Lo que nadie habla cuando habla de correr

Correr es un deporte. Por su sencillez no son pocos los que piensan que correr, ya sea lento o rápido, es el siguiente paso de la caminata: no lo es. Caminar puede o no ser un deporte dependiendo de la velocidad; correr, por el contrario, es un deporte sin importar la velocidad. Tampoco es un “ejercicio”. Saltar la cuerda, hacer sentadillas o abdominales, subir escaleras, ésos son ejercicios; correr es un deporte donde uno tiene que, incluso, hacer ejercicio para practicarlo. Uno aprende a correr. Uno debe aprender a correr. ¿Cualquiera puede correr? No. Todos, sí, pueden dar de saltos y decir que están corriendo, pero correr de verdad solo lo hacen quienes toman conciencia de que, lo dicho, correr es un deporte.

Una vez puestos a correr, la monotonía es la reina de la disciplina y hay que sobrellevarla; evitar, ojo, el aburrimiento. Si se corre por ese peligroso borde, nada mejor que cansarse. Todavía más, es preferible correr cansado que aburrido: en lo primero se tiene bajo control a la monotonía; en lo segundo somos presas y poco o nada queda por hacer, solo parar o correr… aburridos. Correr cansado es natural, la búsqueda de las ganas o la pelea en sí contra el cansancio resultarán motores ideales para no parar de correr. Pero si uno tiene que parar, qué más da: la monotonía no ganó del todo la partida: a recuperarse y de vuelta a la pista. La monotonía es la reina pero no la ama.

Cada vez corre más gente que no está enterada del deporte que, mal que bien, practica. Ni de la monotonía. Son entusiastas del ejercicio y salen a llenar las calles y parques, maratones y medio-maratones, con sus zancadas y braceos dignos de cualquier máquina caminadora (o corredora). Se los ve siempre contentos o con lo último de tecnología a la mano, o en todo el cuerpo. Si en grupo, suelen correr juntos, ¡como si correr fuera un deporte de conjunto! Sincronizan sus pasos y hasta sus charlas. Aquél que corra, que corra de ellos; que les saque la vuelta, si puede; que los rebase, si puede; que corra, que corra de ellos si puede.

También hay individuos que corren como grupos, es decir, huelen a más de uno. Su sudor deja de ser un (esperado) residuo y, horror, se multiplica. Hay que aprender a evitar su estela que es, por lo menos, incómoda. Lo que es peor, uno mismo puede resultar incómodo: nuestro sudor nos agarra por sorpresa. ¿Sabemos de nuestro olor? Casi nunca. Quizá horas después, ya bañados y limpios, identificamos lo fétido, pero mientras corremos nos vamos despidiendo de ese olor sin decirle adiós. Lo acompañamos y cuidado nos haga parte de ese especial grupo de apestosos indeseables. Correr con aroma de no sé.

La ropa, como el sudor, sabe también ser protagonista. No son raras las rozaduras. Las ingles, pezones y axilas son el blanco preferido (de lo rojo). La culpable es la ropa nueva, dicen, y uno se cree más listo y se hace de lo usado para correr, sobre todo, las grandes distancias. La piel se ríe y chilla de repente con la camisa de “toda la vida”. La vaselina entra en escena y a puro prueba y error logramos identificar las partes sensibles. Como en la vida, a final de cuentas, no todo se nos resbala.

Correr también es un deporte de contacto. No sólo por las rozaduras, sino también por los roces. Cada maratón dice con orgullo, por ejemplo, el número de participantes, ¿cuántos aclaran los pasos extra, el zigzagueo, necesarios para mantener el ritmo deseado? Correr en línea recta y libre de obstáculos no es parte de la inscripción al evento. Como con los museos, el boleto de entrada sólo asegura la vista de la obra de arte, no su contemplación. Entre más corredores, mayor es la congestión. ¿Quiere Ud. correr a un ritmo? Pues los de a lado, y el de enfrente y el de atrás, también. Bienvenidos a la víbora de la mar.

Por supuesto, nadie se lleva a golpes, pero sí hay quien se lleva golpes. Sobre todo por uno mismo. O por los tenis. O zapatillas, cual cenicientas. Entre la moda del calzado y la moda del correr, los pies son quienes llevan la de perder. Y las uñas. No queda sino meter el hombro y darnos una mano: la mejor inversión que uno puede hacer en ese deporte del correr está en el calzado. Se habla, sin duda, de los diferentes tipos de calzado y sus ventajas, pero rápidamente uno se pierde en ese río de información, y de la errónea selección a las lesiones asociadas hay, dígase, solo un paso. El quid, atención, sigue siendo aquél primer punto: correr es un deporte y como tal nuestro calzado ha de corresponder. Si no se ha aprendido a correr y se insiste en salir a correr con un calzado “ad hoc”, entonces no se sorprenda, o sí, de lesiones ulteriores.

Jogging - Brooklyntheory

Jogging – Brooklyntheory

Cuarenta y seis mil ciento cuarenta y cinco yardas

Por años corrí en yardas. Aprendí a correr en yardas. Mis zancadas fueron para correr yardas, pero no siempre corría sobre yardas. Antes de cada temporada, los fines de semana, iba a emular la colina de Jerry Rice. Sin duda aquellas imagenes del receptor fueron la semilla del futuro corredor. Eso y las carreras de mi padre en Cuemanco y el Bosque de Tlalpan. Pero la colina, el cerro, siempre mantuvo mi preferencia: nada como aquella pendiente para sentir fortalecer mis piernas (y entonces el menos sentirme, ilusionarme, en el mismo camino de Rice).

Por años no trasladé las yardas a los kilómetros. Sólo de vez en vez me preocupé por la distancia en metros, por ejemplo, en 1995, para mi primera media maratón (que corrí al lado de mi padre) o para unos quince kilómetros en el Bosque de Chapultepec. Más nada. La pre-temporada, y el deporte en sí, obligaba a ceder en el trote e invertir, mejor, las horas en los levantamientos de pesas.

Hace meses la semilla (el gusanito) tuvo sus primeros frutos. Si bien antes, en aquellas primeras lejanas carreras (y en otras que hace un par de años me animé en tomar parte) los kilómetros tomaron protagonismo, aún seguía corriendo como si de yardas se tratara; no fue sino hasta con una maratón en mente que me despojé del peso del casco y las hombreras. Digo peso por no escribir sombras, pues lo cierto es que en todo momento el equipo de fútbol americano me acompaña. Dejé de correr en yardas, aprendí a correr kilómetros; sumé a las colinas de cuatro o cinco mil metros rutas de diez o más kilómetros. Todo por un maratón.

Correr siempre me gustó, insisto, aquellas imágenes de Rice en una colina, él solo y sus instintos, fueron muchas veces el motivo (adolescente al fin) para seguir en el tocho: éste, pues, resultó un buen pretexto para salir a correr. El tocho, como le decimos, nunca encontró en mí al mejor talento disponible; yo hacía lo que podía y por años nos aguantamos en buena lid. Tanto que, lo dicho, sus sombras (luz) me acompañan todavía. No empecé de cero, pero casi. Correr kilómetros (o millas) es mucho muy distinto a correr metros (o yardas), pero en ambas unidades hay elementos comunes. Jerry Rice lo sabía. Correr millas contra uno (eso es una carrera) fue lo que ayudó a Rice a perfeccionar las yardas de sus trayectorias (i.e., control de la fuerza en movimiento para hacer cortes) y las que seguían tras sus recepciones; correr yardas contra otros (eso es el tocho) fue lo que hizo de las carreras en kilómetros algo más que un trote en subida (o bajada): fue la personificación del obstáculo, la segmentación de las millas, el paso firme antes de otro igual de firme. Correr en contra es el punto en común.

El lugar común, por otro lado, es la carrera en sí, y cada vez más (por lo menos a partir de los años ochenta o ahora con el revuelo del correr descalzo); es normal, no queda sino hacerla particular. Cada cual a lo suyo, con sus propias sombras y luces. De mi maratón, decía, en su camino encontré mis razones físicas (aprender una mejor técnica, mejorarla; disminuir los dolores, evitarlos; encontrar los tiempos adecuados, superarlos) y, sobre todo, motivaciones principales: correr los dos minutos finales.

La buena música o el camarada de pista, grata compañía; la frescura del agua o el puntual refrigerio, siempre bienvenidos; la adrenalina de cada inicio o el «muro de los 30», acaso inevitables; el imperceptible guiño, apenas saludo, del colega corredor, o el entusiasmo de la arenga al paso; el zumbido de todos al pasar por un túnel o la soledad de la suerte de cada quien tras sostenido esfuerzo; el rendimiento contrastado con otros, la ruta y el clima; todo, en fin, lo que hay y puede haber en cada entrenamiento y el día de la gran carrera, palidece ante los dos minutos finales que cada cual enfrenta ya sea en la primera yarda o en la cuarenta y seis mil ciento cuarenta y cuatro, pues la restante —y solo esa— resulta ser el último segundo de esos minutos, el lugar donde se escucha el pitazo privado, la yarda por la que no hubo pausas ni reemplazos, la voz que te gritaba «no pares» y la que, en ese momento, te susurra: final del partido, ¿bien jugado?