Como hoy a tu suegra ves…

Y acaso pocos las voltean a ver; es más, las evitan o las enfrentan con chanzas: así las suegras. Porque de los suegros ni hablar, son ellas quienes llevan la voz cantante en esa tragicomedia de la vida marital (alcanzando apenas una «venganza» en aquello de nuera es nuera porque siempre es la que no-era).

En Alemania, a la hora del pastel (torta o tarta), se procura servir la rebanada de forma vertical, es decir, sin que ésta «caiga» o esté de canto, porque de otro modo será mal agüero para quien reciba tal trozo de pan: su suegra será una pesadilla.

Desconozco el origen de lo anterior, lo traigo a cuento por un ensayo fotográfico de Howard Schatz: un tesoro. Madres e hijas modelo retratadas. Madres de modelos con ellas sus hijas. Dice Schatz que a algunas modelos las instruía con un «sé la hija de tu madre», y helas ahí posando tan hijas y tan madres.

De una serie de 19 imágenes en The New York Times Magazine (ver. web), aquí mi favorita:

Imagen

Suponiendo una mínima edición, se puede ver que todas esas madres llevan la edad al natural. No advierto Botox o cirugías, a veces ni el maquillaje; al contrario, subrayo las arrugas, la gravitada carne, los pliegues, la mirada llena de años. La maternidad.

El refrán termina: … mañana verás a tu mujer. Seda de edades.

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Zapatos botín

Desde que pude decidir, mi calzado ha sido —en un 99%— de un sólo tipo: botines. Son, dirían unos, mi fetiche. Fácil no es pues temporada tras temporada siempre son los menos en el mercado: pocos somos los que optamos por ellos. De mi parte la razón es comodidad y protección (así, 2 en 1).

Protección entendida como un abrazo justo y a la medida —al tobillo, por supuesto—, pero también al propio pie que, pienso, echa de menos la segunda piel cuando sólo dedos, empeine y talón son cubiertos: «tápame bien», susurra, «yo soy el epílogo de tu pierna». Así, la comodidad llega por añadidura, y un andar plantado también.

Ya que no es fácil dar con ellos, cuando lo logro me doy a la tarea de atesorar cada par. Es decir, que incluso tras el uso largo y continuado, su presencia seguirá conmigo y tarde que temprano renacerá el otrora compañero.

Tocó el turno de aquel par que mis padres mercaron para mí en San Mateo Atenco. De piel color marrón imitación gamuza, los usé hasta el cansancio. Si hay alguna foto con ellos puestos es seguro que mi semblante es sencillamente feliz. Hoy se repite acaso la estampa: de nueva cuenta tengo conmigo un par así.

Fue amor a primera vista, bastó verles para saber que al probarlos me vendrían cual guante. Simples como un anillo —dijo el poeta—: están ahí con el resto de la tropa.

Piel de ante… mañana y siempre.

¿Qué me pongo?

Por fin doy con un diálogo (discurso, más bien) que llamó poderosamente mi atención en la película The Devil Wears Prada (2006). Es un resumen de la industria de la moda. Un ejemplo que bien pudo haber sido dado en algún curso universitario de Economía; una explicación breve y concisa de lo que hay detrás de una simple decisión de compra/uso, en este caso, de una prenda de vestir. Una simple prenda de vestir. Además, la escena es realmente una muestra fiel de lo que suele ocurrir en los momentos de compra/decisión con la mayoría de los compradores que ven a la Moda como un capricho de algunos sectores de la población preocupados más bien, se piensa y dice, en aspectos superfluos de la vida (como decidirse entre algún particular color o diseño de una prenda, y su posible uso/consumo).

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