Como Chesterton en bicicleta

La gran y grotesca ocasión en la que monté una bicicleta por primera y última vez, vestido de levita y sombrero de copa de la época, en la cancha de tenis de Bedford Park. Aunque usted no lo crea (como dicen los grandes periódicos cuando cuentan mentiras omitiendo los detalles de la historia), es verdad que di vueltas y vueltas a la cancha con un total y natural equilibrio, distraído sólo por el problema intelectual de cómo podría bajarme de la mejor manera; finalmente, me caí; no me di cuenta qué le pasó a mi sombrero, pero en ese entonces rara vez me fijaba en eso. La imagen de aquel monstruoso paseo giratorio se me ha aparecido con frecuencia, como indicando que algo raro me debió haber pasado en ese tiempo.

—G.K. Chesterton

G.K. Chesterton by Oliver Herford

Fragmento (traducido por mí) de la Autobiografía de G.K. Chesterton, capítulo VI. The Fantastic Suburb, disponible (en inglés) en la página del Project Gutenberg Australia; llego a él gracias a las notas de Fernando Fernández en su blog Siglo en la brisa. La caricatura es de Oliver Herford, tomada de aquí: liga.

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Xochiojkali

Ya se abrieron… mas sólo permiten ser tomadas por aquél que lleve la nariz al descubierto y libre de toda prisa. Están ahí a la vera de un camino cuya belleza es temporal, es decir, depende más bien de peatones y ciclistas que lo transitan, y no de alguna fachada que lo custodie. En desnivel está una calle por donde pasan y se estacionan coches, o sea, que hay niveles y sólo aquellos que circulen al compás de sus piernas pueden acceder a ese lenguaje hecho de palabras que no se escuchan: se huelen.

Lo recorro dos o —lo mejor— cuatro veces por día de lunes a viernes; sea de subida o de bajada (sí, tiene pendiente), en ese tramo la velocidad es siempre la misma: pétalos por segundo. Que los autos allá abajo circulen, que se pierdan en sus vueltas, el aroma es exclusivo de nosotros los bípedos y los cletos que dejamos que nos envuelva.

Unos cuantos metros y el olor de cada flor se multiplica por cada sentido, pues también escuchamos, bañado de un vistoso y aromático rosa, el aire que nos entra, lo saboreamos y somos, a final de cuentas, tocados.

Cierto es que las calles y caminos de Alemania, cuando de naturaleza se trata, pecan de verdes y muy pocas veces dan paso —explicado por la geografía— a las coloridas flores; son entonces estos oasis urbanos donde uno encuentra recompensa y, lo dicho, no queda sino aspirar lenta, amorosa y profundamente.

Además, claro, de recorrer la calle, descorro sus flores en cada pedaleada. Calle de flores.