Domingo en Watertown con Frank Sinatra

Quizá como solaz de lo sucedido recientemente alrededor del Watertown de Boston, aquí unas líneas sobre el Watertown de Frank Sinatra; escritas por Matt Domino y publicadas en marzo de este año en el blog del Paris Review.

Blue Eyes en Watertown por Matt Domino
Nadie con menos de cincuenta años de edad escucha realmente ya a Frank Sinatra. Como todo, puede haber sus excepciones, pero en general es así. Frank Sinatra es un artista legendario cuyo trabajo será siempre referido y disfrutado; su era de relevancia directa, sin embargo, obviamente se ha ido, y la anecdótica está empezando a apagarse.

Asociamos a Frank Sinatra con una América del pasado, un tiempo de muchachos y muchachas, una época donde la gente se balanceaba y bailaba el swing, y donde el cantante de salón era el rey. El singular talento de Sinatra era el de mantener tal visión incluso cuando ésta se erosionaba con el tiempo: hacerte sentir viejas sensaciones en una era moderna. El auge de Sinatra fue desde finales de los 40 hasta finales de los 50, grabó empero “New York, New York” en 1977. Y “My Way” te hace sentir como un tipo orgulloso mirando el horizonte del Manhattan de posguerra, aun en 2013.

Sin embargo, el mayor logro de Sinatra pasado por alto es quizá el disco donde no se siente como si evocara a aquella era que más amó o conoció. En 1969, el mismo año en que Frank Sinatra grabó “My Way”, sacó un disco llamado Watertown. Puede ser que incluso algunos de los más fanáticos de Sinatra —como mis abuelos y sus primos y primas— hayan olvidado al Watertown. Pero Watertown es el mejor disco de Frank Sinatra y su más duradera contribución a la cultura americana.

Si usted escucha suficiente música y lee suficiente crítica musical, encontrará frecuentemente revisiones de discos donde comparan una canción con un cuento o el disco con una novela. Queremos que nuestra música tome importancia, que suponga la altura de la gran literatura. Yo he escuchado montones de discos y amén del Astral Weeks de Van Morrison, el Watertown de Frank Sinatra es la única grabación donde puedo honestamente decir que se siente cual literatura en disco.

El disco es aparentemente sobre un hombre que vive en Watertown, el cual supone ser cualquier pueblo de los Estados Unidos; un lugar donde «nada pasa en el centro/ excepto la llovizna». Este hombre ha perdido una mujer, una mujer que presumimos es su esposa. Él pudo haberla perdido debido a un doloroso divorcio o porque quizás murió, no lo sabemos.

Y eso es todo. Ese es el concepto de todo el disco. A lo largo, tenemos reflexiones acerca de los hijos del protagonista y a cuál de sus padres se parecen; el hecho de que él no superará lo de su pareja por un tiempo; y que no importa el qué, si él hubiera sabido lo de ahora, de todas formas estaría todavía enamorado. Por último, el disco termina con el protagonista esperando un tren llegando a Watertown que se supone trae de vuelta a su vida a la pareja: no es claro si esto es imaginado o no. Mientras el protagonista espera, él explica a ella todos los cambios que han pasado mientras ha estado lejos y cuánto hay que contarle; el cómo caminarán por la calle y se verán tan enamorados yendo por los niños a la escuela. Sin embargo, cuando el tren arriba, él no la ve en ninguna parte.

Ese es el disco, de éso “trata” Watertown. La historia es ambigua, pero es en gran medida construída en la tradición de cualquier realismo o incluso, qué diablos, de la literatura modernista [anglosajona]. Escuchamos cómo el protagonista narra los más pequeños detalles de su vida, sus rutinas diarias, sus mínimas epifanías, todo en un esfuerzo por superar a su esposa quien lo dejó o murió. Watertown está hecho del mismo material que Flaubert, Woolf, Hemingway, Joyce, Faulkner y Tolstói. Todos esos escritores que fueron tan a fondo de la realidad, que no pudieron hacer más que intensificarla.

Ahora demos un paso atrás y recordemos una cosa: estamos hablando de Frank Sinatra. Un disco de Frank Sinatra hecho en el umbral de los 70. Dado que Watertown es un disco y no un libro, y que Frank Sinatra es un cantante y no un escritor, tenemos claramente que hablar de la música en sí.

Cuando uno piensa en la música de Frank Sinatra, uno piensa probablemente en rebosados arreglos de cuerdas, estridentes secciones de metales y tintineantes notas inalcanzables de piano. Y, por supuesto, la voz, ese incontebible instrumento de confianza y serenidad. Es el tipo de música que está unida a cocteles e iluminados comedores y bares de buen gusto; la música que cualquier estadounidense nacido después de 1950 ha naturalmente asimilado en algún lugar de su sangre y conciencia.

Pero ese no es el Sinatra de Watertown. Hay sí arreglos de cuerdas a lo largo del disco y pequeños trozos de brilloso metal donde las cosas se ponen triunfantes, aunque triunfo en este disco no es más que el sonido del abierto y completo anhelo —aquellos momentos cuando recuerdas alguna caminata olvidada de tus años universitarios bajo los árboles en un bello día, y te das cuenta de que nunca podrás recapturar incluso la vitalidad de un olvidable momento de juventud—. Pero en general, es en gran medida un Sinatra nunca antes escuchado. Hay un bajo eléctrico directamente de los sesos de McCartney o Wilson; melodías que parecen extrañamente Hendrixianas; y pianos y tonadas que uno hasta puede imaginar al Bowie de antes cantando.

El disco abre con las ominosas y redondas notas del bajo de la canción homónima. Sinatra entra a la combinación y canta en un tono si no de inseguridad, sí del de un hombre que parece derrotado (o al menos resignado a su suerte). Es un tono disonante, pero como oyente te intriga y atrae a las subidas y bajadas del resto del disco.

Y sería fácil para mí discutir cada canción en su totalidad; podría decir por qué “Elizabeth” es una canción perdida de Pet Sounds; cómo “Goodbye (She Quietly Says)” podría ser la canción más triste de los tiempos; y cómo Jimi Hendrix, de haber vivido, hubiera versionado un día “What’s Now is Now” en su inevitable fase de “madurez” que hubiera comenzado en 1973 y terminado una vez que escuchara Marquee Moon. Sin embargo, ello sería más que exhaustivo.

Hay, eso sí, un tramo de canciones que quisiera discutir. En mi opinión, el corazón de Watertown yace en “For a While”, “Michael & Peter” y “I would be in love anyway”: la tercera, cuarta y quinta canción del álbum. En el curso de estas tres canciones uno experimenta toda la gama de emociones que contiene el disco, pero en la dosis adecuada.

“For a while” es una balada fluída llena de punteos de guitarra, repiqueteos de marimba, bajo ágil, y la madera de Sinatra necesaria y las secciones de cuerda. Para mí, es el sonido del mes de abril. (Y yo recomiendo escuchar “For a While” en una mañana de primavera de camino al trabajo, y reto a decir lo contrario.) Pero el corazón de esta canción es una tremenda sensación de pérdida. Un ejemplo de la letra:

People say to me [La gente me dice]
You need company [necesitas compañía]
When you have some time to spend [Cuando tengas tiempo]
Drop around and meet a friend [pasa y ve a un amigo]
They forget, that I’m not over you [Olvidan que no te he superado]
For a while. [por un tiempo]

Esa letra, escrita por Jack Holmes (quien escribió la versión original de “Dazed and Confused”) y Bob Gaudio (ex miembro de Four Seasons), es concisa y perfecta. No necesita extrapolación.

Yendo de la tercer canción a la quinta, “I Would Be in Love” es el mejor ejemplo del disco “haciendo” triunfos. La canción abre con unos casi repiques de guitarras, aires de música de gaita y piano Motown, mientras Sinatra canta:

If I knew that you would leave me [Si hubiera sabido que me dejarías]
If I knew you wouldn’t stay [Si hubiera sabido que no te quedarías]
I would be in love anyway [Estaría enamorado de todas formas]

Sometimes I think, I think about before [A veces pienso, pienso en el antes]
Sometimes I think [A veces pienso]

Entonces, la música se dispara y Frank suelta las riendas en su más grande My Way-voz:

If I knew then, what I know now [Si hubiera sabido entonces lo que sé ahora]
I don’t believe I’d ever change somehow [No creo que cambiaría jamás de alguna manera]

Otra vez, uno no necesita que alguien explique la letra. La música se siente triunfal y nos transporta, pero el “triunfo” en sí es sólo una pequeña epifanía, la comprensión de un hombre que nunca cambió: sin importar el qué.

Finalmente, regresando a la cuarta canción, está “Michael & Peter”, que es una de las obras maestras perdidas del pop de los sesenta. Esta canción cubre prácticamente cada tono complejo y emoción que pueda imaginar. Comienza con una melodiosa, casi española, guitarra, mientras el protagonista canta sobre qué rostro tiene cada cual de sus hijos y cómo su hijo Peter se parece a él «excepto cuando sonríe». Luego, la canción cambia después del minuto a una melodía de piano ligeramente inquietante pero dinámica, donde el protagonista explica cuánto ha llovido en el pueblo y otras minucias del día a día tales como la mano de pintura que necesita la casa.

Y después de otro minuto, el tempo sube y cambia de velocidad y entran una guitarra Ennio Morricone y un xilófono. El protagonista canta sobre trabajar «para Santa Fe» y cómo nunca ha faltado, y toda la canción se siente extremadamente inspiradora. Cuando uno llega a lo que supongo es el coro, hay arrolladoras cuerdas y stacatto de trompetas y el protagonista está cantando «as far as anyone can tell, the sun will rise tomorrow [por lo que cualquiera ve, el sol saldrá mañana]». Todo se repite y luego se desvanece mientras el protagonista repite «you’ll never believe how much they’re growing [nunca creerás cuánto están creciendo]». No necesito decir más.

La gente aún disfruta de la música de Beethoven y Mozart, pero su cercanía se ha desvanecido desde hace mucho tiempo. Lo mismo pasará con la mayoría de la música de Frank Sinatra a medida que nos movemos a través del siglo XXI y en el que sigue. “The way you look tonight”, “I’ve got the world on a string”, “Fly me to the Moon”, esas canciones será siempre por todos reconocidas como grandiosas e importantes, pero no las sentiremos más en nuestra vida diaria: sentir su relevancia. No importarán más que como documentos distantes del dónde estaba nuestra cultura en un momento dado del siglo XX.

Los Beatles y Bob Dylan serán relevantes por siempre porque ellos fueron capaces de ligar nuestras cabezas y nuestros corazones de extrañas maneras; y los Rolling Stones y Led Zepellin permanecerán ineludibles simplemente por lo que les hacen a nuestras entrañas, y por cómo hacen sentir nuestra sangre y músculos con sólo un mínimo riff de guitarra. Sin embargo, muchos se quedarán en el camino. No lo digo solo por ondear la bandera del rock clásico, pero las riendas tienen que llevarse.

Entre más escucho a Watertown, más pienso que es la oportunidad de Frank Sinatra de ser realmente sentido por cientos de escuchas a partir de ahora. Para mí, el disco suena sin época alguna. Cuando uno escucha Watertown uno no imagina Manhattan en su apogeo después del triunfo de Estados Unidos en la Segunda Guerra: uno imagina a un tipo caminando sin rumbo por su casa en un pueblo que podría estar en América, Irlanda o la Francia rural; uno imagina a un hombre mirando viejas fotos y observando el polvo acumularse encima de la alfombra, con la luz naranja que se apaga de un domingo en la tarde. Y aun si la música en sí no pasara la prueba de eternidad, las letras y la historia lo harían. Divorcio, muerte, soledad y envejecimiento nunca pasarán de moda. Esos elementos básicos de la vida cotidiana, y las epifanías que traen consigo, han sido relevantes desde Shakespeare hasta Tolstoy, Joyce y Louis CK. Watertown fue la única vez en que Frank Sinatra no estaba cantando sobre emociones que parecían que se podrían comprar en una caja. Fue el momento en que el hombre que cantó “My Way” se dió cuenta que orgullo, amor y dolor vienen en formas y sombras sutiles. ~

Trad. de Mael Aglaia

*Imagen de Amazon

*Ligas (referidas también en el texto):

Un comentario en “Domingo en Watertown con Frank Sinatra

  1. Ajá a todo. Vamos a estar escuchando este disco unos cuantos días, me trae recuerdos de mi extraña juventud, cuando escuchaba música como si tuviera más de cincuenta años.

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