Gestas y dimes y diretes según la digesta

De buen gesto diré una gesta. Gestóse así:
Dijo Gestas: No di más.
Díjole Dimas: te lo dije, Gestas.
Mandóle Gestas un dije.
Díjole Dimas: haz gestos y di más.
Gestas gestionó. Dimas dimensionó.
Volvióse Gestas digenea.
Mudóse Dimas a Diges.
Gestas canta a San Dimes.
Dima, a Gestas.
Los dimasa ni a Dimas ni a Gestas.
Dije, así, la gesta.
Digerid y dirigid.
(Coro)
¡Di más!

Más de Ibargüengoitia

En lo que logro hacerme de la recién editada antología de Jorge y sus crónicas (Revolución en el jardín, 2008, con prólogo y edición de Juan Villoro), en su búsqueda me topé con este texto, incluído en tal libro. Es el último de la lista, y de ahí que lo encontrara pues el sitio donde lo hallé se dedica, atinadamente, a pasar lista de libros a través de sus últimas páginas. Así, aquí también en Agua Clara (todo sea por meterle caña) el texto:

Adiós, Semana Santa
El maestro Luna nos explicó en clase cómo debería ser la Semana Santa perfecta. Como en los pueblos del centro de la República.

—Son días tan tristes —decía—, que no se mueve ni una hoja. Hasta los burros están silencios.

Era hermano marista y de Guadalajara —no sé de dónde agarró la palabra silencio, “tense silencios, muchachos”, decía (no sé si me lo estoy inventando)—, y recordaba con nostalgia el trigo verde en macetas y las naranjas con banderas de papel de estaño de su niñez.

Estaba hablando a otra generación, a los niños de 1940, que lo veían como animal raro. A mí, en aquella época, no había nada que me pareciera más aburrido que una naranjas con banderas, un charco de sábado de Gloria, o visitar las Siete Casas —todas eran iguales, con adornos de azucenas.

Años después me acordé del maestro Luna —me acuerdo de él a cada rato—. Llegamos a Ciudad del Maíz a las tres de la tarde de un Viernes Santo. Las mujeres andaban de luto y los burros, de veras, estaban silenciosos.

Hacía un calorón. Quisimos comprar tortillas Ciudad del Maíz y no había.

Otro año, en Viernes Santo, también, a las tres de la tarde, me tocó la mala suerte de tener que cambiar de autobús en Dolores Hidalgo. Iba yo con mi madre. Mientras llegaba el otro autobús, ella se sentó en la banca de la plaza de armas y me dijo:

—Veme a comprar unas carnitas.

Se olvidaba de que era pecado mortal comerlas. Pecado imposible de cometer, porque carnitas no había en todo el pueblo. Acabamos comiendo unos chiles rellenos muy oreados que encontré en el mercado.

En otra ocasión, en Jueves Santo, tuve un pleito con un torero irapuatense. Estábamos en el velatorio de un tío mío y los dolientes empezaron a tener mucha hambre. Salí yo con la encomienda de que trajera tortas para todos, y me encontré con que el torero, que creía como muchos del rumbo, que el Jueves Santo también es vigilia, no las tenía más que de queso descremado.

—¿Qué no tiene de jamón? —le pregunté.

Entonces, el torero beato, levantó un dedo bastante mugroso para llamar mi atención a los campanazos del Santuario de Guadalupe, que estaban en ese momento retumbando, para llamar a la quinta o a la queda, o a lo que haya sido a esas horas. Como diciendo, “No hay tortas de jamón, porque este es un día muy sagrado”.

Yo me puse furioso.

—Hoy no es vigilia, viejo… —Aquí dije una palabrota que escandalizó a todos los que la oyeron y los dejó convencidos de que yo era apóstata.

Para contrarrestar estas que van de arena, otra Semana Santa la pasé, con amigos, en Chachalacas. ¡Si el maestro Luna nos hubiera visto! Jugamos a la ruleta, a la lotería y al burro entripado, bailamos, y el Viernes Santo, nuestra hotelera, doña Petra, que era retrasada mental, mató un guajolote y lo hizo en mole colorado.

—¿Qué no será día de vigilia, doña Petra —preguntó, con mucho tacto, el más religioso de los que estábamos sentados a la mesa.

Doña Petra se encrespó.

—¿Cómo va a ser día de vigilia? ¿Qué no sabe usted que esta es la fiesta religiosa más importante del año?

Como nadie estaba de humor para meterse en discusiones litúrgicas, nos comimos el mole.

Otro día memorable, fue un Domingo de Resurrección que pasé en el rancho. Fui a misa y me senté en una silla que había en el presbiterio —era la parte de la capilla donde olía menos feo—. Allí estaba yo muy devoto, cuando llegó Cleto, el sacristán, con un vaso de agua sucia en la mano, a preguntarme si me la quería beber. Era el agua del lavatorio, en la que se habían lavado los pies los representantes de los Apóstoles. Le dije que no, muchas gracias y lo ofendí brutalmente.

Gracias a Montserrat Vega (administradora y autora del sitio arriba referido) por la transcripción. Y sí, sus últimas páginas pueden ser referencia primera para saber un poco más ya no sólo de los libros sino de los autores. Además, asigna sucintas notas que, con todo, invitan más a la lectura.

Contribuciones de Pascua

Así podemos llamar a tales manifestaciones, a aquellas que indirectamente quedan como resultado del tiempo litúrgico de Pascua. Pienso en tres. Una que ya es parte intrínseca de la Pascua —entre otras— alemana (y que gracias a ésta logra su llegada hasta nuestros días); otra que en este espacio propongo verla también de este particular modo, y una más que prevengo puede (o debiera) fortalecerse.

Empiezo entonces con el final: el lunes de Pascua. Sucede que si bien después del Domingo de Resurrección solía seguir toda una semana de celebración, es a partir del siglo XIX cuando se acota a un sólo día: el lunes. Aquellas fiestas paganas que celebraban el advenimiento de la primavera y el correspondiente florecimiento de los campos —tan evidente en las latitudes de Europa septentrional—, fueron, primero, sincretizadas con la celebración cristiana y, después, ordenadas o destinadas a días particulares, i.e., lunes. Así las cosas, por ejemplo, aquellos huevos paganos símbolo de renacimiento y fecundidad pasaron a ser símbolo del fin de la Cuaresma (y de la propia Resurrección) y, sobre todo, protagonistas de dos días en particular: el Domingo y el Lunes de Pascua: en el primero comparten el protagonismo con la mencionada Resurrección y en el segundo son totalmente los reyes de la fiesta. En síntesis, que gracias a la Pascua como celebración religiosa per se, se tiene pues un subsecuente lunes como símbolo (recuerdo) del origen pagano de la fiesta. (Un lunes alemán, dicho sea, feriado.)

Por otro lado, y como segundo punto, celebraciones eran también las que se organizaban después de la Cuaresma en tierras del oeste mexicano, en particular, Nayarit y Jalisco. Tales fiestas se relatan en documentos de mediados del siglo XIX (antes, por cierto, de la Invasión Francesa del 62) y en ellas, además, se menciona ya la palabra mariachi (o sea, que lo del origen francés del vocablo es tan sólo mito o leyenda). Estas celebraciones, como las arriba mencionadas, podían durar toda una semana —iniciando el día Domingo de Resurrección— y en ellas se tenía como elemento primordial al baile, amén de música y bebida. Todo ello girando, literalmente, alrededor de un entarimado conocido entonces como mariachi (voz, se dice, de origen coca). Así, en las crónicas de aquellas fiestas en sí seculares, aunque con motivos religiosos, se hace mención de aquellas diversiones —fiestas— conocidas como mariachi, donde efectivamente la música corría a cargo de un grupo de músicos (cuarteto, originalmente) que a la postre terminaría siendo conocido —ya entrado el siglo XX— como el mariachi. Las fiestas eran acaso las de mayor proporción en el año, si tomamos en cuenta el papel preponderante de la religión, por lo que la mayor celebración eucarística dio pie a semejantes manifestaciones de fiesta y alegría donde precisamente ahí seguramente tomó mayor fuerza la presencia de música y baile hechos mariachi. En corto, que si bien mariachi había a lo largo de todo el año, no era sino hasta Pascua el protagonista total de los fandangos que motivaba tal celebración.

Cierro esto con el principio: el Domingo de Ramos, el primer día de la Semana Santa. Sucede que desde hace un par de años aquí en Bonn la respectiva procesión se hace no por las calles de la ciudad (como otrora solía ser: de una iglesia a otra) sino en el claustro de la iglesia principal. Ahí, entre paredes, toma lugar la procesión: una vuelta al claustro. Bien se puede decir entonces, en argot económico, que las externalidades se han internalizado: no se cierran calles, no se hace uso de la seguridad pública y, lo más, no se muestran públicamente elementos de un particular credo a personas que no necesariamente lo comparten e incluso pudieran encontrarlo ofensivo (e.g., ¿por qué tengo yo que escuchar/ver los rezos/plegarias cuando éstos no me importan ni atañen?). La vida (o fe) privada se limita pues a ese espacio y se deja que lo público permanezca sin invasión o mezcla alguna. Esto, concluyo, bien puede ser una de las mejores contribuciones de una celebración —tan significante — en tantas y diversas culturas donde lo público y privado requieren de una mejor y más clara separación.