Virginal perversión

Ayer terminé de ver la película Sexo, amor y otras perversiones (Carrera et al., 2006). No hablaré de ella, simplemente diré que me recordó una idea (si me dejan llamarla así): las ventajas de las mujeres en cuanto a menesteres del sexo, tabúes y perversiones. Es así.

En su momento estaba viendo un vídeo de sexo, de los llamados porno (o eróticos, según el gusto del cliente). Básicamente, además de la penetración y etcétera, hubo un diálogo entre la mujer y el entrevistador (no sé si el cámara o el que más tarde tuvo sexo con ella), en el que ella aclaraba que estaba ahí para tener únicamente penetración anal, pues la vaginal estaba no sólo reservada para su novio-pareja-principal relación sentimental, sino también que en sí ella era virgen por ese lado. Pero profesional, pues también aclaró que lo del anal era algo que ya tenía más que probado y que, bueno, ahora estaba ahí para otro show más.

Así las cosas, qué maravilla, pensé, los hombres homosexuales no tienen esa opción de brindar tales primicias a sus parejas. Los hombres heterosexuales tampoco. Pero las mujeres sí. Ellas bien pueden regalar no una sino dos veces ese curioso placer de ser el primero (o la primera) en penetrar. Es decir, pueden elegir, si así les place, qué parte han de reservar para un momento particular. Por ejemplo, vaginal para la primer relación sexual (y las que le sigan) y anal para, digamos, una primer noche de bodas… o viceversa, que nunca faltará aquella que quiera seguir y cumplir ciertos conocidos estándares (pero mientras disfrutar de alguna manera su sexualidad).

Lo dicho, creo que es una ventaja. Sobre todo en estas lides de, precisamente, sexo, amor y perversiones. Es más, ya puestos en esto, si se le suma el hecho de hacerlo con o sin condón, pues se tienen ya 4 virginales opciones, ¿o no?

En fin, sin duda alguna la primera vez no deja de tener su pervertido encanto.

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Una revolución en la revolución

Con esas palabras describe Mónika Krause a la circulación del libro «¿Piensas ya en el amor?», de Heinrich Brückner, en los hogares de La Habana, Cuba. Libro que por ella, Mónika, comenzó a leerse y consultarse. Eran los años 70 de una Cuba que se empeñaba en hacer valer su revolución pero que, sin embargo, mantenía intactos los papeles tradicionales del hombre y la mujer. Si bien se pugnaba por una emancipación de la mujer, hacía falta algo más que asambleas y discursos donde ésta tuviera más asientos y micrófonos disponibles. Hacía falta, sí, una revolución en la revolución, y Mónika la comenzó. Sigue leyendo