La Nao Bahn

Al escribir estas líneas me encuentro en un movimiento que muchos de los que visitan Europa experimentan y, en su mayoría, lo juzgan como cosa peculiar, interesante y, por qué no, gozosa: un viaje en tren. Al contrario de lo que se vive cuando se viaja en México o Estados Unidos, por mencionar dos ejemplos, es en Europa donde el tren es asunto toral en los sistemas de transporte. No por nada —maldita la hora— fue precisamente el tren medio ideal para llevar a cabo el atentado terrorista del 11 de marzo en Madrid. Los trenes en Europa son ya un símbolo de la civilización moderna europea; se desarrollan en su misma medida y, ya lo vimos, dan cuenta de los tropiezos que puedan darse en o contra de ella.

Al mismo tiempo, entre los trenes europeos existen las diferencias. Desde el idioma de sus términos técnicos, hasta la conducta de los que operan y trabajan en ellos, pasando por el interior de los vagones y los paisajes que recorren. Por el momento, me quiero centrar en lo que ahora me transporta: el tren alemán (que es género femenino en alemán: “die Bahn”). Su suerte ha sido similar a la de su compañero inglés, un sistema del Estado que pasó a manos privadas producto de la liberalización de la economía en los ochenta. El tren alemán es, como en el resto de Europa, no sólo un transporte para grandes distancias, sino también una opción para viajar diariamente entre ciudades cercanas como por ejemplo Bonn y Colonia. De ahí la importancia mayor del sistema. No por nada el asunto de la privatización caló tanto en la opinión teutona: se sabe del papel del tren como medio (ya no sólo de transporte) para el desarrollo del país, y como tal es siempre parte importante de las políticas del país.

Paso ahora a aspectos no menos importantes pero sí un poco más, digamos, entretenidos. El viaje en el tren alemán es cosa para la que el viajero debe de prepararse en todo sentido. Hacerse de un billete para viajar en él es asunto en apariencia relativamente sencillo. Las opciones que uno puede tener para viajar de un punto a otro pueden llegar a sacar de quicio a todo aquél que, como dije, no se haya preparado mentalmente para la faena. No es sólo querer un billete a cierto punto del mapa de la geografía alemana, sino también saber y escoger cómo puede ser dicho billete: directo o con cambios; para tren regional (lento), rápido o veloz; en primera o segunda clase; con tarjeta de descuento (de 25 o 50 por ciento) o no; anticipación con que se compra (se puede tener un descuento); con reservación del asiento si así se desea (y es posible); para viaje entre semana o en el fin; individual, en grupo o con bicicleta. Total. Que todo sea por tener el billete a la medida.

Por supuesto que además de la compra del billete hemos de tomar en cuenta otra clase de vicisitudes que se nos puedan presentar, tales como retrasos, cambios de vías, cambios entre vagones, entre otras más. Al mismo tiempo, así como antes de abordar un tren alemán y una vez dentro, se está atento a las peculiaridades y probables incidencias, del mismo modo nuestros sentidos atienden a toda una serie de estímulos que se experimentan durante el viaje. Sensaciones que van desde el olor del vagón, el tacto de sus asientos, la vista de su interior, hasta el sonido de sus raíles y el sabor de los refrigerios que disfrutemos durante el viaje. Todo ello en conjunto es la atmósfera del tren, misma que será dada no por el tren en sí o por nosotros, viajeros de paso, sino por la gente que ya ha hecho del tren su medio de transporte y vida.

Observar a la gente que viaja en el tren alemán es cosa que, sugiero, todo forastero deberá hacer cuando se decida a tomar una pausa en la contemplación del paisaje. Puede ser un grupo de jóvenes charlando y riendo, un trabajador de alguna construcción o un empleado de oficina, una señora con gesto adusto, un vagabundo con su perro y lata de cerveza en mano, un emigrante turco o de Europa del Este, una pareja de ancianos, un estudiante universitario, un ama de casa y su hijo, entre muchos más. En pocas palabras, una nao que viene cargada de Alemania: la nao Bahn (y que con esto quede arreglado el problema del género del vocablo).

Los alemanes aprovechan su nao y, quizá sin darse cuenta, toman parte de un peculiar intercambio cultural. El tren en Alemania es una muestra de lo que un país y su sociedad pueden alcanzar si se lo proponen. No por nada inclusive en detalles como el mismo nombre del sistema se nota la diferencia. Si antes, en años del sueño perverso de dominación, el tren era denominado Tren del Imperio Alemán, ahora es simplemente Tren Alemán. No hay ideología o pretensión alguna escondida, simplemente persigue ser un medio de transporte eficaz y eficiente. Por ello en esta nao se llega a concebir como parte del servicio: la consolidación y mejora constante del sistema como opción primera de transporte, la creación de un billete con tantas posibles características y, al fin y al cabo, poder ver viajar en su interior, cada vez en mayor medida, a una gran variedad de personas de todos los estratos y grupos sociales del país.

El tren alemán es una nao llena de todo lo que es hoy Alemania. Una nao como otrora la China que, además de cumplir su función de medio de transporte, favorecía el intercambio cultural. Como me ha ocurrido a mí que una vez sano y salvo en mi destino, me he llevado parte de esta Alemania de hoy a través de un simple viaje en tren. Es tiempo pues de seguir con la ruta del día, que si es como la recién recorrida, será ya una buena y segura y, sobre todo, enriquecedora.

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Un comentario en “La Nao Bahn

  1. Mi querido Mael, la Bahn es una maravilla, la primera vez que estuve en Alemania me maravilló, pero en esa época no era tan cara. Ahora creo que su único problema son los precios tan elevados para quien no tiene BahnCard, Job- o Studiticket (Köln-Bonn 6,70 euros cuando una distancia similar dentro de Berlín solo cuesta 2,70), pero sin duda es una experiencia cruzar el país en ellos… tantas mamadas que no me ha tocado atestiguar!
    Un saludo afectuoso

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