en tales menesteres, una de la premiada Los relámpagos de agosto. Salí así con Zwei Verbrechen y Augustblitze bajo el brazo. Aquí de lo que les hablo (de la segunda no hay foto pues en sí, al ser editada por Suhrkamp, es tan sólo el título con fondo rojo):

zwei 002

(cc) Portada de Dos crímenes, en edición alemana 1988

Como comenté anteriormente, algo de mucha razón debe de haber para que se den estas acertadas combinaciones artísticas. Uno como lector agradece que desde un principio se tengan estas cordiales atenciones y que antes de la lectura de la prosa se tenga la siempre bienvenida de una portada como ésta: que habla ya del tesoro que uno está por descubrir. Líneas, colores, formas, en fin, lenguaje visual que acaso nos prepara y advierte para ese otro lenguaje artístico, el de las palabras. Ojalá que en futuras ediciones de la obra de Ibargüengoitia —incluyendo sus traducciones a otras lenguas— siga habiendo espacio para este tipo de trabajos que, lo dicho, redondean el disfrute y placer de leer a Ibargüengoitia.

Más de Ibargüengoitia

En lo que logro hacerme de la recién editada antología de Jorge y sus crónicas (Revolución en el jardín, 2008, con prólogo y edición de Juan Villoro), en su búsqueda me topé con este texto, incluído en tal libro. Es el último de la lista, y de ahí que lo encontrara pues el sitio donde lo hallé se dedica, atinadamente, a pasar lista de libros a través de sus últimas páginas. Así, aquí también en Agua Clara (todo sea por meterle caña) el texto:

Adiós, Semana Santa
El maestro Luna nos explicó en clase cómo debería ser la Semana Santa perfecta. Como en los pueblos del centro de la República.

—Son días tan tristes —decía—, que no se mueve ni una hoja. Hasta los burros están silencios.

Era hermano marista y de Guadalajara —no sé de dónde agarró la palabra silencio, “tense silencios, muchachos”, decía (no sé si me lo estoy inventando)—, y recordaba con nostalgia el trigo verde en macetas y las naranjas con banderas de papel de estaño de su niñez.

Estaba hablando a otra generación, a los niños de 1940, que lo veían como animal raro. A mí, en aquella época, no había nada que me pareciera más aburrido que una naranjas con banderas, un charco de sábado de Gloria, o visitar las Siete Casas —todas eran iguales, con adornos de azucenas.

Años después me acordé del maestro Luna —me acuerdo de él a cada rato—. Llegamos a Ciudad del Maíz a las tres de la tarde de un Viernes Santo. Las mujeres andaban de luto y los burros, de veras, estaban silenciosos.

Hacía un calorón. Quisimos comprar tortillas Ciudad del Maíz y no había.

Otro año, en Viernes Santo, también, a las tres de la tarde, me tocó la mala suerte de tener que cambiar de autobús en Dolores Hidalgo. Iba yo con mi madre. Mientras llegaba el otro autobús, ella se sentó en la banca de la plaza de armas y me dijo:

—Veme a comprar unas carnitas.

Se olvidaba de que era pecado mortal comerlas. Pecado imposible de cometer, porque carnitas no había en todo el pueblo. Acabamos comiendo unos chiles rellenos muy oreados que encontré en el mercado.

En otra ocasión, en Jueves Santo, tuve un pleito con un torero irapuatense. Estábamos en el velatorio de un tío mío y los dolientes empezaron a tener mucha hambre. Salí yo con la encomienda de que trajera tortas para todos, y me encontré con que el torero, que creía como muchos del rumbo, que el Jueves Santo también es vigilia, no las tenía más que de queso descremado.

—¿Qué no tiene de jamón? —le pregunté.

Entonces, el torero beato, levantó un dedo bastante mugroso para llamar mi atención a los campanazos del Santuario de Guadalupe, que estaban en ese momento retumbando, para llamar a la quinta o a la queda, o a lo que haya sido a esas horas. Como diciendo, “No hay tortas de jamón, porque este es un día muy sagrado”.

Yo me puse furioso.

—Hoy no es vigilia, viejo… —Aquí dije una palabrota que escandalizó a todos los que la oyeron y los dejó convencidos de que yo era apóstata.

Para contrarrestar estas que van de arena, otra Semana Santa la pasé, con amigos, en Chachalacas. ¡Si el maestro Luna nos hubiera visto! Jugamos a la ruleta, a la lotería y al burro entripado, bailamos, y el Viernes Santo, nuestra hotelera, doña Petra, que era retrasada mental, mató un guajolote y lo hizo en mole colorado.

—¿Qué no será día de vigilia, doña Petra —preguntó, con mucho tacto, el más religioso de los que estábamos sentados a la mesa.

Doña Petra se encrespó.

—¿Cómo va a ser día de vigilia? ¿Qué no sabe usted que esta es la fiesta religiosa más importante del año?

Como nadie estaba de humor para meterse en discusiones litúrgicas, nos comimos el mole.

Otro día memorable, fue un Domingo de Resurrección que pasé en el rancho. Fui a misa y me senté en una silla que había en el presbiterio —era la parte de la capilla donde olía menos feo—. Allí estaba yo muy devoto, cuando llegó Cleto, el sacristán, con un vaso de agua sucia en la mano, a preguntarme si me la quería beber. Era el agua del lavatorio, en la que se habían lavado los pies los representantes de los Apóstoles. Le dije que no, muchas gracias y lo ofendí brutalmente.

Gracias a Montserrat Vega (administradora y autora del sitio arriba referido) por la transcripción. Y sí, sus últimas páginas pueden ser referencia primera para saber un poco más ya no sólo de los libros sino de los autores. Además, asigna sucintas notas que, con todo, invitan más a la lectura.