Ideas peregrinas para el transporte de la ciudad de México

En lo que se decide modernizar al transporte público de la ciudad de México, y de cara a las últimas situaciones de contingencia ambiental, yo habilitaría un transporte emergente: el ejército, la armada de México, de chafirete. Así, con marcial orden, los autobuses cubrirían las rutas principales, es decir, las zonas con mayor conflicto. Al mismo tiempo prohibiría, por no decir sacar de circulación, a toda unidad con niveles de contaminación no tolerables. Al fin y al cabo se está frente a una emergencia (cf. el temblor del 85)

Eso por el lado público, del privado no tomaría mayor medida que la de incrementar el precio del estacionamiento en zonas, otra vez, de mayor conflicto. Algunas calles, incluso, las cerraría al tráfico de particulares, con miras a un reordenamiento de circulación: menos acceso al transporte privado y mayor al público. Los taxis no serían la excepción y seguirían los lineamientos del auto privado. El programa Hoy No Circula funcionaría como siempre (es decir, sin funcionar realmente) y no distrairía la atención del problema principal: las faltas de opciones del transporte público.

De vuelta a lo público, intentaría por todos los medios hacer más eficiente al transporte público. La medida del ejército se justificaría, lo dicho, como una situación de emergencia en lo que se reglamenta y reordena al sistema actual de concesiones. Tanto las rutas como las unidades se someterían a un proceso que, a su vez, tenga como eje un plan maestro de transporte urbano. No todas las rutas son iguales y no todas las unidades tienen que ser de un solo tipo. El plan de emergencia bien podría iniciar esa diferenciación: aquí este tipo de transporte con este número de paradas; allá este otro tipo de transporte con ese otro esquema de paradas. El precio, dicho sea, se procuraría “único”: abonos para uso en todas las redes y tarifas más o menos homologadas entre los distintos tipos de transporte (metro, bus, metrobus, tranvía, etc.). El objetivo es que la(s) opción(es) final(es) de transporte sea(n) la(s) que se acomode(n) mejor a las zonas de salidad y destino, sin menoscabo de la comodidad del usuario durante todo el trayecto y, también, de la calidad de tránsito del resto de los habitantes de la ciudad.

[continuará]

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No todo está perdido en el océano

«“But man is not made for defeat”, he said. “A man can be destroyed but not defeated.”»
—Hemingway en The Old Man and the Sea

Si Santiago hubiera nacido en el cine, y no de la pluma de Hemingway, no tendría nombre pero sí la cara de Robert Redford. Con su masetero (macetero: cuánto no le ha florecido en él), Redford traza y mastica una historia a la par de la de aquel inolvidable viejo cubano. El crédito por supuesto lo comparte el director J.C. Chandor, quien además escribió el guión de All Is Lost, película que me ha llevado de la mano a las páginas de Hemingway.

Intento un cumplido, pues en All Is Lost nada se pierde: todo se encuentra. La historia del hombre sin nombre puede tener muchos adjetivos (y no pocas interpretaciones, sobre todo al final), y es así porque es una historia que sin palabras y con imágenes se cuenta. Es cine. Es muy buen cine. Y no es que, como reza el lugar común, se esté diciendo miles de palabras con las imágenes en pantalla, no: se está contando con la precisión de las imágenes. Ni más, ni menos.

Hemingway justificó los soliloquios de Santiago con la ausencia del niño Manolín, de otro modo es casi seguro que el pescador tuviera el bienvenido mutismo del inminente náufrago de All Is Lost. Robert Redford, tipo duro sin duda (no es gratuito ese masetero, insisto), su personaje es creíble precisamente por momentos tan impávidos como una afeitada en alta mar en medio de una tormenta. Un par de maldiciones —y no a su suerte, sino a su falta de cuidado (con el contenedor de agua potable)— son el complemento perfecto del retrato de un hombre que se sabe solo, mas no abandonado.

Vuelvo a Hemingway. «What I will do if he decides to go down, I don’t know. What I’ll do if he sounds and dies I don’t know. But I’ll do something. There are plenty of things I can do.» Y el Redford de Chandor hace todo, de todo: desde reparaciones hasta depósitos de agua e incendios, y cursos rápidos de navegación estelar. Celestial. Un tipo práctico. ¿Qué queda cuando todo está perdido? El cielo. Pero en lugar de pedir(le), el hombre lo mide. Geniales escenas de Redford con sextante en mano: un buscador de estrellas: un astrolabio.

Aquí ya es claro que la historia de aquél Santiago y este Redford son diferentes: hay que leer la del primero y hay que ver la del segundo. Si el reto era (y sigue siendo) llevar al cine una historia como la de Hemingway, también lo es (y será) llevar a libro esta historia de J.C. Chandor. Redford sabe llenar la pantalla, su cara de años cumple aún el cometido. Hay que verlo. Hay que ver que no todo está perdido.

No faltarán los conocedores que reconozcan las pifias del guión, o más bien la falta de habilidades marítimas del personaje. No será raro y no hará menos la valía de la historia: al contrario, la subraya: pues qué más común hoy día que el profesionalismo amateur. Por hondo que sea el mar profundo helos ahí, de popa a proa, a diestra y siniestra y de babor a estribor. No faltan pues los Redford en los océanos, y éso los conocedores tendrán que, cual palíndromo, reconocer. Océano dona eco.

«Maybe today. Every day is a new day. It is better to be lucky. But I would rather be exact. Then when luck comes you are ready.», se lee con Hemingway; All Is Lost se mira, y admira, con Redford.

allislost

Los pesos con centavos sin remedio

A mí me pesa ser como la gente;
no, no me cuesta, puedo si quisiera,
pero me pesa hablar y oír las cosas
que la gente repite sin cesar;
como cargar el fardo, liviandades
brotan por donde sea, qué remedio.

La gente, si quisiera oír las cosas
sin cesar: liviandades, qué remedio.
Ser como cuesta, ¿puedo? ¿pesa hablar?
Y repite cargar el fardo, sea:
me pesa, no me pesa, cómo brotan.

Remedio liviandades sin cesar,
las cosas puedo, sí; quisiera gente
donde sea, ¿cargar?, ¿el fardo oír?
Me cuesta, ¿puedo ser hablar? Me pesa.

A mí me cuesta hablar sin liviandades:
las cosas brotan, pesa ser el fardo;
donde sea repite gente «qué».

¿Que cómo brotan cosas sin hablar?
Donde el remedio pesa sin cesar.

Sin liviandades cuesta oír y hablar.

Cuarenta y seis mil ciento cuarenta y cinco yardas

Por años corrí en yardas. Aprendí a correr en yardas. Mis zancadas fueron para correr yardas, pero no siempre corría sobre yardas. Antes de cada temporada, los fines de semana, iba a emular la colina de Jerry Rice. Sin duda aquellas imagenes del receptor fueron la semilla del futuro corredor. Eso y las carreras de mi padre en Cuemanco y el Bosque de Tlalpan. Pero la colina, el cerro, siempre mantuvo mi preferencia: nada como aquella pendiente para sentir fortalecer mis piernas (y entonces el menos sentirme, ilusionarme, en el mismo camino de Rice).

Por años no trasladé las yardas a los kilómetros. Sólo de vez en vez me preocupé por la distancia en metros, por ejemplo, en 1995, para mi primera media maratón (que corrí al lado de mi padre) o para unos quince kilómetros en el Bosque de Chapultepec. Más nada. La pre-temporada, y el deporte en sí, obligaba a ceder en el trote e invertir, mejor, las horas en los levantamientos de pesas.

Hace meses la semilla (el gusanito) tuvo sus primeros frutos. Si bien antes, en aquellas primeras lejanas carreras (y en otras que hace un par de años me animé en tomar parte) los kilómetros tomaron protagonismo, aún seguía corriendo como si de yardas se tratara; no fue sino hasta con una maratón en mente que me despojé del peso del casco y las hombreras. Digo peso por no escribir sombras, pues lo cierto es que en todo momento el equipo de fútbol americano me acompaña. Dejé de correr en yardas, aprendí a correr kilómetros; sumé a las colinas de cuatro o cinco mil metros rutas de diez o más kilómetros. Todo por un maratón.

Correr siempre me gustó, insisto, aquellas imágenes de Rice en una colina, él solo y sus instintos, fueron muchas veces el motivo (adolescente al fin) para seguir en el tocho: éste, pues, resultó un buen pretexto para salir a correr. El tocho, como le decimos, nunca encontró en mí al mejor talento disponible; yo hacía lo que podía y por años nos aguantamos en buena lid. Tanto que, lo dicho, sus sombras (luz) me acompañan todavía. No empecé de cero, pero casi. Correr kilómetros (o millas) es mucho muy distinto a correr metros (o yardas), pero en ambas unidades hay elementos comunes. Jerry Rice lo sabía. Correr millas contra uno (eso es una carrera) fue lo que ayudó a Rice a perfeccionar las yardas de sus trayectorias (i.e., control de la fuerza en movimiento para hacer cortes) y las que seguían tras sus recepciones; correr yardas contra otros (eso es el tocho) fue lo que hizo de las carreras en kilómetros algo más que un trote en subida (o bajada): fue la personificación del obstáculo, la segmentación de las millas, el paso firme antes de otro igual de firme. Correr en contra es el punto en común.

El lugar común, por otro lado, es la carrera en sí, y cada vez más (por lo menos a partir de los años ochenta o ahora con el revuelo del correr descalzo); es normal, no queda sino hacerla particular. Cada cual a lo suyo, con sus propias sombras y luces. De mi maratón, decía, en su camino encontré mis razones físicas (aprender una mejor técnica, mejorarla; disminuir los dolores, evitarlos; encontrar los tiempos adecuados, superarlos) y, sobre todo, motivaciones principales: correr los dos minutos finales.

La buena música o el camarada de pista, grata compañía; la frescura del agua o el puntual refrigerio, siempre bienvenidos; la adrenalina de cada inicio o el «muro de los 30», acaso inevitables; el imperceptible guiño, apenas saludo, del colega corredor, o el entusiasmo de la arenga al paso; el zumbido de todos al pasar por un túnel o la soledad de la suerte de cada quien tras sostenido esfuerzo; el rendimiento contrastado con otros, la ruta y el clima; todo, en fin, lo que hay y puede haber en cada entrenamiento y el día de la gran carrera, palidece ante los dos minutos finales que cada cual enfrenta ya sea en la primera yarda o en la cuarenta y seis mil ciento cuarenta y cuatro, pues la restante —y solo esa— resulta ser el último segundo de esos minutos, el lugar donde se escucha el pitazo privado, la yarda por la que no hubo pausas ni reemplazos, la voz que te gritaba «no pares» y la que, en ese momento, te susurra: final del partido, ¿bien jugado?

En la Nueva República Amorosa

Con Esperanza límpida y cuantiosa
somos Razón pero también Pasión
en la Nueva República Amorosa.

Gobernar es tarea fabulosa,
más si es con Rayo de Iluminación
con Esperanza límpida y cuantiosa.

Y nunca falta la gente facciosa:
habrá que convertirlos con fruición
en la Nueva República Amorosa.

La Democracia llega contagiosa,
lo sabe mi dedito que es bastión
con Esperanza límpida y cuantiosa.

Aquí conmigo, voces decorosas
sólo son las que tienen filiación:
en la Nueva República Amorosa.

Valiente Honestidad, secre’ preciosa,
a ti brindo la beatificación,
con Esperanza límpida y cuantiosa,
en la Nueva República Amorosa.

—Mael Aglaia

Apunte final al Favstar

En esta tercera y última entrega (aquí las dos anteriores: I y II), mencionaré el papel activo de Favstar. Esto es, hablé ya de sus características y un poco de sus mecanismos, ahora toca el turno de analizar el cómo ello ha sido aprovechado por algunos usuarios del Twitter en español.

Favstar es, como toda tecnología, un medio que además de ser empleado en algo, influye en el comportamiento del usuario. Así, este vehículo —y ya se dijo en la entrega anterior— ha sido usado para reafirmar, por ejemplo, la popularidad o aceptación en una comunidad; al mismo tiempo, ha servido de objetivo en sí: el ratificarse.

Es decir: porque se ha visto que es en un lugar como Favstar donde se da cuenta del «éxito» de la empresa (valga la expresión), es entonces que éste —con su página principal y tablero, sobre todo— tiene ya un parte activa en el proceso: muestra lo que se quiere demostrar. Favstar, pues, toma parte del comportamiento del usuario al tener, dentro de sus mecanismos, un segmento donde se asegura la exposición (más o menos constante) de lo hecho.

Hasta ahí la parte descriptiva. Lo interesante es, hasta ahora, observar qué contiene finalmente el resultado final de toda esta actividad (hago-veo-compruebo-hago). Al momento, es en la página principal de Favstar en español donde se han anidado una serie de cuentas de Twitter cuyo contenido es en gran medida una exacerbación de racismo, clasismo, sexismo, segregación, en fin, lacras todas que, se sabe, cunden principalmente en los países de América Latina.

Vale pues el cuestionamiento. ¿Se debe hacer algo? Sí. ¿Por qué? Porque si bien ello no es más que un reflejo de aquello que ocurre con o sin Twitter (o Favstar), el hecho de que una tecnología como tal pueda de alguna manera motivar o alentar esta clase de comportamientos (i.e., escribir tal violencia verbal), más vale entonces que al menos dicha tecnología no tome parte de semejante ejercicio. Por supuesto, el problema no cesará de un día para otro (y quizá nunca), pero si se le cierra un paso —una ventana— al menos no seguirá buscando verse por ese medio.

Dicho de otro modo, por ejemplo, así como en toda cuenta de Twitter se tiene la opción de «bloquear» al indeseable, no veo por qué un bloqueo al racismo o pedofilia (vueltos texto, vueltos tuits) deba no procurarse en esos otros espacios. ¿Censurar? No: aquellos que gustan de tal contenido lo seguirán leyendo o escribiendo con, ya se ve, total libertad. ¿Veto? No del todo: los que lo celebran (estrellándolo o no, retuiteándolo o no) seguirán ahí y con él.

¿Control? Sí, y el justo; toda vez que Favstar es un foro abierto, más nos vale que como usuarios de éste (directos o indirectos, pagando por él o no) no lo veamos irse al garete y explotado de esa manera. ¿Control de calidad? La calidad es otro asunto: nadie ha cuestionado (ni debiera) el que un tuit sea bueno, malo o regular en su calidad, no, el punto en sí —y es muy claro y se reconoce de sobra— es que con un tuit (o un conjunto, y sus estrellas y sus RTs) nos estemos dedicando a violentar —ya como modus operandi— lo más elemental de la convivencia: el respeto a la condición de otro, y buscar su franca exposición.

Escribir consuetudinariamente contenido que exalta la pedofilia, el racismo, la violencia sexual o doméstica, el nacionalismo ramplón, la superioridad étnica, etcétera, es, ha sido y será, inevitable: mas no por ello habrá que dejar que se acumule y nos inunde. Favstar es un lugar, finalmente, público, y se ha usado, insisto, para fines que lo han desvirtuado y trastocado en su papel de instrumento de lectura.

Llegados a este punto, la crítica, para que se entienda mejor, no es hacia la existencia en sí de un contenido en particular (éste, como otros que nos puedan disgustar o gustar, seguramente seguirá tomando cursos incontrolables y será reflejo de esto o aquello), la crítica es, visto los porques y con esto cierro, hacia las posibilidades de control en ese singular y activo espacio de exposición que es Favstar: se pueden y son deseables.

De traducciones

Goethe: Gedichte
Orbes de música verbal
silenciados
por mi ignorancia del idioma.
—José Emilio Pacheco

Erdkugeln mit verbalischer Musik
schweigend
wegen meiner Sprach Ignoranz.

Sólo tengo un par, una del alemán al español y otra del español al alemán. No soy un experto, ni siquiera un aprendiz, lo hice porque, primero, me gustó mucho el original y, segundo, porque quise que se leyera también en el otro idioma. Así, Ladrador nace del hartazgo de escuchar una y otra vez eso de que «los perros ladran y que Sancho y el Quijote avanzan»; averigüé mejor el asunto (i.e., ya estaba al tanto de lo apócrifo de la cita) y me aventuré con los versos de Goethe. Lo más difícil fue conseguir el ritmo y métrica originales —creo que mal que bien lo logré (y de ahí que incluso lo publicara aquí).

Lo mismo pasó con Evasión de Gabriel Zaid: lo más importante fue preservar el maravilloso ascenso del globo. Con la ayuda de Aurelio Asiain (para entender mejor la métrica) y de mi comparsa alemana (R. y Frau S.), di afortunadamente con una versión adecuada. Insistí mucho en ello, es decir, con la parte alemana hice énfasis en todo momento en privilegiar el ritmo (y después la literalidad en sí). Fue fenomenal: explicar la idea (que no el poema) para hacerme de la mejor palabra y repetir, en fin, una y otra vez el verso de Zaid hizo que —¡gran cosa!— anduviera en un globo.

Insisto, soy un neófito, lo importante, me parece, es este otro acercamiento que pude tener con la poesía a través de este par de joyas. Yo no sé de su valía; la primera, lo dicho, fue por motivos «pedagógicos» y la segunda por biográficos… ambas, por la poesía.

NB. Tengo (ya) más traducciones, por el puro gusto, claro, de Huevo, recién del hombre de cincuenta años de Hesse y de Friedrich Rückert.