No todo está perdido en el océano

«“But man is not made for defeat”, he said. “A man can be destroyed but not defeated.”»
—Hemingway en The Old Man and the Sea

Si Santiago hubiera nacido en el cine, y no de la pluma de Hemingway, no tendría nombre pero sí la cara de Robert Redford. Con su masetero (macetero: cuánto no le ha florecido en él), Redford traza y mastica una historia a la par de la de aquel inolvidable viejo cubano. El crédito por supuesto lo comparte el director J.C. Chandor, quien además escribió el guión de All Is Lost, película que me ha llevado de la mano a las páginas de Hemingway.

Intento un cumplido, pues en All Is Lost nada se pierde: todo se encuentra. La historia del hombre sin nombre puede tener muchos adjetivos (y no pocas interpretaciones, sobre todo al final), y es así porque es una historia que sin palabras y con imágenes se cuenta. Es cine. Es muy buen cine. Y no es que, como reza el lugar común, se esté diciendo miles de palabras con las imágenes en pantalla, no: se está contando con la precisión de las imágenes. Ni más, ni menos.

Hemingway justificó los soliloquios de Santiago con la ausencia del niño Manolín, de otro modo es casi seguro que el pescador tuviera el bienvenido mutismo del inminente náufrago de All Is Lost. Robert Redford, tipo duro sin duda (no es gratuito ese masetero, insisto), su personaje es creíble precisamente por momentos tan impávidos como una afeitada en alta mar en medio de una tormenta. Un par de maldiciones —y no a su suerte, sino a su falta de cuidado (con el contenedor de agua potable)— son el complemento perfecto del retrato de un hombre que se sabe solo, mas no abandonado.

Vuelvo a Hemingway. «What I will do if he decides to go down, I don’t know. What I’ll do if he sounds and dies I don’t know. But I’ll do something. There are plenty of things I can do.» Y el Redford de Chandor hace todo, de todo: desde reparaciones hasta depósitos de agua e incendios, y cursos rápidos de navegación estelar. Celestial. Un tipo práctico. ¿Qué queda cuando todo está perdido? El cielo. Pero en lugar de pedir(le), el hombre lo mide. Geniales escenas de Redford con sextante en mano: un buscador de estrellas: un astrolabio.

Aquí ya es claro que la historia de aquél Santiago y este Redford son diferentes: hay que leer la del primero y hay que ver la del segundo. Si el reto era (y sigue siendo) llevar al cine una historia como la de Hemingway, también lo es (y será) llevar a libro esta historia de J.C. Chandor. Redford sabe llenar la pantalla, su cara de años cumple aún el cometido. Hay que verlo. Hay que ver que no todo está perdido.

No faltarán los conocedores que reconozcan las pifias del guión, o más bien la falta de habilidades marítimas del personaje. No será raro y no hará menos la valía de la historia: al contrario, la subraya: pues qué más común hoy día que el profesionalismo amateur. Por hondo que sea el mar profundo helos ahí, de popa a proa, a diestra y siniestra y de babor a estribor. No faltan pues los Redford en los océanos, y éso los conocedores tendrán que, cual palíndromo, reconocer. Océano dona eco.

«Maybe today. Every day is a new day. It is better to be lucky. But I would rather be exact. Then when luck comes you are ready.», se lee con Hemingway; All Is Lost se mira, y admira, con Redford.

allislost

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Disimulada carta a simuladas cartas

Estimado Doctor Miguel Carbonell:

He leído sus Cartas a un estudiante de derecho (3ª edición, Kindle Edition, 2012) y quisiera escribirle estas líneas a manera de respuesta. Usted no me las ha pedido, cierto, y yo tampoco pedí esas sus cartas; las compré, sin embargo, por una curiosidad de lector y, también, por su disponibilidad en digital —asunto que se agradece—, amén del título en sí que me recordó a Vargas Llosa y sus Cartas a un novelista (1997). Imaginé, en ese sentido, que así como el maestro novelista ofreció a sus colegas en ciernes algunas de las más importantes claves del oficio (i.e., sus cómos y porqués), así también usted —abogado académico investigador— daría al estudiante algo más, mucho más, que consejos prácticos (como el de pasar en limpio los apuntes de clase o tener una buena lámpara para estudiar).

Valga subrayar, antes de entrar en materia, que qué bueno que usted sea un jurista de éxito y que su biografía, recordada a lo largo de las cartas, esté plagada de momentos de recompensado esfuerzo. Ello, en verdad, es tan satisfactorio como prescindible. No estoy interesado en saber, por ejemplo, si la pasó bien —o muy bien— en los jardines de la UNAM o en la biblioteca del Centro de Estudios Constitucionales en Madrid. Sé que la mención busca la cercanía y la confianza con nosotros sus lectores, pero estas, creo, valdrían más como resultado de tan sólo un par de atinadas anécdotas, y no por un incesante recordatorio de lo que en su opinión es (o puede ser) esa gran aventura del estudio del derecho: una historia de éxito.

«Éxito», por cierto, no me parece que sea el estímulo mejor para el estudiante de una disciplina que exige más bien de una vocación acaso como la literaria. De eso, al menos como punto de partida, me hubiera gustado que usted nos compartiera, que contara a sus lectores-destinatarios la diferencia entre los frutos y el estudio (brega continua) del derecho como opción —digámoslo— de vida.

Empiezo por el final, doctor, por dejar claro la motivación (que no esperara fuera un mensaje de «tú puedes, si quieres, ser un ser excelente»), la base sobre la cual un estudiante ha de fijarse para de ahí tomar algún camino en particular de esa ruta, si me permite el símil, que es el derecho. Un camino, por supuesto, guiado por lo mencionado en su penúltima carta: la justicia. Aquí, conviene advertir, si bien se agradece el recuerdo de temas torales e históricos como Auschwitz, es evidente que lo suyo no es el género epistolar. Su recorrido se extiende demasiado y muchas veces inunda de datos y, lo peor, lugares comunes. Esto, intuyo, está relacionado con esa idea suya de dejar en claro —en una carta, la XIV— la importancia de la cultura general para el abogado. Pues bien, más le hubiera valido a lo largo de todas sus cartas nombrar, con atinada prosa, a los autores, las novelas, el cine, la filosofía, en fin, el arte y las humanidades, que van de la mano con el derecho.

Otras cartas redundantes son aquellas sobre la relación del derecho con la democracia y la economía… Corrijo, no redundantes pero sí de generalidades. Ligar tales conceptos y expresar concretamente no sólo su importancia sino también sus alcances en el estudio del derecho, es tarea aún pendiente. Sus buenos deseos para con la democracia, por ejemplo, sin duda los aplaudo y comparto, pero no me queda claro cómo el estudiante de leyes es parte ya (¿y mejor?) del ejercicio democrático (ni cómo el problema económico, sus actores, es reto constante en su quehacer de aprendiz).

Aquí, ya que lo menciono, vale recordar que si bien sus lectores pueden ser profesores o público en general, a final de cuentas los destinatarios de sus cartas son, tal cual, estudiantes de derecho. Jóvenes aprendices que antes de pensar en posgrados o futuras investigaciones, quieren entender esas primeras enseñanzas, esos primeros conceptos. Una síntesis quizá, pero —y usted lo propone— en forma de carta. Líneas en donde el remitente muestre las entrañas, donde se nos participe del desarrollo (explosión, si quiere) de la vocación, y no precisamente de la profesión (y de lo exitosa que ésta pueda o no ser). De eso último se habla un poco en su carta sobre las cuestiones éticas, gracias al ejemplo de la corrupción, y en aquella sobre la argumentación y la interpretación (aunque peque de protagonismo por el sobredesarrollo del que sabemos es su tema de especialización, derecho constitucional).

Pero todo esto que escribo es de atrás para adelante, le recuerdo, y llego a las primeras cartas que son paja, misivas en donde, a saber por qué, confunde el interés general (¿o sus objetivos al escribirlas?) con el genuino interés, el particular, de ese su lector-destinatario. Hablar pues de las técnicas de memorización, las nuevas tecnologías (¿a un joven estudiante?), los hábitos de estudio, e incluso el lenguaje y la información jurídica, del modo que usted lo hace, gastando páginas y recurriendo, insisto, a las generalidades, deja mucho que desear en esa primera parte del libro… Aun sea en buena medida la introducción cabal de lo que vendrá.

Terminé el libro, ya se ve, decepcionado. Con todo y sus epílogos (¡dos!) —decálogos que, acá entre nos, bien podrían ser la envidia de algún Coelho— y su magnífica biografía. Ésta, lo sabemos, ni falta que hacía incluir, doctor, queda claro que lo suyo es, sin duda, muy muy suyo.

Sin otro particular, cordiales saludos.