Modales quijotescos

«Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos ni de erutar delante de nadie.»

Lo que también olvidó un joven vienés este pasado siete de febrero es aquel otro consejo de don Quijote a Sancho: «No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería.» Tras comer un döner con demasiada cebolla —explica el mismo joven— un ruidoso eructo salió de sus entrañas, para su suerte, demasiado cerca de un policía. Éste lo reconvino con una multa (de setenta euros). La falta: «ofensa a los buenos modales».

Sancho no entendió en su momento aquello de erutar. Don Quijote le explicó que se refería a regoldar, vocablo entonces “muy significativo” pero “uno de los más torpes”. Sancho comprendió la idea e incluso reconoció que ese consejo lo habría de tener más en cuenta pues eso de regoldar, es decir, eructar, lo solía hacer muy a menudo. Por otra parte, lo que el joven vienés no entendió del todo fue la sanción; hizo, no sin sorna, eco de su historia en Facebook, y es la hora en que este próximo sábado se planea un eructo masivo en el lugar de los hechos.

De tal historia vienesa sólo hay la versión del joven en cuestión y la foto de la multa. Nadie grabó ni transmitió en vivo. La sanción (con hasta ahora suficiente sustento legal) a los modales del joven vienés no merecen, según la reacción de la gente, sanción alguna y sí, más bien, una curiosa insurgencia. La torpeza, parece ser, vino del policía y de su entendimiento de los vocablos de la ley. Lo significativo resulta ser entonces la actitud del joven (y de sus seguidores): gobernador ya de esa su ínsula de particulares modales. Provecho.~

Los demasiados anuncios

Si en el avión no hubo mareo, sí que lo puede haber al bajar. El aeropuerto de la ciudad de México es la antesala de lo que nos espera al salir a las calles: anuncios a mares. Publicidad de toda clase en todo lugar. Sea buena, mala o mediocre, el exceso es el denominador común. Sin importar el estado de una barda, o de lo que resguarde, el anuncio comercial está ahí en franca libertad. Nos estamos vendiendo en todo momento. La contaminación del aire y del paisaje.

Pero decía del aeropuerto. Un mareo que bien podría ser momentáneo, pisar tierra nunca ha sido fácil, pero lo cierto es que ahí, amén de los metros de publicidad (común, mal que bien, con tantos otros aeropuertos), los anunciantes nos dan, literalmente, la bienvenida. El viajero, nacional o extranjero, ha de pasar por la aduana, pequeños escritorios donde el burócrata en turno revisará los documentos de identidad y hará pasar, o no, al recién llegado; no está solo en su labor: tiene, tal cual, una compañía. La fila de escritorios, y una que otra oficina que se alcanza a ver desde los pasillos, de los revisores del gobierno de México tienen a la par, es decir, ahí en su lugar de trabajo, un anuncio. Un artilugio en sí, a la vista parece una lámpara, una luz que tiene nombre, que lo anuncia: Samsung. Sin más función que la de llenar centímetros del escritorio y hacerse notar, una decena de estos aparatos se suman a los anuncios de la compañía dispersados por todo el aeropuerto, incluídos unas torres que hacen las veces de suministros eléctricos (para teléfonos de ésta y otras marcas). Lo dicho, por doquier, incluída la recepción gubernamental, nos estamos vendiendo.

Que la selección de futbol del país tenga patrocinadores oficiales se entiende, al fin negocio de unos cuantos; que el equipo olímpico haga lo mismo, también; que la aduana se ilumine con un anuncio de equis compañía, no lo sé, me marea. Sin importar el mecanismo (por ejemplo, una licitación), poco se justifica la publicidad en el lugar de trabajo del gobierno. Cierto que habrá marcas, compañías, que estén ofreciendo, vendiendo, sus productos al gobierno de un país y que éste las use acaso en exclusividad (pensemos en algún software), pero de ahí a anunciarse, a pararse y ser un objeto visual, es ya parte del exceso. No me sorprendería que en las oficinas del gobierno sólo se usara un tipo de sistema operativo o que se consumiera una marca en particular de café, lo dicho, mecanismos hay para asegurar un comercio justo entre gobierno-comprador y empresas-vendedoras, ¿pero hacer lugar para el anuncio, la publicidad, rampante?

Una cosa es hacer de la calle, pública, el lugar ideal para anunciarse, y aún así se tienen límites; pero una oficina pública (así sea un escritorio a mitad de un pasillo), delimitada en su uso, no tiene por qué servir de mástil para el anuncio. Es demasiado, qué necesidad.

Qué es amar sino un palíndromo

Y que le pregunten al DRAE, donde en su segunda acepción, si bien desusada, anota “desear”, es decir:

amar.

desear (a ese drama)

O bien, ya que estamos en esas, aquí una tercia:

Y un pilón que desarrolla la acción:

el mismo que, por otro lado, se puede aún más extender: por allá.

Sea pues, amar tal rama y amar la trama.

Amar deseo

Amar trae sed, se yace sin aval;
onda de verbos:
acorazar, atrapar, atar, tener;
épocas;
de risa
coger ópalos;
da desaires,
sal, oro, plata, cobre, goce, dagas;
anula solo;
caer a metros errado;
rama, ave,
una loa, ola nueva.

Amar o dar resorte,
marea colosal,
una saga de coger
boca tal por olas serias;
edad sola por ego, casi red,
saco perene: tratar, apartar;
azar, ocaso, brevedad;
no lava
ni seca,
y es desear trama o ese drama.

NB. Una versión abreviada por allá.

Los pesos con centavos sin remedio

A mí me pesa ser como la gente;
no, no me cuesta, puedo si quisiera,
pero me pesa hablar y oír las cosas
que la gente repite sin cesar;
como cargar el fardo, liviandades
brotan por donde sea, qué remedio.

La gente, si quisiera oír las cosas
sin cesar: liviandades, qué remedio.
Ser como cuesta, ¿puedo? ¿pesa hablar?
Y repite cargar el fardo, sea:
me pesa, no me pesa, cómo brotan.

Remedio liviandades sin cesar,
las cosas puedo, sí; quisiera gente
donde sea, ¿cargar?, ¿el fardo oír?
Me cuesta, ¿puedo ser hablar? Me pesa.

A mí me cuesta hablar sin liviandades:
las cosas brotan, pesa ser el fardo;
donde sea repite gente «qué».

¿Que cómo brotan cosas sin hablar?
Donde el remedio pesa sin cesar.

Sin liviandades cuesta oír y hablar.

Como Chesterton en bicicleta

La gran y grotesca ocasión en la que monté una bicicleta por primera y última vez, vestido de levita y sombrero de copa de la época, en la cancha de tenis de Bedford Park. Aunque usted no lo crea (como dicen los grandes periódicos cuando cuentan mentiras omitiendo los detalles de la historia), es verdad que di vueltas y vueltas a la cancha con un total y natural equilibrio, distraído sólo por el problema intelectual de cómo podría bajarme de la mejor manera; finalmente, me caí; no me di cuenta qué le pasó a mi sombrero, pero en ese entonces rara vez me fijaba en eso. La imagen de aquel monstruoso paseo giratorio se me ha aparecido con frecuencia, como indicando que algo raro me debió haber pasado en ese tiempo.

—G.K. Chesterton

G.K. Chesterton by Oliver Herford

Fragmento (traducido por mí) de la Autobiografía de G.K. Chesterton, capítulo VI. The Fantastic Suburb, disponible (en inglés) en la página del Project Gutenberg Australia; llego a él gracias a las notas de Fernando Fernández en su blog Siglo en la brisa. La caricatura es de Oliver Herford, tomada de aquí: liga.

El lance de Armstrong

Todo deporte puede ser un espectáculo, pero no todo espectáculo puede ser un deporte. Los culturistas, quizá con resignación, están al tanto de ello: esculpen y pulen sus cuerpos (su genética) con la ayuda física de mancuernas y aparatos, y con la química de complementos y suplementos alimenticios. El dopaje es parte del espectáculo: alcanzar y mostrar lo más y mejor del cuerpo. Así, aun con las sobredimensiones de un bíceps o un cuádriceps, participantes y espectadores están al tanto del balance —estética— que ha de tener aquél que quiera ganar competencias y admiraciones. Los Schwarzeneggers no buscan ser los más fuertes, altos o rápidos, su actividad no «versa» sobre eso, el dopaje es para ir más allá de los límites que cualquier deporte tiene (sea en fortaleza, distancia o velocidad) y hacer de sus cuerpos, amén de estéticos (según los patrones del momento, cual concurso de belleza), un selecto catálogo de músculos para la contemplación. El dopaje es parte del espectáculo: los reflectores irán sobre aquel (o aquella) que haya encontrado la combinación óptima de química y física.

¿Cuál es la combinación que encontró Lance Armstrong? Deporte y espectáculo, por supuesto; pero, todavía más, los mezcló a la perfección. No fue ni es el único. Las ligas profesionales de deportes varios (e.g., NFL, MLB, FIFA), e incluso el olimpismo, buscan ser, por distintas razones, un espectáculo. Muchos deportes logran serlo: se llenan de reflectores y éstos siguen a los más fuertes, a los más altos y a los más rápidos. Hay un momento, sin embargo, en que las luces (y sonido) deslumbran a deportistas y espectadores: ahí donde el espectáculo se hace pasar como deporte. Estar en las primeras planas, vestir las mejores marcas, firmar los mejores contratos, se vuelve la razón de ser del deporte. Qué mejor que un dopaje para ganar (o aumentar las probabilidades de la victoria), pero sobre todo para ayudar a ocupar esas planas, vestir esas ropas y devengar esos salarios. Tal fue el lance de Armstrong en aras del espectáculo: encontrar la mezcla perfecta de química y física de su deporte.

La nota del día es su condena por el dopaje, ¿cómo interpretarla? Los compañeros ciclistas de Armstrong, como acaso otro tanto en ese u otro deporte, también encontraron en el dopaje un medio más eficaz (¿y eficiente?) de acercarse a la recompensa de la victoria… pero solo Armstrong la aseguró. Fue el mejor, sin duda, la mejor máquina, el mejor espectáculo. El ciclismo de montaña, con sus grandes distancias y largos días de competencia, resultó caldo idóneo para montar un espectáculo que obviara la monotonía del pedaleo por horas y centrara la atención del espectador en los laureles de Campos Elíseos. Armstrong y compañía (¿mercantil?) hicieron del dopaje la herramienta perfecta para pulir sus cuerpos (que no el deporte), asegurar el mejor rendimiento posible y eliminar así toda competencia… todo deporte.

El dopaje en el deporte no responde a alguna necesidad deportiva en sí, de ahí que se quiera mantener a raya (o bajo control). No es cierto que al permitir o legalizar el dopaje en el deporte se ponga en igualdad de condiciones a los competidores. Se eliminan quizá, dado el control de calidad, los peligros del dopaje, así como las mafias y sus prácticas que puedan haber (y entorpecer la práctica deportiva), o incluso se favorecería la investigación médica del deporte, pero el deporte en sí, no. El deporte pierde competitividad con el dopaje. El deporte, aun con máximas à la Vince Lombardi, i.e., «el ganar no lo es todo, es lo único», no incluye a aquello que elimine la competencia en el deporte, e.g., ser el más fuerte. El dopaje hace del fuerte más fuerte y basta con tener el mejor dopaje para saberse, sin más, ganador de cualquier competencia.

¿Qué pasaría si todos fueran Armstrong? Un espectáculo. Reflectores apuntando al cuerpo que en la gran final cumpliera mejor con los patrones de belleza; el premio a la alquimia, la recompensa simple y llana al mejor dopaje. Así, si en actividades como el culturismo donde el dopaje los hace más fuertes, pero no hay premio al más fuerte (más alto o más rápido), en ese otro espectáculo vuelto deporte el dopaje sería el objeto de la competencia al premiar, sin miramientos, al más fuerte (más alto o más rápido). Ya no importaría la demostración de la fortaleza: sólo mostrarla. Dicho de otro modo, ¿quién tiene el mejor dopaje? Armstrong lo tuvo, fue el mejor Armstrong: ese fue su lance, su mejor espectáculo.